La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

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La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

martes, 15 de febrero de 2011

El llanto

de Emilia Pardo Bazán

¡Qué hermosa era la princesita! Robadle a la primavera los matices de sus rosas pálidas, y tendréis su cutis; al mar meridional su azur líquido, y tendréis sus pupilas, a la seda nativa su áureo y fino tusón, y tendréis la mata de su pelo. Y tomad (si sabéis dónde encontrarlas) las virtudes dulces y frescas de un alma de flor: la piedad, la ternura, la generosidad, el amor ideal hacia todos los humanos, y tendréis el espíritu celeste de la princesita hermosa.

Esta perfección era justamente lo que traía muy inquieto al rey, su padre. No tenía otra hija sino aquélla, y habíala conseguido tarde ya, cuando llegaba al límite que separa la madurez de la vejez; por lo cual hubiese anhelado resguardar con un fanal a la princesita, elevar alrededor suyo paredes de acero y, sobre todo, recubrir su corazón tierno, palpitante de presentimientos y de emociones sagradas, con la triple coraza de cuero batido del egoísmo, la indiferencia y la soberbia.

-Padre y señor -dijo un día la princesita, colgándose del cuello del rey-, si es verdad que me quieres, que deseas complacerme y hacerme la vida dichosa, permíteme que la dedique a consolar tanta desgracia como debe de existir en el mundo. No las he visto, porque tú me rodeas de esplendor y alegría y a mi alrededor se alza el bullicio de las risas y las canciones, pero yo adivino que lo habitual por ahí fuera será la desgracia, y que yo podría mitigarla quizás acercándome a ella.

-Ni lo imagines -gritó el rey con violencia amante-. Nada remediarías, y sufrirías en cambio infinito dolor. Cree en mi experiencia, y vive por encima de la muchedumbre miserable: vive alta, vive lejos; ni la mires ni la oigas. ¿No tienes fe en tu padre? Pues ahora mismo van a venir los sabios para que les consultes. ¡Ya verás si su consejo está de acuerdo con el mío!

Llegaron, en efecto, los sabios, y se formaron en semicírculo ante la princesita, que contemplaba con cierto asombro sus caras marchitas por el estudio, sus barbas desaliñadas y grises, sus ojos hundidos, de párpados abolsados protegidos por las gafas de plata, y sus frentes rugosas, que la calvicie hacía vastas y claras como lunas.

-El hombre -opinó el profesor de Antropología- no merece que nadie se moleste por él. Al hombre le quedan múltiples rastros y estigmas de su primitiva animalidad, el hombre es un lobo para el hombre, y su instinto y ley es la guerra de todos contra todos por la existencia. El hombre natural y verdadero es el salvaje, una fiera criminal.

-El hombre -opinó el profesor de Sociología- se encuentra aún en los comienzos de su evolución, lenta y trabajosísima, hacia un estado menos imperfecto que el actual. Lo que se hace por mejorar su condición equivale a soltar un chorrillo de agua dulce en las olas del Océano para desamargarlas. Transformaciones incalculables, la acción de siglos sin cuento, requerirá la obra de remediar en parte las deficiencias de nuestra organización social presente. ¿Y quién sabe si muchas de estas deficiencias son irremediables? La ciencia verdadera teme afirmar demasiado.

-El hombre -opinó el profesor de Psicología y Moral- paga con ingratitud y a veces hasta con odio el bien que se intenta hacerle. Su instinto, en este particular muchas veces acertado, le dicta que es rarísimo el desinterés, y que la beneficencia se ejerce, por lo general, con algún fin útil al mismo bienhechor. Y a los bienhechores del todo altruistas los desprecia en el fondo de su alma, porque la razón le grita: «No serías tú tan inocente».

-El hombre -opinó el profesor de Higiene- es una cloaca y una sentina. Para guardar la salud, nuestra época adelantada no ha sabido discurrir cosa mejor que lo discurrido por nuestros abuelos: el aislamiento. Feliz el que puede, como nuestra encantadora princesita, habitar lejos de toda infección y de todo contagio, respirando aire a torrentes embalsamado y puro, bebiendo agua de rosa que conducen cañerías de cristal. Donde se reúne gente pobre, acecha el germen maléfico, el mortal bacilo.

-El hombre -opinó el profesor de Estética- es la cosa más repulsiva que imaginarse puede, si le faltan condiciones para hermosear y robustecer su organismo desde la niñez. La educación griega era la única racional. La muchedumbre menesterosa causaría horror a la divina princesa si a ella tuviese el mal gusto de aproximarse. Que se recree en el arte, en la belleza eterna, noble y pura de los cuadros y las estatuas, en la armonía de los instrumentos, en la cadencia de los versos que se enlazan y se huyen como parejas de diestros danzadores... Que no profane sus ojos posándolos en la ruindad y degradación de las formas, en la fealdad, en la desproporción, en la chusma.

-¿Has oído? -advirtió el rey a su hija, la cual, con los ojos bajos, las manos oprimiendo el agitado seno, los labios cerrados, escuchaba la sentencia silenciosamente.

Aquella misma noche la anciana nodriza de la princesita, al acercarse a su cama para arreglarle la ropa, advirtió que por las mejillas tersas de la virgen corrían lágrimas abundantes, un río de llanto.

-¿Quién te ha hecho mal, niña? -preguntó la vejezuela cariñosamente.

-Nadie... Nadie ha querido hacerme mal.

-Pues tú lloras... Es la primera vez que te veo llorar así.

-Es que estoy infinitamente triste, ama... -contestó la princesita-. Y lloro por los malos, por los feos, por los sucios, por los que no tienen qué comer.

Y, sin reprimir las lágrimas, añadió:

-También lloro por los sabios... Y todas las noches, ama, he de llorar así. No puedo hacer otra cosa; no me dejan asociarme de otro modo al dolor... Nadie puede impedirme que llore.

Y la princesita, en efecto, lloró sin tregua, ya apoyada en el barandal de su balcón cuando salía la luna, ya escondiendo el rostro en la almohada de encajes, ya arrodillada en su reclinatorio para la plegaria nocturna. Nadie pudo explicarse en la corte del rey la enfermedad misteriosa que consumió en un año a la princesita, demacrando su cuerpo y secando su sangre. Los sabios, consultados diariamente, amontonaron remedios sobre remedios, sin ningún fruto. La vida de la princesita se fundió, se derritió en el hilo de sus lágrimas de amor ideal y de piedad suprema, y hoy enseñan en los reales jardines una fuente que dicen formada con ese llanto precioso. Los que beben de ella contraen la locura de hacer bien.

lunes, 14 de febrero de 2011

El honor

de Emilia Pardo Bazán

Norberto tenía amor propio profesional. No era sólo la necesidad de ganarse la vida lo que le sujetaba su oficio de cocinero. Un elogio, la seguridad de haber estado a su altura, valían para él tanto o más que el sueldo, no escaso, que ganaba. Recreábase, con regodeo de artista, en los platos, en las salsas, en las combinaciones que a veces hasta tenía la gloria de inventar. Su pundonor llegaba al extremo de dormir mal el día en que pensaba haber echado a perder un guiso.

Especialmente cuando el señor marqués de Cuéllares convidaba a algunos amigos, preocupábase Norberto de que todo saliese al primor. Así le había sucedido aquella noche de Jueves Santo, en que lo más demostrativo de la superioridad de un jefe, una comida suntuosa de vigilia, afirmaría una vez más sus aptitudes.

Metido en faena, calado el limpio gorro blanco, ceñido el delantal sobre la panza, que empezaba a redondearse, daba vueltas Norberto, atendiendo a que el envío fuese perfecto, ya que los platos, sin duda, lo eran. La oportunidad en trinchar y mandar a la mesa bien presentado, competía en él con la ciencia de la preparación de los manjares. Estaba satisfecho de la sopa bisque, alta de sabor, propia para comida de solteros, que tienen el paladar refinado, y hasta quizás estragado; y creía haberse sobrepujado a sí mismo en la trucha a la Chambord, en que la guarnición era un prodigio de delicadeza, con las trufas lindamente torneadas, las quenefitas de puré de pescado, las ostras y las colas de cangrejo colocadas simétricamente. En esta tarea se enfrascaba, cuando uno de los pinches se le acercó con una especie de murmurio misterioso:

-Ahí está... Dice que quie pasar...

No debía ignorar Norberto a quién se refería el recado, porque no preguntó, y se limitó a encogerse de hombros, silabeando desdeñosamente:

-Bueno; dila que estoy muy ocupao ahora, ¿entiendes? Que vuelva mañana, por la mañana, a eso de las nueve..., que entonces...

Salió el muchacho, con aire de persona que desempeña encargo de importancia, y no tardó en volver, más apremiante aún.

-Que dice que es cosa que urge... Ahora mismo...

-¡Mal ajo! -juró el cocinero, que seguía guarneciendo la soberbia trucha-. ¿No sabe esa liosa que estoy dando la comida?

Hizo el marmitón un gesto de indiferencia, como el que dice: «¿Qué me cuentan a mí?», y dejó caer, con desgarro chulo:

-Pues eya no quie irse. Usté dirá.

Otro movimiento de impaciencia, ya furiosa, se le escapó a Norberto; pero acabó por consentir.

-Que pase, ¡y así se la lleven los demonios!

La mujer tan mal acogida entró. Era una moza juncal, bien vestida, de peinado complicado y mordido por los dientes de concha de varias peinetas; una belleza dura y popular, morenaza y con ojos como cuentas de azabache; en aquel momento estaban hinchados y rojos, rellenos de lágrimas ardientes. Venía pálida, demudada, acezando, temblando; y, aunque tan absorto en su labor, Norberto, ante aquella desacostumbrada actitud, se impresionó.

-¿Se pué saber qué pasa? ¿Hay fuego?

Entre una explosión de llanto, ahogándose, hipando, la morena exclamó:

-¡Que se muere el niño!

Dio un respingo Norberto... ¡El niño! Si se encontraba, francamente, muy harto de la madre, tenía por el chico adoración, siendo sus manitas gordezuelas y su carita de Jesusín lo que le mantenía en contacto con la Manola, a quien pasaba la mitad de su sueldo, religiosamente.

Por un momento abandonó su tarea; dejó enfriarse la trucha sobre la servilleta de encaje y la enorme fuente pescadera de plata, y pidió noticias, angustiado, transido.

-Pero ¿cómo ha sío eso? ¿Qué tiene?

-Yo no sé... La caeza, la caeza, con muchismo dolor. Pega gritos..., unos gritos que no paecen de personas, sino talmente como un animal... Se quie echar de la camita...

-¡Capaz serás de no haber llamao médico!

-¡Anda! Lo primero que hice... Dice que es una cosa mala, mala... Un hatajo de medicinas he comprao... Dinero también me hace falta...

Alzando el delantal, sacó Norberto del bolsillo un billete de veinticinco y se lo metió en la mano.

-Mañana te daré más... Anda -continuó con esfuerzo-, ya te estás volviendo allá más pronto que la luz. ¡Capaz has sido de dejar sola a la criaturita!

-Está la vecina, señá Nataria. Y está también el escribiente, ya sabes.

-Sí, ya sé... ¡Buena ficha! A sacar raja irá ése...

-Y tú, ¿no vienes? -insinuó con atisbos de ternura la chulapa-. ¿No vienes a ver al nenito?

Norberto sintió como un escalofrío de pena. ¡No, no podía ir!... ¡Ni aun podía atender más, pedir nuevos detalles, satisfacer la sed de apurar su desdicha; era el momento en que no se pertenecía, en que le llamaba con voces, inflexible, su deber, su honor comprometido! No era ni necesario, para persuadirle de ello, que Remusgo, el primer pinche, que ya empezaba a darse tono, y aprendería con celo, para ascender, le instase bajo y apresurado:

-Que van a venir por la trucha... Que falta la salsa...

-Ya te estás largando, Manola... -dispuso el jefe, colérico, para ocultar la emoción que se le asomaba a los ojos-. Iré cuando pueda, ¿entiendes? ¡Y a ver cómo te me vuelves a apartar del chico! Y haz cuanto disponga el médico, ¿estás?

Desapareció la mujer con apretar de mantón. Norberto volvió a sus cacerolas. Una voz discreta susurró a su oído:

-Maestro, si permite..., doy la comida yo. Me figuro que no saldrá mal.

-¡Dar la comida Remusgo! ¡Eso quisiera el muy truhán, para lucirse a su cuenta!

Preparado todo por Norberto, hecho lo único difícil, o lo más difícil, pero faltando el supremo toque de última hora, se engreiría, podría decirle al amo, sin mentir: «La comida del día del Jueves Santo... ha sío este cura...».

Un movimiento hosco fue la única respuesta. El cocinero, entregado por completo a su obligación, sólo en ella pensaba. Había desaparecido todo lo demás, excepto una punzada sorda, al lado izquierdo, que, de tiempo en tiempo, le advertía: Mientras bordas y coronas los filetes de carpa a la Regencia; mientras te excedes a ti mismo en la langosta a la americana, mientras te desvives por las trufas al champagne, algo que te importa mucho y te aflige mucho está sucediendo en una casa que bien conoces, en la calle de Toledo. Pero la puntada la despreciaba. Absorto en su trabajo, cuando el plato estaba concluido, con los requisitos todos, desviábase un poco, guiñaba los ojos, con el guiño característico del pintor que admira su obra, y bajaba la cabeza, aprobando, creyendo escuchar las palabras de los convidados, la voz de su entusiasmo gastronómico:

-¡Álvaro, tienes un gran jefe! Esta comida de vigilia puede echarse a pelear con las de Lanzafuerte, que tanto ponderan.

Hasta creía escuchar cómo Gorito Chaves, el dicharachero, preguntaba asombrado:

-Pero, oye, tú... El cocinero, ¿te guisará la vigilia con jugo de carne y jamón?

-No, es católico -solía responder el dueño de la casa-. Y, además, tiene mucha vanidad y desdeña esos recursos de cocina vulgar, que en el fondo son una falsificación dañosa; el pescado, a pescado debe saber.

La artística bomba de piña, melón, naranja y grosella, por zonas, fue una estrofa de delicioso ritmo... Rodeábanlo tales filigranas de fondanes, tales exquisitos adornos, que era una verdadera pieza montada, digna del mejor repostero. La contempló su autor amorosamente, y sus ojos se recrearon en la belleza del frágil edificio...

Y, como su obligación había terminado, desató el mandil, colgó el gorro, revuelto con él, en el cuartucho donde hacinaban ropa y paños sucios, tomó de la percha la capa y el sombrero y saltó, dos a dos, los peldaños de la escalera de servicio. En la esquina llamó a un simón, dio las señas...

Antes de entrar, en la misma puerta, se le agarró al pescuezo Manola.

-¡Ay, Jesús, Madre mía de la Paloma, y qué desgracia tan grandisma!...

Se desprendió bruscamente de los redondos brazos, pasó a la alcoba... El médico estaba allí, y su primera frase fue para decir que no había esperanza...

Y Norberto se echó de bruces sobre una mesa a llorar ya libremente. Era artista, ¡pero también era padre!

domingo, 13 de febrero de 2011

El frac

de Emilia Pardo Bazán

Le conocí, y le conocíamos los pocos aficionados a cierta clase de estudios, en los cuales él era indiscutible maestro... Pero decir que le conocíamos no significa que estuviésemos enterados de ninguna intimidad suya; casi no sabíamos las señas de su domicilio. Era, para todos nosotros, un señor algo huraño, tímido entre gentes, vestido con el descuido propio de los sabios; y a lo mejor no le veíamos en tres años, a no tropezarle casualmente en alguna librería de viejo o en los pasillos de alguna Academia, un día de recepción... Ni frecuentaba cafés ni sitios públicos, y se le olvidaba sin sentir, entre la penumbra telarañosa que envuelve a las seminotoriedades, de las cuales nadie se acuerda, como no sea para exclamar enfática y distraídamente: «¡Ah! ¡Ya lo creo! ¡Don Pedro Hojeda de las Lanzas! ¡Una eminencia! ¡Creo que ha escrito últimamente unos trabajos!». «¿Sobre qué?». «Hombre, deje usted que haga memoria». Y rara vez la hacían.

Los incógnitos trabajos de don Pedro Hojeda versaban sobre las épocas en que nuestra gloria nacional irradiaba como el sol, y también sobre otra en que se fue nublando... Austrias y Borbones... Detestador de las «grandes síntesis», que tanto visten en discursos y artículos de fondo, Hojeda se consagraba a esclarecer puntos controvertidos y a rebuscar menudencias épicas. ¿Cuándo había empezado su labor? Lo ignorábamos, porque era de esos sabios que parecen haber nacido sabios, no haber sido jóvenes nunca. Feo, con enjuta y avellanada fealdad española, no tenía edad: en lugar de envejecer iba acecinándose. Publicaba sus estudios en revistas, y alguna vez se arriesgaba a un folleto, generalmente aprovechando la composición. Nadie le leía, excepto algunos alemanes e ingleses, que le escribían respetuosas epístolas y le traducían en otras revistas tudescas y británicas, con menciones muy honrosas. La idea de tener un público no le había cruzado por la cabeza jamás; ni público, ni editores que le pagasen valor de una peseta por cuartilla. Sin embargo, se susurraba de una ambición de don Pedro: aspiraba a ser académico de la Historia.

Dos o tres veces se anunció su candidatura. Al fin fue elegido. No llegó a tomar posesión, a pesar de haber vivido bastantes años después de electo. Nadie se ocupó de preguntar el porqué. La misma discreta niebla que velaba sus escritos se extendía sobre los datos biográficos. Si no da la casualidad de que mi amigo Dávalos, por especiales circunstancias, se entera y me lo refiere, siempre hubiese ignorado la razón de que Hojeda de las Lanzas no llegase a disfrutar, habiéndolo obtenido, lo único con que había soñado la vida entera.

-El caso es -dijo Dávalos- que tenía escrito el discurso que es una catedral de sabiduría, como que esclarece varios problemas de los más debatidos respecto a nuestra administración en los Países Bajos, y demuestra que a los flamencos les preocupaba mucho menos la cuestión religiosa que la de los tributos... Si es cierto lo que he logrado saber por la viuda, Hojeda se murió del disgusto de no poder entrar en la Academia.

-Pero ¿era casado? Parecía un solterón.

-Era casado, sin hijos, que no fue poca fortuna, pues ha dejado como herencia el día y la noche... Verá usted cómo averigüé este caso lastimoso. Comisionado para asistir al entierro, me llamó la atención ver que una persona que vestía siempre tan desaliñada iba al nicho con un buen traje de etiqueta, frac y corbata blanca... Hay atavíos que se despegan de las personas, y yo no concebía a nuestro don Pedro sino con aquel célebre gabán marrón amarillento y aquel cuellecito de minino pelado que no bastó para preservarle de las corrientes de aire, puesto que de pulmonía, y por señas infecciosa, vino a morir el mísero... Le aseguro a usted que, como el hábito, digan lo que quieran, y mi historia lo demostrará, hace tanto al monje, parecía otro, así tendido en su modestísima caja, y su figura de capitán veterano de los tercios viejos adquiría una dignidad extraordinaria con la blancura de la pechera y el toquecito de raso de la vuelta de la solapa... No sé por qué vi algo de extraño en el frac de don Pedro, y pregunté a la pobre señora -una de tantas a quienes más le valiera, gloria y otras zarandajas aparte, haberse casado con un tendero de comestibles...

¡Y sabe usted que me dio la señora verdadera pena! Como que está pasada de remordimientos, y se atribuye buena parte de culpa en la depresión de ánimo y de fuerzas que, según el parecer de los médicos, preparó el terreno a la enfermedad traidora. A poco más se cree la viuda de Hojeda autora de la muerte de su marido, al cual adoraba, teniendo altísima idea de su valer, y, naturalmente, sin entender, ni aun por el forro, en qué consistía; cierto que lo mismo nos sucede a los demás... Y acaso este modo de admirar valga tanto como otros...

La confidencia de la viuda fue de tristeza infinita... Es el caso que nuestro don Pedro Hojeda de las Lanzas tuvo la mejor hora de su vida cuando supo que por fin era académico. Hombre sin ambiciones, sin codicias, alma de niño, cándida y unilateral, no aspiró a nada que mejorase su apurada existencia de menesteroso de levita, ni se preocupó jamás de la estrechez que le agobiaba. Era sobrio como los aventureros españoles del siglo XVI, cuyas gestas estudió, y no sabía ni lo que le presentaban en la mesa ni lo que llevaba puesto. Resistía el frío, encogía el vientre y no se inclinaba ante las vanidades sociales. Pero, en su conciencia, creía tener derecho a formar parte de aquel Instituto cuya Biblioteca se sabía de memoria, cuyas tareas eran las suyas, y no se concebía a sí mismo fuera de allí, molusco de tal concha, liquen de tal árbol. El objeto de su vida era ése, sentarse en los sillones que deben de trasudar datos y soltar partículas de lecturas polvorientas... Los retratos de los reyes borbónicos parecían llamarle, sonriendo bajo sus empolvados peluquines. «Tú que nos conoces, tú que nos tratas a diario, ven; nos vindicarás, ayudarás a iluminarnos con el sol moribundo de la historiografía». Y al fin, sin intrigas previas, por sólo la fuerza de su labor constante, caso raro, le habían elegido. Conviene revelar un secreto: tal era la fe de Hojeda en su esperanza, que antes de la elección tenía ya reunidos los datos y elementos, y hasta redactados trozos de su discurso de recepción, la obra capital de su existencia. Regalándolo, no faltaría quien lo editase. Quería dar un golpe de efecto (¡él, tan poco efectista!). Quería, si le elegían en marzo, por ejemplo, ingresar en mayo con aquel discursazo enorme... Y tal como lo pensó lo hubiese hecho..., a no atravesarse una menudencia..., el frac.

En la angustiosa vida económica del sabio, cualquier gasto extraordinario adquiría proporciones formidables. Cuando se trató de que sería necesario para el día de la recepción el traje de etiqueta, la mujer de don Pedro, encargada del ramo de hacienda, prorrumpió en exclamaciones: «¡Imposible! ¡Cuarenta o cincuenta duros! ¡Entrampados ya para toda la vida! Si nos tocase la lotería...». Y don Pedro calló. A estas razones no tenía qué oponer. Calló, esperando mejores tiempos... Esos mejores tiempos que nunca llegan para los hombres desinteresados, inermes para la consabida lucha...

Si don Pedro de Hojeda fuese otro de lo que era, en seguida descubre un frac, dado o prestado. ¡No hay estudiante que no resuelva conflictos análogos en Carnaval! Pero antes se dejaría el erudito hidalgo tostar que molestar a nadie ni pedir cosa alguna. Paciencia, el estoicismo resignado de la raza..., y aguardó. Enfrascado en sus estudios, aguardó, dolorido y paciente: cada mes que transcurría sin leer su gran discurso -ya formaba un libro- le abatía más el ánimo. Su decaimiento fue graduándose: tuvo vahídos, vértigos y flojedad de piernas. Entonces, algunos amigos que por él nos interesábamos, creyendo que el discurso era la rémora, nos echamos a gestionar que se imprimiese. Lo conseguimos: apareció un editor, que, bajo condiciones duras, se comprometió a sacarlo a la luz. Pero quedaba en pie -y esto no lo sospechábamos, ni se nos ocurría- la eterna cuestión del traje...

Al cabo, la esposa, notando la decadencia y postración del esposo, tuvo una idea.

-¿Si encontrase un frac muy barato en alguna casa de empeños?

Puso en hatillo su mantilla «de casco», unos cubiertos de plata antiguos... y toma y daca, y a cambalachear, y a añadir tres duros, y el frac, con su pantalón, chaleco, corbata blanca y camisa, fue encerrado en la cómoda cuidadosamente...

Aquella tarde, don Pedro volvió a casa quejándose de enfriamiento. A las cuarenta y ocho horas, pulmonía declarada. Y ahí tiene usted por qué le han enterrado vestido con tanta decencia...

sábado, 12 de febrero de 2011

El espíritu del conde

de Emilia Pardo Bazán

¿Os acordáis de algo que os conté aquí mismo hace tiempo, no mucho? Pero todo va hoy tan de prisa, que presumo lo habréis olvidado.

Se trataba del conde filántropo, del que tuvo misericordia de las turbas, del que con exaltación profesó el culto de los humildes, del que, en su vocación entusiasta, tomó el arado en sus manos aristocráticas y, descalzos los pies, rompió las entrañas de la tierra para que produjese el dorado trigo que sustenta al hombre.

En aquella ocasión os narré algún episodio de la existencia del que amó a su naturaleza y a los humanos -no a todos por igual-, siendo la razón de su preferencia la mayor miseria e ignominia de los preferidos. Y os conté cómo San Francisco y el conde dialogaron una tarde otoñal, sentados en un muro, mientras dejaban rebosar la marejada del humano sufrimiento, que ambos habían convertido en materia religiosa, dulce y alegre en el fraile, en el conde sombría y pesimista.

Y he aquí que el conde, en un viaje por llanuras acolchadas de nieve, mientras un cierzo áspero y polar desgarraba los escarchados arabescos del ramaje sin hojas: yendo, como un «mujik», en la plataforma del tren, enfundado en su hopalanda de pellejas de carnero mal curtidas, endurecidas por el hielo, sintió en su pecho, repentinamente, como una punzada. A poco, la punzada era agudo dolor. Y al penetrar en el convento donde quería refugiarse, la calentura le abrasaba, mientras sus dientes entrechocaban por efecto de ese frío que no se parece a ningún otro: el frío de la invasora pulmonía.

Y en pos de algunos días de padecer, vino la Libertadora. El conde, en los instantes en que no sentía su cabeza embargada por el delirio, la esperaba de un momento a otro. Y no con miedo, ni con repugnancia, sino con una especie de gozo, con la serenidad del que la ha contemplado muchas veces sin torcer el semblante. La Libertadora traía en sus manos, momificadas en la sepulcral quietud, una rama fresquísima de laurel, en la cual el rocío de la mañana había depositado una red de perlas, que reflejaba en cambiantes la luz lunar de la última noche... Y el conde, sin poderlo remediar, sonreía a la idea de que la rama era inmarcesible. Eternamente, hasta la hora en que el planeta, cumplida su ruta por los espacios, estalle o disocie su materia en el seno de las fuerzas cósmicas, aquella rama de laurel recordaría la memoria y refrescaría la gratitud de los que un día recogieron en sus corazones la benéfica doctrina del conde, que se entregó al pueblo, en cuerpo y alma...

Y con esperanza tal, el conde, moribundo, palpitó de orgullo inconsciente, profundísimo, al ver a la Seca que avanzaba, hiriendo el piso de la celda con choque aflautado de huesos, y columpiando la rama por encima de una faz donde corrían los últimos sudores. Detrás de la Libertadora, el conde vio una figura larga, ojival, un hombre pálido, cuyos ojos irradiaban fulgor misterioso. Le reconoció en seguida.

-¿Eres tú, penitente de Asís? -balbució con esfuerzo-. No creas que te había olvidado desde aquella tarde...

-Sí, yo soy, el amador de la pobreza -contestó Francisco-. Jehová: «Ahora, Señor, puedes llevarte a tu siervo, que ha vivido lo bastante para ver al Mesías...». El espíritu del conde palpitaba de emoción bien legítima. Aquella transformación mágica, realizada tan presto, ¡hasta que punto la había preparado él en largos años de propaganda con la pluma, con aquella pluma de gran artista, rebosante de eficacia y sentimiento, de realismo y de contemplación elevada del fondo de la vida, ya pintando a los «sitaretzi», que guiados por su fe pasan a pie enjuto sobre el mar, ya transfigurando a la vulgar pecadora y redimiendo al que la perdió, por medio del dolor y de la abnegación, en caminos de luz y de sublime renunciamiento! Su doctrina sin duda había abierto, como la del de Asís, un surco en la dura tierra esteparia. Los tiempos se habían cumplido, y la fraternidad y la piedad regían la conducta de aquellas masas que tantos siglos aplastó la injusticia...

Y la férvida ilusión impulsaba al espíritu del conde. Volaba en dirección a la granja patrimonial, a la cual tantos recuerdos le atraían. Anhelaba volver a ver sus praderías, donde pastaban en libertad peludas yeguas y potrillos retozones; sus sembrados, en que antaño hincó el arado para dar ejemplo de cómo se trabajaba el pan; sus árboles, donde los pájaros anidaban; su escuela, en que se daba enseñanza renovadora, según él creía firmemente; su morada pacífica, familiar, de donde estuvo proscrito el lujo, donde la frugalidad y la modestia prestaron nuevo sabor a la taza de té y a la popular «kalatcha»... A pesar de su desdén de pensador por los objetos puramente materiales, sentía, en aquel punto, el espíritu del conde cómo se pegan a nosotros las cosas entre las cuales vivimos, y cómo forman parte de nuestra sustancia moral, y cómo su existencia es la nuestra misma...

Cerca ya de la granja, vaciló el espíritu del conde. No le parecía reconocer el lugar, ni los árboles, los amados árboles. No veía los muros, las tapias, las barandas de su escalera. Una nube negra lo envolvía todo. De la nube salían chispas y a veces llamaradas. La granja del conde ardía por los cuatro costados.

-Hermano León, no pienses ahora en los hombres, sino en Cristo. Mira que te llaman, que te hacen señas desde la sombra.

-Yo también he amado a Cristo -declaró el conde-. Pero he amado, sobre todo a los oprimidos. Ellos me recordarán siempre.

-Déjate de eso, hermano León. Todos somos pecadores. En Cristo amamos a los que sufren. En Cristo, que murió por ellos. Ni tú, ni yo lo hicimos. Pecadores, pecadores somos. Reza, hermano León, que la sombra acecha...

El conde creía sentir en tal instante la cabeza despejada, el espíritu claro y luminoso.

Y de pronto, como quien resbala y se sume en un lago, cayó en sopor absoluto; su corazón, loco pájaro, bailó en la cavidad que lo encerraba, y su pulso saltó, cual los cabritillos que trepan por una ladera difícil. Y el médico, que sabiendo cuánto aborrecía el conde a los de su profesión, no se atrevía a entrar sino cuando se amodorraba el enfermo, se precipitó llamando a los monjes que velaban.

-¡Está expirando!, pronunció.

Y en efecto, el espíritu del conde derivaba hacia la otra orilla.

Algunos años transcurrieron. Un día, el espíritu en pena pudo evadirse de la cárcel que lo sujetaba (fuese por arte de brujería o por divina permisión) y cruzó los espacios.

Se dirigió a su patria, a sus estepas nativas, y cruzándolas a manera de espíritu, sin gravitar sobre el suelo, bogando entre la niebla, se encaminó a la casa donde tantos años había residido ejerciendo un apostolado de redención, por el cual, según creía, los humillados, los hombrecillos de la gleba, iban a ser llamados a la libertad y a la plena conciencia de cristianos. Hasta las regiones extrahumanas, en que el espíritu del conde había morado desde que salió del mundo, llegó la voz de que la libertad y el derecho imperaban por fin en la tierra histórica de la opresión. Y el conde sintió, al saberlo, una alegría honda y grave, semejante a la que debió de experimentar Simeón cuando tomó en brazos al Niño y dijo a Jehová: «Ahora, Señor, puedes llevarte a tu siervo, que ha vivido lo bastante para ver al Mesías...». El espíritu del conde palpitaba de emoción bien legítima. Aquella transformación mágica, realizaba tan presto, ¡hasta qué punto la había preparado él en largos años de propaganda con la pluma, con aquella pluma de gran artista, rebosante de eficacia y sentimiento, de realismo y de contemplación elevada del fondo de la vida, ya pintando a los «sitaretzi», que guiados por su fe pasan a pie enjuto sobre el mar, ya transfigurando a la vulgar pecadora y redimiendo al que la perdió, por medio del dolor y de la abnegación, en caminos de luz y de sublime renunciamiento! Su doctrina sin duda había abierto, como la del de Asís, un surco en la dura tierra esteparia. Los tiempos se habían cumplido, y la fraternidad y la piedad regían la conducta de aquellas masas que tantos siglos aplastó la injusticia...

Y la férvida ilusión impulsaba al espíritu del conde. Volaba en dirección a la granja patrimonial, a la cual tantos recuerdos le atraían. Anhelaba volver a ver sus praderías, donde pastaban en libertad peludas yeguas y potrillos retozones; sus sembrados, en que antaño hincó el arado para dar ejemplo de cómo se trabajaba el pan; sus árboles, donde los pájaros anidaban; su escuela, en que se daba enseñanza renovadora, según él creía firmemente: su morada pacífica, familiar, de donde estuvo proscrito el lujo, donde la frugalidad y la modestia prestaron nuevo sabor a la taza de té y a la popular «kalatcha»... A pesar de su desdén de pensador por los objetos puramente materiales, sentía en aquel punto, el espíritu del conde cómo se pegan a nosotros las cosas entre las cuales vivimos, y cómo forman parte de nuestra sustancia moral, y cómo su existencia es la nuestra misma...

Cerca ya de la granja, vaciló el espíritu del conde. No le parecía reconocer el lugar, ni los árboles, los amados árboles. No veía los muros, las tapias, las barandas de su escalera. Una nube negra lo envolvía todo. De la nube salían chispas y a veces llamaradas. La granja del conde ardía por los cuatro costados.

Alrededor del foco del incendio bailaban turbas de hombres y mujeres, aullando de júbilo, celebrando el destrozo. El espíritu se paró, estremecido, y pasado el primer momento de sorpresa horrible, amargamente decretó que todo aquello era natural... Desde su altura, sí, lo encontraba explicable, lógico, y con gesto grandioso empezaba ya a murmurar las palabras del perdón, las que proyectan al exterior nuestra indulgencia con el error y la maldad continuos de nuestros semejantes. Y antes de que exclamase, sin voz: «Os perdono, hermanos, porque no sabéis lo que hacéis», del centro de la hoguera vio alzarse la figura del Penitente, que acercándose, pronunció:

-Perdona, sí... Perdonemos para ser perdonados, hermano León, ¡que también erraste! No perdones desde arriba. No perdones con orgullo...

Y entonces el espíritu del conde hubiese llorado, si tuviese ojos, porque creía hacer algo sublime, muy meritorio, al otorgar el perdón... y no le quedaba ya ni ese consuelo.

viernes, 11 de febrero de 2011

El espectro

de Emilia Pardo Bazán

Mi amigo Lucio Trelles es un excelente sujeto, sin graves problemas en la vida y que parece normal y equilibrado. Como nadie ignora, esto de ser equilibrado y normal tiene actualmente tanta importancia como la tuvo antaño el ser limpio de sangre y cristiano viejo. Hoy, para desacreditar a un hombre, se dice de él que es un desequilibrado o, por lo menos, un neurótico. En el siglo diecisiete se diría que se mudaba la camisa en sábado, lo cual ya era una superioridad respecto a los infinitos que no se la mudarían en ningún día de la semana.

Ahora bien: Lucio Trelles sostiene la teoría de que desequilibrado lo es todo el mundo; que a nadie le falta esa «legua de mal camino» psicológica; que no hay quien no padezca manías, supersticiones, chifladuras, extravagancias, sin más diferencia que la de decirlo o callarlo, llevar el desequilibrio a la vista o bien oculto. De donde venimos a sacar en limpio que el equilibrio perfecto, en que todos nuestros actos responden a los citados de la razón, no existe; es un estado ideal en que ningún hijo de Adán se ha encontrado nunca, en toda su vida. Lucio apoyaba esta opinión con razonamientos que, a decir verdad, no me convencían. Parecíame que Lucio confundía el desequilibrio con los estados pasionales, que pueden desequilibrar momentáneamente, pero no son desequilibrios, pues son tan inevitables en la vida psíquica como otros procesos en la fisiología.

Ello es que a Lucio no le conocía nunca ni enamorado, ni encolerizado, ni apasionado, ni vicioso. Hasta me sorprendía la normalidad de su tranquila existencia, sazonada con distracciones de buen gusto y aun de arte, y dedicada a regir bien una fortuna pingüe y a acompañar y proteger a su hermana, con la cual se portaba lo mismo que un padre. Y solía yo decirle, cuando nos encontrábamos en una agradable tertulia adonde los dos concurríamos:

-Todos seremos desequilibrados, pero el desequilibrio de usted no se ve por ninguna parte.

Él meneaba la cabeza, y la confidencia parecía asomarse un segundo, como se asoma un insecto horrible a una grieta de la pared, retirándose apenas entrevé la claridad... Ya en el camino de las curiosidades, di en notar que algunas veces las pupilas de Lucio revelaban extravío. No era que bizcase; la expresión respondía a un espanto íntimo sin relación con los objetos exteriores.

Lucio solía ir a la tertulia donde más nos veíamos, con su hermana y en carruaje. Como le viese una noche salir a pie, me dijo que su hermana estaba un poco indispuesta, y él no había querido hacer enganchar. Entonces caminamos juntos. No hacía la luna, y las calles del barrio estaban oscuras y solitarias.

Íbamos hablando animadamente, cuando de pronto sentí que el cuerpo de mi amigo gravitaba sobre mi hombro, desplomado. Apenas tuve tiempo para sostenerle e impedir que cayese al suelo. Al hacerlo oí que murmuraba frases confusas, entre gemidos. Yo no sabía qué hacer. No veía nada que justificase el terror de Lucio. Sin duda sufría una alucinación.

No recobró el sentido hasta momentos después, y soltó una carcajada forzada y seca, para tranquilizarme. Anduvo unos instantes vacilando, y de súbito, volviéndose hacia mí, susurró con terror indescriptible, un terror frío:

-¿Y el gato? ¿Y el gato?

-¿Qué gato es ése? -pregunté asombrado.

-El gato blanco. ¡El que pasó cuando yo caí...!

Recordé que había visto, en efecto, una forma blanca, deslizarse rozando la pared. Pero ¿qué importancia tenía?...

-¡Ninguna para usted! -murmuró sordamente mi amigo.

Yo sentía el retemblido de su cuerpo, el rechinar de sus dientes, y su mano crispada me asió, incrustándome los dedos en la muñeca. De su garganta, contraída, las palabras brotaron como un torrente, en la inconsciencia con que el semiahorcado se arranca el dogal.

-Claro, no puede usted entender... para usted un gato blanco no es más que un gato blanco... Para mí... Es que yo... No, aquello no fue crimen, porque el crimen lo hace la intención; pero fue una desventura tan grande, tan tremenda... No he vuelto a disfrutar de un día de paz, un día en que no me despierte con el pelo rizado... Mi disculpa es que yo tenía entonces veinte años... -añadió con un sollozo-. Desde la niñez, la vista o el contacto de un gato me producían repulsión nerviosa; pero no en grado tal que no pudiese dominarla si me lo propusiese. Lo malo es que en ese período de la juventud no quiere uno dominarse, no quiere sino hacer su capricho... Cree uno que puede dirigir la vida a su arbitrio, solazándose con ella, como con los juguetes. Esto ocurría hallándome yo en el campo, en compañía de mi madre y de mi tía Lucy, la que me ha dejado mi capital, pues mis padres no eran ricos.

-Cálmese usted -dije, viéndole tan agitado y observando la poca ilación de lo que me refería.

-Sí, ya me voy calmando... Verá usted cómo es natural mi impresión.

¿Qué decíamos? Sí; yo estaba en el campo con mi madre y con mi tía Lucy, solterona, que adoraba en su gato blanco, el favorito de la buena señora, siempre dormido en su regazo o acurrucado al borde de su falda. ¡Puf! ¡Qué gustos más raros! Yo -cosa de los veinte años, afán de dominar la vida y arreglarla a nuestro antojo- se la tenía jurada al bicho. Resolví que, si alguna vez lo atrapaba solo, su merecido le daría. Al efecto, llevaba siempre conmigo un diminuto bull-dog, y ya no veía el momento de meter una bala en la panza gorda del monstruo, del odiado animalejo. Después, me proponía hacer desaparecer sus restos..., y negocio concluido.

Fue una noche... Una noche como ésta; sin luna, de una oscuridad tibia, en que todo convidaba a vivir y a amar... Salí de mi cuarto con ánimo de espaciarme en el jardín. Había en él un cenador de madreselva... ¡lo estoy viendo! Era todo tupido, y de costado tenía una especie de ventanita cuadrada, practicada recortando las enredaderas. Distraído miré... En el marco del follaje se encuadraba un objeto blanco. Ni por un momento dudé que fuese el gato aborrecido.

Saqué el bull-dog, apunté... Hice fuego... Un grito me heló la sangre... Me arrojé al cenador... Mi madre estaba allí... Envolvía su cabeza una toquilla blanca...

-¿Muerta? -interrogué con ansia, empezando a comprender la historia.

-No... Herida levemente; rozadura; el pelo chamuscado...

Entonces... Mi madre me cobró horror... Nunca volvió a quererme... Nunca creyó mis protestas de que no intentaba asesinarla... Y murió poco después, de una enfermedad cardíaca, originada probablemente por la emoción... ¡Quedé bajo el peso del odio, de la eterna sospecha de mi madre!

-¿No la pudo usted convencer?

-Jamás...

Medité un segundo...

-¿Había algún motivo para que ella recelase que usted..., en fin, que usted... podía ser capaz... de... «eso»?

Sin duda herí una fibra sensible, porque Lucio se demudó y vaciló tambaleándose, próximo a caer de nuevo. Sus ojos, alocados, me miraron un instante. No contestó. Y al llegar a su casa, me dijo secamente, bruscamente:

-Buenas noches...

Nunca más, en ocasión alguna, volvió a hablarme del caso, por el cual un gato blanco es para él un espectro.

jueves, 10 de febrero de 2011

El escapulario

de Emilia Pardo Bazán

-¿Ketty? ¿Ketty?

La inglesa despertó, se frotó los ojos y murmuró, sonriendo cándidamente:

-What is the matter?

-Levántate pronto -articuló una vocecita dulce, un poco puntiaguda-. Aquí está lo que me dijiste que le pidiese a Ramiro...

El salto elástico de la miss fue como el de una gata joven. Diez minutos después, habiendo dejado el lecho, estaba ya muy alisada, vestido el jersey, derecho el almidonado cuellecito blanco. La señorita Leonor sonreía, enseñándole los trozos de papel-cartón, en que un cromo modernista representaba una pareja, enlazada para el tango argentino.

Eran billetes para el baile que en el Real patrocinaba la elegante sociedad Smart Club, o por mejor decir, algunos de sus miembros gallardos y calaveras. Se jactaban de que concurrían todas las mujeres guapas de Madrid, lo cual significaba que irían todas las alegres, guapas o feas. Y Ketty, la carabina de la hija de los duques de la Morería, lograba con esos billetes lo que tramaba desde tiempo atrás: la complicidad de su señorita, tenerla sujeta, convertida en amiga complaciente. Aquella hija de Albión, de tez nacarada por las nieblas, de pelo dorado cenizoso, que colgaba en su habitación los retratos de los reyes de Inglaterra y una copia de la Concepción de Murillo, era lo que se llama una mezcla explosiva. La conocían bien los que en Madrid cultivan el género, y hasta le habían puesto un apodo: «Pólvoranieve». Los únicos que no se habían enterado eran los señores duques, ocupado él en derrochar su hacienda en sports, y ella en prácticas devotas, muy loables, pero no tanto como lo fuera el acompañar a su hija, en vez de fiarla a la fe británica.

Los billetes, pedidos por Leonor a un primo suyo, Ramirito Lanzafuerte, servirían para la primera escapatoria de Leonor. Ketty venía inflamándole la imaginación, pintándole cuadros atractivos. Ella, Ketty, alquilaría los disfraces. Nada de anticuados dominós: unas pelucas de color, unos antifaces que tapasen bien, y lo demás, a capricho. En el baile, podría Leonor embronar a su gusto, no sólo a amigos y conocidos, sino a todo bicho viviente. Hora y media de este ejercicio, y luego, ¡a casa otra vez, a dormir como santas!

-¿Y si lo sabe mamá? -repetía Leonor, medrosa.

-¿Cómo va a saberlo? Salimos por la verja del jardín, tapaditas con abrigos viejos... Yo tendré avisado un cochecillo... Nunca sucede que, después de acostadas, vengan a molestarnos...

El programa se realizó. Disfrazáronse en las habitaciones de Ketty, secundarias, en el piso entresuelo. Por allí nadie solía pasar. Leonor se divertía como en su vida se había divertido. El traje, lejos de ocultar su cuerpo, le prestaba líneas encantadoras. Era una larga funda Edad Media, de pana rosa, y una caperuza de tisú de planta, sobre un pelucón rosa pálido, cuyas crenchas le llegaban al talle.

-Estoy azarada... Me van a conocer... -repetía.

-¡Qué habían de conocerte! -repuso la inglesa, la cual, por afición a lo típico español, iba de gitana, faldellín de volantes, peines de celuloide rojo mordiendo las ondas azul ultramar de otra peluca fantástica.

El pie, genuino del Norte, sin gracia ni curvas, hacía estallar el raso de los zapatos.

Cuando entraron en el salón del Real, Leonor hizo un movimiento para retroceder, y Ketty la pellizcó.

-¡Tonta!

El tuteo, la familiaridad excesiva, indicaban sobradamente lo subvertida que estaba aquella relación, sin necesidad de conocer las circunstancias de la escapatoria...

-Mira, allí tenemos a Miguelito Alhama... ¿Quieres embromarle?

-¡No! ¡Va a conocerme! ¡Qué vergüenza!

Poco a poco, el ruido, las luces, los chillidos, la mezcla de perfumes insinuantes, las miradas y los piropos, las serpentinas que tendían como un velo en el aire, fueron envalentonando a la novicia. Rió, trabó conversaciones, oyó galanteos. Se había propuesto no separarse un minuto de Ketty, convenio entre las dos; pero, a una vuelta, notó con asombro primero, con terror después, que Ketty había desaparecido.

-¿Buscas a alguien, mascarita? -preguntó un elegante caballero rubio, extranjero por el acento y la figura, aunque hablaba bien el castellano.

-¿No has visto a una gitana que venía conmigo hace un momento?

-¿Una gitana? Espera, máscara, que miraré... ¡Ah! Allí... ¿Que no es la misma? Pero no te apures. Toma mi brazo, y vamos a buscarla.

Maquinalmente, Leonor aceptó el brazo. Iba transida de sobresalto y disgusto. La situación, meramente desagradable para mujer de alguna experiencia, era para ella terrible. Creía que todo el mundo estaba enterado ya de su caída -le llamaba así-, de aquella locura que, ahora lo veía, había de tener graves consecuencias. Y estas ideas, determinadas por la desaparición de Ketty, la acongojaban tanto, que el improvisado galán sentía temblar el brazo que se apoyaba en el suyo.

«¿Será -pensó- una mujer distinguida? Es bien raro en estos bailes, pero cabe en lo posible...»

-¿No ve usted a la gitana? -insistió Leonor, ansiosa.

«El demonio que sepa dónde está la gitana», pensó él. Y, en voz alta, desplegando su cortesía de secretario de Embajada y de hombre habituado a olfatear a las mujeres, con las cuales hasta para faltarles al respeto se debe ser respetuoso, murmuró:

-Mascarita, te repito que no tengas miedo... Nada malo te ocurrirá... Sube conmigo; me sospecho que tu amiga estará en el buffet...

Reanimada por la esperanza, se prestó Leonor a subir. Su acompañante le susurraba al oído frases dulces, no de amor, sino de simpatía, de galante rendimiento. Que no se preocupase; él estaba allí para sacarla de cualquier conflicto... Y, llegados ya al buffet, ofreció ¿una taza de consomé, un poco de salmón, una copa de champán?... Leonor rehusaba, moviendo tristemente la cabeza... Salieron del buffet, para continuar la indagatoria; pero Leonor apremiaba.

-Aprisa, aprisa... Tengo que encontrar a mi compañera y volver a mi casa, inmediatamente...

Hallábanse en una especie de antesala, contigua al buffet. No andaba mucha gente por allí. El extranjero indicó a Leonor un diván. Ella se dejó caer, porque sus piernas flaqueaban. Él se colocó a su lado.

-¿Quién era tu compañera, mascarita? ¿Tu mamá?

-¡Mi institutriz...!

Todavía sonrió él. ¡Institutriz! No parecía verosímil.

-Ella -añadió Leonor casi sollozando- debe de buscarme también... Estará como loca...

-¡Oh! Mascarita -replicó el extranjero-, no lo creas... ¡Siento darte un desengaño, pero la institutriz se ha apartado de ti a propósito! Probablemente ni siquiera se encuentra en el baile.

El efecto de estas palabras, en Leonor, fue fulminante. Un desvanecimiento cerró sus ojos, y hubiese caído al suelo desde la banqueta, a no sostenerla el galán. Rápido, éste desató las cintas de la careta, y vio el pálido rostro, de una belleza fresca y juvenil. Desabrochó los primeros botones de la luenga túnica Edad Media y dio aire a la garganta, mientras decía a un mozo:

-¡Un vaso de agua, a toda prisa!

Y siguió desabrochando, aflojando... La delicada operación iba trastornándole un poco, al respirar los efluvios de la belleza de Leonor... De pronto, del seno virginal salió un cordón, un pedazo de tela tosca, de lana, un escapulario...

Inmediatamente el extranjero cruzó la túnica, y como le trajesen el agua, empapó su pañuelo y mojó las sienes de la mascarita... Al volver ésta en sí, le dijo con expresión de profunda reverencia:

-No tema usted, señorita. Yo la llevaré a su casa, sin que corra usted ningún peligro. Nadie sabrá nada. Mire en mí a un hermano. Vuelva a ponerse la careta, y en marcha cuanto antes...

miércoles, 9 de febrero de 2011

El error de las hadas

de Emilia Pardo Bazán

Se encontraron las dos hadas a orillas de una presa de molino, la más encantadora que puede soñarse. El agua era fina, pura, bajo el espumarajeo que levantaba la rueda, y en la superficie, en los momentos de calma, las efímeras, en un rayo de sol, tejían sus contradanzas, y las argironetas o arañas acuáticas jugaban, con sus luengas patitas, a ver quién rasaba el agua con más agilidad y presteza. Espadañas lanceoladas y poas de velludo marrón revestían las márgenes. Flores no había, porque era invierno; caía la tarde del 31 de diciembre.

Al verse, las hadas se sonrieron como buenas amigas. Representaban, sin embargo, dos cosas en apariencia inconciliables: la una era el hada de la vida, y la otra el hada de la muerte.

-Hemos llegado al mismo tiempo -dijo la rosada a la pálida-. ¡Y cuidado que tenemos quehaceres las dos! Crece tanto el género humano, que no se sabe cómo hacer para atender a todo. Yo he solicitado del Ser Supremo unas hadas auxiliares...

-¡Qué casualidad! -exclamó la descolorida-. Yo lo mismo. Pero, a pesar de eso, no puedo descansar ¡buenas cosas harían si me descuidase! He de andar siempre vigilando, y a ti, hermana, te sucederá dos cuartos de lo mismo.

-¡Vaya! ¡Cualquiera se fía! Hay que ocuparse en persona, sobre todo en caso como éste. Ahí, detrás de esta puerta carcomida, en el molino antiquísimo de la Eternidad, va a expirar el año viejo y a nacer el nuevo. La pobre, caduca Eternidad (entre nosotros sea dicho, hermana), creo que ya no está para estos trotes. ¡Muchos años dura la faena de la infeliz! Nadie ha podido contar el número de sus hijos: mejor se contarían las arenas del mar y el polvillo cósmico del firmamento...

-Pues el caso es que parece una muchachita, declaró alegremente el hada de la vida.

-¡Sí, fíate de apariencias!, marmoteó la fúnebre.

Decidiéndose, cogidas de la mano -que la de la vida tenía ardorosa y la otra como un témpano-, penetraron en el molino. Al lado de la piedra enorme, que giraba incesante, moliendo, en vez de trigo, la harina gris del tiempo, veíanse dos lechos, y postrados en ellos, y gimientes, a un viejo desdentado, de barbazas fluviales, de arado semblante y de brazos que parecían hechos de cordeles retorcidos con todos los estigmas de la senectud en el cuerpo, sacudido ya por el hipo de la agonía, y a una mujer que también se quejaba, pero con el quejido fecundo y vital de las madres. Aunque era la Eternidad, en efecto, su sonrisa mostraba una gracia juvenil, y sus ojos brillaban con astrales fulgores. Era la eterna engendradora, la que guarda las llaves de oro de lo pasado y lo venidero. Los paños en que se envolvían estaban tejidos de luz.

Acudió cada una de las hadas a su respectivo paciente. El hada de la vida animó a la Eternidad con palabras cariñosas, con la esperanza de que el nene que iba a venir al mundo sería tal vez el Mesías de los años, que trajese a la Humanidad bienes sin cuento, una era de prosperidad y gloria, inventos científicos redentores, y, de propina, el buen sentido y la moderación propios de la edad adulta. Y la madre, halagada, sonreía, en medio de sus dolores.

En cuanto al hada de la muerte, trataba de consolar al vejestorio, que se finaba por puntos entre toses, flemas atravesadas, disneas, colapsos -los feos síntomas que preceden y acompañan al paso de la Seca-. Decíale que nada de malo tenía eso de morir, cuando se ha cumplido la misión que nos estaba encomendada; y el viejo protestaba, rabioso:

-¿De dónde saca usted que he cumplido yo misión alguna? ¡Pues si todo queda por hacer! ¡Trabajo le mando a mi sucesor!... Y, además, ¿qué hemos de esperar de un chiquillo, de un mamón? ¡Bonito andará todo, señora hada! ¡Habrá que alquilar balcones!

Entretanto, las horas corrían, las tinieblas invadían los sombríos ámbitos del molino eterno, y las hadas tuvieron que encender, para alumbrarse, unos humosos candiles pendientes de la pared. La dudosa luz hacía más triste la escena. La parturienta, rendida, ya no tenía ni fuerzas para quejarse, y el vestiglo, exánime o poco menos, no exhalaba, sino un gemido sordo, flébil, y, últimamente una especie de soplo estertoroso. Las hadas renunciaron a consolarles, y se limitaron a humedecerles los labios con un poco de agua, mientras llegaba el momento del descanso.

Fuera, todo dormía, bajo la luz de la magnífica luna de invierno y el velo frígido de la escarcha. El silencio era augusto: se diría que una expectación profunda dominaba a la naturaleza. Pero, augusto y todo, el silencio tiene la virtud de convidar al sueño, y he aquí que las dos hadas, viendo a sus pacientes sumidos en un estado comatoso, y hallándose, como siempre, fatigadísimas de la incesante labor, sintieron la tentación de cabecear una miaja. No, si aquello no se llama dormir... Apenas fue quedarse traspuestas medio segundo. Un clamor agudísimo de la Eternidad las despertó, aturdidas, entre la semioscuridad, equivocaron la dirección de sus pasos, y he aquí que, por tan levísimo descuido, el hada de la vida tomó en brazos al año viejo, y la de la muerte, al niño que acababa de nacer...

Cuando se dieron cuenta del error, se quedaron petrificadas. En el brazo del hada de la vida, el año próximo a expirar había recobrado la plenitud de sus fuerzas, y se erguía, vigoroso, sonriendo, resucitado. Y, en cambio, al estrecharle el hada de la muerte, el año nuevo se extendió rígido, cerrando los ojos que no habían visto la luz, y sin respiración la boca, que nunca recogería el aire...

-¡Buena la hicimos, hermana!, murmuró aterrada el hada de la vida.

-¡Buena!, repitió la del reposo letal.

-¿Y cómo se arregla este desavío?

-Muy sencillo -sugirió la de la vida, que tenía más recursos de imaginación-. El año viejo se disfraza de año nuevo; pasa por flamante, y con tal que él calle..., ¿quién se entera? Y a este angelín que vino muerto al mundo, lo echamos a la presa del molino...

-Tienes razón... ¡Gran idea!... ¡Pero que no lo sepan las hadas auxiliares! ¡No se reirían poco de nosotras!

Y he aquí por qué pudo decirse el año aquel que todo seguía lo mismo; que nada había cambiado en el mundo.

martes, 8 de febrero de 2011

El engendro

de Emilia Pardo Bazán

Invitado por los alegres amigos a comer las uvas y festejar la entrada del año joven en un hotel de los de moda y lujo, allá me fui a las diez de la noche, de frac y gardenia en el ojal, como buen mundano.

La mesa, reservada desde cuatro o cinco días antes (andaban solicitadísimas), lucía, un centro de grandes y desflecados crisantemos amarillos. El anfitrión, Gerardo Martí, opulento banquero, debía de estar nervioso, porque ante los crisantemos se puso como un grifo, alegando que le recordaban el cementerio y las adornadas sepulturas, y que esa flor de muertos no debe figurar en banquete alguno. Yo pensaba como él; pero, de esas rarezas que hay, se me antojó llevarle la contraria y declarar que los crisantemos «daban una nota de color» preciosa. Martí, naturalmente colérico, contestó entre dientes un refunfuño desagradable, envuelto en forzada sonrisa. Ya con esto la bisque me cayó mal. Todo el mundo estaba cohibido y faltaba expansión.

Por renegar de algo y de alguien, Martí comenzó a decir pestes del año que concluía. ¡Año fatal, funesto, de hambre y miseria, de guerra con careta de paz, de malestar universal, de epidemias obscuras y traidoras, de ruina de haciendas y de crímenes sin castigo! ¡Año que debiera borrarse de la Historia! La voz irónica de Angelito Comején, siempre guasón, se alzó murmurando:

-Sí, año fatal... Y también de bonitos dividendos, ¿no, amigo Martí?

El hombre de banca se contrajo, porque era directo y acertado el golpe. Renegaba del año ya expirante; pero se guardaba de decir cómo había crecido en él su fortuna, cual espuma en batida chocolatera, a favor de las mismas calamidades que lamentaba. Se volvió hacia Angelito, como si le hubiesen pisado, y gruñó:

-Veo que recogen ustedes las paparruchas del vulgo... ¡Si estaré cansado de oír...!

Cada vez se ponía la cena más tempestuosa y desagradable. Y cuenta que era algo menos mala de lo que en tales presuntuosos hoteles suele ser. La carne al jerez tenía bastantes trufas, y el plato frío remedaba bien la suculenta pasta de Estrasburgo. Los vinos se podían llamar tolerables, excepto el champán, como siempre, infecto y tasado con parsimonia. Martí, que -hagámosle justicia- es amigo de quedar bien en estos casos, pidió otra marca y más botellas. Las cabezas fueron calentándose; el hielo se rompió; pero no para brotes de cordialidad, sino para ese camorrismo involuntario que la excitación de la bebida produce. Comején, que tiene pesadito el alcohol, volvió a suscitar la cuestión de los dividendos afirmando que Martí «y otros como él» eran los que debían soportar todo el peso de los nuevos tributos y costear, con sus repentinas ganancias, carreteras, escuelas y pantanos. Por más que yo, sentado cerca de él, le tiraba del faldón, no cejaba en su tema. Yo observaba con inquietud al banquero. Su palidez se había convertido en un tono rojo granate. Se veía que le era imposible contestar, por espasmo sin duda de la laringe. Tartamudeaba. Al fin, se llevó las manos al cuello y violentamente desabrochó la camisa y deshizo el nudo de la corbata. Le vimos tambalearse, agitar las manos en el aire como si quisiese asirse a algo y desplomarse pesadamente en la silla.

Nos precipitamos a socorrerle, pues comprendimos que algo grave le ocurría, y empezamos por inundarle de agua. Comején, casi desembriagado ante el suceso, pedía: «¡Un médico!», «¡Un médico!», a voces. El maestresala, aterrado -¡un caso así en el establecimiento!-, acudía ya con un médico, que apareció entre el concurso. Y cuando el doctor se inclinaba sobre el accidentado, para reconocerle y disponer, yo me froté los ojos, no pudiendo creer lo que veía.

El médico era un viejo caduco, rasurado, temblón, de fríos ojos azules y de manos de marfil rancio, casi esqueletadas. Su frac, holgado y raído, de solapas verdosas a fuerza de uso, dejaba percibir el bulto de los huesos en brazos y hombros. Cuando el médico se movía los huesos hacían ruido, chocaban secamente, y el mismo choque noté en sus mandíbulas, en que la dentadura castañeteaba. Lo que más me alarmó fue que al decirles a los comensales que el tal médico era un ser extraño, casi un aparecido, me contestaron riendo:

-¡Pero si es Martínez Algarrobo, el gran especialista!

Es decir, que yo estaba viendo visiones... Pero es el caso que las visiones, mejor dicho, la visión allí la tenía delante de mis ojos, sin poder dudar de su realidad, y la visión me miraba, me hacía señas, llevándose la mano a la nuez, como para indicar que quería hablar y no podía. Faltábale carne, faltábale sangre, sin duda; era una armazón de huesos y pellejo, que por milagro conservaba un poco de aliento vital: lo suficiente para trasladarse de un punto a otro y para dirigirme una ojeada suplicante, como si me pidiese amparo y justicia. Su dedo, flaco, en que podían contarse los descarnados artejos, se dirigió hacia su frente, y sobre la concavidad, casi tan lucia ya como la de la calavera, pude leer una fecha: 1919.

Comprendí. Era el año expirante, el año al cual sólo le quedaba una hora escasa de duración. Con macabra sonrisa, se acercó más al hombre privado de sentido, y le apoyó la mano sobre el pecho. Martí, de rojo púrpura, se puso de color cera; un leve suspiro se escapó de sus labios. Su cabeza rodó suavemente sobre el hombro izquierdo. Comprendí. El Año, injuriado, acababa de vengarse. No quería dejar este mundo endiablado sin castigar al que tanto mal dijo de él. Como se ve al través de un fanal lleno de agua una luz, veía yo el pensamiento del Año al través de la caja ósea de su frente. El Año se consideraba víctima de una injusticia, acusado sin razón. ¿Es acaso el Año el que determina el giro y curso de los acontecimientos? ¿Es acaso el Año el que desata las pasiones de los hombres? ¿Es el año algo más que la serie de los días? ¿Por qué culparle de lo que no depende de su iniciativa, de su voluntad? Sin duda el peso de tantas maldiciones había acabado por agobiarle, y un sentimiento de furiosa protesta se alzaba en su espíritu durante aquellos minutos que le restaban de existencia. Al oír a Martí acusarle tan duramente, el Año decidió: «Éste paga por todos. Casi juntos caeremos en el pozo de la eternidad.»

Esto que yo pensaba lo dije en alta voz; pero sólo el Año dio señales de haberme oído.

-Tú no eras culpable, y en eso razón tenías; pero has cometido un delito grave al matar a ese hombre. Y no hay manera de exigirte responsabilidad alguna, porque llevas también contigo la muerte...

Una voz funeraria, como si saliese de la tubería de un órgano, lejana y triste, me contestó:

-Cierto... Ya me falta el respiro... Pero me lloraréis, me echaréis de menos, sentiréis mi desaparición, me haréis justicia, hablaréis de mí como se habla de los buenos tiempos... Adiós, que ya no puedo resistir más. Ahí viene mi sucesor...

Un reloj de esos que tienen estridencias metálicas profundas, con las cuales parecen decirnos que la hora que suena no volverá, dio en aquel momento, con solemne lentitud, las doce de la noche. Tin..., tin..., tin... Cada toque resonaba en mi corazón con extraña energía. Y sobre la mesa en que estábamos comiendo, y donde ahora no había nadie, pues todos se habían ido, llevándose el cuerpo inerte de Martí, surgió un objeto extraño. Era una concha de nácar, acanalada y profunda, que parecía proceder de algún lejano mar y que todavía estaba revestida de algas verdes. En su concavidad, un niño recién nacido lloraba con desconsuelo, con un vagido amargo, comiéndose de hambre los puños y perneando con desesperación. Me acerqué, habiendo cogido una copa con agua, donde desleí un terrón de azúcar. Quise paladear a la mísera criatura... Pero al aproximarme a ella retrocedí con horror. El Añito Nuevo, cubierto de lacras y pústulas, infundía repugnancia. Y sobre sus ojos observé una membrana córnea semejante a la que protege las pupilas de las aves de rapiña. Sus dedos apenas tenían forma: parecían deshechos, aplastados con una piedra. Toda compasión faltó en mí.

-¡Así te mueras! -murmuré cruelmente.

Y volví la cabeza para interrogar al Año Viejo; pero observé que había desaparecido... Claro es: ya no pertenecía a este mundo. Ahora nuestro dueño era aquel engendro horrible, aquel escuerzo cubierto de lacería. Y huyendo del fatal recinto, trémulo de pavor y de asco, sólo pude decir, en estilo vulgar:

-¡Estamos frescos!

lunes, 7 de febrero de 2011

El engaño

de Emilia Pardo Bazán

Acababa de fumarme el más sabroso de los cigarros del día, el que fumo meciéndome en el cierre de cristales de mi casa, después de la comida a la española embalsamada la boca por el gusto dominador del café y recreados los ojos por la vista, siempre nueva de la bahía, donde los barcos se cuelan como alciones en su nido; y una pereza deliciosa embargaba mis potencias cuando se entreabrió la portier y entró, agitado, mi amigo y consocio en varios círculos. Valentín Beleño. Sólo con mirarle comprendí que algo extraordinario le ocurría. Como yo, Valentín lleva una vida apacible y grata, en llana prosa; despacha su labor oficinesca, da su paseíto higiénico diariamente, conoce al dedillo la chismografía del pueblo de Marineda y ostenta el campeonato del juego de dominó. Comprendo, pues, que el caso será de muerto, o punto menos para que Beleño se propine tal sofoco.

En palabras picadas, descosidas, me informa. Tiene la culpa de toda esta ganga de viceconsulado que le ha caído encima y le trae atareadísimo, mientras no llega el nuevo cónsul a sustituir al que, envuelto en la bandera inglesa, duerme el sueño sin despertar, en el cementerio disidente, llamado por el vulgo «de los canes». A cada momento necesita Beleño lidiar con pasajeros y viandantes británicos, que desembarcan infaliblemente, aunque sólo dispongan de dos horas para hacerlo.

-¿Y creerá usted -añade Beleño- que esos malditos saltan a tierra para refrescar en los cafés o distraerse en el cine? ¡Quiá! La mayor parte de ellos toma un coche y se echa a correr el campo o a admirar los monumentos... ¡Monumentos en Marineda!... ¡Tres o cuatro iglesias de mala muerte y el faro! Y sacan el álbum, abren la boca y dibujan... En fin: ¡para mí, están locos!... El de hoy, que ha venido a bordo del Blue Star, no es inglés, sino inglesa -¡mujer guapa, por cierto!-, y figúrese usted que se empeña en que la he de acompañar a visitar el campo de batalla de Dorantes..., ¡que es una de las manías!...

Al oír lo de «mujer guapa» me eché a reír socarronamente. La señora de Beleño tiene fama de celosa, aun cuando mi amigo Valentín está en sus cuarenta y pico, asaz maduros y sin asomos de gallardía ni de travesura.

-¿Y usted quiere...? -pregunté, siempre risueño.

-Que venga usted también... Ande, hombre... Como usted ha recorrido esa zona levantando planos, conoce aquello mejor. Yo, a la verdad, dudo hacia dónde cae el dichosos campo de batalla, que Dios confunda.

-Mire usted, Beleño: yo iré, aunque estaba aquí mucho más a gusto; pero, franqueza: confiéseme que no quiere usted desazones en casa y me lleva de pararrayos...

-Bueno; será lo que sea... Ahí tengo el coche, y en él aguarda la inglesita...

-Hombre, deme usted cinco minutos para atusarme.

Y declaro que me atusé con esmero, y hasta eché unas gotas de Ideal en el pañuelo de seda marrón, exactamente parejo a la corbata. Cada uno tiene sus pretensiones... No era cosa de parecerle a la inglesita el coco. ¡Oh dolor! Momentos después de sentarme a su lado en el fondo del coche tuve que confesarme a mí mismo que había perdido el tiempo y las gotas de Ideal. Hermosa era, en efecto, la extranjera: la albura de su tez, la transparencia de sus pupilas grises, puntilleadas de oro; la abundancia de su pelo sedeño y tan rubio que parecía blanco a la claridad me encantaron; pero la inocente seriedad de sus modales, la indiferencia con que nos miraba sin vernos el exclusivo afán que demostraba por llegar al campo de batalla de Dorantes donde se verificó el hecho de armas realizado por tropas de España y de la Gran Bretaña unidas contra el invasor francés, me probaron que la turista no buscaba más guerra que aquélla cuyos recuerdos estaba evocando y que nuestras fatuidades de latinos se estrellaban, insospechadas, en una estricta formalidad anglosajona.

La inglesa declaró que había estado en México dos o tres años por negocios de su marido, y hablaba un español bastante comprensible. Venía con ella un niño, su hijo, choto fuerte y saludable, de ojos puros y labios en flor, que no se hartaba de mirar el camino que recorríamos. Y es que el camino lo merecía: a la izquierda, la ría, azul y brillante, como polvareda de cristal, con sus playales de arena blanca, que orlan pinos y alisos, mimbraleras y álamos argentados; a la derecha, una sarta caprichosa de casas de recreo, de cuyas tapias se desbordaba el ramaje de las coníferas y los ramilletes coralinos del geranio enredadera y la rosa de pitiminí. Pensábamos Valentín y yo exactamente lo mismo: que si la inglesa se contentase con este paseo delicioso, se lo agradeceríamos de todas veras. Lo malo era que no cesaba de preguntar por el campo de batalla, que renegado él sea, amén, toda vez que para llegar a pisarlo necesitábamos internarnos por tierras de labor, escalar un cerro empinado y, en suma, andar cerca de tres kilómetros por mal piso, bajo un sol picón, con calzado impropio de tales faenas y pies mal cuidados, no dispuestos para la marcha. No hubo remedio: llegó el momento de bajarse de la cómoda cesta y arremeter con la cuesta en dirección a Dorantes, siendo yo el guía y cicerone.

-¿Algún antepasado de usted tomó parte en la batalla? -no pude menos de exclamar, nervioso ya ante el interés de la turista.

-¡Oh! Todos los ingleses que ahí combatieron eran antepasados míos -declaró ella con gracia-. Cuando un inglés ha peleado por Inglaterra, los demás ingleses le creemos nuestro antepasado. ¿Verdad, Edward?

Y el rubio choto contestó flemáticamente:

-Yes, mother.

Seguimos trepando. Valentín Beleño sudaba y cojeaba. La viajera, animosa, andaba al paso largo e igual de una mujer bien formada, que calza holgadamente y usa ropa corta. Se me acercó Beleño y me interrogó con disimulo:

-¿Falta mucho para Dorantes?

-Kilómetro y medio -respondí, en igual tono.

-No estaremos de vuelta en casa, ni a las ocho... Yo voy reventando... ¡Demontres de chiflados estos ingleses!...

-¿Y qué le hacemos?

-¡Bah!, muy sencillo... Deles usted la batalla, ahí en ese primer grupo de árboles...

En efecto, al avistar el manchón de castaños y el altozano que detrás aparece, me detuve y exclamé:

-Aquí fue donde...

Se paró la inglesa, y con instintivo recelo murmuró:

-¿Aquí? Es extraño. Usted sabe que los franceses se atrincheraron en una ermita. ¿Y la ermita, señor?

Confuso, y arrastrado a la mentira por la fuerza de la mentira, balbucí:

-¿La ermita? La derribaron..., sí; la derribaron... hace poco...

-¡Oh! -gritó, dolorida, ella-. ¡La derribaron! ¡Muy mal hecho! De modo que aquí...

-Sí, aquí mismo..., donde crece ese laurel...

La casualidad había colocado allí un laurel magnífico, ya añoso, de los que parecen regados con sangre, aunque sólo los riegue el agua de la lluvia. El laurel disipó las últimas dudas de la bella viajera.

-Tú, recoge unas hojas, Edward -ordenó al chico, que, sacando reluciente cortaplumas, segó una ramilla del laurel gigante y se la guardó en el pecho-. Ahora, tú, besa el suelo, Edward -añadió la madre.

Y el chico se inclinó, se bajó, convencido y obediente, y apoyó su boca sana y ricamente dentada, incontaminada de tabaco, en el musgo del pradillo.

Una hora después regresábamos a la ciudad. Poníase el sol... No sé por qué, me acometió vaga tristeza. Acaso era remordimiento de haber engañado a un alma creyente; acaso la intuición confusa de que el alma engañada vale más que la mía.