La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

Entradas populares

La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

martes, 15 de marzo de 2011

El triunfo de Baltasar

de Emilia Pardo Bazán

Me consta que aquella noche, los Magos se reunieron en consejo. Divididas estaban las opiniones, y dos de los reyes orientales no eran partidarios de que se prolongase tal estado de cosas.

-Es deprimente -exclamaba Gaspar, haciendo que sonasen las láminas de su coselete militar sobre su pecho robusto-. Consideren lo que significa mi personalidad, y díganme si no representa algo contrario a la mentira. Soy un caballero, el que abrió la serie de tantos como combatieron a la felonía y a la traición. Y vengo tolerando secularmente, que me tomen como pretexto de un engaño, del cual son víctimas unas criaturas candorosas. Se las hace creer que yo, y vosotros, también personas serias, entramos en los hogares como ladrones, nocturnamente, por el balcón o la chimenea, a dejar en los zapatuelos de la chiquillería juguetes y nonadas.

-¡Oiga su mercé -interrumpió Melchor, el de la testa lanosa-. Los ladrones, amigo, no dejan na. Se lo llevan toito si pueden.

-Bueno, yo sé lo que digo -gruñó el guerrero-. No entiendo por qué no nos atenemos a la verdad monda y lironda. Sería esto más propio de monarcas, de sabios, de valientes; entiéndalo bien, abuelo Baltasar. Nos han repartido un papel de farsantes. Yo estoy cansado de él.

Baltasar, gravemente, movía la cabeza resplandeciente de blancura, como coronada, más que por la asiática mitra de oro, por la cabellera magnífica, que le bajaba hasta más de los hombros.

-A ti, Gaspar -murmuró-, no te agrada sino lo que cuesta llanto. A mí, al revés: me gusta lo que consuela un poco a la pobre humanidad. Aquel Niño a quien hemos adorado un día en un portal tan pobre, para consolar vino... Si todos fuesen como tú, Gaspar, a cada paso gemiría más la estirpe de Adán el Rojo, primer hombre que apareció en la superficie del planeta.

-Tú eres muy sabidor, Baltasar -murmuró respetuosamente el Batallador-. Noche y día estás inclinado sobre tus libros, o manejando los instrumentos con los cuales escrutas las estrellas. En tu retiro enciendes un horno, y fundes toda clase de metales, para descubrir el secreto de cómo pueden transformarse unos en otros, y probar que proceden todos de una misma primitiva materia. ¿Para qué investigas tanto, Baltasar?

-Eso é. ¿A qué revuelve su mercé tanto?, secundó el Negro.

-No parece sino que lo ignoráis, exclamó el viejo. Para encontrar la verdad.

-Y entonces -redarguyó Gaspar-, ¿cómo quieres que faltemos descaradamente a ella, cometiendo una acción inmoral, manteniendo un embuste continuo?

-¿Inmoral?, preguntó Baltasar con sorpresa.

-Inmoral, sí, señor, porque es sostener una falsedad de las más absurdas. Vamos, no parece sino que aquí no estamos todos en el secreto. ¿Qué juguetes damos a los chicos? Son las mamás, son los papás, son los padrinos, son los abuelitos chochos quienes reparten las sorpresas y las dádivas. ¡Difundir el engaño, nosotros, que estamos en los altares!

-¡Vaya, vaya! -musitó el anciano, en tono de desprecio indulgente-. No habéis aprendido a discernir los engaños. ¿No os acordáis cómo engañamos al cruel Herodes, regresando a nuestras patrias por caminos ocultos, para que no supiese dónde estaba el Portal misterioso? Hay engaños de belleza, de bondad, de compasión profunda hacia los males del hombre, y uno de ellos, el que nos ha cabido en suerte ejercitar. Cuando esta Noche vayamos a adorar al Niño, a poner ante su lecho de paja nuestra ofrenda, preguntadle si hacemos bien en disminuir la dosis de contento que por esa leve superchería disfrutan tantas criaturas.

-Pues a lo menos -objetó Gaspar-, substituyamos la falsedad con una realidad sencilla. Demos en persona, obsequios a los nenes. Somos opulentos: yo he dominado tierras espléndidas; Baltasar esconde fantásticos tesoros; Melchor reina en el país donde se recogen las perlas a espuertas y las plumas y el oro a montones. Por una vez, al menos, hagamos las cosas como corresponde a grandes príncipes y señores que somos. Regalemos de veras, y no juguetería de bazar. Transformemos en verdad la mentira consagrada. Pareció bien la propuesta a los Reyes. Les halagaba aparecer, ante sus infantiles protegidos, como fastuosos protectores. Ahora verían lo que son los magos de Oriente. Y a toda prisa buscaron los objetos que debían repartir. A lomo de camellos, desdeñando el tren y sus industrialismos, despacharon hacia la corte de las Españas la carga preciosa. Fardos y fardos fueron descargados precipitadamente en sitio seguro, evitando que el Gobierno, solícito siempre, los requisase. Y la noche que precede a la Epifanía, los Reyes comenzaron su tarea de distribuir valiosos presentes a los chicos. Haciéndose invisibles por las mágicas artes de Baltasar, entraron en palacios y casuchos, alborozados con suponer que escucharían bendiciones, que los niños tendrían frases de simpatía calurosa para los Magos. Los pequeños, generalmente, fingían dormir, acurrucados en sus camitas; pero, en realidad, estaban ojo avizor y oído alerta, sofocando las ganas de reír y de cruzar comentarios y dichetes graciosos. Al notar que alguien andaba en la habitación, que alguien se acercaba a sus lechos, unos daban luz a la bombilla del enchufe; otros se tapaban mejor, palpitantes. Y los Reyes percibían un gorjeo confuso, entrecortado de exclamaciones, y luego, frases relativas a la dádiva que empezaban a admirar.

-¡Mira, Lulú, qué preciosidad de broche me regala mamá este año!

-¡Huy! ¡Pues lo mío! ¡No te digo nada! ¡Un cinturón de oro, con piedras azules, y todo hecho de escamitas!

-¡Anda un collar de perlas!

-Oye, Fifino, ¿no preferirías tú un polichinela?

Fifino reflexionó un momento. -Un polichinela, no. Un aeroplano, sí que me gustaría. Y uno de esos tanques, ¿sabes? Como el que vimos en la embajada inglesa, en el cinematógrafo. Ahora lo hay en los refrescos...

-¿Sabéis lo que ha pasado? -gritó un rubiote de cinco años, en tono de asombro-. El abuelo, para chasquearme, ¿sabéis lo que ha discurrido? Se ha disfrazado de rey negro para dejarme este cuchillo tan mono... Y enseñaba un puñal árabe incrustado de turquesas y corales, y todo bordado en filigrana de plata.

-¡Soñaste!, fallaron los hermanillos.

-No soñé, no soñé. ¡Ea! -afirmó casi llorimiqueando el rubio-. ¡Le he visto, le he visto! Venía todo tiznado; ¡como si yo no le hubiese de conocer!

Melchor, que atendía, abrió como ventanas los grandes ojos de blanquísima córnea. ¡Había querido aparecerse en su verdadera figura, sólo un instante, para gozar de la sorpresa de los chicos, y he aquí que le confundían con el abuelito, embadurnado de hollín!

-Pero, ¡serán tontos nuestros papás! -declaró Fifino-. Cada año nos embocan que los regalos vienen de Oriente... ¡Hay que ver! Ni que nos chupásemos el dedo. Lo que es a mí no me la pegan.

-¡Ni a mí!

-Hijas -saltó una morenita despabilada-, está bien que papás no nos la peguen; pero no se lo digáis, porque si no, el año que viene, tal día como hoy, nos darán..., memorias a la familia. También nos hacen demasiado simples. Mira tú si vamos a creernos que unos reyes, de tan lejísimos se molestan por nosotros... ¡y con el frío que hace! Y también por Chancho, el chico del zapatero... ¡figúrate!

-Es lo que yo digo siempre... -aprobó Fifino, caluroso-. ¡Pero no quitarles a papás la ilusión de engañarnos: y a engañarlos nosotros!

Atónitos, aturdidos, escuchaban dos de los Magos la conversación infantil. ¿De modo qué...?

-¡Venerable Baltasar! ¡Tenías razón! -prorrumpieron el Negro y el Guerrero-. Nos inclinamos ante tu sabiduría. ¡Éramos unos bobos!

-Naturalmente sonrió, dentro de su ondulosa barba argentada, el Anciano.

lunes, 14 de marzo de 2011

El testamento del año

de Emilia Pardo Bazán

Ante una mesa cubierta de papelotes, sepultado en vasto sillón de cuero inglés, un mozo, pensativo, registra el fárrago. Sus cejas negras, que dibujan sobre la frente sin arrugas un arco de azabache, se fruncen de descontento, y sus ojos sombríos se nublan más al empezar a leer un documento voluminoso, hojas y hojas de letra temblona y confusa: el testamento del año 1920.

Es lo que llaman ológrafo; es decir, escrito de puño del otorgante. Y el mozo reniega de quien tal mamotreto le condenó a descifrar. A la vez, cuanto más claro resultase su texto, siente que acaso fuese mayor su confusión y disgusto. En vez de legar al sucesor fincas, dinero, bienes de todas clases, como era de esperar de tan opulento señor, de un señor en cuyos tiempos de tal suerte había crecido como ola de espuma la riqueza, se encontraba el heredero con que le dejaban únicamente, y a montones, conflictos, miseria y luchas. Y esto de las luchas era lo que más desconcertaba al muchacho, lo que le causaba horror. Cuando, desconocido, recluso en una isla quimérica, le adoctrinaban ciertos brujos espectrales para que luego ejerciese dignamente sus funciones de Año, decíanle los tales brujos que el mundo pertenecía a la paz y que una fraternal corriente de amor unía a los pueblos. Y por el mazorral legajo que en las manos tenía, le era fácil ver al novato que la paz, más que nunca, parecía fantasma de ensueño, y la fraternidad, dogma ya desechado. El primer desengaño, el primer contacto con la realidad de la vida, era lo que envolvía en cendales de tristeza las facciones del Año mozo y crispaba sus dedos al volver con fastidio las hojas del instrumento legal.

¿Y cómo iba él a hacer frente a todo lo que el testamento planteaba? Aunque aplicase a la tarea el brío intacto de su juventud, no podría conseguir gran cosa. Era superior a sus fuerzas el trabajo. Por todas partes surgirían combates, cataclismos, enigmas, terrores, el mal desatado, y la humanidad, titubeando como un hombre ebrio, avanzando hacia los abismos. Y el corazón generoso del mancebo, no curtido aún por el desengaño, temblaba, y sus lagrimales acabaron por humedecerse: rechazó el testamento fatal y dejó caer la cabeza sobre las cruzadas manos.

Y he aquí que experimentó la sensación repentina de no estar solo. Frente a él aparecía, sobre el rico tapete de la mesa y sentado encima del testamento, un ser extraño. Era una especie de enanito, barrigudo, de redondeadas y menudísimas formas, vistiendo jubón de raso cereza y pantalones bombachos, atavío semejante al de los músicos de alguna jazz band exótica. La expresión de su rostro era puerilmente jovial, con toques de mefistofélica ironía. Unos cascabelillos de plata le formaban un collar, y tintineaban, ¡clin, clin!, a cada uno de sus movimientos, con gozoso repique. Fumaba una breva que le llenaba casi la boca, y el humo perfumado que aspiraba envolvió la cara del Año nuevo en sedante niebla.

-¡Ea! -dijo con garbo el hombrecito-. ¡A echar fuera esos pensamientos negros! Vengo a darte ánimos. Levanta la frente, afiánzate en las piernas y goza de tu mocedad. Tu vida ha de ser bien corta: no la desperdicies.

El Año sintió, por reacción súbita impulsos de reír, ante la facha del consejero.

-¿Y quién eres tú, galán, que así me confortas? -preguntó en tono humorístico.

-¡Yo! Pues lo estás viendo: una burbuja de humanidad, un átomo tripudo.

Nada valgo, pero represento una idea que te consolará, si llegas a tenerla a tu alcance. Represento a la frivolidad, ¡la santa frivolidad!

-¿Y de qué me servirá la frivolidad, enanillo? -insistió el Año, distraído como a pesar suyo por la presencia de aquel ente desaprensivo y burlón.

-¡La frivolidad! ¡Te servirá de todo, infeliz, de todo! Cualquier cuestión que surja ante ti, sea la que fuere, te la resuelve la frivolidad. Fíjate bien: los conflictos no son conflictos, sino porque así se presentan ante nuestro espíritu. En cuanto sueltes una carcajada, en cuanto, ¡clin, clin!, suenen mis cascabeles, adiós problemas, adiós preocupaciones. Las cosas son lo que queremos que sean, no lo que son realmente. Mira, te voy a poner un ejemplo: ¿verdad que el morirse es trágico? Bueno; pues yo he resuelto esa dificultad suprimiendo la huella del dolor, que son los lutos. La santa frivolidad ha decretado que no se vista luto, o que si se viste, se paseen los crespones por teatros y bailes, como si tal cosa. Para escamotear la pena, se ha declarado inelegante eso de meterse en un tintero, y menos distinguido aún interrumpir la vida de goces y diversiones bajo pretexto de que alguien se ha ido al otro mundo. Y así, una de las mayores amarguras ya no lo es. El muerto, al hoyo, y el vivo, a la danza. Al bollo le sería difícil, en vista de las huelgas de panaderos.

A pesar suyo, lo pasaba bien el Año oyendo al bufoncete.

-No está mal visto, no está mal visto -repetía.

-¿Qué ha de estar? -y el barrigudo se esponjó, vanidoso-. No creas que esto que voy diciéndote es un modernismo, no señor. La frivolidad tiene pergaminos, es antigua, y dondequiera que aparece consuela mucho a los hombres. Aquel Faraón que despreció los prodigios que obraba Moisés, y se empeñó en meterse en el mar Rojo con toda su caballería y su infantería, era sin duda un frívolo, y aunque se lo tragó el mar, y a todo su ejército, fue sin hacerle perder el buen humor ni un solo instante. Y aquellos augústulos romanos de la decadencia, que veían desde las terrazas de sus palacios cabalgar a los bárbaros, crines al viento, y no por eso alzaban con menos ilusión la copa del falerno exquisito, ¿quién duda que hubiesen sufrido mucho si la leve contextura de su espíritu no los amparase envolviéndolos en frivolidad? No hay cosa más injusta que hablar mal de la decadencia; porque la decadencia es, en suma, la frivolidad aplicada a todas las horas de la vida, y al quitarle su gravedad, le quita su melancolía y, sobre todo, su importancia. ¡Clin, clin, clin! Anda, fúmate una breva, como yo, tonto, y ríete de testamentos fúnebres.

Encendió el puro el Año nuevo y se reclinó en el sillón, contagiado por el optimismo cascabelero del tripudo.

-La verdad es -dijo al cabo- que la mitad de las complicaciones deben arreglarse no haciendo mucho caso de ellas, y, si acaso, negándolas, Porque también, al negar una cosa, como si la suprimiésemos. ¿No es así? ¿He interpretado bien tu doctrina, enanito desenfadado?

-Admirablemente -afirmó el tripudo con nuevo repique de sus sonajas de plata-. Niega y niega, alzando los hombros, entre desdeñoso y tranquilo. Sostén todo optimismo y da por seguro que, a la larga, no hay cuestión que no se solucione ella sola, por cansancio o por quedar arrinconada en el desván de las ansias antiguas, démodées. Espéralo todo de un personaje omnipotente que se llama el Señor Tiempo... Y tú verás como no te entran moscas...

Cuando esto decía el enano, el Año, tirando de su breva, se envolvía en la fluida humareda gris. Aquella nube fina le adormecía, y sus párpados se cerraban insensiblemente. No veía ya a su alrededor sino algo humoso que borraba los contornos y adquiría la imprecisión de los sueños. Hasta su olfato se figuró que respondía a las sensaciones de la fumadora. Olía a algo tostado, socarrado por el fuego, como si ardiesen maderas aromáticas, impregnadas de barnices y de esencias inflamables. Al principio, el Año no definió bien estas impresiones sensorias; pero iban acentuándose, y ya no era posible atribuirlas al cigarro sólo. Denso ambiente cercaba al Año joven, y, al través, entreveía al barrigudo haciendo gestos y muecas, abriendo anhelosamente la boca, cual pez sacado del agua, y manoteando a modo de quien rechaza y se defiende de un peligro. Y el Año, quieras o no quieras, tuvo que convencerse. Los envolvía un humo, no ingrávido y delicado como el del tabaco exquisito sino denso, asfixiante, que hacía imposible la respiración. El enano acababa de saltar de la mesa -¡clin, clin!- y de correr a la ventana, queriendo abrirla; pero no alcanzaba a la falleba, y cayó al suelo, retorciéndose y murmurando:

-No darle importancia... No es nada... Es que la casa arde...

Ardía, en efecto, por los cuatro costados, y cortas llamitas, brotando al través del piso, acariciaron el cuerpo deforme del tripón y tostaron sus pies calzados con presuntuosas botas húngaras, mientras repetía:

-Nada... El tiempo todo lo soluciona...

Al contraerse y hacer movimientos convulsivos, los cascabelillos argénteos sonaron -¡clin, clin, clin!- una vez más. Es de creer que sería la última. Y el buen discípulo, el Año nuevo, al tratar de huir despavorido, pensaba:

«Se quema el testamento de papá... Buena tabarra me ahorro».

domingo, 13 de marzo de 2011

El té de las convalecientes

de Emilia Pardo Bazán

Estaban aún un poco mustias, con un poco de niebla en los ojos mortecinos; pero ya deseosas de salir al ruedo y disfrutar su juventud, porque habían visto muy de cerca lo que horripila, y parecía inverosímil que hubiesen escapado de sus garras.

Eran señoritas de la mejor sociedad, sorprendidas, en medio de su existencia de suaves frivolidades y esperanzas de amor y ventura, con un porvenir riente y palpitante de indefinidas promesas, por la epidemia terrible, que elegía sus víctimas entre las personas en la fuerza de la edad, como si desdeñase a los viejos, presa segura en no lejano plazo. Unas habían sufrido la bronconeumonía, con sus delirios y su asfixia cruel; otras habían arrojado la sangre a bocanadas; en otras se habían iniciado los síntomas de la meningitis... Y cuando se creería que iban a cruzar la puerta negra y el misterioso río que duerme entre márgenes orladas de asfódelos y beleños, y en que el agua que alza el remo recae sin eco alguno..., el mal empezó a ceder, la normalidad fue reapareciendo, y las interesantes enfermitas reflorecieron, por decirlo así, no con toda la lozanía que se pudiese desear, pero como esas rosas blancas un tanto lánguidas y caídas, que en el vaso colmo de agua poco a poco van atersándose...

Todas tenían amigas entre las que no perdonó la Segadora, y aunque al pronto se lo ocultaron las familias, por no deprimir su ánimo, al fin lo tuvieron que saber, sucediendo algo muy humano y natural; que las convalecientes no se afligieron demasiado, porque la idea del propio bien consuela pronto del mal ajeno, y esta involuntaria reacción de egoísmo es una de las fuerzas defensivas de la pobre organización nuestra...

Y así que pudieron salir de casa, una extranjera distinguida y simpática, la secretaria de la Embajada rusa, la Kriloff, tuvo la ocurrencia de ofrecer un té a las convalecientes, un té blanco, sólo de muchachas, y poco numeroso, por limitarse a las que habían escapado del peligro y a media docena de amiguitas que no habían sufrido el mal. La condición -cosa admitida socialmente, por otra parte, desde años atrás- era que las madres no las acompañarían, y se contentarían con ir a recogerlas a eso de las ocho.

El piso en que habitaba la rusa estaba primorosamente dispuesto para la fiestecilla. Desde la antesala se percibía un perfume insinuante y delicioso, y la adornaban palmeras y flores, colocadas artísticamente, no con la empalagosa profusión que caracteriza a la decoración oficial, sino con oportuna gracia. Vestían las paredes telas raras y objetos de Oriente, estatuillas bizantinas de esmaltes, iconas sobre fondo de oro, de negras caras y vestiduras cuajadas de turquesas y perlas; y sobre los muebles, incrustados de plata y nácar, se veían labores en marfil, lozas persas y armas de mango enriquecido con coral y diamantes. El servicio del té estaba preparado en mesitas octógonas, de taracea delicadísima, y los manteles, de colores, ostentaban bordados de oro. Todo era original y curioso en su exotismo, y las muchachas empezaron a gozar impresiones nuevas y a cuchichear admiraciones. Lo primero que les ofreció la Kriloff fueron largos cigarros de Oriente, en una bandeja de cobre nielada de acero, y si algunas hicieron remilgos, la mayor parte de las convalecientes los encendieron con monería, sacando volutas de humo azul, y no desdeñando los emparedados de caviar y la confitura de hojas de rosa. Una de ellas, Natalia Torrente, aceptó un sorbo de vodka, el temible aguardiente ruso, padre de la locura; y las demás, animadas por el ejemplo, comenzaron a discutir si probar o no aquella fuerte bebida.

-El vodka -opinó la Kriloff, que sacudía la alborotada cabeza rubia, de un rubio casi blanco- no les puede hacer daño alguno. Yo he oído decir a eminentes doctores que todos los alcoholes son remedios contra la gripe. Pero es tal vez el vodka un poco áspero para sus gargantas. Les puedo ofrecer kirsch y oporto...

Natalia Torrente, la decidida deportista, no encontraba áspero el aguardiente aquél, y, a la disimulada, se echó dos o tres vasitos de los de afiligranada vaina de plata. Y afirmó después que todas las concurrentes al té, una por una y la que más y la que menos, habían aprovechado el consejo médico de la rusa, y que los dedales de cristal de Bohemia vermiculados no se vieron plenos ni un instante. Y la escena que siguió al té no tenía, a la verdad, otra explicación posible sino un ligero estado de..., ¿cómo llamarle?, de desorientación en las cabezas, por la virtud de los licores...

Sucedió que una de las convalecientes, la linda Toria Fuenseca, se lanzó a preguntar a la Kriloff si era cierto que sabía evocar los espíritus. La contestación fue una sonrisa enigmática; y otra de las convalecientes, Rosa María Mendoza, batió palmas, imploró a la rusa y exclamó:

-He oído también que vaticina usted el Destino... ¡Por Dios, díganos el nuestro!

La Kriloff cambió de semblante. A la sonrisa y a la amenidad de dueña de casa que recibe y obsequia, sucedió una expresión inquieta en su rostro singular, aureolado por la clara cabellera fosca.

-Es una experiencia -dijo- que hice alguna vez: pero..., créanme..., vale más dejar al Destino envuelto en sus velos. ¡No quieran nunca saber el porvenir!

Todas, excitadas y vehementes, en pie, rodearon a la diplomática.

-¡Por Dios! ¡Sería usted tan amable! ¡El Destino, justamente, es lo que interesa! ¡El Destino!

La rusa frunció el entrecejo; se encogió de hombros, como diciendo «allá ellas», y alzando un tapiz bordado de pájaros y flores imposibles, hizo entrar a las muchachas en un reducido aposento, alumbrado por la luz de una linterna de vidrios verdes, que difundía una luz semejante a la que emiten, en verano, las luciérnagas. Los rostros, a tal claridad, adquirían un tinte espectral. El fondo de la estancia lo formaban un enorme espejo, sin otro marco que las sedas de un doble cortinaje, que lo cubrían y que la rusa descorrió.

Las muchachas sintieron un sutil escalofrío al verse de pronto tan descoloridas, con tales ojos de sombra, en aquel cristal que parecía un sombrío lago cruzado por reflejos lunares.

-¡Silencio! -ordenó bajito la rusa-. ¡Vayan ustedes por turno acercándose; una sola; que las demás se retiren a un lado, vueltas hacia la puerta!

La primera que se lanzó a reclamar turno fue Natalia Torrente... Y allá en el fondo del lago, vio lo que la hizo exhalar un chillido agudo: En solitario camino, un automóvil volcado, debajo del cual un grupo de hombres sacaban a una mujer cubierta de sangre, semejante a un pelele, con los miembros rotos... Natalia, horrorizada, se reconoció...

Nerviosamente se adelantó Rosa María Mendoza. Tardó algún tiempo en precisarse la imagen, vaga y como formada de humo; pero al fin se vio, y a su alrededor, tres hermosas criaturas; dos varoncitos y una hembra, lindos como amores. Y cuando se embelesaba en la contemplación de los niños que eran suyos, que eran de su misma carne -¡qué cielos!, ¡qué soles!-, del fondo del lago salió una mano descarnada, esquelética, que les fue apretando la garganta uno a uno, y soltándolos tronchados, como rotos muñecos. Ella se veía luchar, luchar; querer desprender de los tiernos cuellos la mano horrible...; pero no podía, no podía, y las lágrimas rodaban de sus ojos, en hilos, hasta el suelo...

Al retirarse temblando María Rosa, se adelantó, emocionada, Toria Fuenseca, que, como no ignoraba nadie, estaba prendada hasta la médula de Enrique Ambas Castillas, y se consideraba probable la boda para cuando la novia recobrase completamente las fuerzas y la salud... ¿Qué iba a decir el espejo? Lo que dijo no se supo nunca, ¡porque Toria se lo calló muy bien! Lo dijeron los hechos: el casamiento de Íñigo, de allí a pocos meses, con una millonaria procedente de los países donde rueda el oro. En aquel momento sólo pudo verse que Toria, apartándose del espejo maldito, cayó con una convulsión violenta. Y la Kriloff, arrastrándola fuera del cuarto misterioso y haciéndola respirar un antiespasmódico, repetía:

-Se lo dije a ustedes... ¡No conviene consultar al Destino! En el porvenir hay siempre lo peor... Conste que yo no quería...

El resultado de la sesión fue muy penoso. Las muchachas aseguraron que lo habían pasado admirablemente, que no cabía cosa más divertida que un té así; pero fue lo positivo que dos o tres quedaron enfermizas y tristonas, y que Toria, al siguiente día, recayó con caracteres graves, y fue milagro que se la pudiese salvar. Con tal motivo se murmuró de la secretaria, y se le mostró un poco de frialdad en determinados círculos. No obstante lo cual, algunas señoras de lo más cremoso le pidieron que, en reserva, les permitiese consultar el espejo.

sábado, 12 de marzo de 2011

El sabio

de Emilia Pardo Bazán

¡Honrad a Indra, el todopoderoso, y después recitad este poema, en el cual hay dulzores y amargores, la esencia de la vida humana!

Sabed que en la sagrada Benarés se celebraron con esplendor las bodas de la virgen Utara y el sabio Aryuna. Queriendo honrar a los novios dispuso el rey de los Matsias grandes festejos. Empezó por reunir toda su corte, y acudieron los dignatarios, reyezuelos y rajaes, cargados de pedrerías, tan refulgentes, que la sala donde se congregaron parecía un firmamento esmaltado de estrellas. Ante aquel concurso lucidísimo se celebró según los ritos el desposorio; las caracolas, los gumuces, los atambores, resonaron estrepitosa y alegremente en torno del palacio; en la pagoda fueron inmoladas en sacrificio gacelas y vacas, y desfilaron ante el pórtico, en vistosa muestra, las tropas, carros, caballos, elefantes con sus torres, arqueros, infantes, el ejército entero del rey. El cual, así que se hubo celebrado el banquete a la puesta del sol, tomó de la mano a la desposada, y le dijo solemnemente:

«Hermosa eres, doncella: tu presencia, como un vino generoso, derrama embriaguez. Tus formas son de diosa; grandes son tus ojos, tus cejas parecen pétalos de loto, tu voz es como el gorjeo del kokila. El primer don de la mujer es la hermosura, y por eso a ti, milagro de belleza, he querido uncirte a Aryuna, único varón de esta tierra que te merece. Aryuna es piadoso, generoso, sabio, frecuentador de los sacrificios y firme en sus votos. Es el deber encarnado; es todo energía; su inteligencia domina a la naturaleza, sus mortificaciones le aproximan a las esferas celestes. Sabe de memoria el astra de los tres mundos, de las cosas móviles e inmóviles; y ni entre los demonios ni entre los dioses hay quien esté más versado que él en todo conocimiento. Es fuerte y verídico; ha vencido sus órganos y sus sentidos, y su gloria es como la del sol al amanecer. Regocíjate, virgen, de ser el loto que embalsama el jardín del corazón de Aryuna. Sólo una vez es entregada la virgen al esposo; sólo al esposo pertenece ya tu vida, divina Utara.»

Juntando las manos en forma de copa, como se hace ante el altar, Utara reverenció la arenga del rey, y escoltada por otras doncellas se dirigió a la cámara donde ya esperaba Aryuna, sentado en el lecho de marfil que revestían densas pieles.

Se retiró la comitiva, y Utara, lentamente, avanzó hacia su esposo. Se la podía comparar a la luna, que en aquel mismo instante ascendía por el cielo, sombríamente azul, y cuyos rayos argentaban el mármol del pavimento y el ligero chorro del surtidor perfumado que caía en un piloncillo, en medio de la estancia. Su andar era rítmico; sus brazaletes resonaban con suave choque musical, y sus collares de perlas, escalonados sobre el seno desnudo, subían y bajaban como la blanda ola que la playa, alternativamente, rechaza y acoge. Bajo las perlas y el seno delicado, el corazón de Utara saltaba como gacela que escuchó al chacal rugir a corta distancia. Aryuna se levantó, y empujando sin violencia a su esposa, la hizo sentarse cerca de él, en un taburete.

-¿Tienes miedo? -interrogó con benignidad-. No temas; yo te protegeré. ¿El calor, la fatiga, acaso te rindieron? Sal a respirar el aire; descansa, agota el refresco que te prepararon tus compañeras. Estás en poder de un hombre justo, de un dueño que no te hará ningún mal. Ya sabes que he vencido mis sentimientos y mis pasiones. Que la tranquilidad y el sosiego se difundan por tu ser. Te ofrezco la paz que en mí llevo; mírame, y aprende a no agitarte.

Utara, entonces, se atrevió a alzar tímidamente sus dorados ojos ovales y a fijarlos en Aryuna. El sabio tenía las pupilas marchitas y apagadas: el estudio y la contemplación las habían despojado de humedad y fuego. La voluntad había cavado surcos en su cara, y la austeridad consumido su carne. A pesar del aceite oloroso que los impregnaba, sus cabellos eran ásperos; a pesar de la engalanada vestidura de boda, su aspecto era ascético. Y Utara, temblorosa, osó decir:

-Héroe, señor, semejante a Indra... no extrañes mi turbación. Soy joven, ignoro lo que es nuestra vida. El misterio de las nupcias me rodea y me estremece. Si eres santo, espero de ti el remedio, espero la verdad.

Aryuna asintió con la cabeza, y respondió:

-La verdad no se aparta de mi boca. Pregunta, Utara lo que gustes. ¡Sé de memoria el astra de los tres mundos!

-¡Entonces, imagen de Indra -murmuró la virgen, acercándose a Aryuna confiadamente, enviándole al rostro su aliento de mimosa en flor- entonces... contéstame a seis preguntas, y después manda a tu esclava, que ante ti, oh sabio, no debe ni alzar la frente del polvo!

-Espero el interrogatorio, dijo Aryuna, desviándose un poco de su esposa para meditar con serenidad, pues a pesar suyo aquel soplo puro de brisa de primavera y aquella candorosa mirada, le acusaban el vértigo del que bebe licor de soma.

Utara, poniendo el índice sobre el labio, preguntó afanosamente:

-Dime ante todo: ¿somos árbitros de nuestros deseos?

-No -contestó el sabio. El deseo no es como la flecha, que la dirigimos a nuestro gusto recta al blanco.

-¿Y del amor, somos árbitros?

-No. El amor crece en nosotros como nuestro cuerpo: sin que lo determine la voluntad.

-¿Deben unirse el hombre y la mujer sin amor, oh imagen de Idra?

-No. Son los seres inferiores, en otro grado de encarnación, los que sin amor se unen.

-¿Es lo mismo venerar que querer?

-No -articuló gravemente Aryuna-. Tú me veneras y no me quieres, virgen Utara.

-¿Soy culpable por eso?

-No. Tú estás en el grado inferior humano en que el sentimiento no reconoce el freno de la energía y de la sabiduría. Cuando hayas leído los cuatro Upanisad y los Vedas todos; cuando hayas hecho penitencia cien años en lo más intrincado del bosque, comiendo aire y bebiendo tus lágrimas; cuando hayas secado tu sangre y atrofiado tus nervios; cuando hayas pronunciado cien millones de veces la misteriosa sílaba ¡Aum! que contiene las tres letras símbolo de Brama, Visnú y Siva... quizás los astros te revelarán su sentido profundo, y sólo amarás lo que quieras amar. Hoy, pobre Utara, tu corazón semeja un tigre cautivo que muerde los tablones de su jaula. ¿Acaso es culpable el tigre?

-La última pregunta: Y tú, Aryuna, ¿amas sólo lo que debes amar?, balbuceó la doncella sonriendo, con involuntario amor propio juvenil.

-No -repitió Aryuna-. Veo que no, a pesar de los astros. No me he purificado sin duda lo bastante, cuando al sentir tu aliento tembló mi espíritu. El sabio puede tomar mujer; lo que no puede es amarla con insensato frenesí. Utara, necesito hacer penitencia otros cien años más, porque sin duda hice la que bastaba para dominar a los hombres y me faltó la que se requiere para no ser dominado por la mujer. Soy un luchador que tiene un lado del cuerpo vulnerable. Me falta todavía llegar a la unión con el Dios sumo por el desasimiento y la indiferencia; a lo que los sabios llamamos yoga. Adiós, Utara, eres libre.

-¡Espera, imagen de Indra!, gritó la doncella al ver que su esposo se dirigía hacia las arcadas del pórtico. ¡Espera, no me abandones así! Llévame contigo para que yo también aprenda esa ciencia de no amar sino lo que debo, de no sentir sino lo que conviene, de no pensar sino cosas altas, hondas y celestiales. Quiero olvidar que tengo sentidos y que mi joven corazón ruge como las fieras. Quiero mortificarme, desecarme, evaporarme, perderme en el seno de lo infinito. Quiero evitar las tres puertas tenebrosas del amor, la cólera y la codicia, por las cuales el alma ingresa en el impuro Naraka, mansión de los que reencarnan luego en alimañas viles. Llévame bajo la sagrada higuera, que tiene las ramas en el suelo, las raíces en el cielo, y cuyas hojas son himnos. ¡Sálvame de la ilusión, de la mentira, de las apariencias, de los lazos del vivir terrenal!

Hablando así, la virgen se cogía a las ropas de Aryuna, y el sabio recibía entre las palabras el soplo dulce de aquella boca y sentía sobre la seca piel de su esternón el contacto de los collares de perlas de Utara, parecidos a hileras de senos microscópicos, turgentes. Se desprendió con esfuerzo sobrehumano, y corrió, corrió, hasta perderse en los límites de la selva, en que terminan los parques de la residencia real. Allí se detuvo, y viendo correr a sus pies el río, en cuyas ondas espejeaba la luna, se despojó de sus ropas y entró en el agua para purificarse de sus emociones de un minuto. Y cuando dentro de la corriente quiso recitar una plegaria expiatoria, notó con terror que se le habían olvidado por completo los astros de los tres mundos, el Upanisad, los demás Vedas, la sílaba misteriosa... y que sólo sabía decir un nombre: Utara.

viernes, 11 de marzo de 2011

El rosario de coral

de Emilia Pardo Bazán

Las monjitas del convento de la Humildad fueron testigos de un prodigio más inexplicable que ninguno.

El prodigio, en efecto, no se parecía a los reiterados casos en que la gracia, visiblemente, había descendido sobre el convento.

No era que se hubiese curado súbitamente una monja de inveterada parálisis, ni que hubiese parpadeado la efigie de Nuestra Señora, que todos los años, el día de su fiesta, abre lentamente los ojos y envía por ellos rayos de amor a los que extáticos la miran. Tratábase de un fenómeno extraño, y al parecer sin objeto, porque no edificaba.

Era que las cuentas del rosario de la madre Soledad, hechas de huesecillos de aceituna del Olivete, se iban transformando, poco a poco, en cuentas de coral rojo magnífico, y el engarce, de latón, se volvía de oro afiligranado y brillante.

Cuchicheaban las reclusas a la salida del coro, en las horas del recreo, en el huerto, por los claustros. ¿Se había fijado la madre Gregoria? ¿Era una ilusión de la vista de la madre Celia, con su principio de cataratas? ¿Soñaba la madre Hilaria al asegurar que el año pasado el rosario sólo tenía un diez rojo, y ahora ya era otro diez y las Avemarías?

Asombraba tanto más el portento -indiscutible- cuanto que la madre Soledad, con ser muy buena, no se contaba entre las monjas que espantaban por sus mortificaciones. Parecía más natural que al realizarse un prodigio dentro de las paredes de la Humildad, recayese, por ejemplo, en sor Leocadia, que llevaba a raíz de la carne un cilicio de crines de caballo; o en sor Julita, que diariamente trazaba en el suelo del coro cien cruces con la lengua; o en sor Armanda, que se abría a disciplinazos los viernes; o en sor Expectación, que se tendía para que sus hermanas la pisasen... La madre Soledad se limitaba a cumplir lo que dispone la regla, y su única penitencia parecía el silencio profundo que guardaba por costumbre. Su hablar era casi monosilábico, y su ensimismamiento correspondía bien a la idea de la soledad, soledad interior del alma.

Pálida y demacrada, se adivinaba que la consumían penas muy secretas, triste carga de plomo que había traído del mundo. Otras monjas, aun las más mortificadas, y acaso éstas sobre todo, eran alegres, con ingenua alegría infantil: gastaban chanzas, reían a carcajadas de cualquier cosa y comentaba jovialmente el libro del padre Boneta, entonces recién publicado, y que corría por los conventos, Gracias de la gracia, saladas agudezas de los Santos..., donde se referían mil chistes y donaires de bienaventurados legos, niños y varones tan graves como San Francisco de Borja, San Bernardo, San Vicente Ferrer. No entendía de estas ingeniosidades la madre Soledad. Nunca una sonrisa alumbró aquella cara trágica, donde el dolor estampaba su sello.

Y tan calladamente y tan hurañamente como había vivido, murió la monja del rosario milagroso el día mismo en que la última cuenta de hueso se convirtió en purpúreo grano de coral.

El padre visitador de Orden llegó a la Humildad cuando acababa de expirar la monja. Encontró a las madres alborotadas y zumbadoras, como colmena en peligro, y preguntó la causa. Le refirieron el hecho singular, y como para él no había clausura, le llevaron a la celda donde la madre Soledad, vestido su hábito y con una cruz entre los dedos, dormía su último sueño, semejante en todo a una ascética efigie de cera amarilla. Sobre el halda de su sayal descansaba el rosario, parecido a un reguero de sangre salido de las entrañas.

-¿Y dicen sus mercedes que antes ese rosario era de huesecillos? -preguntó el padre visitador, gallardo anciano de barba nívea, arrogante estatura.

-Todas lo podemos asegurar -exclamaron las madres a un tiempo.

Campaneó el visitador la cabeza y se acarició el chorro de plata de las fluviales barbas, meditabundo. Después sonrió, tomó el rosario y le dio vueltas entre los dedos. Por último, dirigiéndose a la abadesa, ordenó:

-Que avisen al confesor de la difunta; deseo hablarle.

En la sacristía se encerraron los dos religiosos, el fraile y el monje -porque el visitador era bernardo, y capuchino el confesor-. Un velón típico, de latón reluciente, los alumbraba, y entre la penumbra de la estancia abovedada y solemne, destacábase la dorada talla de los marcos y el diminuto lazo de alguna cornucopia, suspensa sobre la cajonada que encerraba las vestiduras.

El visitador fue directamente al asunto.

-Dígame su paternidad qué hay de eso del rosario de la monja que acaba de morir, porque todo ello trasciende a inocentada de las benditas madres, y yo no gusto de que anden divulgándose casos milagrosos que sólo están en la imaginación y dan que reír al padre Feijoo y al padre Sarmiento.

El fraile se recogió un instante antes de responder. Su frente calva, sus ojos de fuego hundidos, sus sienes surcadas, sus labios delgados, amoratados, le daban semejanza con los San Jerónimos de Ribera. Y en efecto, el padre Mauro estaba casi en olor de santidad.

-Me pide su paternidad cosa en que yo no podría obedecer si la madre Soledad no me hubiese rogado que, para edificación de todos, revelase este misterio. Lo que voy a decir es lo mismo que ella diría, caso de estar viva y de mandársele por obediencia que hablase. Por mi parte, nada tengo que añadir a sus palabras. No atestiguo: refiero.

Sepa, pues, su paternidad, que esta monja fue muy desgraciada en el siglo. Y todavía a su desgracia superó su humillación y vergüenza. Era una doncella muy noble; su padre, viudo, se había vuelto a casar, y la trataba con despego, dureza y mofa. Su madrastra la obligaba a servirle de criada, a calzarla, a recoger la basura, a fregar los suelos. Su hermano, el que debiera defenderla y ampararla, la quiso entregar a un rico libertino y viejo que la rondaba, y bueno fue que algún ángel protegiese su pureza; y por remate, un hidalgo de quien honestamente se enamoró, la sacó de su casa con engaño, y como ella no accedía a sus malos propósitos, la hizo presenciar sus solaces con otra mujer, y después la echó a la calle, de noche, riéndose de sus lágrimas. Entonces el demonio se le metió en el alma a Soledad, inspirándola una sed de venganza tan rabiosa, que entró en la tienda de un armero y compró un puñal, con resolución de darles por los pechos a su madrastra, a su padre, a su hermano, a su amante, a cuantos la habían ultrajado y afrentado inicuamente. Se escondió en la alcoba de su padre, y, al verle dormido, alzó el puñal. Un dolor agudo en el corazón le dejó paralizado el brazo; el arma cayó a sus pies. Entonces echó a correr y no paró hasta la puerta de esta santa casa, donde por caridad le admitieron. Hizo una excelente monja; pero es el caso que, mientras por fuera practicaba la humildad, interiormente sus afanes de venganza persistían, su alma seguía apuñalando. Día y noche deseaba a los que la habían burlado toda clase de males, la muerte, y, ¡cosa horrible!, la muerte en pecado, sin tiempo a arrepentirse. Decíame no poder vencer tales deseos y gozar en ellos con delectación infinita. A fuerza de exhortarla, a fuerza de luchar, un día me declaró que ya sentía impulsos de perdonar a su padre. Al día siguiente, una cuenta del rosario era de coral, y la madre Soledad gimió: «Es una gota de mi sangre; la he sentido subir y caer de la boca...». Poco a poco, con tremenda batalla, fue perdonando, perdonando... Sólo al que tanto amó en el siglo no acertaba a perdonarle nunca; no había medio de arrancar de su espíritu el odio. «Haré penitencia -me decía-, me azotaré..., pero eso de perdonar a aquel infame...». «No -contestaba yo siempre-. Dios no te pide que te abras las carnes; te manda que abras el corazón a la misericordia.» La mañana del día de su fallecimiento me llamó, y entre fatigas me dijo: «Le he perdonado, y del esfuerzo de perdonarle, me muero.» Entonces vi que el rosario era de coral todo.

-¿Y qué piensa del caso vuestra paternidad? -interrogó el capuchino.

-De casos como éstos, no pienso nada; me postro. Si hubo superchería en la madre Soledad..., allá ella y Dios. He cumplido su voluntad. He contado lo que he visto.

jueves, 10 de marzo de 2011

El rival

de Emilia Pardo Bazán

-La única mujer que me ha trastornado inspirándome algo espiritual, algo dominador -dijo Tresmes evocando uno de sus recuerdos de galanteador incorregible-, ni era bonita, ni elegante, ni descendía del Cid... Por no ser nada, tengo para mí que ni aun era «virtuosa», en el sentido usual de la palabra. Para mí, virtuosa fue, o dígase inexpugnable; y acaso sea ésa la verdadera razón de mi sinrazón, porque, créanlo ustedes, estuve loco.

Ante todo, referiré cómo la conocí. Es el caso que otra mujer, Marcela Fuentehonda... ¿No os acordáis? ¡Fue tan público aquello! Sí, Celita, mi prima, a la sazón mi «doña Perpetua» (ya íbamos cansándonos de constancia, preciso es decirlo en elogio de los dos), un día en que nos aburríamos más de la cuenta y temblábamos ante la perspectiva de pasarnos la tarde entera poniendo bostezos de a cuarta entre un «paloma» y un «mía», me propuso lo que acepté inmediatamente: ir a consultar a una adivina, sonámbula o qué sé yo, recién llegada a París. Dicho y hecho; nos embutimos en un simón -a esas cosas no se suele ir en coche propio-, llegamos a la calle de la Cruz Verde, nombre fatídico que recuerda la Inquisición, subimos una escalera destartalada y entramos en una salita con muebles antiguos, de empalidecido damasco carmesí...

-¿Y cómo es que una hechicera parisiense se había metido en tal tugurio? -preguntamos al vizconde.

-¡Ah! Ella vivía en un hotel; pero, para mayor misterio, consultaba en aquella casa, que desde tiempo inmemorial habitaban las brujas de Madrid. Sí, es una morada -lo averigüé entonces- donde nunca falta quien eche las cartas y practique los ritos quirománticos.

Soltamos la carcajada, sin que Tresmes uniese su risa a la nuestra, de un superficial escepticismo.

-Esperamos -continuó- cosa de media hora, y la espera irritó la curiosidad. Sin embargo, tomamos la cosa como travesura. Cuando nos hicieron pasar al gabinete, nos dábamos al codo. Aunque era día claro, las seis de la tarde en abril, las ventanas estaban cerradas herméticamente, y la habitación, revestida de paños negros, la alumbraban cirios en candeleros de plata. Ante una mesita con tapete de raso negro vi sentada a la bruja. ¿Me permiten ustedes que la llame así? ¡Como que jamás he sabido su verdadero nombre!

-Vaya por la bruja -respondimos burlones y condescendientes.

-La bruja, pues, era una mujer joven, pálida, muy pálida, casi demacrada, cuyos ojos, de un color de avellana amarillento, hervían en chispas de luz como la venturina al sol. Sus labios eran demasiado rojos; su pelo, lacio, negro, abundante, debía de pesarle. Vestía una bata grana y llevaba al cuello un collar de amuletos egipcios...

-¡Estaría hecha una birria! -exclamamos algunos, que habíamos determinado poner en solfa el cuento de Tresmes.

-Eso opinó Celita cuando salimos a la calle -repuso él-; pero ¿qué sabemos lo que es «risible», lo que es «ridículo»? El convencionalismo social dicta leyes; la pasión nos las conoce... Desde que puse los pies en el gabinete negro de la bruja me sentí, ¿cómo explicarlo?, «fuera» de o «sobre» lo convencional. Mi prima Celita, intachablemente vestida, me produjo el efecto de una muñeca. Los ojos chispeantes de la bruja me habían sorbido el corazón.

Sin levantarse, sin ofrecernos asiento, nos preguntó cuál era el objeto de nuestra visita.

-Que nos diga usted la buenaventura -gritó Celia, aturdidamente-. Mi hermano y yo (al decir «hermano» me miraba con malicia involuntaria) queremos conocer el porvenir.

-Denme ustedes a un tiempo la mano -contestó la bruja; y reuniendo mi diestra abrasada y temblorosa con la de Celita, pronunció lentamente, sin mirarnos, con los ojos puestos en el techo-: Hermanos, no. Enamorados, tampoco. Parientes... y ligados por un lazo que ya se afloja.

Nos miramos con miedo. No cabía más amarga y completa lucidez. La bruja soltó mi mano, conservando asida la de Marcela; la extendió abriéndole la palma y me hizo señas de que alumbrase con un cirio.

-¿Debo decir la verdad? -preguntó gravemente.

-Venga la verdad -tartamudeó Celita, impresionada.

-Pues la línea de la vida, en usted, hace una rápida inflexión, ¡tan rápida...!

-¿Es... presagio... de muerte?

-Pudiera serlo... No lo afirmo así, en absoluto... Sólo..., convendría que tuviese usted cuidado...

Celita quiso reír, pero su risa era forzada y su cara estaba lívida.

-¿Y yo? -pregunté para distraerla, tendiendo a mi vez la mano. La bruja la tomó y sentí como una fuerte corriente eléctrica que atravesaba mi cuerpo.

-Usted... ¿A ver? Tenga la bondad de alumbrar, señora... ¡Oh! ¡Larga, muy larga existencia! Ni los excesos ni los placeres han conseguido atacar la vitalidad. A no ser por muerte violenta... La sangre que veo -continuó con una especie de extravío- es ajena. ¡Esta mano sabe dirigir la bala!

Tresmes calló un instante, preocupado; todos le imitamos, recordando su famoso desafío con Lamira, a quien había clavado una en mitad del corazón.

-En fin -prosiguió después de un rato de silencio-, salimos de allí, y aunque Celita declaraba haberse divertido muchísimo, en realidad íbamos los dos preocupados; ella, temblando ante la idea de la muerte; yo, sin poder olvidar el rostro descolorido y los ojos de venturina. Al otro día, a la misma hora, me fui solo a la calle de la Cruz Verde. Recibido por la bruja, no sé qué le dije; le confesé el atractivo que en mí ejercía, la fuerza psíquica que tenía sobre mí. Helada y serena, me señaló una silla, y emprendimos larga conversación entre el olor de iglesia de los encendidos cirios y el tétrico silencio de una habitación tan semejante a una cámara mortuoria.

Algo emanaba de aquella mujer que yo no había hallado en ninguna. Conocedor y experto en el género -creo que ustedes saben que no es jactancia-; coleccionista de impresiones femeniles; aficionado al amor como otros al objeto de arte, encontraba allí «lo nuevo», y nada escasea en amor como la novedad. Si he de definir mis sentimientos por medio de una contradicción, diré que al lado de la bruja experimentaba lo que llamaré «frío ardiente». Todo en ella era glacial: su piel marmórea, lisa, semejante a un témpano; su rostro impasible de sibila; su habla solemne; el mirar de sus ojos de ágata, transparentes como un vino puro. No necesito decir que rompí con Celita; fue un trueno silencioso, sencillamente; no volví a poner los pies en su casa. Pasaba las tardes en el gabinete negro, tratando de leer en el alma enigmática de mi bruja, ¡en su alma, lo único de que yo sentía inextinguible sed! Averigüé que no era francesa, sino dinamarquesa; que no tenía familia, parientes ni allegados; que desde los quince años rodaba por el mundo, y que estaba casada, aunque no vivía con su marido.

-Mi esposo -díjome un día con orgullo- es un príncipe de la más ilustre progenie; sus dominios son tan vastos, que jamás podrá medirlos; su poder no reconoce límites; ningún soberano compite con él. Como sabe que tantas mujeres le adoramos, nos hace poco caso, y nos es infiel sin cesar. Conmigo sólo pasó un día -el de nuestras bodas-, y desde ese día le idolatro. ¡Nadie borrará su recuerdo, nadie!

Al pronto me causó suma extrañeza la conseja del príncipe archimillonario y poderosísimo que deja a su mujer ganarse la vida diciendo la buenaventura, y declaro que creí que la bruja mentía por vanidad; pero después una idea hirió mi imaginación, y se me ocurrió que el tal príncipe... sólo podía ser... ¡Ea!, si se ríen ustedes, me callo. Ese «personaje» no está de moda, y, sin embargo, ¡caramba, confiésenlo!, en él «nos movemos, vivimos y somos» todos los pecadores y epicúreos de la coronada villa y de cuantas villas existen. La ocurrencia de que el esposo de la bruja era ni más ni menos que... el mismo «Diablo»; sí, ríanse cuanto quieran...; me empeñó más en su insensato amor, sin esperanza alguna. ¡Rival de Lucifer! Eso no se ve todos los días. Al tocar la mano de la bruja, el hielo de su piel me encendía el alma. Llegué a creer lo que cuentan de la posesión diabólica...

-¿Y cómo acabó esa rara manía, vizconde? -insistimos.

-¡Ah! De un modo extraño también. Ya me dirán si me equivoco... Oigan ustedes. Andaba yo más embebecido que nunca en mi pasión del otro mundo, cuando, casualmente, al leer un periódico, me encuentro con la noticia de que Celita había muerto... Una imprudencia a la salida de un baile; un enfriamiento... No sé qué enfermedad repentina... En fin: que aquel día la enterraban. Profundamente emocionado al ver realizada la profecía de la sibila resolví acudir al funeral; ¡no podía hacer menos! Al entrar en una iglesia, por primera vez después de muchos años, creí divisar a la bruja en la puerta, abriendo sus brazos blancos y sin calor para estorbarme el paso. Instintivamente -¡hábitos de la niñez!- me persigné, murmurando restos de una oración casi borrada de mi memoria. Entonces desapareció la figura de mujer y pensé ver el ataúd de Celita cubierto de paños negros y oí con terror, ¿a qué negarlo?, los rezos de difuntos... Me posterné de rodillas, hecho un doctrino. ¡Pobre Celita! Hubiese jurado que su voz, llorosa y débil, pronunciaba mi nombre... Se me enmudecieron los ojos..., y fue como si me arrancasen del pecho una raíz muy larga, de planta venenosa; ¡se me borró enteramente la imagen de la bruja! Ni volví a pasar por la calle de la Cruz Verde. ¡Cuando pienso que, ocho días antes, me había revolcado a sus pies, rogándole que se divorciase de mi rival y aceptase mi mano...

Y Tresmes, sacudiendo la ceniza del cigarro, añadió:

-Ante el amor, más aún que ante la muerte, debemos reconocer que «no somos nadie»... Polvo y ceniza.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El puño

de Emilia Pardo Bazán

Los que recuerdan esta historia la sitúan en los años en que Marineda era todavía uno de esos pueblos pacíficos y semiadormilados donde ocurren precisamente las mayores tragedias individuales. La línea sombría de las fortificaciones rodeaba aún a la población como una cintura de hierro; las comunicaciones eran difíciles; se creería que ningún hecho pudiese envolverse en misterio, y que la gente viviese como bajo vidrio; y, sin embargo, latía el drama a favor de la misma calma pantanosa, del yerto sosiego que envolvía a la ciudad, dividida en dos grupos: el pueblo viejo, con sus iglesias, conventos y edificios públicos, Audiencia y Capitanía, y el barrio de los pescadores, con sus casuchas humildes y su naciente comercio.

Al margen del descampado que separaba a las dos mitades de la urbe, en una calle de las antiguas, empinadísima -tan empinada que llevaba el nombre poético y gráfico de la calle de la Amargura-, se ve aún la morada donde el caso sucedió. Era y es de ruin fachada: de mezquino aspecto por fuera, de angustiado portal, fétido y húmedo; pero si se ascendía la escalera negruzca y se lograba cruzar la segunda puerta, recia y resguardada interiormente por fuertes cerrojos, que daba acceso a la vivienda, se comprendía desde el primer instante que ésta no era ni reducida ni muy pobre. Era sórdida, que es distinto. Se adivinaba la estrecha economía en mil detalles; y, al mismo tiempo, entre las modestias exageradas de un ajuar cuyos servicios se prolongaban más tiempo del humanamente posible, asomaba a veces un signo indudable de desahogo, hasta de riqueza. Una jarra de plata, espléndidamente cincelada, sobre el aparador; un soberbio reloj inglés, de los que entonces empezaban a usarse, en la sala; un biombo de talla y damasco; una pintura en cobre, con todo el sello de Rubens, sobre el sofá. Y es que los moradores y dueños de la casa eran tratantes, como allí se dice, en alhajas, plata y muebles, y (adelantándose a los modernos chamarileros) solían hacer viajes a las aldeas y pueblecillos, trayendo objetos de mérito y valor, que revendían ventajosamente, en Marineda y en Estela, a la aristocracia de los caserones blasonados que aún hoy se ven en las hermosas calles de la ciudad antigua. Los dos hermanos, los Tomé, eran ambos semicontrahechos y en sumo grado listos y agenciadores, amén de tan ahorradores, que alrededor de su fortuna iba formándose una leyenda. «Más rico que los Tomé», decían habitualmente en el barrio. Y ellos se enfurecían, protestaban, lloraban, compraban en la plaza del Mercado, entre suspiros, el pescado barato y los pollos estíticos...; pero no les valía: «¡Más rico que los Tomé!».

Los Tomé no tenían criada. Eran misóginos, y ellos mismos, entre compra y compra de objetos preciosos, se hacían el puchero y se barrían el cuarto. Cuando se les preguntaba, alegaban razones de economía: la verdad era que temían que la criada, en alguna de sus frecuentes ausencias, les robase el tesoro que ocultaban en un escondrijo sólo de ellos conocido, pero que el diablo podía hacer que ella a su vez conociese...

Y vivían así, en el terror del robo, despertándose cada noche con el pelo de punta y la camisa empapada en sudor, trémulos por la pesadilla que acababa de mostrarles su caudal, trabajosamente ganado, arrebatado por un malhechor que, no contento con llevarse el dinero, les clavaba, antes de huir, largo y afilado puñal... Es justo decir que tales visiones teníalas principalmente el mayor de los dos, Jesús, que era pobre de espíritu, aunque sagaz para su granjería. Farruco, el segundo, en cambio, desconfiado «como un raposo», era resuelto, y solía murmurar entre dientes cuando se le mentaba a los ladrones:

-¡Que vengan! ¡Ya verán lo que es bueno!

Lo más singular de todo -lo que permitió que sucediese el caso atroz- que nadie sabía, en aquel momento, que existiese en Marineda ladrón alguno, o, por lo menos, de un grupo de ladrones capaces de organizarse para asaltar una casa habitada. Pero si en Marineda se ignoraba la presencia de tales elementos, se murmuraba en voz baja que en El Ferrol funcionaba una «gavilla» seria y organizada, y formaban parte de ella personalidades cuyos nombres se susurraban, sin decirse claramente: ¡tal asombro y escándalo envolvía la directa acusación! ¡Escribanos, comerciantes renombrados por su probidad, hasta oidores de la Audiencia!, figuraban entre los encubridores secretos y entre los valedores y directores de aquella asociación criminal, cuyos golpes de mano eran siempre contra pazos, donde se guardaban tesoros en buenas onzas peluconas de los últimos tres reinados, y contra conductas del correo que llevaban valores; en fin, para recoger botín cuantioso, nunca para pringarse en hurtos mezquinos. La «gavilla» actuaba pocas veces y a ganancia pingüe; mientras combinaba el golpe, reposaba en acecho. El duro Eguía, el terrible capitán general, no avanzaba un paso contra esta asociación, ni logró descubrir sus fechorías hasta más tarde, cuando, relevado el jefe político y militar de El Ferrol, puso en su lugar a otro, a un coronel llamado don Tomás Zumalacárregui.

Al ocurrir este episodio estaba aún de jefe Michelena, y la «gavilla» tenía aterrorizado al país.

Los dos hermanos Tomé, en su comedor, alumbrado por velón tríptico, acababan de cenar. Habían cerrado la puerta, según la patriarcal costumbre de entonces, desde el anochecer, y previas unas cuentas, asaz complicadas y prolijas, de los últimos negocios, se habían sentado a la mesa al toque de las diez. Era en invierno; llovía tenaz y pausadamente, y los canalones, que servían de desaguadero, hacían un ruido ahogado y vehemente, como de sollozos interrumpidos por un espasmo de dolor. El silencio era profundo: nadie pasaba por la calle, y en las viejas vigas de la techumbre, el trote de los roedores resonaba furtivo y burlón, como diablura de escondido duendezuelo.

Despachada la cena, rezados los dieces del rosario soñoliento, los hermanos, alzado el mantel, volvieron a cuchichear apasionadamente, porque no eran del mismo parecer: Jesús, el medroso, comunicaba a Farruco, el valiente, por centésima vez, su terror al guardar en casa aquella riqueza reunida a costa de trabajos y privaciones, y murmuraba:

-Tú dices que es más seguro esto que llevarlo a esconder en la aldea. Yo digo que no, y diré siempre que no. Porque si la escondemos con maña en un rincón de la casa de campo, como no estamos allí, los ladrones entrarán: no nos encontrarán para darnos tormento y confesemos el secreto del escondite; no van a derribar la casa..., y quedan burlados. Mientras que aquí, si entran y nos atan y nos dan cochura, habremos de confesar... y se llevarán, en una noche, toda la labor de nuestra vida.

Farruco, risueño, contestaba:

-No es tan fácil entrar aquí... ¡El escondrijo es bueno!... En todo caso, se llevarían cuatro chucherías de plata.

-¿Y si nos matan, hermano? -insinuó, trémulo, el jorobadito.

Un rayo de ferocidad pasó por la cara amarillenta, biliosa, del que pudiéramos llamar jorobado también, aunque su espalda era menos encorvada. Apretó los puños, enseñó los dientes y murmuró:

-Bueno, ya veremos... Tú déjalos venir, hombre.

Las once dieron en el reloj inglés, de argentino sonido, y las campanadas cayeron entre el gorgoteo de la lluvia, como un aviso de que el tiempo se va con la vida, mientras discurrimos planes que acaso no hayan de realizarse... En el mismo instante en que el péndulo dejó extinguirse su vibración última, Jesús murmuró con acento de pavor: «¡Silencio!». La mirada, el gesto, dijeron lo demás... En la puerta de la escalera, cerrada con dobles cerrojos, había sonado un ruidito singular, análogo al de los dientes de un roedor, un riqui-riqui cauteloso y porfiado, mordedura de acero en la madera resistente...

En los momentos de peligro, por instinto, hay uno que toma el mando. Viendo a su hermano lívido, Farruco ordenó:

-Apaga el velón callandito... Descálzate... Coge el candil pequeño de la cocina y una soga..., la de colgar los jamones...

Jesús obedecía a su hermano menor, protestando con una especie de ahogado suspiro de miedo. Lo que se debía hacer era asomarse inmediatamente a la ventana y alborotar a la vecindad a gritos, porque, no cabía duda, al verse descubiertos, los ladrones huirían. Pero, debilitada por el terror, su voluntad sufría el ascendiente de otra voluntad que el peligro encontraba serena, violenta, férrea. El mayor de los dos deformes hizo cuanto le ordenaban, y, a una seña del menor, como soldado cobarde que entra en fuego mal de su grado, se acercó a la antesala llevando el candil en la mano trémula, y andando con tal cuidado que no hiciesen sus pasos el menor ruido...

Farruco puso el dedo en la boca, y después señaló a la puerta. Esta vez no era el tímido roer del ratón furtivo y porfiado: la sierra ya apretaba de firme: desde fuera hacían un agujero amplio, redondo, para que cupiese por él la mano del ladrón, y descorriendo los cerrojos, pudiese franquear la entrada... Jesús notaba hielo en las sienes. Su corazón armaba un ruido de fragua. Pero Farruco, imperioso, se imponía. Y aguardaban, ignorando lo que iba a sobrevenir...

El agujero crecía rápidamente... La mano era experta. ¡La mano! El temblor de Jesús aumentaba al pensar que pronto, por el hueco que abría el fino serrucho, cuya extremidad de víbora de acero veían, asomaría una mano humana... ¡Oh, profundo horror! Una mano viviente, armada quizá, más terrible por ignorarse a qué cuerpo corresponde... Y, en efecto, la sierra apresuró sus mordeduras, el redondel de madera se tambaleó un instante, cayó entre serrín, y la mano asomó, velluda, forzuda, ardiente a la presa, como boca de alano... Pero, antes que hubiese tocado el cerrojo que buscaba, Farruco, rápido como un rayo, la ciñó con el nudo corredizo, tiró y amarró la mano, ahorcada y contraída, a la fuerte aldaba de la puerta, al mismo cerrojo que quería descorrer. La mano resistía desesperadamente, pugnando por desasirse; Farruco apretaba y atirantaba la cuerda recia, ensebada para que el lazo resbalase mejor..., y ni una voz fuera ni dentro, ni un gemido, ni nada, sino silencio hondo y espantoso... Hecho el último nudo, Farruco sonrió satisfecho.

-Ahora -dijo- está en la ratonera el ratón; ahora, tonto, es cuando se puede llamar a la vecindad...

Y así lo hicieron; y, despavoridos, fueron algunos vecinos bajando a la calle... Los hermanos no se atrevían a abrir la puerta ni acercarse a ella. Desde el balcón explicaban: «Hay un ladrón... ¡Está amarrado! No se podrá defender... Suban; lo tenemos atado, seguro...»

El tropel de vecinos, que, en efecto, ya subía armado, furioso, gritó a una voz: «¡No hay nadie! ¡No hay nadie!». Y entonces se atrevieron los hermanos; descorrieron el cerrojo, voltearon la llave... La mano estaba allí..., engarrotada, pálida, como una araña difunta... Sólo que no tenía cuerpo el puño..., y en el descanso resbalaban los pies en un charco de sangre...

Y nunca, nunca se logró saber quién era el dueño de aquella mano cortada, horrible. Un rastro de gotas rojas se perdía en las contiguas callejuelas... ¿Adónde se habían llevado al mutilado sus compañeros? ¿Dónde le ocultaban? ¿Cómo le curaron? ¿Quién le asistió? ¡Bah! No olvidemos que en la gavilla formidable había médicos, boticarios, oidores, señorío...

El mayor de los Tomé se impresionó de tal suerte, que murió al poco tiempo, dejando toda su fortuna a los hospitales y por su alma. Y entonces se supo el verdadero caudal de los Tomé. Más de tres millones de reales cada uno. Para aquel tiempo, una cosa fabulosa.

martes, 8 de marzo de 2011

El príncipe Amado

de Emilia Pardo Bazán

I

El rey Bonoso y la reina Serafina gobernaban pacíficamente, hacía veinte años largos de talle, uno de los reinos más fértiles y ricos del continente Oceánido, que se llamaba el reino de Colmania. No aconsejo a los lectores, si estudian Geografía, que se molesten en buscar en mapa ni en atlas alguno este reino y este continente, porque hace tantos siglos que ocurrió lo que voy contando que, o mudarían de nombre aquellas regiones, o se las tragaría el mar, como aseguran que sucedió con otra muy grande que nombran Atlántida.

Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran muchos y vivían felices, porque el rey y la reina tenían el genio más dulce y la pasta mejor del mundo, y ni los agobiaban a contribuciones ni perdonaban medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y templado, y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos agrícolas, con lo cual los colmanienses no tenían que temer la miseria, y andaban alegres como unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos campos, cantando cada villancico y cada seguidilla que daba gusto.

Pero como no hay felicidad perfecta en este pícaro mundo, el rey Bonoso y la reina Serafina estaban de cuando en cuando tristes y de mal humor, y entonces el rey se ponía también compungido para acompañar en sus pesares a los buenos reyes. El motivo de la pena de éstos era que nos les había concedido Dios hijo alguno, y cada vez que la reina Serafina pasaba por delante de una cabaña y veía a la puerta jugar muchos niños descalzos, risueños y frescos, se le saltaban de envidia unos lagrimones como puños. No es posible contar las ofertas y rogativas que hizo la pobre reina para que el cielo le enviase una criatura que alegrase el palacio y fuese heredera del trono de Colmania; pero ya hacía veinte años que la reina pedía y la criatura no acababa de llegar. Los súbditos también deseaban mucho que viniese el heredero, porque temían que si los reyes Bonoso y Serafina morían sin tener hijos, el rey de un país vecino, que se llamaba el país de Malaterra, se empeñase en conquistar a Colmania, lo que haría sin duda alguna, porque era un rey muy emprendedor y ambicioso y muy aficionado a dar batallas. Así es que los habitantes de Colmania se morían porque a la reina Serafina le naciese un príncipe; y como a este príncipe le querían tanto aun antes que existiese, hablaban de él cual de una persona real y efectiva, y le pusieron el nombre de Príncipe Amado.

Un día, estando la reina Serafina solazándose en sus jardines y echando pan a los pececillos colorados que nadaban en el tazón de mármol de una fuente, sintió mucho sueño y pesadez en los párpados, y sin poder resistir al deseo de descabezar la siesta, se reclinó en un banco de césped cubierto con un toldo de jazmines, y se quedó dormida en un abrir y cerrar de ojos. Cuando estaba en lo mejor del sueño sintió que la tocaban en un hombro, alzó la vista y vio ante sí una dama muy linda, vestida con un traje de color extraño, que no era blanco ni azul, sino una mezcla de las dos cosas, algo parecida al matiz especial que tiene la luz de la luna. En la mano derecha llevaba una varita de plata, y la reina, que no era lerda, conoció por la varita que era un hada o maga benéfica aquella señora. La cual, con una vocecita de miel, dijo inmediatamente:

-Yo soy el hada del Deseo cumplido, y vengo a causarte gran alegría. Yo bajo rara vez de las cimas de mis hermosas montañas para visitar a los mortales; pero cuando éstos me envían allá tantos y tantos deseos juntos, no puedo resistir y los cumplo casi siempre. Los deseos de tus vasallos, de tu esposo y tuyos me están molestando continuamente: voy a ver si, cumpliéndolos, me dejáis en paz.

Y como la reina escuchase con la boca abierta, el hada extendió la varita y añadió:

-Tendrás un hijo.

Y se fue tan ligera, que la reina no pudo comprender por dónde. Excusado es decir lo contenta que quedó la reina Serafina con la promesa del hada, y mucho más cuando vio que salía cierta, y que le nacía un hijo varón, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las fiestas y regocijos que por tal acontecimiento celebró el reino de Colmania no pueden escribirse en veinte volúmenes. Baste decir que en las plazas públicas de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caños de oro purísimo, y por un caño manaba vino generoso, por otro, leche azucarada, por otro, rubia miel; por los dos restantes, agua de olor y licor de guindas. De estas fuentes podía beber todo el mundo, y llenar jarros y barriles para llevárselos a su casa. Pero la diversión que más gustó a los colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con gran dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en letras de fuego los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie del mar se pusieron tales luminarias, valiéndose para ello de muchos barcos, que cada uno iba envuelto en un globo de luz de distinto color, y que se situaron de manera que dibujasen sobre las aguas tranquilas una gigantesca B y una S enorme. Pero ¿quién me mete a mí en narrar tales fiestas? No acabaría el año que viene. Dejémoslas, y vayamos a la alcoba de la reina Serafina, en donde se halla la cuna de marfil, incrustada en esmeraldas, del pequeño Amado (porque por unanimidad se dio al recién nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la alcoba todos los ministros, títulos, generales, altos funcionarios y notabilidades de Colmania, que habían venido a cumplir la etiqueta besando respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo, dejaba asomar por entre los ricos encajes de la sábana. Cuando desapareció en el umbral de la puerta el último faldón de frac bordado y el último uniforme, el rey Bonoso y la reina Serafina se dieron un abrazo para desahogar el júbilo, que no les cabía en el pellejo. Estaban así abrazados y llorando como unos bobos, cuando he aquí que de pronto se les presenta el hada del Deseo cumplido. Venía más guapa que nunca: su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y negrísimo flotaba por sus hombros y caía hasta sus pies; en la cabeza lucía una corona de estrellitas que no están quietas sino que temblaban, temblaban como tiemblan de noche las estrellas en el cielo. El rey Bonoso iba a hincarse de rodillas ante el hada, pues no ignoraba que le debía su dicha; pero el hada extendiendo la varita sobre la cuna, le dijo:

-Rey de Colmania, por aumento de bienes voy a dar a tu hijo hermosura, inteligencia y buen carácter, ahora a ti te toca educarle de manera que sea feliz.

Y el hada, bajándose, besó tres veces suavemente al príncipe en los ojos, en la frente y en el corazón. No se despertó el niño, y el hada desapareció otra vez de la vista del rey y de la reina.

Quedáronse los reyes medio atortolados, gozosos con los dones que el hada otorgara al niño, pero cavilando en aquello de educarle de manera que fuese feliz. El hada lo había dicho con un tono solemne que daba en qué pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de mimar a Amadito y comérselo a besos, ahora se quebraban la cabeza discurriendo métodos de educación.

El rey Bonoso, que no tenía la vanidad de creerse más ilustrado que todo el reino junto, abrió inmediatamente un concurso ofreciendo premios a los autores que más a fondo tratasen y mejor resolviesen la cuestión de cómo se debe educar a un niño para que sea feliz. Emborronáronse con tal motivo más de 8.000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24.800 Memorias, llenas de preceptos higiénicos y de sistemas muy eruditos, muy elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Éste convocó entonces a todos los sabios de Colmania y los reunió en su palacio a fin de que discutiesen y ventilasen el punto, prometiéndose atenerse a las decisiones de tan docta Asamblea. Allí se juntaron sabios de todos colores y clases: unos, sucios, vestidos de andrajos y con luengas barbas; otros, afeitados, peinaditos y con quevedos de oro, unos, viejos, amarillos, sin dientes, que todo lo hallaban difícil y malo; otros, jóvenes, petulantes, que para todo encontraban salida y respuesta. Abierto el debate sobre la educación del príncipe Amado, se emitieron los pareceres más diferentes: unos opinaban que, para hacerle feliz, convenía enseñar al príncipe a mandar desde la niñez, con lo cual no le pesaría más tarde la corona en las sienes; otros, que era preciso adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible, y hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del príncipe, lo mejor era estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo pecados, se iría de patitas a la gloria; por cuyo dictamen la reina Serafina, mandó que sus criados arrojasen al sabio por las escaleras a empellones. En suma, el rey no sacaba más en limpio del congreso de sabios que de las Memorias del concurso, y entonces resolvió tentar el extremo opuesto, es decir, llamar a una porción de mujeres sencillas del pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo discordia; todas las mujeres opinaron que la felicidad consistía en poseer cuanto se deseaba, sin restricción de ninguna especie, y que, por consiguiente, el modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los gustos, y bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al rey Bonoso, que estaba muerto por mimar a su hijo; a la reina, que ya lo mimaba desde que nació; a las damas, pajes y servicio de Palacio, que andaban bobos con las gracias del chiquitín, y a todos los colmanienses, que idolatraban en su príncipe Amado. Arreglada así la cosa, nadie volvió a acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se entregó al placer de adivinarle los antojos al recién nacido, que pocos tenía aún.

II

Creció Amado en medio del cariño universal, y sus juegos y sus ocurrencias traían embelesado el reino entero. Por supuesto que, consecuentes con el programa de educación que adoptaron, sus padres prevenían los más mínimos caprichos del heredero; y si en la época de la lactancia no le dieron dos amas en vez de una, fue porque los médicos de Palacio declararon que tal exceso podría comprometer su salud. No bien el príncipe comenzó a interesarse por los objetos exteriores, le pusieron entre las manos cuanto señalaba con su dedito; y como llega una edad en que los niños quieren tocar todo, no hay que decir las preciosidades que hizo añicos, sin saberlo, el príncipe. En sólo una mañana destrozó la colección más rica de porcelanas y esmaltes que poseía Colmania, y que se guardaba en el museo de los reyes como tesoro artístico inestimable. También tuvo el placer de reducir a fragmentos unos abanicos delicadísimos de nácar y marfil, regalo de boda que estimaba mucho la reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el rey Bonoso se entretenía en arreglar y poner en hora diariamente; sin hablar de las flores exóticas que arrancó en el invernadero, ni de los libros raros y únicos que rasgó en la biblioteca. Al empezar la época de los juguetes, ya se comprenderá lo pronto que Amado se aburrió de trompos, pelotas, cuerdas, soldados de plomo, tambores y otras baratijas comunes; todos los días pedía juguetes nuevos y distintos, y he aquí que Colmania se puso en conmoción para idear novedades que distrajesen al príncipe. Llamados de real orden, acudieron a palacio los mecánicos más hábiles, y se dieron a discurrir creando muñecas que hablaban, cantaban y bailaban; bueyes que pacían, borricos que rebuznaban y multitud de artificios semejantes; pero sucedió que Amado hacía ya muecas de desdén a cada invención; y, por último, una noche, habiendo visto la luna, que apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestilló en pedir aquel juguete, que le gustaba más que todos. Al verle patear y llorar, el rey Bonoso se puso casi de rodillas ante el mejor mecánico, rogándole que, por Dios, hiciese una luna falsa para aplacar a Amado con ella. El mecánico labró un lindo disco de plata muy reluciente, y haciendo como que se inclinaba al estanque para recogerlo, lo entregó al príncipe. Pero éste, según la promesa del hada, no tenía pelo de tonto, siguió gimiendo y asegurando que aquella luna era de mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasión es fama que el mecánico, anticipándose mucho a los adelantos de la ciencia moderna, descubrió una aplicación de la luz eléctrica por medio de la cual logró que el disco esparciese una claridad suave como la de la luna, y contentó a Amado, haciéndole creer que poseía realmente el astro nocturno.

Pisando así sobre rosas, y viendo prevenidos sus deseos más leves, fue el príncipe haciéndose, de párvulo, niño, y de niño, mancebo, y cumpliendo los dieciocho años sin haber aprendido cosa de provecho; porque, es claro, como su primer movimiento fue negarse a trabajar y a estudiar, nadie soñó en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena memoria y su natural despejo suplían un tanto a la instrucción que le faltaba; y como era, además de listo, muy guapo, rubio como unas candelas, con unos ojazos azules que daban gloria, toda Colmania consideraba a Amado el más perfecto de los príncipes.

Notábase, eso sí, que Amado tenía el rostro algo descolorido y los bellos ojos algo apagados y tristes, que no mostraba interés por cosa alguna de este mundo, y que después de una temporada en que tuvo gran afición a perros, y después a loros y pájaros, y por último a la caza de cetrería, que se hace con unas aves amaestradas que llaman halcones, el príncipe había caído en absoluta indiferencia, y su hermoso semblante revelaba un aburrimiento invencible. Temiose que su salud se hubiese alterado, y el reino hizo públicas plegarias por su restablecimiento, con tanto más motivo cuando que, hallándose el rey Bonoso muy cascadito y viejo, y la reina Serafina hecha una pasa, nadie dudaba de que presto pondrían ambos el cetro en manos de Amado, retirándose ellos del gobierno y del trono. Y es de advertir que los colmanienses deseaban muchísimo que así sucediese, porque desde hacía algunos años el reino andaba muy mal regido y los vasallos descontentos. El rey y la reina, buenos como siempre, pero embobados con su hijo, descuidaron los asuntos públicos, y un ministro orgulloso y audaz, el conde del Buitre, se hizo dueño del poder, cargando al pueblo de tributos, persiguiendo aquí, encarcelando acullá, y dándose tal maña en derrochar los fondos del erario, que, si en Colmania hubiese papel de tres, de fijo estaría casi tan por los suelos como el de España. Bonoso y Serafina se quejaban, pero no tenían resolución para coger al ministro y castigarle debidamente; y, entre tanto, en Colmania había muchas provincias cuyos habitantes perecían de hambre o se alimentaban con las hierbas y raíces del monte, no queriendo cultivar sus heredades, porque no les producían lo necesario para satisfacer las contribuciones inmensas que exigía el conde del Buitre. De manera que el pueblo, irritado y furioso, maldecía al ministro y hablaba de sublevarse y de arrojarlo por fuerza del poder.

El rey y la reina, aunque no dejaban de afligirse por lo que sabían del mal estado del país, por más que el conde del Buitre se lo ocultaba todo lo posible, pintándoles, al contrario, una situación muy halagüeña, pensaban principalmente en Amado, cuya apacible melancolía empezaba a inquietarlos. Si bien no imaginaban haber omitido nada para hacer a su hijo feliz, tenían barruntos de que no lo era, viéndole pálido y abatido. Consultaron al médico de cámara, el cual recetó una temporada de campo. Los reyes entonces se fueron con el príncipe a un magnífico sitio de recreo que se llamaba Lagoumbroso, y que estaba casi en las fronteras del reino, tocando con el país de Malaterra. Este lugar, que pocas veces visitaban los reyes, era amenísimo y de aspecto singular. Grandes bosques de árboles centenarios, cubiertos de musgo y liquen, rodeaban por todas partes un lago diáfano y sereno, en una de cuyas orillas, y sobre imponentes peñascos, se elevaba el castillo, residencia real; el castillo era ya muy antiguo y de arquitectura grandiosa; sus torres, cercadas de balconcillos calados de granito, se reflejaban en el lago; y la yedra, trepando por los muros, daba graciosísimo aspecto a la azotea, en cuyo borde unas estatuas de mármol, amarillosas ya con la intemperie, se inclinaban para mirarse en el lago también. Era tal la frondosidad de aquel parque, que parecía que jamás el pie humano pisara sus sendas. A Amado le gustó mucho el sitio, y mostró animarse paseando por él y recorriéndolo en todas direcciones, por más que a los pocos días volviese a mostrarse taciturno y alicaído como antes. Una tarde el rey y la reina salieron con Amado, dirigiéndose a un punto muy fragoso del bosque que no conocían aún. El rey Bonoso, aunque sus años y sus achaques no le hacían muy a propósito para sostén de nadie, daba el brazo a Amado porque éste no se fatigara, y detrás iban dos pajes dispuestos a reemplazar al rey y a servir de apoyo al príncipe. Más atrás venía un palafrenero llevando del diestro el caballo favorito de Amado, por si a éste se le ocurría montar, y después seguían lacayos con una silla de manos; otros, con blandos cojines; otros, cargados de refrescos y dulces, todo por si el príncipe experimentaba en la selva ganas de sentarse, o de comer, o de beber, Amado fue despacio y por su pie hasta el sitio marcado, que era un valle en que un torrente, saltando entre dos negras rocas, caía al borde de un prado de fresca y menuda hierba, bañando las raíces de álamos gigantescos que sombreaban la pradería. Ésta convidaba al descanso, y olía a manzanilla, a menta, recreando la vista con las mil flores silvestres y acuáticas que al lado del torrente abrían sus corolas. Amado se quiso tender sobre el tapiz de helechos y ranunclos; pero, por listo que anduvo, ya sus pajes le colocaron en el suelo dos o tres almohadones de terciopelo y seda, en los cuales quedó sentado. Estuvo así un rato sin hablar palabra, hasta que un espectáculo nuevo atrajo su atención. Al otro extremo de la pradería vio a un hombre que con un hacha estaba partiendo las ramas secas que alfombraban el piso, y juntándolas para reunir un haz de leña. Manejaba el hacha con tanto garbo, que Amado no apartaba la vista del leñador.

Amado se levantó y, escurriéndose entre los árboles, logró acercarse sin que el trabajador lo sintiese, y observarle. Era un mancebo de unos veinte años, pero robusto y vigoroso, con músculos de acero que se señalaban en su cuello y brazos a cada golpe del hacha. Su estatura era alta, y su rostro, noble y distinguido; y lo más extraño para Amado fue ver que el pobre leñador llevaba bajo un traje tosco una fina camisa de batista, y que los largos rizos de su cabello castaño oscuro relucían y eran suaves como si estuviesen ungidos de balsámico aceite. Amado salió de la espesura, y, llegándose al leñador, empezó a hacerle mil preguntas, a que éste contestó con respeto, pero sin turbarse. Dijo que se llamaba Ignoto; y como Amado se empeñase en que le había de mostrar su cabaña, el leñador le condujo a una próxima y muy pobre, en que sólo había un cántaro con agua, un banco de madera y tres o cuatro pucheros y escudillas de barro. Amado, que simpatizaba cada vez más con Ignoto, no paró hasta que le hizo comer de los exquisitos manjares y catar los vinos y helados que sus pajes traían, a lo cual se prestó el leñador con muy buen apetito, asegurando que pocas veces gustara tan delicadas golosinas. El rey y la reina se maravillaban de lo divertido que Amado parecía hallarse con el leñador, y propusieron a éste que entrase al servicio del príncipe; pero Ignoto, con gravedad que hizo reír a toda la comitiva, contestó que su clase no le permitía servir a nadie, ni aun al heredero de una corona. Con esto se despidieron y Amado prometió volver al otro día para pasar un rato con el leñador.

Pero aquella noche ocurrió una cosa muy terrible en Colmania. Y fue que el traidor conde del Buitre, sabiendo que el pueblo estaba decidido a aprovechar la ausencia de los reyes para vengarse de él, y conociendo que no podía resistir a la sublevación, porque hasta su misma guardia le quería mal, escribió una carta al rey de Malaterra ofreciéndose a entregarle el reino de Colmania si prometía hacerle a él primer ministro de ambos reinos juntos. El rey de Malaterra, que, como sabemos, era ambicioso y se moría por poseer a Colmania, aceptó en seguida, y a favor de la noche invadió el reino, sorprendiendo a las tropas descuidadas y penetrando en los cuarteles por medio de las llaves que el conde del Buitre poseía. Colmania se rindió por sorpresa, y un destacamento, mandado por el mismo rey de Malaterra, se dirigió al castillo de Lagoumbroso, a prender a los reyes. Sin dificultad lo consiguieron, pero Amado, a quien despertó el tumulto, pudo ocultarse dentro de un jarro enorme que contenía flores artificiales, con tal primor imitadas, que parecían verdaderas. Allí, cubierto de dalias y rosas de trapo, oyó el príncipe pasar a los que le buscaban, y les escuchó decir que, si a los reyes viejos se contentarían con llevarles a Malaterra cautivos, a él era preciso matarle, porque así no había que temer que hoy o mañana reclamase su trono. Cuando los perseguidores se alejaron después de registrar mucho, salió Amado de su escondite y, viendo la ventana abierta y la azotea delante, arrancó un grueso y largo cordón de seda que recogía el cortinaje de su lecho, lo ató al balaustre y se descolgó por él hasta el pie del castillo, desde donde, y como si tuviera alas en los talones, emprendió a correr y no paró hasta la cabaña de Ignoto.

III

Ignoto no estaba en la cabaña; pero hacía luna, la puerta se hallaba franca, y Amado pudo ver el pobre banco del leñador sobre el cual se tumbó muerto de fatiga. Lo que más admiraba a Amado, era que, en medio de tan terrible imprevista catástrofe, con sus padres presos y su reino perdido, no se sentía ni la mitad de fastidiado y triste que otras veces. Estaba rendido, eso sí, pero muy satisfecho, porque al fin, si no es por la destreza y el valor con que supo evadirse, a estas horas se encontraría en la eternidad. Pensando en esto, empezó a apoderarse de él el sueño; y aunque sus huesos, acostumbrados a colchón de pluma de cisne, extrañaban el duro banco de roble, ello es que se quedó dormido como un lirón.

Cuando despertó brillaba el sol, y al pronto no pudo Amado comprender cómo estaba en aquel sitio. Mas fue recordando los sucesos de la noche, y al mismo tiempo notó cierta presión de estómago que significaba hambre. Levántose esperezándose, y como viese en una escudilla unas sopas de leche y pan moreno, les hincó el diente con brío. ¡Qué plato para el príncipe de Colmania, habituado a desdeñar melindrosamente pechugas de faisán con trufas! En aquel momento entró Ignoto, y se mostró muy alegre al ver a Amado. En dos palabras le enteró éste de lo que ocurría y concluyó diciendo:

-Ayer era heredero de una corona, y hoy no tengo ni cama en que dormir. Partiré leña contigo.

-No -respondió Ignoto-, lo primero es que dejes estos alrededores, que son muy peligrosos para ti. Vente conmigo.

Y diciendo y haciendo, Ignoto tomó de la mano a Amado, y juntos se pusieron en camino al través de la selva. Ésta era muy espesa e intrincada, y Amado andaba trabajosamente; cuando llegó la noche, le sangraban los pies. Entonces Ignoto le descalzó los zapatos de raso que aún llevaba el príncipe, y con corteza de olmo le fabricó unas abarcas para que pudiese seguir marchando. Anduvieron muchos días, durante los cuales pudo Amado ver lo dispuesto y ágil que era en todo su compañero. El pobre Amado, criado entre algodones, no sabía saltar un charco, ni cruzar a nado un río, ni trepar a una montaña; en cambio, Ignoto servía para cualquier cosa, era fuerte como un toro, veloz como un gamo, y no cesaba de reírse de la torpeza de Amado, quien, a su vez, renegaba de su inutilidad. No obstante, al fin del viaje iba ya adquiriendo el príncipe algo de la soltura de su compañero; verdad es que estaba moreno como una castaña, y sus bucles rubios, enmarañados y llenos de polvo, parecían una madeja de lino.

Al cabo, un día, al ponerse el sol, divisaron ambos viajeros desde la cima de una colina una gran masa de edificios, o más bien un mar de cúpulas, techos, torres y miradores que, juntos, formaban una vasta ciudad. Amado preguntó a Ignoto el nombre de aquella, al parecer, rica metrópoli, y el leñador contestó:

-La capital de Malaterra.

-¡Cómo! -grito el príncipe-. ¡Falso guía, así me conduces a meterme en la boca del lobo, en las uñas de mis enemigos!

-Mentira parece -respondió Ignoto- que te quejes cuando te traigo al sitio en que se hallan prisioneros tus padres. ¿No quieres verlos? ¿Quién te ha de reconocer con ese avío?

En efecto, ni sus mismos pajes podrían decir que aquél era el elegante príncipe de Colmania. Roto y destrozado, sin haber tenido en tantos días más espejo que el agua de las fuentes, que, por mucho que se diga, no es tan claro como una luna azogada, Amado parecía un mendigo. Entró, pues, sin temor en la ciudad, que era grande y magnífica. Ignoto, que conocía al dedillo las calles, le llevó por las más retiradas, hasta dar con una tapia enorme que les cerró el paso. Pero Ignoto sacó del bolsillo una llave y abrió una puertecilla medio oculta en el ancho muro. Por ella entraron en un jardín pequeño, pero cultivado con esmero extraordinariamente y cubierto de flores raras y olorosísimas.

-Espérame -dijo Ignoto-; vuelvo presto.

Y se escurrió entre los árboles, mientras Amado se sentaba en un banco para aguardar cómodamente. Media hora tardaría Ignoto, y al cabo de ella volvió acompañado de una mujer, que, a la dudosa claridad nocturna, le pareció a Amado joven y muy bonita. Su traje era sencillo y casi humilde, pero su voz muy dulce y su hablar distinguido.

-Señora -le dijo Ignoto, presentándole a Amado-, aquí tenéis el jardinero que os recomiendo. Es un joven muy honrado, y creo que con el tiempo aprenderá lo que ahora no sabe.

-Bien está -contestó la dama-. Si es así, consiento en tomarle a mi servicio para que cuide del jardín. Ahora, que duerma y descanse; mañana le iré enterando de su obligación.

La joven se retiró, y quedaron solos Ignoto y Amado, explicando aquél a éste que la joven era una señora noble de la ciudad, muy amiga de flores y plantas, y que necesitaba un jardinero, y que era preciso que Amado se resignase a pasar por tal para estar mejor oculto en Malaterra y poder informarse de la suerte de sus padres. Con esto le condujo a un pabelloncito en que había azadas, palas, almocafres y otros útiles de jardinería, y una cama grosera, pero limpia; y despidiéndose de él y ofreciendo volver a verle con frecuencia, le dejó que se entregase a un sueño reparador.

Blanqueaba apenas el alba, cuando sintió Amado que llamaban a su puerta; echose de la cama, se puso aprisa una blusa y un pantalón de lienzo que vio colgados de un clavo, y fue a abrir. Era la dueña del jardín, que lo llamaba para el trabajo. Cogió los chismes el príncipe y la siguió. Todo el día se lo pasaron injertando, podando y traspasando; es decir, estas cosas las hacía la señorita, que se llamaba Florina; ella era la que con mucha maña y actividad enseñaba a Amado, que estaba hecho un papanatas, avergonzado de su ignorancia. Hacia la tarde, Florina le dijo:

-Se me figura que entendéis poco de este oficio; pero sabréis algún otro, eso no lo dudo. ¿Qué sabéis?

Amado se quedó muy confuso, y no acertó a contestar. Quería decir: «Sé extender la mano para que me la besen, y sé hacer cortesías graciosísimas que todos los figurines de mi reino han copiado, y sé...». Pero no se atrevió a responder así, figurándose que Florina no apreciaría bien el mérito de tales habilidades. Ésta, como le vio callado, añadió:

-Sospecho que carecéis completamente de instrucción; procurad, pues, atender a mis pobres lecciones, y siquiera aprenderéis el oficio de jardinero, que es muy bonito, y nunca faltará quien os dé pan para cuidar de los jardines.

En efecto, Florina siguió viniendo todas las mañanas a enseñar a Amado la jardinería. De paso le dio unas nociones de Botánica y Astronomía, y le corrigió las faltas gordas que cometía en la lectura y en la escritura, para que pudiese leer bien los libros que trataban de plantas y flores. Florina vestía con mucha sencillez trajes cortos y lisos para no enredarse en las matas, zapatos flojos para correr y un sombrerillo de paja; pero era tan linda, que Amado la miraba con gusto. Amado no podía consentir en que Florina fuese de la misma especie que las damas de la reina Serafina, que eran las pobrecillas tontas como ánsares, que se pasaban el día abanicándose y murmurando y que lloraban como perdidas cuando el príncipe no les alababa mucho el peinado o el traje. Resultó de estos pensamientos que Amado se enamoró de Florina, y un día se lo dijo, ofreciéndose casarse con ella. Florina contestó echándose a reír; y entonces Amado, muy ofendido porque pensó que Florina le despreciaba por su pobreza, declaró con orgullo que era el heredero del trono de Colmania. Pero Florina siguió riendo, y dijo a Amado:

-¡El trono de Colmania! Ese trono ya no existe; y, aunque fuerais su heredero, habíais de reinar tan mal, que no me lisonjearía nada compartir con vos la corona.

Amado lloró, se afligió; se arrodilló delante de Florina, la cual entonces le dirigió este discurso:

-Si es cierto que sois el príncipe de Colmania, yo os declaro que es una fortuna para vuestros vasallos el que no los gobernéis, siendo, como sois, incapaz todavía de gobernaros a vos mismo. Ahora bien; si queréis, caro príncipe, casaros conmigo, idos por el mundo y no volváis hasta que podáis ofrecerme un pequeño caudal ganado por vos, una flor descubierta por vos, una relación de vuestros viajes escrita por vos. Esta puerta estará siempre abierta, y yo esperándoos siempre aquí. Adiós, buen viaje.

-¿Y mis padres? -contestó Amado-. ¿No os acordáis de mis padres? ¡Tengo que vengarlos! ¡Tengo que libertarlos!

-En cuanto a vengarlos -repuso Florina-, ya lo ha hecho el rey de Malaterra. Después de conceder al conde del Buitre el cargo de primer ministro permitiéndole desempeñarlo por espacio de veinticuatro horas, lo ha encerrado en una jaula, colgándole al cuello la carta en que el conde se ofrece a entregar a traición el reino de Colmania, y así enjaulado lo pasean por Colmania, y en cada aldea los chicos le arrojan lodo y piedras y le silban e insultan. Al rey de Malaterra no le agradan los traidores, aunque se valga de ellos como de un despreciable instrumento. Por lo que toca a libertar a vuestros padres, os advierto que están libres; que viven muy tranquilos en un palacio que les ha concedido el rey de Malaterra; que nadie se mete con ellos, y que yo me encargaré de decirles que su hijo está sano y salvo, y que viaja para completar su educación.

No quiso oír más Amado, y emprendió el camino. Embarcose en el primer puerto de Malaterra como grumete de un navío mercante, y este cuento sería el de nunca acabar si os contase una por una las peripecias que en sus excursiones le sucedieron. Básteos saber que al cabo de algunos años volvió siendo el dueño de un caudalito que había ganado con su trabajo; de una flor preciosa descubierta en unos montes inaccesibles, que en los tiempos modernos ha vuelto a encontrarse y se ha llamado camelia, y de una descripción exactísima de sus viajes, en que se revelaban los muchos conocimientos adquiridos con el estudio y la práctica de la vida. Al regresar a Malaterra supo que el rey había muerto en una batalla y que mandaba su hijo, mancebo muy querido del pueblo, porque, sin ser tan aficionado a guerras como su padre, era valeroso e instruido, y no se desdeñaba de trabajar por sus manos ni de aprender continuamente. Llegó Amado a la capital, y presto encontró abierta la puertecilla del jardín. No dio dos pasos por él sin tropezar a Florina sentada en su banco de costumbre. En un minuto la enteró de cómo volvía, habiendo cumplido las condiciones que ella le impusiera. Entonces Florina le tomó de la mano y, llevándole hasta la verja que dividía su jardín, la abrió y entraron en otro jardín más hermoso y ancho. Anduvieron largo rato por arboledas magníficas, dejando atrás fuentes, estatuas y estanques soberbios, y al fin entraron por el peristilo de un gran palacio, y los guardias que estaban en la escalera se apartaron con respeto, dejando pasar a Florina. Ante una puerta cubierta con rico tapiz de seda y oro estaba un ujier, que, inclinándose, dijo:

-Su majestad espera.

Atónito Amado, iba a preguntar qué era aquello; pero se encontró en una espléndida sala, colgada de terciopelo carmesí y baldosada de mármol rojo y negro, en donde vio sentados a una mesa y jugando al ajedrez a dos viejecitos, en quienes conoció a Bonoso y Serafina. Éstos, al verle, arrojaron un grito, y llorando se fueron a abrazarle. Amado no sabía lo que le pasaba; pero más se admiró cuando vio a un rey joven y hermoso con corona de oro abrirle también los brazos, y pudo reconocer en él a Ignoto, el leñador de la selva. Afortunadamente, las cosas agradables se explican pronto, y así no tardó Amado en enterarse de que Ignoto era el hijo del rey de Malaterra que, disfrazado de leñador, estaba próximo a la frontera para ayudar a su padre en la sorpresa de Lagoumbroso; que había salvado a Amado porque le tomó cariño en aquella tarde en que Amado le vio cortar leña; que después de salvarle había querido instruirle, y para eso le había colocado en aquel jardín donde recibiese las lecciones de Florina; que Florina era hermana de Ignoto, y que, al casarla con Amado, le daba en dote el reino de Colmania. Me parece inútil añadir que con tan felices sucesos Bonoso y Serafina, que estaban ya algo chochitos, lloraban a más y mejor; que Florina y Amado no cabían en sí de gozo, y que todo era júbilo en el palacio. Para colmo de alegría, aquella noche el hada del Deseo cumplido vino a honrar con su presencia una cena ostentosísima y un baile mágico que se celebró en aquellos salones. El hada dijo a Bonoso y Serafina que, aunque habían hecho lo posible por que su hijo fuese infeliz, ella, ayudada del hada de la Necesidad, lograra educarlo algo para la Dicha. Los pobres reyes confesaron que eran unos bobos, y su buena intención hizo que el hada les perdonase, no sin encargarles que, cuando tuviesen nietos, no se mezclasen en su educación, por amor de Dios.

Aquí tenéis cómo el reino de Colmania volvió a ser regido por su legítimo príncipe Amado, a quien tanto querían. Los habitantes de aquel reino no se cansaban de admirar la metamorfosis que había experimentado el príncipe, que salió hecho un rapazuelo encanijado y medio bobo, y que volvía hombre robusto, inteligente y muy capaz de mandar él solo, sin necesidad de recurrir a ministros, que a veces pueden ser tan malos como el conde del Buitre.