La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

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La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

lunes, 1 de diciembre de 2008

Berenice (Bazán)

de Emilia Pardo Bazán

Fue en un libro encuadernado en pergamino, impreso en caracteres góticos y taraceado por la polilla, donde encontré la leyenda de Berenice, a quien suelen llamar la Verónica. Sin darle crédito ni atribuirle autoridad alguna, voy a trasladarla aquí, lector piadoso, que acaso habrás adorado alguna reproducción de la Santa Faz.

Berenice, casada con Misael el rico, era de origen hebreo, nacida, sin embargo, en Alejandría. De su ciudad natal había traído a Sión costumbres refinadas, un vestir lujoso, gasas más sutiles, y joyas más caprichosas que las que usaban sus convecinas y aun las romanas del séquito de la esposa de Pilatos. Berenice gastaba exquisitos perfumes, iguales a los de la tetrarquesa Herodías, y se los traía Misael de sus frecuentes viajes a los países de Arabia y Persia. Con todo eso, Berenice no era dichosa y Misael tampoco.

No tenían hijos. Las entrañas de Berenice no eran fecundas. Y, como la esperanza en la venida del hijo de David, del Mesías prometido, se hubiese exaltado con el yugo puesto en Jerusalén por la despótica Roma, cada matrimonio soñaba con engendrar al Salvador. Las estériles eran objeto de compasiva burla. Cada vez que una aguadora cargada con sus ánforas y con el peso de su embarazo pasaba ante la puerta de Berenice, la opulenta arrojaba una mirada de envidia a la miserable. ¿Quién sabe si sería tan venturosa que albergase en su seno la redención de Israel?

La multitud pensaba en el Redentor y le veía como guerrero formidable semejante a los Jueces campeadores, que antaño hicieron triunfar al pueblo elegido. Traería al cinto espada reluciente, al brazo un escudo de fortaleza, y al impulso invencible de su ardimiento huiría el invasor y sería libre Israel. Volverían los tiempos gloriosos, el triunfo de Jehová y, entre cánticos de alegría, el Templo daría cobijo, también como antaño, a las muchedumbres de las tribus, y el Arca sería otra vez llevada en apoteosis, al son de las chirimías y las cítaras, entre los clamores de gozo del pueblo delirante...

Misael era de los que soñaban así. Y la pena de que Berenice no le diese el hijo esperado le fue alejando de ella y tuvo pasajeros encuentros con campesinas, al paso de las ciudades donde solía pasar. La frialdad creció cuando Misael pudo advertir que Berenice se inclinaba a las sectas que empezaban a surgir en Jerusalén, hombres de blancas túnicas y largos cabellos, que llevaban una vida pura y entendían (al revés de los Doctores de la Ley y Príncipes de los Sacerdotes) que el Mesías no sería un combatiente, sino un manso, varón de paz y humildad, y por el espíritu de mansedumbre redimiría a Sión.

Antiguas profecías lo tenían anunciado: Isaías, el de los labios purificados por el ascua de fuego, lo había dicho expresamente. No un león de Judá, sino un corderillo. No trataría de defenderse, pues descendía a ser sacrificado. El precio de su sacrificio era la redención, pero no sólo de Israel, sino de todo el mundo. Y ésta le parecía a Misael la herejía peor. El Mesías tenía que venir para Israel tan solo. ¿Cómo se entiende? ¡El Mesías era para los judíos, para el pueblo de Dios!

Y los esposos disputaban día y noche, aferrado Misael a su exclusivismo patriótico, porfiando Berenice con suave terquedad.

-De todos modos -insistía Misael- yo veo que no viene, pero si ha de venir también para estos romanos que nos oprimen, que nos han hecho esclavos, creo que más vale...

Decíalo, no obstante, de dientes afuera. Según iban alejándose las esperanzas de que Berenice se sintiese madre, aumentaba el afán de Misael. No desesperaba; cierto que su esposa ya iba dejándose atrás la juventud, pero mucho más madura era Sara cuando concibió. Así es que, un día, al volver de una de sus excursiones, trayendo por cierto a Berenice joyeles espléndidos, y mientras ella, agradecida, le rogaba que se sentase a comer y se preparaba a servirle el aguamanos y a lavarle los pies con la húmeda toalla, insistió el marido:

-Berenice, sabe que, en el desierto, bajo la tienda he tenido un sueño: te he visto rodeada de posteridad numerosa. Y el primero de tus retoños, sábelo también, era el Mesías prometido a nuestro pueblo. Tenía la faz muy triste, sangrienta, cubierta de sudor y polvo. ¿Quién me interpretará este sueño? Inquieto estoy.

Calló la esposa, lavó a su señor y le presentó el asado, las tortas de miel y manteca, las uvas de cuelga y las granadas rojas. Le escanció el vino de rubí y le ofreció el agua fresquísima. Y, cuando se hubo saciado y pasado a la terraza, a respirar el aire, regaladamente, Berenice murmuró, con emoción profunda:

-No desees más, Misael, que en mi seno se forme el Mesías. No puede ser. El Mesías ya está entre nosotros.

Y como Misael, atónito, dudase y negase con la cabeza, Berenice replicó:

-Ha venido, ha venido el Hijo de David. Le anunció Yokaanam, ¿no te acuerdas? Aquel varón justo y penitente a quien degollaron, después de la impúdica danza de Salomé, por artimañas de la tetrarquesa. El Hijo de David, unas veces va por los pueblecillos enseñando a las multitudes, otras se le ve en Jerusalén, donde ha arrojado a latigazos del Templo a los mercaderes. Eblis le ha tentado vanamente en la cima de una montaña, y en otra montaña el Maestro ha predicado una ley mejor que la de Moisés, más dulce, más hermosa.

Misael, ya recobrado del asombro, rompió a reír.

-Siempre te dije, esposa mía, que esos nuevos sectarios que hemos visto aparecer te revolverían el seso. Aquí no tenemos más camino, si no viene el Libertador que esperamos, sino ceñirnos los riñones, requerir la espada y caer sobre los invasores, exterminándolos uno por uno. Así hicimos con los moabitas, los amalecitas y los filisteos, y nos fue bien; eran otros tiempos. Había patria. Con Profetas descalzos y que van por los caminos como mendigos, poco medraremos. El Mesías no puede ser el primo de Yokaanam, que era un vagabundo, comedor de langostas silvestres. El Mesías vendrá terrible en su fortaleza, como las haces bien ordenadas. Cuando llegue, menearemos el hierro.

-Te aseguro que se halla ya entre nosotros -repitió tenazmente Berenice-. Lo he sentido en mí; mi corazón ha saltado, como un cabrito que ve a su madre. No lo dudes, Misael. No vivas en la ceguera.

Volvió el comerciante a reírse y tomando su manto, salió a la calle. Quería informarse del tal Mesías, algún embaucador, de seguro. El primer amigo que encontró en la plaza, le dio noticias de la mayor actualidad.

-¿El loco visionario, que se dice Rey de los judíos? ¿Uno al cual siguieron las turbas y le hicieron una entrada triunfal? ¡Bah! Hoy mismo le prenden, y se afirma que le darán muerte mañana.

Misael se estremeció. Nada le importaba el seudo-Profeta, pero le molestaba la pena que iba a sentir Berenice. Y decidió callar. Tiempo había de que lo supiese. De noche, sin embargo, fue agitado su sueño. Dio mil vueltas y habló alto, con inarticuladas voces. A las afectuosas preguntas de Berenice, contestó con efugios. No sabía... Acaso la comida, el vino, el cansancio que sigue a un largo viaje...

Al día siguiente, recorrió la ciudad. Se hablaba mucho de la captura del Rabí. Supo Misael que le habían flagelado. Habló con fariseos y saduceos, que se quejaban de la indulgencia del Pretor romano con el impostor. A bien que ellos habían fomentado un movimiento popular, una especie de motín, y los romanos temían siempre a los desórdenes y algaradas, que podían fomentar en el pueblo la rebelión.

Y por la tarde, supo más Misael: el Rabí iba a ser crucificado...

Volvió a su casa el comerciante con extraña sensación de peso y amargor en la conciencia. Deseaba hablar, informar a Berenice, y temía, de hacerlo, que corriese desalada al lugar del suplicio. Taciturno, se sentó en el patio, donde una fuente se deshilaba en un tazón de jaspe.

Berenice estaba a su lado. Pálida y triste, no respondía casi a sus palabras. Enmudecieron al fin los dos. Los despertó un tumulto en la calle. Las siervas clamaban con histéricos gemidos. Llantos femeniles se oían en la calle también. Berenice saltó, se precipitó. Pasaba una lúgubre comitiva, y entre ella, un hombre cargado con enorme cruz, que no podía levantar en peso, y que arrastraba de rodillas cayendo y levantándose. El hombre sería joven y hermoso, pero no era fácil comprenderlo, porque el semblante apenas podía distinguirse entre las guedejas del pelo pegado a las sienes por el sudor de la agonía y la coagulada sangre que había corrido por la frente abajo. Berenice no sollozaba, no gritaba; permanecía con los ojos dilatados de horror, fascinada por la intensidad del sentimiento. Al fin, se lanzó, desenrolló el velo fino que cubría su cabeza y corrió, abriéndose paso entre la muchedumbre y rechazando con la mano a los verdugos, a secar aquel rostro empapado, a limpiar aquellas facciones ultrajadas y embebidas de impurezas. El sentenciado la miró un momento, y la mirada se clavó como hierro ardiente en el alma de la piadosa.

Misael la había seguido para protegerla y fue el primero en notar el prodigio...

La faz del reo se había quedado impresa en la tela tres veces, en tres dobleces simétricos, y era el mismo rostro, y el mirar, el mirar maravilloso que derretía el corazón más duro...

Y Misael, cayendo prosternado, gritó:

-¡Era cierto! ¡Había venido el Mesías!

sábado, 1 de noviembre de 2008

Belona

de Emilia Pardo Bazán

El destacamento, al regresar de su arriesgada expedición de descubierta, no volvía de vacío: traía un prisionero, y era nada menos que un oficial. Venía suelto, arrogante y despreciativo, fruncido el rubio ceño, contraídos los labios juveniles por una mueca colérica, como si retase a los que, sorprendiéndole en la avanzada, le habían cogido casi sin lucha, sin darle tiempo a una defensa leonina. Ni aun preguntaba adónde le llevaban así; seguro estaba de que no era a cosa buena, porque ya conocía de oídas la siniestra fama del Zurdo, el cabecilla en cuyas garras había caído, y como no esperaba misericordia, quería al menos morir en actitud de caballero y de valiente.

Los que le escoltaban iban silenciosos. Dígase lo que se diga, y por muy avezado y endurecido que se esté en ver correr sangre, infunde cierto respeto indefinible el hombre que va a morir, y si el que va a morir es un joven, como se ha tenido madre, se piensa en el dolor de la mujer desconocida, asimilándolo al que sufriría en caso igual la otra mujer que nos llevó en las entrañas. Quizás este pensamiento no se define: es un sentir obscuro y vago, una sorda opresión ante la fatalidad que nos subyuga a todos. Ello es que los de la escolta callaban, callaban con huraño silencio. Únicamente lo rompieron para decir hoscamente:

-La tienda del general... Adentro.

Era orden del cabecilla que se le llevasen directamente los prisioneros, de los cuales sacaba, con su astucia característica de leguleyo, con su cautela de perseguidor y perseguido que combate empleando la precaución tanto como las armas, noticias e indicaciones útiles. El cautivo entró, siempre altanero y firme: pero guardando esas fórmulas de respeto a que nadie falta en campaña, saludó militarmente. El Zurdo contestó al saludo haciendo la indicación de que el prisionero se sentase.

-Es usted muy joven... -fueron sus primeras palabras-. ¿Lleva usted mucho tiempo en campaña, señor oficial?

-Ocho días... Poco más de una semana hará que llegué de Madrid, y sirvo a las órdenes de don Juan Cabañero.

-Y vamos, dígame... ¿Cómo andan ustedes por aquel campamento? ¡Cabañero estará satisfecho de su última victoria!

El oficial se echó atrás indignado. ¿Le tomaban por un niño o por un delator? Venía prevenido; sabía el fin de las preguntas capciosas del cabecilla.

-Perdone usted; no quiero hablar de eso ni de nada... Voy a ser fusilado y necesito recoger mi espíritu.

El Zurdo sonrió, haciendo con la mano el ademán inequívoco que significa «calma», y en tono mesurado y cortés pronunció:

-No será usted fusilado porque tendrá usted cordura; comprenderá cuál es el deber sacratísimo de todo buen español y reconocerá a nuestro legítimo rey. Ya ve usted de qué manera tan sencilla, y para usted tan honrosa, no sólo no morirá usted, sino que habrá dado hoy el primer paso de una brillante carrera, señor don... ¿Cómo se llama usted? Espero que no tendrá inconveniente en decirme su nombre.

-Desde luego... Jacinto Aguilar me llamo.

-¿Aguilar de los Aguilares de Burgos? -exclamó alborozado el guerrillero.

-Justamente.

-¿Y su padre de usted se llamaba don Cayetano de Aguilar, oidor en la Audiencia de Zaragoza? ¡Hola! Pues si yo he sido íntimo amigo suyo. Entonces no me apodaban el Zurdo, porque no sabían que al tirar a los pájaros me servía de la izquierda... Entonces se me conocía por don Joaquín Jimeno, fiscal de aquella misma Audiencia. ¡Las partidas de tresillo que hemos jugado su padre de usted y yo! Y le advierto a usted, y usted bien lo sabrá, que su padre no fue nunca cristino. ¡Sí, cristino él! Partidario era de lo que somos los españoles leales.

-Mi padre sería lo que quisiese -respondió Jacinto, que a su pesar sentía inquietud de esclarecer su situación-. Yo, señor don Joaquín, no puedo faltar a mis compromisos, a mi honor, a mi bandera. Soy oficial del Ejército cristino, y no me paso. Haga usted de mí lo que quiera; no me paso.

El Zurdo miró fijamente al joven, en quien encontraba rasgos de la conocida fisonomía paternal: el ceño algo severo, el arranque del pelo muy bajo, los ojos garzos, claros; el gesto reservado y señoril.

«¡Lástima de muchacho!», pensó.

Y en voz alta insistió cordialmente:

-Mírelo usted bien... A su edad de usted la vida es amable, y hay mucho camino que andar todavía. Vamos, si quiere, le daré plazo largo... Reflexione... Tiene usted tiempo. Pero preferible sería, sin embargo, que se decidiese usted cuanto antes. A lo mejor nos enzarzamos con Cabañero..., y, en tal ocasión, los prisioneros pueden estorbar...

El tono con que pronunció la frase fue elocuente por su misma moderación estudiada. Jacinto, moviendo la cabeza, confirmó su negativa:

-No quiero plazos. Mañana, dentro de un año, diré lo mismo que ahora.

El Zurdo parpadeó ligeramente, y llamando al centinela, dio una orden:

-A ver si me traen la cena... El señor cenará conmigo.

Un cuarto de hora después servían al cabecilla y a su huésped. Jacinto estaba desfallecido de hambre; cuando probó las apetitosas magras de jamón y mojó los labios en el vino generoso del Priorato -el Zurdo se trataba a cuerpo de rey-, su actitud reservada cambió insensiblemente y empezó a fantasear con optimismo el porvenir. ¿Era posible que aquel íntimo amigo de su padre le sacrificase a él, a quien no tenía motivo alguno para querer mal? ¿Se invita a un hombre a la mesa, se le obsequia, con ánimo de destrozarle horas después la cabeza a tiros? La incredulidad en la propia muerte -ese curioso fenómeno tan humano- crecía en Jacinto a cada bocado de la sabrosa pitanza, a cada sorbo del zumo añejo que llevaba a sus venas calor eficaz. Le habían contado, es cierto, muchos casos terribles del expeditivo sistema con que los prisioneros eran despachados al rehusar pasarse; mas esos casos no podían ser el suyo; no cabía que le tratasen como a los demás, y que aquel señor bien educado que le servía primero y le colocaba en el plato la mejor porción del asado de cabrito, dispusiese que a la madrugada... ¡Bah! ¡Qué locura! Y la conversación se animaba, y Jacinto reía gozoso al escuchar de labios del cabecilla la broma inevitable:

-Muchas novias allá en Madrid, ¿eh? ¡Lo que se divierten los jóvenes allí; qué sal tienen aquellas madrileñitas!

Las frutas, los licores, el bienestar físico de la feliz digestión que empieza... y un soberbio habano ofrecido por el Zurdo, completaron la ilusión dichosa del joven. Le pondrían en libertad, tendría ocasiones de combatir, ascendería, volvería a Madrid con humos de vencedor a mirarse en unos ojos negros que ensombrece más una mantilla de blonda jugueteando sobre un puñado de claveles carmesíes... Así es que cuando el Zurdo se levantó, murmurando con extraña expresión la vulgar frase «Buenas noches», el oficial se cuadró gentilmente ante el antiguo compañero de su padre.

-Buenas noches, y gracias, mi general...

-¿Dice usted verdad? ¿Servirá a mis órdenes?...

-¡Ah! ¡Eso no...! Pero crea usted que lo siento de veras...

-Yo más...

Apenas hubo salido el prisionero, custodiado por dos partidarios de aplastada boina, entró en la tienda un capitán, el mismo que había capturado a Jacinto. El Zurdo dio una orden lacónica...

-¿Al amanecer? -repitió el capitán.

-Sí; detrás de las tapias de la iglesia...

Y el cabecilla arrancó la última chupada y tiró el cigarro, con un gesto de contrariedad y fatalismo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Banquete de boda

de Emilia Pardo Bazán

Una noche de Carnaval, varios amigos que habían ido al baile y volvían aburridos como se suele volver de esas fiestas vacías y estruendosas, donde se busca lo imprevisto y lo romancesco y sólo se encuentra la chabacana vulgaridad y el más insoportable pato, resolvieron, viendo que era día clarísimo, no acostarse ya y desayunarse en el Retiro, con leche y bollos. La caminata les despejó la cabeza y les aplacó los nervios encalabrinados, devolviéndoles esa alegría espontánea que es la mejor prenda de la juventud. Sentados ante la mesa de hierro, respirando el aire puro y el olor vago y germinal de los primeros brotes de plantas y árboles, hablaron del tedio de la vida solteril, y tres de los cuatro que allí se reunían manifestaron tendencias a doblar la cerviz bajo el santo suyo. El cuarto -el mayor en edad, Saturio Vargas- como oyó nombrar matrimonio, hizo un mohín de desagrado, o más bien de repugnancia, que celebraron sus compañeros con las bromas de cajón y con intencionadas preguntas. Entonces Saturio, entre sorbo y sorbo de rica leche, anunció que iba a contar la causa de la antipatía que le inspiraba sólo el nombre y la idea del lazo conyugal.

Es una de las cosas -dijo- que no pueden justificarse con razones, y no pretendo que me aprobéis, sino que allá, interiormente, me comprendáis... Hay impresiones más fuertes y decisivas que todos los raciocinios del mundo; he sufrido una de éstas... y la obedezco y la obedeceré hasta la última hora de mi vida. Estad ciertos de que moriré con palma... de soltero.

Recibí la tal impresión cuando vivía en provincia, bajo el ala de mi madre. Tenía dieciocho años de edad, no sé si cumplidos, cuando una mañana me anunció mamá que al día siguiente se casaba una prima nuestra, a quien había traído su tutor de un convento de Compostela, donde era educanda, y que estábamos convidados a la ceremonia en la iglesia y a la comidas de bodas, en casa del novio, cierto notario ya maduro. Alegreme como chico a quien esperaba un día de asueto y jolgorio; madrugué, y me situé en la iglesia de modo que no perdiese detalle. Cuando llegó la novia, entre el run run del gentío que se apartaba para dejarla paso, y la vi de frente, me sorprendí de lo linda que era, y sobre todo de su aire candoroso y angelical, y de su mucha juventud -una niña más bien que una mujer-. No vestía de blanco; tal costumbre no existía en Marineda aún; llevaba un traje de seda negro, una mantilla de blonda española y en el pecho un ramito de azahar artificial; pero su cara de rosa y sus grandes y dulces ojos azules lucían más con clásico tocado español, que lucirían bajo el velo de Malinas.

De pronto retrocedí como asustado: acababa de aparecer el novio, don Elías Bordoy, cincuentón, alto, fornido, grueso y calvo. Recuerdo que estuve a punto de gritar: «¿Pero es este hipopótamo el que se lleva esa criatura tan preciosa?» El movimiento que hice fue marcadísimo; lo advirtió mi madre, y como estaba pegada a mí, me tiró de la manga y recuerdo que ¡la pobre! puso un dedo sobre los labios, sonriendo con malicia y gracia, como si me dijese: -¿Pero a ti que te importa? No te metas en lo que no te va ni te viene».

Si hubiese podido responder en alta voz y dejar desbordarse mis sentimientos, le gritaría a mamá: «Pues sí me importa. Cuando se casa un hombre, idealmente se casan todos. El que es joven y hace versos a escondidas; el que siente y le hierven las ilusiones, se ha figurado mil veces esta ceremonia y el misterio que la acompaña, y lo ha revestido de todos los encantos de la belleza. El pudor, la pasión, la incertidumbre, la esperanza, la felicidad que se sueña, menor, sin embargo, que la realidad iluminan con tal aureola este momento supremo de la vida, que el espectador tiene derecho a silbar, si el espectáculo es vergonzoso y grotesco». Mientras pensaba así, la novia, con voz clarita y argentina, había articulado un sí redondo...

La hora señalada para la comida de bodas era la de las tres: don Elías vivía a la antigua española. Nos introdujeron en una sala anticuada, con sillería de marchito color, en que cuadros de santos se mezclaban con oleografías de pésimo gusto. Éramos, con los de la casa, quince o veinte personas las que debíamos disfrutar del banquete. La novia, ya sin mantilla, pero con su ramo de azahar en el pecho, charlaba con la hermana de don Elías, solterona avinagrada, que tenía una de esas bocazas negras que parecen un antro sepulcral. El novio se había retirado, apareciendo pocos minutos después despojado de la levita, con un macarrónico batín de franela verde, en zapatillas, y calada una especie de gorra grasienta, a pretexto de catarro y confianza; en realidad por no desmentir la añeja y groserísima costumbre de sentarse a la mesa cubierto.

Figuraba entre los comensales uno de esos graciosos de oficio que no faltaban en ninguna ciudad, y al ver al novio en tan extraño atavío, le soltó un ¡hurra! y le anunció que a los postres bailarían una danza con mucho y remucho aquel... Al oír esta proposición miré a la novia con angustia. Cándida y sonrosada, inclinando la cabeza gentil, la novia sonreía.

Una maritornes sucia, de arremangados brazos, anunció en voz destemplada que estaba «la comida lista»; y don Elías nos enseñó a empellones el camino del comedor. «Nada de cumplimientos -chillaba el cetáceo- ya saben ustedes que esa palabra significa cumplo y miento». Porque cedí el paso a una señora, me llamaron señorito almidonado. Sentámonos a la mesa en tropel, y aquel desorden hizo que me colocase enfrente de la novia y pudiese estudiar con afán su rostro; pero nada advertí en él, más que el sencillo regocijo de una chiquilla salida del convento y que se divierte con el barullo y la novedad de la situación.

La comida era espantosa en su abundancia y en su pesadez: un pecado de gula colectivo. La hermana de don Elías, la de la bocaza sepulcral, sentada a mi lado, me hacía cucamonas aborrecibles, empezando por destapar un soperón ciclópeo, y echarme en el plato una cascada de tallarines humeantes y calientes como plomo derretido. El cocido le fue en zaga a la sopa: cada fuente encerraba una montaña de chorizos, patatas y garbanzos, libras de tocino, una costilla salada, y obra de dos rabos de cerdo.

Mis esfuerzos para abstenerse fueron inútiles: la terrible solterona, consagrada, según decía, «a cuidarme», notó que me faltaban garbanzos, que estaba privado de tocino, y que nadie más desprovisto de carne que yo, y remedió al punto estas faltas. Cuando uno es muchacho padece de raras aprensiones: cree que tiene que hacer el gusto a los demás, y no el propio. Obedecí a la harpía, y comprendiendo que me envenenaba, comí de aquellas porquerías grasientas. Era el tonel de las Danaides; cuanto más tragaba, más me ponía en el plato. Apenas me descuidaba veía venir por el aire una mano seca y rigurosa, y me llovía en el plato una media morcilla o un torrezno gordo. Y lo que acrecentaba mi indignación hasta convertirla en furor, era ver a la novia, la del rostro angelical, la de los ojos de luz y zafiro, comer con excelente apetito, y escoger con refinada golosina los mejores bocados. Onzas de sangre daría yo porque apareciese desganada y meditabunda. ¡Desganada! ¡A buena parte! Recuerdo que al ofrecerla su marido un platazo de aceitunas, exclamó hecha unas castañuelas, de vivaracha: «¡Ay, cómo me gustan! Y en el convento, espérate por ellas...».

Después de los innumerables principios, todavía trajeron un tostón o marranilla y un pavo relleno, de inmensa pechuga, tersa como el parche de un tambor, un pavo que me pareció la cría de un elefante. Destaparon el champagne, de pésima calidad, pero suficiente para alborotar las cabezas, y por primera vez oí reír alto a la novia, con risa cristalina, impulsiva, pueril, que a poco me arranca lágrimas... Sí; entre el calor, el vaho de la comida y el drama que se representaba en mi imaginación, declaro que estuve a pique de soltar el trapo allí mismo. El novio se había retirado a aflojarse los tirantes y volvía a la mesa hecho una fiera de puro feo, con el cogote rollizo, el rostro apoplético y los ojos inyectados. Era el instante en que las chanzas del gracioso de oficio adquirían subido color; en que las señoritas y señoras, sofocadas, se abanicaban con periódicos, y en que empezaban a desfilar con los postres los licores -noyó, naranja, kummel y «perfecto amor»-. De este último quiso el gracioso escanciase el novio una copa a la novia, y aprovechando la algazara formidable que armó esta ocurrencia, yo me levanté, me deslicé hasta la puerta sin ser visto, salvé la antesala, salté a la escalera, bajé disparado y me encontré en la calle, respirando por primera vez desde tantas horas...

Al otro día caí en cama. La recia indigestión paró en fiebre, y fiebre de septenarios, tifoidea, que me puso a dos dedos de la sepultura. Convaleciente ya, un día desahogué con mi madre los recuerdos de la fatal comida. ¿Qué pasaba? ¿La novia había perdido la razón? ¿Se había escapado en bata del domicilio conyugal?

-¡Qué bonito eres! -respondió mi madre-. La novia, muy contenta; y don Elías y su hermana, entusiasmados. Entre meterse monja por falta de recursos o vivir hecha una señorona en casa de don Elías, que no se deja ahorcar, de fijo, por un par de millones... ya comprendes la diferencia, hijo.

No objeté nada. Mamá tenía razón. Me guardé mi desilusión, convertida, poco a poco, en horror profundo. Cada vez que pienso que pueden casarse conmigo como se casaron con don Elías... juro concluir mi existencia entre un gato y un ama de llaves... ¡Solo... solo!... Mejor que mal acompañado.

-Comprendo -exclamó uno de los que oían a Saturio Vargas-. Se te indigestó la boda... y manjar que se nos indigesta, ya no lo catamos.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Al anochecer

de Emilia Pardo Bazán

En la vereda solitaria se encontraron a la puesta del sol los dos hombres del pueblo. Venían en contrarias direcciones. El uno regresaba de dar una ojeada a sus viñas, que empezaban a brotar; el otro había asistido, más bien curioso, al suplicio de cierto Yesúa de Nazaret, y bajaba de la montañuela para entrar en la ciudad antes que los portones y cadenas se cerrasen.

Se saludaron cortésmente, como vecinos que eran, y el viñador interrogó al ebanista:

-¿Qué hay de nuevo en la ciudad, Daniel? Yo estuve abonando mis tierras, que la primavera avanza, y he dormido en el chozo la noche anterior.

-Lo que hay -respondió el ebanista- no es muy bueno. Han crucificado esta tarde al profeta Yesúa. Te acordarás del día en que le esperábamos a las puertas de Sión y agitábamos ramos de palma y le alfombrábamos el paso con espadañas y hierbas olorosas. Yo no era de los suyos, pero hacía como todos, que es siempre lo más prudente. No se sabe lo que puede ocurrir. La multitud estaba alborotada, y le aclamaban rey. Y entonces me quité el manto y lo tendí en el suelo, para que lo pisase el asna en que iba montado el Rabí.

-Que por cierto era mía -declaró Sabas-. Mi gañán la dejó atada a un árbol, con su buchecillo, y los discípulos la desataron para el Rabí, a fin de que entrase en triunfo. Después me la restituyeron. Yo digo que son gente benigna y que no daña a nadie. Y el Rabí ningún suplicio merecía. Ha curado a bastante gente poniéndole las manos sobre la cabeza.

-¿Sería entonces, como muchos creen, el hijo de David? -dudó, pensativo, Daniel.

-No puedo contestarte -declaró Sabas, apoyándose en su cayada, fruncidas las cejas-. Soy un labrador, y no un doctor de la Ley. Cuando recojo mis racimos y los prenso en el lagar, y hago el vino rojo, y lo vendo, y lo cato, he cumplido la tarea que el Señor me impuso. Que el Rabí sea o no el rey de lo judíos, y hasta el que ha de sentarse a la diestra del Padre, como diz que anunció su primo Yokaanam, el que degollaron por malas artes de la Tetrarquesa, es cosa que no me incumbe resolver. Pero Yesúa me parecía inocente, y fue abuso y demasía enviarle al patíbulo.

-Pienso lo mismo que tú. Sabas -confirmó el ebanista-. No hallo en él culpa, si no es culpa apiadarse de los hombres. Y el Pretor era de nuestro parecer. Hay gente que no está contenta si no persigue... Los fariseos...

-Mira si alguien escucha, y no nombres...

Daniel lanzó una ojeada en derredor, y como a nadie viese en los agros vecinos, iluminados por la luz violeta de un Poniente desleído en lívidas tintas, continuó:

-Los fariseos son aficionados a suplicios. Desde que Sión se halla sometida a los extranjeros, he aquí que se ha vuelto más cruel el Sanedrín.

El viñador escuchaba preocupado. En su espíritu nacía una inquietud. ¿Cómo había sido lo del Rabí? ¿Tardó mucho en morir? ¿Qué dijo?

-Yo -explicó el ebanista- me hallaba en mi taller, labrando, por encargo del Pretor, un triclinio, y nada supe hasta que un tumulto de gente pasó por delante y oí el patear de los caballos y un ruido sobre las losas de la calle, como si arrastrasen un leño. Era el Rabí, que porteaba su propia cruz y no tenía fuerzas para soportarla, hasta que le ayudó Simón de Cirene. Salí a la puerta. Si no me dijesen algunos del gentío que era Yesúa, no le conociera. ¡Tan demacrado, tan ensangrentada y amoratada la faz! Ya sabes que la tenía muy bella, y unos rizos, como la flor del jacinto, apretados y obscuros. Ahora, su melena era un pegote polvoriento, bajo la corona de ramas de espino entretejidas, que le laceraba la frente.

-¿Corona? -inquirió Sabas-. ¿Por qué corona?

-Bien se ve que te pasas el año en tus heredades y tus viñedos... A Yesúa le pusieron por mofa insignias regias. Corona, manto de púrpura, un cetro hecho de cañas. Y sobre su cruz había un letrero que decía, en tres lenguas: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos.» Por cierto que los Pontífices...

-¿No hay nadie? -receló Sabas, inquieto.

-Nadie... No temas... Los Pontífices no querían la inscripción así. Fue el Pretor... Y dijo cuando querían quitarla: «Lo escrito, escrito...»

-¡Oh Daniel! -susurró el viñador-. Ahora temo yo... Mi aliento se acorta. ¿No será el hijo de David? ¿No será el que esperamos? Labrador, ignorante soy; pero he oído decir que, en otro tiempo, el Profeta Isaías anunció que nuestro Salvador sería llevado como un cordero a la muerte, y sufriendo y muriendo sin resistir, nos redimiría. Sí; esto se lo he oído repetir a mi padre, que era un varón entendido y leía las Escrituras.

-Como un cordero le llevaron, efectivamente -afirmó Daniel-. Arrastrado, con una cuerda al cuello. Las mujeres lloraban a gritos en mi calle. Y entonces yo me uní a la comitiva. Cayó varias veces; la cruz debía de pesar mucho; era de madera verde y recia. Eso lo entendemos los del oficio... No sé cómo llegó vivo al Gólgota. Hubo alguien que, conociéndome, me propuso que manejase el martillo cuando le clavaron manos y pies. Me resistí. Antes me dejo clavar yo. ¡Clavarle! Eso, allá los sayones.

-¿Gritó mucho?

-Él, no. Sólo un gemido a cada martillazo. Los otros sentenciados aullaban. ¿No sabes? Eran dos salteadores, Dimas y Gestas.

-¿Que si sé? Ese Dimas me quitó cabras y las asó en el monte.

-Perdona a su alma -imploró el ebanista-. Yesúa le perdonó y le prometió el Paraíso, porque Dimas, agonizante, lloró sus pecados y creyó en el Rabí.

Por segunda vez Sabas quedó meditabundo. El velo de la noche que caía le oprimía como un sudario estrecho. Debían de ocurrir cosas solemnes a tal hora. ¿Cuál era la verdad? Y en su interior se alzaba la figura del Rabí cuando entró en la santa ciudad, caballero en el asna pacífica. Toda su actitud y su semblante destellaban amor. Su mano, muy blanca, trazaba bendiciones en el aire y las sembraba sobre la muchedumbre. Y ahora el Rabí colgaba de la cruz, cerrados los ojos. Sabas ya olvidaba su terruño recién labrado, los retoños tan frescos y verdes de las vides, que le prometían cosecha pingüe en el otoño. ¿Qué significaban los sucesos? No entendía bien. ¿Y si era el hijo de David? Dudoso, meneó la cabeza y pronunció lentamente:

-Daniel, ha llegado la hora de compadecerse de Sión. Se ha vertido la sangre de un justo. Esta noche, el sueño tardará en cerrar mis ojos, aunque estoy muy cansado del trabajo de todo el día. Yo no he cometido, a sabiendas, iniquidad; y con todo eso, mi espíritu se ha conturbado.

A su vez, Daniel notaba que el corazón le pesaba en el pecho como una piedra. Había anochecido del todo, y un soplo estremecedor se alzaba de las tierras que el rocío, lentamente, como lluvia de ligeras lágrimas, iba empapando. Un temblor repentino sacudió todo el cuerpo de Sabas, y, ya sin miedo de que les oyese nadie, exclamó:

-¡Era el hijo de David, Daniel! ¡Era el esperado, el enviado! ¡Y le han dado muerte! ¡Ay de nosotros!

Alzando la voz a su turno, Daniel gritó:

-Él ha dicho a las mujeres que le lloraban que llorasen por sí mismas y por sus hijos. Y él ha dicho también: «¡Felices las estériles, cuyos pechos no amamantaron!»

A un tiempo, los dos hombres del pueblo, el viñador y el artesano, sollozaron angustiosamente:

-¡Ay de nosotros! ¡Ay de la ciudad! ¡Han matado al Rabí!

Mientras los dedos convulsos de Daniel rasgaban su túnica, las manos forzudas de Sabas herían su rostro y arrancaban puñados de cabellos. Y ambos se postraron, la faz contra el caminillo pedregoso.

Cuando alzaron la frente, sin levantarse, entre el cielo y la tierra, como suspensas, vieron dos nubes blancas, prolongadas, de imprecisas líneas. En lo alto, un resplandor tan tenue que apenas se distinguía, dibujaba doble círculo luminoso, dos discos de oro pálido, casi invisibles. Alrededor de las nubes misteriosas flotaba una claridad como de plateada nieve, esparcida en trazos trémulos.

-¡Son los mensajeros del Señor! -dijo en voz ahogada Sabas.

-¡Los ángeles! -balbució Daniel.

-¿No ves cómo se agitan sus anchas alas?

-¿No ves cómo alumbra su cabeza?

Postrándose otra vez, imploraron:

-¡Misericordia! ¡Nosotros no somos quienes le colgamos de la cruz!

-¡Nosotros le amábamos, esperábamos en él, aunque no lo sabíamos!

-¡No nos sea imputada su sangre!

-¡No se nos cobre la cuenta de la iniquidad!

Como un soplo, una voz que parecía son de cítaras y arpas, les acarició el oído:

-No temáis. Resucitará el Rabí.

-No lloréis. Saldrá del sepulcro.

Cuando se incorporaron, el blancor difuso había desaparecido. No se notaba sino el negror de la noche, cerrada, profunda. A tientas, envueltos en tinieblas, buscándose para abrazarse, los dos hombres del pueblo repetían:

-¡El Rabí resucitará! ¡El Rabí resucitará!

viernes, 1 de agosto de 2008

Aire

de Emilia Pardo Bazán

-Tenemos otra loca; pero ésa, interesante -díjome el director del manicomio, después de la descorazonadora visita al departamento de mujeres-. Otra loca que forma el más perfecto contraste con las infelices que acabamos de ver, y que se agarran al gabán de los visitantes, con risa cínica... Y figúrese usted que esta loca está enamorada...; pero enamorada hasta el delirio. No habla más que de su novio, el cual, por señas, desde que la pobrecilla ha sido recluida aquí, no vino a verla ni una vez sola... Si yo creo que esta muchacha, suprimido el amor, estaría completamente cuerda. Verdad que lo mismo les pasa a muchos mortales. La pasión es quizá una forma transitoria de la alienación mental, desde que nos hemos civilizado...

-No -contesté-. En la Antigüedad precisamente es donde se encuentran los casos característicos de pasión: Fedra, Mirra, Hero y Leandro...

-¡Ah! Es que ya entonces estaba civilizada la especie. Yo me refiero a épocas primitivas.

-Sabe Dios -objeté- lo que pasaba en esas épocas, de las cuales no nos han quedado testimonios ni documentos. Lo indudable es que el sufrir tanto por cuestión de amor es uno de los tristes privilegios de la Humanidad, signo de nobleza y castigo a la vez... ¿Se puede ver a esa muchacha?

-Vamos; pero antes pondré a usted en algunos antecedentes... Ésta es una joven bien educada, hija de un empleado, que se quedó huérfana de padre y madre y tuvo que trabajar para comer. Se llama, deje usted que me acuerde, Cecilia, Cecilia Bohorques. Quiso dar lecciones de piano, pero no era lo que se dice una profesora, y por ese camino no consiguió nada. Pretendió acompañar señoritas, y le contestaron en todas partes que preferían francesas o inglesas, con las cuales se aprende... ¡sabe Dios qué! Entonces, la chica se decidió a coser por las casas, y en esta forma ya encontró medio de vivir: dicen que tiene habilidad y gracia para la cuestión de trapos... Se la disputaban y la traían en palma sus clientes. De su conducta todo el mundo se deshacía en alabanzas. Entonces la salió un novio, el hijo del médico Gandea, muchacho guapo, algo perdido. Amoríos, vehementes, una novela en acción. Según parece, el muchacho quería llevar la novela a su último capítulo, y ella se defendía, defensa que tiene mucho mérito, porque, repito, y los hechos lo han demostrado, que se encontraba absolutamente bajo el imperio de la más férvida ilusión amorosa. Una de las señales que caracterizan el poderío de esta ilusión es el efecto extraordinario, absolutamente fuera de toda relación con su causa, que produce una palabra o una frase del ser querido. Dijérase que es como palabra del Evangelio, que se graba indeleblemente en los senos mentales, y de la cual se deriva, a veces, todo el contenido de una existencia humana ¡Extraño dominio psíquico el que otorga la pasión!

El novio de Cecilia, al final de las escenas en que él solicitaba lo que ella negaba dominando todo el torrente de su voluntad rendida, solía exclamar en tono despreciativo:

-¡Tú no eres nadie; eres más fría que el aire!

Con su asonamiento y todo, la frasecilla acusadora se clavó como bala bien dirigida dentro del espíritu de la muchacha, y allí quedó, engendrando un convencimiento profundo... Ella era, seguramente, aire no más... Lo repetía a todas horas -y ésta fue la primera señal que dio de su trastorno-. Como que no hizo otra cosa de raro, ni menos de inconveniente. Con el mismo aspecto de pudor y de reserva que va usted a verla ahora, siguió presentándose en las casas de las señoras para quienes trabajaba, y de estas señoras ha partido la idea de traerla aquí, a fin de que yo intente su curación. Se interesan por ella muchísimo.

-¿Y usted espera que cure?

-No -respondió el médico en tono decisivo y melancólico-. La experiencia me ha demostrado que estas locuras de agua mansa, sin arrebatos, sonrientes, dulces, apacibles en apariencia, son las que agarran y no se van. No temo a las brutales locuras de la sangre, sino a las poéticas, las refinadas, las delicadas, las finas... Yo les he puesto, allá en mi nomenclatura interna, este nombre: «locuras del aire»...

-¡Como la de Ofelia! -respondí.

-Como la de Ofelia, justamente... Aquel gran médico alienista que se llamó -o no se llamó- Guillermo Shakespeare, conocía maravillosamente el diagnóstico y el pronóstico...

Después de estas palabras de mal agüero, el médico me guió a la celda de la «loca del aire». Estaba muy limpio el cuartito, y Cecilia, sentada en una silleta baja, miraba al través de la reja, con ansia infinita, el espacio azul del cielo y el espacio verde del jardín. Apenas volvió la cabeza al saludarle nosotros. Era la demente una muchacha delgadita y pálida; sus facciones aniñadas, menudas, serían bonitas si las animasen la alegría y la salud; pero es cierto que hay muy pocas locas hermosas, y Cecilia no lo era sino por la expresión realmente divina de sus grandes ojos negros cercados de livor azul y enrojecidos por el llanto cuando respondió a nuestras preguntas:

-¡Va a venir, va a venir a verme de un momento a otro! ¡Me quiere a perder, y yo..., vamos, no sé decir lo que le quiero! Lo malo es que, acaso, al tiempo de venir, ya no me encontrará... Porque yo, aquí donde ustedes me ven, no soy nada, no soy nadie... ¡Soy más fría que el aire! Como que soy eso, aire... No tengo cuerpo, señores... ¡Y como no tengo cuerpo, no he podido obedecerle con el cuerpo ¿Se puede obedecer con lo que uno no tiene? ¿Verdad que no? Yo soy aire tan solamente. ¿No me creen? Si no fuese esa reja, verían cómo es verdad que soy aire... Y el día que quiera, a pesar de la reja, se convencerán de que aire soy. ¡Y nada más que aire! Él me lo dijo..., y él dice siempre la verdad. ¿Saben ustedes cuándo me lo dijo la primera vez? Una tarde que fuimos de paseo a orillas del río, a las Delicias... ¡Qué bien olía el campo! Él me quería estrechar, y como soy aire, no pudo. ¡Y claro! ¡Se convenció!... ¡Soy aire, aire solamente!

Comentó estas declaraciones una carcajada súbita, infantil. Salimos de la celda previo ofrecimiento de avisar al novio, si le encontrábamos, de que su amiga le esperaba con impaciencia. Y fue una semana después, a lo sumo, cuando leí la noticia en los periódicos. Llevaba este epígrafe: «Suceso novelesco...». ¡Novelesco! Vital, querrían decir: porque la vida es la grande y eterna noveladora.

Aprovechando quizá un descuido de los encargados de su custodia, presa de un vértigo y aferrada a la idea de que era «aire», Cecilia trepó hasta la azotea de uno de los pabellones, se puso en pie en el alero y, exhalando un grito de placer (realizaba al fin su dicha), se arrojó al espacio.

Cayó sobre un montón de arena, desde una altura de veinte metros. Quedó inmóvil, amodorrada por la conmoción cerebral. Aún alentó y vivió angustiosamente dos días. El conocimiento no lo recobró.

Su última sensación fue la de beber el aire, de confundirse con él y de absorber en él el filtro de la muerte, que cura el amor.

martes, 1 de julio de 2008

Accidente

de Emilia Pardo Bazán

Bajo el sol -que ya empieza a hacer de las suyas, porque estamos en junio-, los tres operarios trabajan, sin volver la cara a la derecha ni a la izquierda. Con movimiento isócrono, exhalando a cada piquetazo el mismo ¡a hum! de esfuerzo y de ansia, van arrancando pellones de tierra de la trinchera, tierra densa, compacta, rojiza, que forma en torno de ellos montones movedizos, en los cuales se sepultan sus desnudos pies. Porque todos tres están descalzos, lo mismo las mujeres que el rapaz desmedrado y consumido, que representa once años a lo sumo, aunque ha cumplido trece. La boina, una vieja de su padre, se la cala hasta las sienes, y aumenta sus trazas de mezquindad, lo ruin de su aspecto.

Es el primer día que trabaja a jornal, y está algo engreído, porque un real diario parece poca cosa, pero al cabo de la semana son ¡seis reales!, y la madre le ha dicho que los espera, que le hacen mucha falta.

Hablando, hablando, a la hora del desayuno se lo ha contado a las compañeras, una mujer ya anciana, aguardentosa de voz, seca de calcañares, amarimachada, que fuma tagarnina, y una mozallona dura de carnes, tuerta del derecho, con magnífico pelo rubio todo empolvado y salpicado de motas de tierra, a causa de la labor.

-Somos nueve hermanos pequeños -ha dicho el jornalerillo-, y por lo de ahora, ninguno, no siendo yo, lo puede ganar. Ya el zapatero de la Ramela me tomaba de aprendís; solamente que, ¡ay carambo!, me quería tener tres años lo menos sin me dar una perra... Aquí, desde luego se gana.

-En casa éramos doce -corrobora la tuerta, con tono de indefinible vanidad-, y mi madre baldada, y yo cuidando de la patulea, porque fui la más grande. ¡Me hicieron pasar mucho! Peleaba con ellos desde l'amanecere. A fe, más quiero arrancar terrones. Había un chiquillo de siete años que era el pecado. Estando yo dormida me metió un palo de punta por este ojo y me lo echó fuera...

Y la vieja, entre dos chupadas, declaró sentenciosamente:

-El que con chiquillos se acuesta... Yo, ende viendo uno (que sea ajeno, que sea mi nieto), le levanto la ropa y le pego un buen azote...

No era verdad; el vecindario de aquel pobre barrio extramuros sabía que la bruja de la voz carrascuda, aun cuando tuviese el cuerpo muy lastrado de líquido, no se metía en realidad con nadie; pero andaba siempre alabándose de abofetear al uno y de destripar al otro. Y la tuerta, con expresión de malicia, guiñó su ojo viudo, sonriendo al escuchimizado rapaz.

Desde que sonó la hora cesaron las confidencias. La taciturnidad del trabajo monótono pesaba sobre los espíritus, adormilándolos, como si el aire que sus pulmones absorbían afanosamente en el trajín les barriese las ideas del seso. Su faena mecánica les atontaba quitándoles del pensamiento cuanto no fuese la repetición incesante, espaciada por la acción de alzar y bajar la piqueta, del golpe que había de socavar aquella trinchera formidable, desmontando tierra y más tierra, que llevaban los carros ni sabían los jornaleros adónde. ¿Qué les importaba, además?

El rapaz, Raimundo, trabajaba, lo mismo que las dos mujeres, por cuenta de un contratista, hombre agenciador, que hacía el negocio de proporcionar gente a los que tenían obras en planta, cobrando los jornales a peseta y abonándolos a real. ¡Vaya! Para eso, con él, seguros estaban de tener choyo todo el año.

No sospechaban, y si lo sospechasen no les importaría, que aquella tierra se destinaba a rellenar un parque en una quinta próxima. Nutrirían con sus jugos, en vez de ortigas y cardos, las plumeadas araucarias, las palmeras elegantes, las fragantes magnolias, las camelias indiferentes a todo en su charolado orgullo. La trinchera, abierta por la construcción del nuevo camino que a la estación conduce, es alta y muestra las zonas de color de las capas del terreno. El trabajo de excavación ha abierto en ella una cava, que ya ofrece sombra cuando el calor arrecia, en aquella hondonada que limitan dos taludes y que no refresca el abanicar del aire de la ría. Y los jornaleros truecan chanzas cuando se enteran de que ya los cobija el desmonte.

Luego, a darle a la piqueta, a darle duro. ¡A-hum! El rapaz se siente desfallecer de cansancio. Es fuerte el trabajo así, el primer día, sobre todo el primer día. Los brazos parece que se los han apaleado, de tanto como le van doliendo. Las compañeras se ríen.

-¡Mocoso! ¿Pensaste que era como jugar a la billarda?

El amor propio, el pundonor le reaniman. Alza la piqueta con más ánimos. Se acuerda del contratista, de la ojeada de desprecio con que le dijo al concederle jornal:

-Te tomo..., no sé por qué; no vas a valer; estás esmirriado; eres un papulito que siquiera puedes con la herramienta...

¿Esmirriado? Ahora se vería si las otras, las femias, hacían más... La tuerca notó el arrechucho del novato, y le dijo, maternal, bondadosota:

-No te mates, hombre, que igual ha de ser. El negocio no está en dar tanto piquetaso, sino en arrincar de cada golpe buena pella.

Y señalaba el hacinamiento a su lado, donde cada fragmento de terrón era doble de los que hacía caer Raimundo. El suspiro, sin responder, volviendo a la carga.

Un automóvil pasó, haciendo retemblar la tierra. No vieron sino la rotación deslumbrante de sus ruedas amarillas. Flotó en el aire un tufo de bencina, exasperado por el calor. Aún no se había disipado, cuando asomó por la carretera un cura de aldea, caballero en un borrico. Tan despacio avanzaba, que el jinete tuvo tiempo de observar sobre las cabezas de los tres jornaleros algo que le llamó la atención. Era una enorme masa de tierra, suspendida, por decirlo así, en el aire. La cueva, ahondada por la continua mordedura afanosa de las piquetas, no tenía ya más cubierta que aquella saliente costra, conmovida sin tregua, de desplome fatal, inevitable. Y en la imaginación del párroco se precisó la catástrofe, enlazada al recuerdo de una frase leída por la mañana, entre sorbo y sorbo de chocolate,en el diario integrista: «Socavan y socavan la sociedad, y se les vendrá encima cuando menos lo piensen». Refrenó a su rucio, cerró el paraguas de alpaca oscura y sin apearse arrimóse al socavón, gritando:

-¡Eh! ¡Vosotros! Que se os viene encima esa tierra. ¿Estades ciegos?

La alcoholizada le contestó pintoresca reata de injurias sobre el tema de la profesión. La moza tuerta solo refunfuñó:

-¡Nos deje en paz! Vusté no nos hace el trabajo.

Raimundo, por su parte, ni se volvió. Enfaenado, cayéndole una gota de cada pelo, sin aire ya para sus chicos pulmones, se puede creer que ni oiría. El zumbido de la piqueta, su retumbo mate contra la pared borrosa, era lo único que vagamente percibía, envuelto en el jadear de su anhelante pecho. ¡Cuándo serían las doce, señaladas por el paso del tren, para dejarse caer al suelo de golpe y mascar, ya medio dormido de cansancio, el corrusco de pan de maíz!

El cura, no obstante, seguía vociferando caritativos insultos.

-¡Bárbaros! ¡Brutanes! ¡Ni media hora tarde eso en venirse!

Y como la vieja se lanzase fuera del excave para replicar furiosa, se oyó un estrépito sordo, apagado; se alzó una nube de polvo rojo, y en seguida, un silencio siniestro, interrumpido por el rodar de los últimos terrones que caían de lo alto. De pronto, un escarabajeo, un pataleo, un trajín de fiera soterrada y que violenta las paredes de su entierro. Era la moza rubia, que vigorosamente perneaba, cabeceaba para salir de entre la masa de tierra de la impensada sepultura.

Acudieron al párroco y la bruja; la ayudaron; se le vio sacar primero la rodilla, después una pierna, al fin el tronco, y la faz lívida, con la respiración cortada; el único ojo, loco de espanto. Nadie pensó sino en ella. El rapaz no resollaba; al principio le olvidaron. Cuando se empezó a solevantar la tierra, porque acudieron vecinos de las casucas y tabernas desparramadas por el camino real, costó trabajo descubrirle; lo más fuerte del desplome había recaído sobre el pecho. Tenía los ojos inyectados de sangre, la boca y las orejas tapiadas con barro bermejo. Los pies parecían incrustados en la tierra, otra vez compacta.