La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

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La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

sábado, 15 de enero de 2011

El conde llora

de Emilia Pardo Bazán

Se había levantado lleno de satisfacción. Desde el amanecer, un sol de primavera rasgaba la niebla, bebiendo sus argentados jirones y barriéndolos diligente, con presteza mágica. La tierra parecía desperezarse, después del letargo del invierno, y un poco de calor tibio acariciaba su superficie...

El conde vistió la blusa, no sin haber cumplido antes esos ritos de aseo necesario al hombre civilizado. Pasó por las luengas y enredadas greñas el peine y el cepillo; atusó lo propio la barba, y, ya atusada, la encrespó otra vez, distraídamente, con la mano: se lavó en agua fría, con jabón inodoro, y reluciente la tez con las abluciones, experimentando una sensación de salud y agilidad en el cuerpo robusto, de patriarca, salió al patio, donde ya esperaban los pobres convocados para recibir la limosna.

Un criado, advertido de la presencia del conde, se presentó solícito, para ayudarle. En realidad, era el criado quien se encargaba de todo lo fatigoso. Los primeros días el conde bajaba por su propia mano los sacos llenos de trigo, los canastos rebosantes de hogazas, las latas colmadas de té y de azúcar; pero como el servidor Efimio desempeñase esta tarea mucho más pronta y hábilmente que su señor, acabó el conde por dejársela encomendada. Lo que el conde traía era el donativo en metálico, la parte que correspondía a cada mes, de los tres mil rublos que anualmente se repartían en Yasnaya Poliana a los necesitados y a los mujicks, demasiado borrachos para que pudiesen labrar la tierra. Y aun este dinero se lo colocaba el administrador o capataz de la finca, por orden de la condesa, en los bolsillos de la blusa en paquetitos pulcros.

El aspecto de la pobrallada era pintoresco hasta lo sumo, en aquella mañana radiante, primaveral. La fealdad que generalmente caracteriza el mujick se doraba y se revestía de algo sonriente y bueno, bajo la claridad pura del astro, que descendía sobre el grupo como bendición y esperanza. La ropa parecía menos vieja; los mismos andrajos se encendían. Los semblantes expresaban esa infantil curiosidad y esa astucia no menos pueril del aldeano y del mendigo, ante el rico y el señor que se toma la molestia de ocuparse de su bien. ¿Por qué lo haría? ¿Sería cierto que era un santo, igual a los bienaventurados Basilio, Trófimo, Sergio, Alejandro y demás del calendario ruso? Pero éstos hacían penitencia, oraban, mientras que el conde escribía no se sabía qué cosas que publicaban los periódicos y que los aldeanos no habían leído ni leerían nunca, entre otras razones, porque no sabían leer.

Y, en su cándida picardihuela, estudiaban al barinio, esperando siempre que un día u otro le acometiese un acceso más fuerte de liberalidad, y a pesar de la oposición de su mujer y sus hijos, se decidiese a distribuir sus bienes entre los pobres. ¡Aquél sería un gran día para la aldea! Porque, naturalmente, sólo los de la aldea tendrían opción; si alguno de los poblados vecinos asomase, le ajustarían cuentas con un garrote, por atreverse a mezclarse en lo que no le incumbía. Y el ensueño del reparto era una secreta alegría más, en la jubilosa y fresca luminosidad de la mañana.

El conde avanzaba ya, y Efimio, impasible como corresponde a un buen criado, entreabría el saco de trigo y presentaba la medida para regular la distribución.

-Tú, Iván, acércate... ¿Cuántos hijos tienes? Se te dará una medida por cabeza...

El rebaño se puso en movimiento, marmoneando esas bendiciones plañideras que son comunes al aldeano y al pordiosero. Llevaban prevenidas alforjas, talegos remendados, y alguna mujeruca apañaba en su delantal. Los niños, sin esperar a que se terminase la distribución, mordían a dentelladas el pan excelente, bien cocido y crocante, del conde. Se oían risotadas ahogadas inmediatamente por un torniscón de las madres, que no consideraban respetuosa la risa en presencia del barinio. El cual miraba a los niños con especial predilección. Al mismo tiempo que creía que la raza humana debiera extinguirse, no había cosa que le interesase como un niño.

Sobre todo, fijaba su atención un muchachuelo como de unos diez años.

Si el conde hubiese sido una naturaleza estética, el chiquillo, lejos de atraer su mirada, la rechazaría. Para los que conocen un cuadro célebre de Murillo, Santa Isabel, es ocioso describir al muchacho que el conde contemplaba, fascinado de compasión. El mismo aspecto de sufrimiento sin enfermedad conocida, a menos que fuese una de esas afecciones parasitarias que a los refinados, y aun a los que no lo son, les infunden ganas de desviarse mil leguas. Y el rapaz, mientras con la diestra empuñaba la hogaza hincándole el diente, con la siniestra hacía el característico gesto de rascarse la pelona que tan felizmente sorprendió el gran realista sevillano. El sol caía oblicuo aún, bañando en lumbre clara la testa del tiñoso. El conde hizo un gesto, entre familiar y dominador. De mala gana, empujado por su madre, aproximose el rapaz.

-¿Eres hijo único? -el conde ignoraba por qué abría el interrogatorio con esta pregunta, la primera que se le había ocurrido.

-Tiene cinco hermanitos, barinio -respondió por el chico la madre, gimiente-. El mayor es él. Los otros son demasiado pequeños para venir. Hay uno que podría, pero le tengo enfermito, acostado sobre unas pieles de oveja.

-Efimio -ordenó el conde-, que ese niño tenga desde hoy unas mantas limpias en que envolverse.

El que se rascaba, envalentonándose un poco, advirtió:

-Yo no tengo manta.

-Que haya una manta nueva para éste también -dispuso el conde.

-León Nicolaievitch -suplicó la mujer-, sería bueno que nos enviases médico y medicinas. La fiebre del niño es muy tenaz. Llevamos ya tres meses de verle postrado. Acaso algún poder dañino le tiene así, para que sean castigados en él los pecados que cometimos. Apiádate de nosotros, barinio, porque sólo tú nos puedes amparar...

-Se os darán medicinas; el doctor irá y dirá cualquier cosa, el muy pedante -exclamó el conde, que no podía resistir a los médicos-. Pero vosotros, barred y asead un poco la isba, y haced que el niño no esté entre inmundicia y pieles de oveja, que pueden transmitirle contagios del ganado.

Al hablar así, el conde luchaba entre su repugnancia a los modernos refinamientos y a las prescripciones científicas, y su conciencia, que le decía que eran las pieles infestadas lo que había contagiado seguramente al morriñoso que veía, y probablemente al febricitante que en la isba aguardaba socorros.

-Y tú -añadió dirigiéndose al muchacho- vas a quedarte hoy aquí, hasta que te freguemos. Efimio -ordenó-, hay que rapar a este muchacho, enjabonarle bien la cabeza con jabón negro, mudarle.

Torcieron el gesto, a la vez, el servidor y el protegido del conde. Efimio consentía en auxiliar a la distribución de limosna, pero todo tiene sus límites. En fin, había que llevarle el genio al señor, por expreso encargo de la señora condesa, y el ayuda de cámara calculó que saldría del apuro encargando la tarea al último de los mozos de cuadra, Alejo, asaz bruto para aceptar tales comisiones.

El chico, en cambio, remiso, miraba a su madre. Ésta, comprendiendo que de la limpieza no saldría el muchacho sin alguna ropa mejor de la que usaba, le empujó hacia Efimio, que se le llevó en dirección a los cobertizos próximos a las cuadras y establos.

Ya había comido el conde, en familia, excelentes potajes de legumbres y deliciosos platos de leche que la condesa dirigía al cocinero, cuando, al salir a hacer un poco de ejercicio saludable, se le presentó el muchachillo. Parecía otro. La crasitud y el tono gris de la miseria habían desaparecido de su piel, que aparecía linfática, pero suave y ligeramente rosada aún del estregón. En su cráneo se rizaban sortijillas de pelo corto, lavado, que brillaba como oro blanquecino. Sus ojos, purificados, eran de un cándido azul.

-¿Te han tratado bien? -inquirió el conde.

-Sí, barinio.

-¿Te han dado de comer abundantemente?

-Sí, barinio.

-Ese traje, ¿te gusta más que el que tenías?

-Ya lo creo, barinio.

-Dime si deseas algo más... Toma -añadió el conde, poniéndole en las manos algunos kopecks.

-Barinio, deseo algo -repuso el chico, y sus ojos resplandecieron de codicia.

-¿Qué deseas? ¿Golosinas?

-No... Deseo un potrito, para montar y correr. ¡Un potrito negro! ¡Un potrito tan hermoso! Efimio dice que tú lo das todo a los pobres. ¡Dame el potrito!

El conde hizo una señal negativa.

-No tengo potrito que darte. Vete con tu madre, que te estará aguardando.

El niño clavó en el conde aquellas dos turquesas de sus pupilas. La mirada tenía una expresión casi sobrenatural. Era la mirada del devoto que ve caer del altar a la santa icona, rota en pedazos. Porque el señor mentía: en sus cuadras existían numerosos potros de su yeguada, especialmente uno negro, del cual los hijos del conde se prometían maravillas. Y el niño veía derrumbarse algo, y el barinio sufría el peso de aquella mirada, como se sufre vergonzoso suplicio.

Al fin, el chico agachó la cabeza, y, con un movimiento especial (no es fácil decir si de reproche o resignación), volvió las espaldas y emprendió el camino de su isba.

El conde quedó inmóvil. Un sentimiento de desolación infinita se había apoderado de él. ¡Dar un potro! ¿Y si el potro fuese lo único que representaría la caridad? Lo otro..., lo sobrante... Él tenía un potro que dar al niño... El niño sabía que podían dárselo, que el señor mentía...

Y, con el alma triste hasta la muerte, el conde sintió que sus ojos se humedecían ante lo fallido de su caridad con límite, de su caridad burguesa...

viernes, 14 de enero de 2011

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

jueves, 13 de enero de 2011

El cáliz

de Emilia Pardo Bazán

Ante la amenaza de que, como entonces se decía, los de Napoladrón llegasen de un momento a otro, el abad del Monasterio de Sangreiro pensó en la necesidad de esconder el tesoro monacal. Y con tal fin llamó a su sobrino Ramón, mozo de empuje, gran cazador, familiarizado con los rincones de la sierra.

Vino, y encerrose con el tío en la celda abacial. Duró la conferencia cerca de una hora, y cuenta que ni uno ni otro gustaban de perder el tiempo. Se discutieron los pormenores, y aun cuando al pronto el abad era partidario de que el sitio fuese conocido de alguien más que del encargado de la ocultación, acabaron por convenir en que secreto entre tres ya no es secreto y por acordar que sólo Ramón lo supiese. Así que los invasores se retirasen, se desenterraría el depósito.

Claro es que el escondrijo había de ser en los montes. De noche, portearían los mismos monjes a un lugar convenido los sacos, y los iría transportando después Ramón. La soledad de aquellos lugares, fragosos y cortados por precipicios, aseguraba la reserva.

A pesar de que Ramón, en interés del salvamento, encargó a su tío que no se escondiese sino aquello que tuviese valor excepcional, porque algo se debía dejar para presa del enemigo, se obstinó el abad en poner a salvo la efigie de Nuestro Señor Sangreiro, tosca talla, muy primitiva, que en un saqueo carecería de valor. Pero la historia de la efigie iba unida a la de la misteriosa copa o cáliz, que en aquellos lugares selváticos había tenido una leyenda análoga a las que se refieren en otros puntos de España. En Sangreiro, a decir verdad, ya la leyenda sólo era conocida de los monjes y de la gente aldeana, que creía firmemente que en la extraña copa, adorada en la iglesia el día del Corpus, había rebosado el vino de la Cena, transubstanciado en divina sangre. Y los monjes enseñaban a los contadísimos viajeros que aportaban por allí una vez cada cincuenta años, ciertos trazos que, al pie del crucifijo titular, figuraban groseramente un cáliz. Las leyendas no han menester más.

Como se pensó se ejecutó. La misma noche fue llevado el tesoro de Sangreiro a una encrucijada y depositado al pie de un árbol secular, entre la maleza que lo rodeaba. Allí esperaba el cazador. Muchacho apuesto, moreno y robusto, no había descuidado traer su escopeta cargada con balines -nadie sabe lo que puede ocurrir- y un azadón, que había de servirle para enterrar los sacos. Un perro perdiguero, echado a sus pies, jadeaba; habían venido muy aprisa. De cuando en cuando, el can mosqueaba las orejas; en asperezas tales, pudieran no andar lejos el raposo ni el lobo.

Entregando al muchacho un apagado farol, se despidieron los monjes, no menos temerosos que el can, y quedó solo Ramón, que al punto dio comienzo a su faena.

Buscó cierto sendero que bajaba hacia el río, y cargando un pesado saco, donde se entrechocaban con ruido metálico candeleros, portapaces y cajas de reliquias, se dirigió al rincón señalado para escondite. Lo formaban dos peñas enormes, que por detrás dejaban hueco a la entrada de una cueva. Ya dentro, echó yesca, encendió el farol, lo puso en el suelo y acabó de transportar los sacos. Hecho lo cual, comenzó a abrir un hoyo profundo. Sudaba, fatigado.

Al cabo, él no era un gañán, sino un señorito, que holgaba cuando no cazaba. Pero la idea de salvar la copa mística de Sangreiro le daba fuerzas. Al sacarla del saco la miró y la besó fervorosamente. Fue acomodando en el agujero el cáliz, la efigie, los objetos de plata y pedrería, y cuando llegó el momento de cubrir el tesoro, pensó con satisfacción que el suelo de la cueva era arenisco y no se notaría la excavación apenas quedase alisado. Faltaba lo más arduo, no obstante: tapar con disimulo la boca de la cueva para que nadie la sospechara.

Buscó trozos de peñasco, y cuidando de no despojarlos de sus líquenes y musgos viejos, los colocó en estudiado desorden alrededor de la boca. Le ayudaba la luz de la aurora, que despuntaba en el horizonte. Era, sin embargo, un inconveniente esta ventaja misma. Podía pasar un labriego, un pescador de truchas del río, un cazador madruguero, y verle en su faena. Por fortuna, nadie pasó, y Ramón pudo terminar la obra de arte que estaba realizando. Quedó de tal suerte la entrada del escondrijo, que nadie creyera aquellas piedras musgosas y decrépitas colocadas allí sino desde hacía siglos.

Los sacos estorbaban: Ramón los echó al pozo del río, envolviendo una piedra. Suspiró de fatiga y consagró la última mirada a su trabajo. ¡Estaba bien! Después subió en dirección al monasterio. Al llegar a la parte del monte en que la pedregosa calzada de los monjes enlaza con el camino real, vio a sus pies una nube de polvo. Se estremeció. Era, sin duda, el enemigo; venía hacia Sangreiro, que, puesto en la cumbre de la montaña como un penacho, no podía ocultarse a las miradas y atraía la atención hacia su mole magnífica, conjunto de edificios que poco a poco se habían ido agrupando en derredor del primitivo cenobio, no muy posterior a los tiempos apostólicos.

Ramón había oído hablar mucho todo el invierno, en tertulias de sacristías, de lo que pasaba cuando entraban los invasores en iglesias o monasterios. La destrucción, el escarnio, el ultraje, les acompañaban. Los religiosos eran arrastrados por los claustros, aporreados o cruzados con las bayonetas; los altares ardían; la bodega, inundada de vino, se llenaba de beodos, que bailaban vestidos con las casullas y las capas pluviales de los ornatos. Este cuadro creía estarlo presenciando Ramón, y temblaba de cólera. Una nube roja cubría sus ojos. ¿No había hombres en Sangreiro? ¿Dónde se habían metido aquellas liebres, aquellos gallinas? Los invasores no eran tantos: una columna, tal vez cien o doscientos... Con las hoces, con las bisarmas, con palos, se les podía despachurrar, ¡echarles al río! Y la columna avanzaba; ya se divisaba, a la cabeza de los marciales jinetes, el comandante, rubio, corpulento, rigiendo un caballo que manoteaba... Ramón no supo qué fuerza le impulsó al movimiento decisivo. Con su escopeta de perdices, pero cargada aquel día, como sabemos, con balines, apuntó, disparó... El comandante soltó las riendas y cayó hacia atrás; el caballo, desmandado, se alocó. El momento de asombro de la columna dio tiempo a que Ramón se pusiese en salvo, desapareciendo entre los árboles.

El oficial que tomó el mando al punto entró en el monasterio declarando que no pensaban antes hacer daño alguno ni a la comunidad ni al edificio, que sólo querían repostarse y descansar; pero que ahora darían fuego por los cuatro costados si no les entregaban al que había matado a su comandante. En vano el abad protestó de que ignoraba quién fuese el autor de la agresión; en vano suplicó clemencia por un hecho del cual los monjes de Sangreiro eran inocentes. Viendo que pasaba la mañana y que no les era entregado el brigante, empezaron los invasores a hacinar leña alrededor de las paredes de la iglesia y a destrozar la sillería del coro para combustible. Reservadamente, el abad había mandado aviso a la casa de Ramón, ¿para que se presentase? Mal conocería al recio abad quien tal creyese. No; para que se ocultase, a ser posible, bajo tierra.

Y esta generosa precaución fue la que perdió al muchacho. Por ella supo que Sangreiro iba a ser una hoguera y acuchillados sus monjes. Y, sin vacilar, apoyado en un palo, sintiendo un impulso caballeresco -él no era un gañán, en su puerta había un escudo-, tomó el camino del monasterio y se presentó al oficial, diciendo con sencillez:

-Yo fui quien disparó sobre el comandante de la columna. Aquí estoy a responder de lo que hice.

Y el oficial dio órdenes para que fusilasen sin tardanza «a aquel beau gaillard» y no se molestase a los monjes. Quería el abad confesar al sentenciado y saber el escondite; pero sólo se le permitió absolver a su sobrino cuando estaba ya de rodillas. La noticia del escondite bajó con él a la fosa.

Y mientras esperaba el desenlace, veía que una mano traspasada le ofrecía un cáliz, ¡el de Sangreiro!...

miércoles, 12 de enero de 2011

El brasileño

de Emilia Pardo Bazán

Cuando nos reuníamos en el café los nacidos en una misma tierra (por entonces no había centros regionales ni cosa que lo valiese), acostumbraba sentarse a nuestro lado un viejo curtido como cordobán, albardillado, recocido al sol, muy mal hablado, y que en sus ojos, todavía claros y de mirada fija, conservaba la vivacidad de la juventud. Sabíamos de él que se llamaba don Jacobo Vieira, y que había sido marino y corrido mucho. Sobre esta base podíamos fantasear a gusto; pero no nos ocupábamos en tal cosa. Allí se discutía asaz, sobre todo de política, pero nadie preguntaba a nadie su vida pasada.

Cierto día noté que don Jacobo lucía una presea que me llamó la atención. Sobre su chaleco de blanco piqué, tieso y mal planchado, ostentaba pesado medallón de oro, en cuyo centro fulguraba gruesa piedra amarilla.

-¡Vaya un topacio que se trae don Jacobo hoy! -dijeron varios.

Sólo yo, más inteligente en pedrería, comprendí que no se trataba de topacio, sino de un espléndido brillante.

La piedra, rara por su color y tamaño, hizo que mi curiosidad se fijase más aguda en don Jacobo. Le esperé a la salida, emparejé con él, y bajamos la calle de Alcalá platicando. Él vivía en el barrio de Salamanca.

-Ese brillante -le dije-, ¿es brasileño? ¡Sabe usted que vale algo el directo!

-¡Ya lo creo! -respondió-. ¡Cómo que me lo ha dado una reina que se enamoró de mí!

-¿Una reina?

-Vamos al decir... reina... de salvajes.

Me eché a reír, mostrando gran alborozo e interés, para arrancar al viejo el relato de la aventura de la lejana mocedad.

-No crea usted -añadió-. Más de cuatro veces he estado apique de tirar por la ventana el demontre del dije, ¡rayo!, porque tiene una virtud, o como se le quiera llamar, que...; en fin, serán aprensiones..., ¡retoño!, pero yo creo que está hechizado... Al mismo tiempo, me daría vergüenza hacer tal disparate.

-¿Por qué no lo ha vendido usted?

-¡Bah! No me falta lo necesario para mí, para darme todos mis gustos..., ya que, por desgracia, me toca morir en tierra y no en el mar. El maldito brillante me ha costado desazones, pero, al mismo tiempo (es una cosa rara; todo es raro en esta piedra), le tengo así una especie de cariño...

-¿Y cómo logró usted el amor de la reina? -pregunté, mientras consideraba la bravía y atezada fealdad del anciano, y miraba, a la luz muriente del sol de primavera, los pelos cerdosos que emergían rígidos de las fosas de su nariz y de la oquedad de sus oídos.

-Le diré a usted... A mí me han sucedido muchísimas cosas en mis navegaciones, y todo eso de mujeres, ¡retoño!, es de lo más particular... El caso es que no me faltaban hembras, no, señor... Yo he sido siempre de buen acomodo, y entraba con todas, ¡je, je!, como la romana del diablo. A ellas les gusta que nosotros tengamos buen estómago..., y a veces, falta hace.

-¿Usted navegaba... por comerciar? -pregunté, vacilando.

Se detuvo, se volvió hacia mí, y, frunciendo el doble peludo arco de las cejas, rezongó:

-Ya, ya, entiendo la sorna... ¡Malaje! ¡Usted ha oído decir que fui negrero!...

-No, don Jacobo, no he oído tal cosa...

-¡Sí, sí! ¿A qué andar con historias? Si lo saben hasta los gatos... No crea usted que lo voy a negar, ni que voy a avergonzarme... Yo he traficado en carne negra. ¡Cuántos señorones andan por ahí, que se han ganado el señorío traficando en carne blanca! ¡Cuántos trafican hasta con la de su propia mujer, mal rayo! No se figuren que he de tenerme por peor que ellos. Los negros son una mercancía, y los blancos otra. Todo el mundo explota a alguien..., ¡retoño! La diferencia es que yo explotaba corriendo peligros y jugándome a cada momento la vida, y los que aquí arriendan carne de esclavos blancos, lo hacen sentados en sillones y sin arriesgar la pelleja.

-Tiene usted razón mil veces, don Jacobo... ¿Y fue en esos... viajes donde la reina le dio el brillantito?

-En uno de esos viajes fue. Solíamos internarnos algo, en busca de género, porque ya el ébano escaseaba en la ribera, y nuestra industria andaba muy perseguida. Realizábamos otro negocio: trocábamos aguardiente por caucho, tabaco y maíz. ¡Lo que se terciaba! Entre mi clientela se contaban unos salvajes llamados Tapuyas (que quiere decir enemigos), que se extienden allá desde los cinco a veinte grados de latitud Sur, por las tierras de Para y Matto Groso. No son muy feos los indios de esta casta; pero algunas tribus tienen la maldita costumbre de estirarse el labio de abajo metiéndose un bodoque de madera, que no parecen sino el mismísimo demonio... Además se tatúan el cuerpo.

-Pues estaría guapa la reina con su bodoque.

-¡No, camarada, la reina no llevaba bodoque ninguno! Era de otra tribu; había sido robada, y la había reservado para su botín el rey. Los Tapuyas son muy guerreros y feroces. Les gusta la carne humana, como a los niños los caramelos. En dos o tres semanas que estuvimos en la aldea tapuya, vimos sacrificar a varios prisioneros, y con tortura previa; no le quiero a usted decir -porque a los terrestres todo les asusta- lo que fue aquella orgía desde que el aguardiente intervino...

-¿Y la reina también comía?...

-No. Aparentaba. Así que la gente empezaba a emborracharse, se retiraba a su cabaña con sus sirvientes, y yo iba a hacerle compañía, mientras su esposo seguía bebiendo. No era maleja, compadre, y, sobre todo, un cuerpo como un mástil; daba gloria verla andar. No le oculto a usted que olía bastante a hormigas, a pesar de que todos los días se bañaba dos veces en el río.

-Y el rey, ¿era celoso? -pregunté, divertido con tan original aventura de amores.

-El rey..., o mejor dicho, el cacique, no se acordaba de sus ocho o diez esposas sino cuando le daba la gana de visitarlas. Se me figura que eso de los celos varía mucho con las latitudes.

-Y cuando le regaló a usted ese diamante de la corona la reina, ¿no se enojó el rey?

-¡Bah! Ni sabía ni supo de eso palabra. ¡Si tampoco lo supe yo hasta algún tiempo después! La reina, que se llamaba Baraní, me tomó una querencia desatinada. A ella debo el no haber dejado allí la piel, porque me dio un aviso, y escapamos de la emboscada que nos tendían, para quedarse con nuestro aguardiente y su caucho, y además, supongo que con nuestros cuerpos, destinados al asador. Baraní me pidió de rodillas que la llevase conmigo para cojín de mis pies, para esclava. Claro que me negué. Al despedirse, como una europea me pondría un escapulario, me colgó una bolsa de fibras. Era un talismán, y sabiendo que estos indios practican infinitos ritos mágicos y mil supersticiones, no lo extrañé. Baraní, al colgármelo, exclamó:

-¡El Tupa (ellos llaman así al Espíritu que adoran) hará que ninguna blanca sea tu compañera, ni viva a tu lado bajo tu techo!

-¿Qué hubiese usted hecho? Lo que hice yo: soltar la risa. Unos cuantos meses llevé colgada la bolsa, sin ocuparme de ella, hasta que un día, al lavarme, se me ocurrió mirar su contenido. Había dentro fragmentos de huesos humanos, dientes de pez, semillas de árbol, y el brillante. Estaba en bruto, y abultaba más que ahora. Por la costumbre del tráfico, comprendí que era piedra de gran valor, y la guardé. Las otras porquerías las tiré al mar.

Mandé tallar el brillante, y quedó como usted ve -añadió, haciendo resaltar sobre su pecho el medallón, que resplandeció, encendiendo en un rayo solar irisadas luces-. Mientras viajé, no me acordé del conjuro de Baraní, porque mis amores eran de días, de horas, de minutos. Pero cuando me retiré, con un caudal regular, a mi tierra, y me entró deseo de casarme y de tener chiquillos -la vejez en soledad no siempre es alegre, ¡se acuerda uno de tantas cosas cuando está solo!-, se me vino a la memoria, no sé por qué, lo que me había dicho la salvaje... Claro es que lo consideraba una tontería; pero frecuentemente pensaba en ello. Y será casual, o serán artes del diablo, pero no se explican sólo con hablar de coincidencias. Mi primera novia, que era sobrina carnal mía, hija de mi hermano Rafael, enfermó y murió tísica apenas se concertó la unión. ¡Muchacha más angelical! Mi segunda novia, nieta de un arrendador, ¡una chiquilla formalísima!, se escapó de su casa, tres o cuatro días antes de la boda, con un hijo de un fondista, que se la llevó a América. Mi tercera novia fue una viuda guapa, que tenía fincas en Santander, y la mejor reputación, y próximo también nuestro enlace, hasta que se averigua que vivía el primer marido... Mi cuarta novia era mi criada, una muchacha como un pino, montañesa; estaba entusiasmada con lo de ascender a señora... Y, sin causa conocida, la entra un histérico, y se vuelve loca, pero de atar; en Ciempozuelos la tiene usted aún... Ya desesperando de noviazgos, busqué otros consuelos, otros arrimos..., aventurillas, ¡qué sé yo! Y lo propio: no hubo cosa que me durase quince días; parecía que una mano invisible rompía los hilos... Mire usted que se lo digo en serio: llegó a hacerme cavilar, ¡recontratoño! Claro es que todo podía atribuirse a lo más natural!, ¡pero tantas veces! ¡No conseguir lo que cualquiera consigue: un hijo, una mujer!

El marino se detuvo, me ofreció un puro exquisito (él no lo fumaba sino así), y, clavándome los ojos escrutadores de lejanías, murmuró:

-¡Ahora ya, quién piensa en eso!... ¡Los huesos están muy duros! ¡Ahora..., a ver qué tiempo puede navegar aún un barco viejo, bien carenado!...

martes, 11 de enero de 2011

El Belén

de Emilia Pardo Bazán

De vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga -sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigo gabán con cuello y maniquetas de pieles- rumiaba pensamientos ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave para un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias a engañar y a mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su conciencia, la paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes en que no supo precaverse de una tentación.

Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas a la historia de su yerro. ¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas: tontamente. Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores -mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.

-Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla perdió la energía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se reveló llena de aptitudes comerciales, dispuesta, activa, resuelta a salvar la casa de cualquier modo. Para sus gestiones se asesoraba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos, celebraban conferencias que duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular probabilidades de liquidación, establecíase entre los dos una intimidad chancera, que se convertía de repente, por parte de Anita, en afición inequívoca. Al sospechar Revenga lo que iba a sobrevenir, ya estaba interesado su amor propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el esposo leal, el hombre honrado e íntegro, se dio cuenta de que era preciso cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de buen grado algunos miles de duros para sacar a flote a Costavilla, y se apartó de Anita Dolores con propósito de no verla más.

No contaba con las fatalidades de la Naturaleza. Ocultamente, en apartado rincón de provincia, Anita Dolores dio al mundo una criatura. Fue el castigo providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que no había tenido prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del tranvía, que apresuraba su marcha, el vacilar de la luz de la linterna que se proyectaba sobre los vidrios nublados por el cielo del aire exterior, Revenga quería dominar una tristeza inconsolable, una amargura que le inundaba como ola de hiel. Nunca vería a su niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría sobre las rodillas ni la besaría riendo... Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había escondido, la había hecho desaparecer.

¿Desaparecer?... ¡A cuántas conjeturas se presta este verbo!

¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuando Revenga penetraba en su morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba espléndidamente y la leña de encina calentaba, intensa y crujidora; cuando la intimidad del hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena lisonjeasen su apetito, ¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera? ¿Valía más que viviese?

Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló el sombrero.

Desolación inmensa caía sobre su alma. Precisamente acababa de saber en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía preguntar disimuladamente por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores se casaba! El nuevo socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, era el novio. No mortificaban los celos a Revenga; no le quitaban el sueño memorias de lo pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y aquella boda oscurecía más aún el misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba a quedarse así, con los brazos cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente -desde temprano-, que Anita Dolores se preparase! ¡Allí iría, a reclamar la chiquilla, a escandalizar si era preciso! El escándalo repugnaba a su carácter; el escándalo podía herir de muerte a Isabela, su mujer, enterándola de lo que debía ignorar siempre... No importa, escandalizaría, ¡voto a sanes!

Cantaría claro; desbarataría la boda; pondría en movimiento a la Policía, si era preciso...; pero le darían su pequeña, y la entregaría a personas que la cuidasen bien, y la educaría y haría que de nada careciese..., y, sobre todo, la vería, la besuquearía, le llevaría juguetes en la Navidad próxima... Con firme determinación cerró los puños y apretó los dientes.

¡Amanece, día de mañana!

Entre tanto, Isabel, la esposa de Revenga, acababa de adornarse en su tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul oscuro, y prendía con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una cruz de brillantes y zafiros -el último obsequio de Revenga, traído de París-. Con inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de tres lunas, cerciorándose de que las señales de las lágrimas se habían borrado del todo, después del lavatorio con colonia y el ligero barniz de velutina. ¡El llanto no tenía para qué notarse!

Ya vestida y engalanada, pasó a un cuartito contiguo a la alcoba, donde solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien distinto del de costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de raso y damasco; corría por el techo un cordón de focos eléctricos, y cubría el piso blando tapiz. En el testero, como a una vara de altura, se levantaba un tabladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén clásico español, con su musgo en las praderías, sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando lagos y riachuelos, sus selvas de rama de romero, sus torres puntiagudas de cartón, sus pastorcicos de barro, sus dromedarios amarillos y sus Magos con manto de bermellón, muy parecidos a reyes de baraja. Dos diminutos surtidores caían con rumor argentino, bañando las plantas enanas en que se emboscaba el Portal. Isabel se detuvo a contemplar los hilitos del agua, a escuchar el musical ritmo, y recordó sus propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas los ojos y rebosante el corazón... La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban a Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la engañaban, a ella que era incapaz de engañar, enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de casa despidiéndose con una sonrisa y una caricia para ir a pasar horas en compañía de otra mujer?

Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, e Isabel también gimió; el son del agua que cae se adapta a la alegría lo mismo que a la pena; para unos es concierto divino, para otros, queja desgarradora.

Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo agravios, alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus promesas, lo jurado al pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dócil, casta, buena, en fin? ¿Por qué su compañero, su socio en la familia, rompía secretamente el pacto?

La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y húmeda, en el Belén, y la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo contempló despacio, y un cuchillo aguado de dolor se le hundió en el pecho.

«No pidas cuentas... -parecía decir la voz del grupo-. No te quejes... Tú no has dado a tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has dado el Niño...»

La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada cual, durante ciertos supremos instantes que deciden el porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo de entrar fatalmente... Suspiró muy hondo, como para echar fuera toda la pesadumbre, y poco a poco se apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo dulce, rechazando mansa y tenazmente lo amargo.

«El Niño Dios me está diciendo que hice bien, muy bien...»

La sonrisa volvió a sus labios, aunque sus ojos estaban anegados en un llanto que no corría. En aquel mismo instante se oyeron pisadas fuertes en el pasillo, y apareció Julio Revenga.

-¿Qué es esto? -preguntó con festiva extrañeza a su mujer-. ¿Has hecho un Nacimiento para divertirte?

-Para divertirme yo, no -respondió expresivamente Isabel, ya serena del todo-. Tengo los huesos durillos para divertirme con Belenes... Es... ¡para divertir a una criatura...!

-¡A una criatura! -repitió maquinalmente el esposo-. ¡No será nuestra esa criatura! -añadió de un modo irreflexivo, que tal vez respondía a sus íntimas preocupaciones.

-¡Qué sabes tú! -murmuró Isabel con calma.

Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el rostro. Tales palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había pronunciado Isabel la sencilla frase!

-No entiendo... -tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y peregrinas sospechas.

-Ahora entenderás... ¿No tienes hijos, Julio? -interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.

Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose a su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de generosidad.

-No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como así, estábamos muy solos, muy aburridos a veces en esta casa tan grandona. Yo tenía muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! No es uno quien dispone estas cosas... Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una pequeña!... Revenga, en silencio, besó las manos, besó a bulto la cara y el traje de su mujer.

Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento -es justo decirlo- que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir desatentadamente:

-¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo a esa mujer..., te juro que no, que no la veo...

Te juro que no me importa, que la detesto, que...

-Estoy bien informada -contestó Isabel un tanto desdeñosa, apacible-. Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por tu abandono, fue enterarme de «todo»... y, por fin de fiesta, enviarme la niña... Y ya que me la envía..., ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? Está en mi poder... La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le quede a «ésa» ningún derecho...

Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos Revenga imploró:

-¡Tráemela!... No la conozco todavía...

lunes, 10 de enero de 2011

El balcón de la princesa

de Emilia Pardo Bazán

Ésta era una de las princesas más liliales y exquisitas que la imaginación puede concebir, no acertando la pluma ni el pincel a trasladar su imagen, de puro idealmente bonita que la había hecho Dios. Figuraos una carne virgen y nacarada, como formada de hojas de rosa té y reflejos de perla oriental; una cascada de cabello fluido, solar, esparcida por la espalda y juguetona en dorados copos ligeros hasta el borde de la túnica; unas formas gráciles y castas, largas y elegantes, nobles como la sangre azul que le corría por las venas y se transparentaba dulcemente al través de la piel de raso; unos ojos inocentes, santos, inmensos, en que copiaba su azul el infinito: una boca risueña, fragante; unos dientes cristalinos; unas manos largas, blancas como hostias; y aun sumando tantas perfecciones, os quedaréis muy lejos del conjunto que se admiraba en la princesa Querubina.

¿Se admiraba he dicho? Temo que sea inexacta la frase, porque, sujetándonos a la estricta verdad, la princesa Querubina no podía ser admirada, en atención a que casi nadie la había visto, llegando al extremo algunos de sus vasallos de poner en duda su existencia. Fue el caso que el rey, sintiendo una especie de culto de adoración por una hija que no se le parecía en nada (el monarca era fornido, batallador, rudo y terrible), dio en la peregrina manía de pensar que, siendo el mundo y la humanidad un hervidero de maldades, brutalidades y crímenes, un ser tan delicado y celeste como Querubina debía mantenerse siempre lejos y por cima de las miserias del existir. No quería el rey meter a Querubina en un convento, porque, además de convenirle recrearse con su vista y conversación, la idea de que la princesa mortificase con penitencias y abstinencias su cuerpo y de que lo ofendiese con grosero sayal, le era al padre profundamente repulsiva. Y para aislar y reservar a Querubina sin privarla de los regalos y refinamientos que siempre la había prodigado, la trasladó, niña aún, de sus habitaciones a una alta torre construida expresamente y comunicada con el palacio por misteriosa, afiligranada galería.

Es costumbre de los reyes que figuran en los cuentos esto de encerrar a las princesas en torres, y los viejos romances narran casos lastimosos, como el de Delgadina, muerta de sed; pero este rey de mi historia, en vez de emparedar a su hija con objeto de maltratarla, se proponía lo que se propone el devoto al cerrar con llave el sagrario: dar digno asilo al Dios que adora y resguardarlo de la multitud profana o sacrílega.

La torre de Querubina fue, pues, fabricada con los mármoles y jaspes más ricos y las maderas más odoríferas e incorruptibles, donde el gusano no hinca el diente. En su decoración interior se agotó la fantasía y la habilidad de los mejores artistas, siendo cada estancia y camarín un asombro de hermosura, lujo y gusto. Desde el cuarto de baño, todo revestido de cristal hilado de Venecia, que imitaba cascadas irisadas y diamantinas cayendo en la pila, enorme concha también de cristal, con orla sinuosa de corales y madreperlas, hasta el camarín donde la princesa pasaba las tardes, y que revestían franjas de oro cincelado y esmaltado, sujetando paneles de miniaturas deliciosas en marfil, todo era un sueño realizado, pero un sueño de refinamiento y poesía tal, que la reina de las hadas no pediría a los silfos que le construyesen otra residencia sino la de Querubina.

Estaba mejor que quería la princesa. Esclavas hábiles en tañer, cantar y bailar, la daban conciertos y armaban zambras para divertirla; esclavas cocineras la discurrían golosinas y piperetes y refrescos para los días calurosos; esclavas modistas y bordadoras la sorprendían diariamente con atavíos elegantes y extraños; su ropa blanca parecía hecha de pétalos de azucena; sus joyas y collares eran rayos de soles y lágrimas de la aurora. Y, sin embargo, la princesa, desdeñando con hastío profundo y creciente todo el aparato y la complicación de los goces sin cesar inventados para ella, sólo experimentaba verdadero placer cuando se asomaba al balcón volado de su camarín.

Ciertamente, el balcón era la perfección de los balcones, cuajado de columnitas de alabastro, tan finas que alarmaba su fragilidad; y corría por sus arcos y capiteles ornamentación de griega pureza, copiada por un gran escultor de los frisos helénicos.

El antepecho estaba almohadillado y rehenchido para que la princesa no sintiese, al apoyarse, el frío mármol. Una enredadera de hojas de terciopelo y flores rosa, que despedían olor a almendra, se enroscaba a las columnas con estudiada coquetería.

Arrastraban hasta el balcón el taburete de Querubina, y allí se estaba la princesa las horas muertas, sin cansarse nunca, fijos los ojos en lo que desde el balcón podía dominarse. En primer término, los solitarios jardines de palacio, con su arbolado denso, sus blancas estatuas, sus estanques espejeantes, y más allá, detrás de la fuerte verja que defendía los jardines, un suburbio de la gran ciudad, un barrio pobre, de casuchas bajas, de huertos cercados por palitroques y murallejas ruines... La atención de la princesa no se fijaba en el parque regio; en cambio, no se apartaba su vista afanosa del barrio pobre. Lo verdaderamente nuevo y desconocido para ella, allí se encontraba. A tal distancia, los detalles repugnantes desaparecían, y sólo se apreciaba lo pintoresco, lo vario, lo picante de tal vivir. Por la carretera que cortaba el barrio pasaban carros cargados, borriquillos abrumados bajo tiestos de flores o serones de hortaliza, coches de línea, enormes galerones, tal vez un jinete entre nubes de polvo. Las mujeres trajinaban, disputaban, se agarraban, daban de mamar a sus críos en plena calle; detrás de los tapiales, por los mezquinos huertos de coles y habas, a la sombra de un retuerto manzano, los enamorados se pasaban la tarde mano a mano y juntos. Y Querubina, meditabunda, triste, sublevada, murmuraba:

«Son libres. ¡Qué existencia tan dichosa!».

La forja de un herrero, especie de cíclope que trabajaba sin cesar, era el punto más cercano en que podía fijarse la princesa. No oía el ruido del martillo sobre el yunque, pero divisaba la aureola de chispas que levantaba y que le rodeaban de una lluvia luminosa. El ansia de entrar en aquella forja llegó a ser en Querubina una obsesión. El trabajo del cíclope la parecía algo sobrenatural. En su ignorancia de las realidades, desconocía la vulgar tarea del herrero. ¿Qué labraba, para alzar así centellas de oro? ¿Por qué no le era permitido bajar y recorrer el barrio humilde, recorrer el ancho mundo?

Un día rogó a su padre que la consintiesen salir de la torre. La cólera del rey la hizo callar y prometer obediencia... Pero así que la noche descendió, muda y protectora, Querubina ató unas a otras sus fajas de seda turca, fuertes y flexibles, y amarró el cabo al balaustre de su mágico y perfumado balcón. Sin miedo alguno, cabalgó, se agarró y se dejó deslizar lentamente, girando un poco, con instinto seguro. Llegó al suelo, soltó el cabo, saltó y echó a andar hacia la verja, en dirección al lugar que ocupaba la casuca del herrero. Su corazón palpitaba de alegría. La verja era un obstáculo; Querubina lo había previsto; llevaba sus limas de tocador, de oro y acero; limó pacientemente, con energía; al fin vio rota la barra, y su cuerpo fino pudo deslizarse afuera. ¡Qué gozo!

Pisando barro y detritus, llegó a la fragua... Amanecía. El robusto herrero se había puesto a su diaria tarea. Al ver a la gentil damisela que le miraba con ardiente interés -que miraba su labor, su faena extraña-, el jayán sonrió, avanzó, tendió los brazos negros de escoria y apretó contra su pecho de oso a Querubina.

Y el rey, loco de rabia, buscó a la princesa inútilmente. Porque la creyó raptada de algún príncipe gallardo y atrevido, y declaró a varios la guerra, sin sospechar que, a dos pasos de palacio, andrajosa, ahumada, maltratada, sujeta por el miedo y la vergüenza de su degradación, Querubina ponía a la lumbre la escudilla del bárbaro marido... Tal fue la libertad de la princesa.

domingo, 9 de enero de 2011

El azar

de Emilia Pardo Bazán

No había conocido Micaela, la de Estivaliz, otro colegio, otros profesores, otras maestras de costura. Cuanto sabía era aprendido allí, ante aquella mesa y haciendo funcionar aquella máquina. Y, naturalmente, sabía poco. Sin embargo, la adoctrinaba en varias cosas, malas y buenas, exaltándole la sensibilidad, el cinematógrafo, su recreo del domingo.

Por las enseñanzas del cinematógrafo había llegado la obrerita de apretadas trenzas a comprender, o a figurarse que comprendía, el uso de lo que fabricaba durante la semana entera. Del taller, donde, mezclados los alientos, juntas las rodillas y los hombros, trabajaban sobre sesenta obreras más, casi todas mozas o chicuelas de catorce a veinte, salían naipes y naipes, lindos, lustrosos, satinados, franceses y españoles, de vivos colorines, de claros tonos. Primero recibían la impresión cromolitográfica; después, los anchos pliegos eran guillotinados. Micaela manejaba la acicalada cuchilla. Al margen del acero colocaba tranquilamente las yemas de sus dedos bien torneados, y la fría hoja caía sin tocar las manos morenas de Micaela, ágiles y activas en la labor.

Al principio se perdía en curiosidades insatisfechas. ¿Para qué servirían, señor, tantos, tantísimos naipes? Por cientos de miles los amontonaban en el taller, y por gruesas los empaquetaban para remitir a toda España, a las Américas. Viajaban incesantemente los redondos ases de oros, los brutales ases de bastos, los heroicos ases de espadas, los regocijantes ases de copas. Y Micaela los veía correr, llevando, para unos, la fortuna, la ruina para otros. Sólo le sugerían estas consideraciones los naipes españoles, pues de los franceses, que también pasaban por su cuchilla, apenas conocía el valor. ¡Aquéllas no debían de ser cartas de jugar! Cuando alguna vez cruzaba ante las tabernas, en su paseo dominguero, deteníase fascinada, mirando hacia las mesas donde, resobados y mugrientos, caían los naipes, empujados por la suerte; y empezaba a formularse en el espíritu de Micaela la idea de que los coquetones cartoncitos que ella recortaba con tal arte y presteza eran cosa del diablo, añagaza para perder a los hombres. Su confesor se lo había dicho una vez:

-¡Cuántos de pecados, hija! ¡Cuántos, por los maldecidos naipes!

En el cine, cuando podía asistir a él, también veía cosas que confirmaban su recelo creciente, la aprensión, que le provocaba un estremecimiento imperceptible, al comenzar la cotidiana tarea. A veces se desarrollaban películas con episodios de juego, y, a consecuencia, dramas terribles, desfilando vertiginosamente hombres con armas empuñadas, o esgrimiendo espadas de desafío en algún campo rodeado de centenarios árboles. Y los letreros comentaban el suceso en jerigonza francoespañola: «El marqués había trichado...». «Él era forzado a pagar en las veinticuatro horas...». «A la mañana siguiente, un cadáver...». Lo que resaltaba para Micaela, de estos folletines, era que el juego traía consigo terribles daños.

Y mientras faenaba Micaela, manejando la cuchilla, entre la nube de diminutos recortes que deja el ovalado de las barajas finas, tarea a la cual ahora la dedicaban, la niña se convertía en mujer. Crecía en estatura, y suaves redondeces agraciaban su cuerpo. Había cambiado de peinado, y la mata de pelo trigal se recogía en un moño de ninfa antigua, protuberante y retorcido briosamente. Su talle adquiría flexibilidad y sus ojos garzos eran, como a pesar suyo, prometedores. Cuando se presentan estos síntomas, en puerta está el novio.

El de Micaela era un mocete corpulento, inocentón, fornido, de oficio hortelano. Todas las mañanas traía a la ciudad su cestón de magníficas hortalizas, de enormes acelgas, de blancas y cuajadas coliflores, y todas las tardes esperaba a la puerta de la fábrica a su novia.

Primero faltaría el sol en el firmamento que Iñasi ante aquella puerta a la hora en que la obrerita salía contenta de haber terminado su tarea, dispuesta a gozar del corto momento libre. Las primeras veces cargaron sobre Micaela las pullas y chanzas de sus compañeras; pero acabaron por acostumbrarse a la presencia de aquel zagalón, que parecía un cacho de pan.

-¡Ene! -decían-. Ya está ahí Iñasi, el de Socaldo...

Y acabaron por no decir ni eso. Sonreían al mozo, que, a su vez, les hacía un gesto de concordia. Pero no las miraba siquiera. Estando allí la suya, la única para quien tenía ojos...

Y, sin hablarse al principio, los novios emprendían la caminata hasta la vivienda, no muy céntrica, de la obrerita.

Al fin se les soltaba la lengua y acudían las palabras, escasas y graves en él, parleras en ella como gorjeo de ave. Naturalmente, el tema de la conversación era el porvenir. Cuando se casasen... Y podían hacerlo dentro de dos años a lo sumo, porque si bien Micaela carecía de ahorros, habiendo dado siempre su jornal a sus padres céntimo por céntimo, Iñasi, en cambio, atesoraba sus ganancias, y ya guardaba en una hucha lo suficiente para el ajuar y los gastos de la boda. Entonces ella dejaría la fábrica y se dedicaría a cuidar la casa y los chiquitos que viniesen, ¡pues! Ni aun sentía Micaela, ante la suposición, que acudía un lampo de rubor a sus mejillas. Todo ello era natural, y los matrimonios tenían pequeños, que para eso se casaban las gentes. Pero antes de la santa bendición, que se guardase el novio hasta de pasarla el brazo a la cintura... Ni lo intentaba él. Las cosas, derechas...

Al hilo de las pláticas sobre lo futuro vino la confesión de Micaela respecto a lo presente: su repugnancia a los naipes, una aprensión vaga que no sabía cómo definir.

-¿Tú, Iñasi, ya juegas? -preguntó una tarde, con ansiedad, al muchacho.

-Mus y brisca ya he jugado, pues -contestó él sinceramente.

-¡Nunca más te vuelvas a jugar! -suplicó ella, con acento tan acongojado, que el hortelano se echó a reír, prometiendo lo que le pedía, a no ser que se viese en estrecho compromiso.

-Visioso no te soy -repetía-. Sólo que, los domingos, solían reunirse mozos, o para deportes de fuerza física, barras y pelota, o para dar tormento a los naipes. Y no puede uno a veces negarse; un mutil es un mutil, ¡ene! Cuando estuviesen casados, ya vería Micaela, ya vería cómo pasaba los domingos en su huerto, o iba con ella a donde fuese... Pero, entre tanto...

Y sucedió entonces que Micaela enfermó. Mal leve, unas calenturillas, que le obligaron a guardar cama un septenario. El médico temía la gástrica, que provoca el tifus, enemigo de la juventud y de la robustez. Pero a los ocho días la muchacha estaba levantada, deseando salir a la calle. Así que pudo conseguirlo, se acercó a la fábrica, al anochecer, buscando con los ojos a Iñasi. No estaba. Inquieta, con mal presentimiento, se atrevió a emprender el camino del huerto, cosa que nunca hubiese intentado si el mal no hubiese alborotado sus nervios, por la fuerza de la misma debilidad. Encontró a su novio cabizbajo, sentado en un poyete, al pie del arroyillo que regaba los tablares. Y, a las primeras palabras, broncamente, el mozo se acusó. No sabiendo cómo entretener las horas del domingo, cómo engañar la impaciencia, había jugado. No en el campo, sino en la misma ciudad, adonde le llevaba el ansia de saber noticias de Micaela. Se había dejado arrastrar a una partida fuerte. Y había perdido todo el pequeño tesoro que destinaba a su establecimiento. Y se iría a los Estados Unidos a ganar pronto eso y más, porque ya no quería esperar tanto, ¡no quería!

Sollozando, Micaela le increpó. ¡Bien se lo había dicho! Sí, Iñasi convenía en que ella le había advertido cuanto hay que advertir; y él la había oído resuelto a cumplir su voluntad, y hasta sin importarle un comino de tal diversión. ¡Si el abstenerse de jugar no era para él sacrificio alguno! Lo que pasó fue de eso que no se piensa. Hay mucho así en la vida: se distrae uno un instante, y cogido estás por la rueda. Si Iñasi fuese elocuente, diría por la fatalidad. Pero de palabras sonoras no sabía el mutil... Y los sollozos de Micaela y su palidez de convaleciente le penetraban de remordimiento infinito.

-Iñasi, te castiga Dios -fue lo único que la muchacha supo exclamar.

Y al otro día volvió a la fábrica. ¡Qué remedio! Colocando su diestra enflaquecida al borde de la cuchilla afilada, fueron cayendo ante ella los menudos confetti del recorte y las esquinas de los naipes, quedando delicadamente ovadas, primorosas. En el alma de Micaela había una resaca de congoja y pesadumbre. ¡Las maldecidas cartas! Y en una vuelta, un segundo, tan rápido como el palpitar de un corazón, se fue con el pensamiento al huerto donde Iñasi también sufría. ¡Un vuelo! ¡Zas! La cuchilla, en vez de morder en el cartón, mordió en la carne. Una placa de sangre fresca se extendió por los naipes, coloreándolos. Al grito de dolor de la obrera corrieron las demás. Dos dedos y un colgajo faltaban a la mano de Micaela, que acababa de desmayarse.

Y cuando, vendada y atendida, recobró el conocimiento, para sufrir, comprendió aquello que, humillado, confesaba Iñasi. El minuto de distracción, de olvido... Lo casual, lo que el azar dispone. Por ese momento de inconsciencia, él, a bordo de un transatlántico, va hacia la América del Norte, y ella, medio manca, trata de reaprender con lo que le resta de mano el movimiento de un trabajo que defienda la vida...

sábado, 8 de enero de 2011

El árbol rosa

de Emilia Pardo Bazán

A la pareja, que furtivamente se veía en el Retiro, les servía el árbol rosa de punto de cita. «Ya sabes, en el árbol...»

Hubiesen podido encontrarse en cualquiera otra parte que no fuese aquel ramillete florido resaltando sobre el fondo verde del arbolado restante con viva nota de color. Sólo que el árbol rosa tenía un encanto de juventud y les parecía a ellos el blasón de aquel cariño nacido en la calle y que cada día los subyugaba con mayor fuerza.

Él, mozo de veinticinco, había venido a Madrid a negocios, según decía, y a los dos días de su llegada, ante un escaparate de joyero, cruzó la primera mirada significativa con Milagros Alcocer, que, después de oída misa en San José, daba su paseíllo de las mañanas, curioseando las tiendas y oyendo a su paso simplezas, como las oye toda muchacha no mal parecida que azota las calles. El que la mañana aquella dio en seguir a Milagros a cierta distancia, y al verla detenerse ante el escaparate se detuvo también en la acera, nada le dijo. Mudo y reconcentrado, la miró ardientemente, con una especie de fuerza magnética en los negros ojos pestañudos. Y cuando ella emprendió el camino de su casa, él echó detrás, como si hiciese la cosa más natural del mundo, y hasta emparejó con ella, murmurando:

-No se asuste... Sentiría molestar... ¿Por qué no se para un momento, y hablaríamos?

Ella apretó el paso, y no hubo más aquel día. Al otro, desde el momento en que Milagros puso el pie en la calle, vio a su perseguidor, sonriente, y vestido con más esmero y pulcritud que la víspera. Se acercó sin cortedad, y como si estuviese seguro de su aquiescencia, la acompañó. Milagros sentía un aturdido entorpecimiento de la voluntad: sin embargo, recobró cierta lucidez, y murmuró bajo y con angustia:

-Haga usted el favor de no venir a mi lado. Puede vernos mi padre, mi hermano, una amiga. Sería un conflicto. ¡No lo quiero ni pensar!

-Pues ¿dónde la espero? ¿Diga? ¿Dónde?

Ella titubeó. Estuvo a pique de contestar: «En ninguna parte.» El corazón le saltaba. Al fin se resolvió, y susurró bajo, con ansiedad:

-En el Retiro... A mano izquierda, hay un árbol todo color de rosa..., todo, todo... Como un ramillete... Allí...

Y echó a andar, casi corriendo, hacia la calle de Alcalá. Él, discretamente, se quedó rezagado; al fin tomó la misma dirección. Cuando llegó al árbol no vio, al pronto, a la mujer. No tardó en aparecerse: se había alzado de un banco, y venía sofocada por la emoción. Se explicaron en minutos, con precipitada alegría. Él la había querido al mismo punto de verla. Ella, por su parte, no sabía lo que le había pasado; pero comprendía ahora que le había pasado dos cuartos de lo mismo. ¡Cosa rarísima! Ella jamás soñó en novio, jamás se le importó por nadie... Su padre era empleado; su madre había muerto, y ella disfrutaba de bastante libertad; pero no hacía jamás de esa libertad uso para ningún enredo, y por primera vez tendría que ocultar en su casa algo. Él, apasionadamente, la tranquilizó. ¿Qué hacía de malo, vamos a ver? Seguía los impulsos de su corazón, y eso es la cosa más natural del mundo. Hombres y mujeres han de atraerse mutuamente por ley ineludible, y eso es lo más hermoso de la vida. ¡Buenos estaríamos si no existiese el amor! ¡Cómo sería este parque si le faltase su árbol rosa!

Hablaba con persuasión y energía, y de un modo pintoresco, como quien conoce la vida o pretende dominarla, y estrechaba las manos de Milagros, comunicándole el calor y el deseo de las suyas. La señorita advertía la sensación del que resbala en una pendiente húmeda que conduce a un pozo profundo. La razón, casi extinguida, lanzaba, sin embargo, alguna chispa de luz. ¿Quién era aquel sujeto que así se apoderaba de ella? ¿De dónde procedía, en qué se ocupaba; era, por lo menos, un hombre bueno, honrado? Cuando descubrieron un banco en un solitario rincón, Milagros abrumó a preguntas al acompañante, sin reflexionar cuán fácil era decir una cosa por otra. El tono en que respondía al interrogatorio le pareció, no obstante, sincero. Confesó su pasado; nombre, Raimundo Corts: humilde obrero al principio, después, por su fuerza de voluntad y sus conocimientos, encargado de una fábrica de tejidos en Lérida; ¡mucho trabajo, no poca ganancia! «Sin embargo -advirtió-, si quisiese comprarle a usted- no habían empezado aún a tutearse -una de esas joyas que miraba ayer en el escaparate no podría. Y hay gente que sin trabajar puede regalar joyas, como esa, o mejores. Injusticias, ¿no l'sembla?»

No estaba ella, ciertamente, para perderse en disquisiciones sociológicas; y hablaron de su ternura naciente, y convinieron en verse todos los días, sin falta, en el árbol rosa. A sitios más ocultos y menos poéticos hubiese deseado él decidirla a ir; pero Milagros no sabía ella misma que fuese tan capaz de resistir al impulso. «No -repetía-. Eso no. Aquí me parece que no hago nada censurable. En otra parte... no. Eso no me lo pidas.» La chispa que cruzaba por las pupilas del muchacho era expresiva; para quien conociese el lenguaje del alma al través de los ojos, decía a voces: «Tú transigirás, tú no tendrás remedio; me quieres demasiado para negarte mucho tiempo ya.» A la vez, en la mente de ella, había otro cálculo; porque el amor también calcula, como si fuese logrero o comerciante: «¿En qué ha de parar un amor como el mío, sino en boda? Nos uniremos, nos iremos a Lérida, viviremos felices. Pero hay que dar tiempo al tiempo..., y procurar que no se tuerza este carro. Si procediese con ligereza, él mismo dejaría de estimarme.» Su honradez de burguesa la amparaba, y el ataque y la defensa continuaban bajo la sombra amiga del rosado árbol, todo él una llama dulce, bajo la caricia clara del sol de primavera.

Un día, con extrañeza al pronto -las cosas más usuales nos sorprenden, como si no las esperásemos-, notó Milagros que el árbol rosa se descoloraba un poco. Sus florecillas se desprendían y empezaban a alfombrar el suelo. Tan sencillo suceso la oprimió el corazón, como pudiera hacerlo una gran desgracia. Instintivamente, la suerte de su amor le parecía ligada a la del árbol. Confirmando la supersticiosa aprensión, aquel día mismo Raimundo se presentó mohíno y fosco, como el que tiene que decir algo triste y rehuye la confesión de la verdad. En vez de explicar las causas de su abatimiento, insistió en la acostumbrada porfía. ¿No iban a verse nunca, nunca, en sitio más seguro y libre? ¿No era absurdo que no conociesen más asilo que aquel árbol, como si Madrid no fuese una gran ciudad y no se pudiese en ella vivir a gusto? Se negaba porque no le quería; se negaba porque era una estatua de yeso... Entonces la señorita pareció recobrar valor, decidirse. Se negaba porque siempre entendió que entre ellos se trataba de otra cosa; de algo digno, de algo serio. ¿No lo creía él también? ¿O había querido solamente distraerse, entretener unos días de viaje? Bajaba él la cabeza y fruncía el ceño; su cara se volvía dura, y surcaba su frente juvenil, de lisa piel, una arruga violenta. Al fin rompió en pocas y embarazosas palabras. Sí, sin duda... Ella decía muy bien... sólo que no eran cosas del momento. Eran para muy pensadas, para realizarlas sin precipitación. Él tenía pendientes asuntos de suma importancia, cosas graves, que de la noche a la mañana no podía abandonar, y que ignoraba él mismo hasta dónde le llevarían. ¿Quién sabe si tendría que emigrar, que pasar al extranjero? Él no era como esos señores que no se mueven de una oficina. Su vida, agitada, podría dar asunto a una novela... Por eso debían disfrutar del momento feliz, debían reunirse donde nadie les pudiese tasar la dicha...

-¿No?

-¡No! Eso nunca... ¡Nunca, Mundo de mi alma!...

Él, cabizbajo, pálido, no replicó. Cogió una diminuta rama del árbol rosa y la guardó en el bolsillo del chaleco. Al despedirse se citaron para el día siguiente. «A la misma hora, ¿eh?»

Por el correo interior recibió aquella noche Milagros una carta sucinta. Mundo tenía que irse; le avisaban, por medio de un telegrama, de que urgía su presencia. Ya daría noticias. Y no las dio. La señorita esperó, en balde, otra carta. Lloró bastante, hubo jaquecas y nervios; pero experimentaba la impresión de haber evitado algún terrible peligro. ¿Cuál? No lo podía definir. ¿No la quería aquel hombre? ¿Con qué objeto fingía? ¿Quién era? Con suma habilidad, por medio de una amiga, logró informarse en Lérida, y resultó que allí nadie conocía a tal Raimundo Corts.

Cansada de sentir y de añorar, de hacer calendarios y de esperar bajo el árbol rosa, ya sin flor, donde acaso él volvería a aparecer, fue consolándose, y a veces creía haber soñado su idilio.

Algún tiempo después se casó con un tío suyo, que venía de Cuba «con plata». Al pasearse por el Retiro en primavera, con un niñito de la mano, miró hacia el árbol rosa. Estaba todo iluminado, todo trémulo de floración. Una brisa muy suave lo mecía.