La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

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La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

jueves, 7 de abril de 2011

Esperanza y Ventura

de Emilia Pardo Bazán

Las dos primas, descalzas, bajo el sol ardoroso de julio, iban camino del Santuario.

Lo de la descalcez era una de las condiciones de la oferta. Las rapazas vestían su mejor ropa, sus buenos dengues y mantelos de rico paño a la antigua, que ya no se estilan ahora, iban repeinadas, lustrosa la tez de tanto fregarla con agua y jabón barato; hasta lucían una sarta de cuentas azules, Esperanza; de granos de coral falso, Venturiña; pero tenían que sentar sobre los guijarros y el polvo el pie desnudo; y esto sería lo de menos, que avezadas estaban a guardar los zapatos para días de repique gordo; el caso era la vergüenza, el corrimiento de ir así, y que todos los mozos y aun los viejos preguntasen entre maliciosas cucadas de ojo la razón de un voto tan solemne y estrecho.

La razón... no les daba la gana de decirla. Cada uno tiene sus males, ¡qué diaño!, y no se los cuenta al vecino para que se adivierta... Ellas, conferenciando entre sí, se quejaban de sus males indinos, que se agarran como lapas y no hay medicina en la botica que los cure; y por eso, desesperadas ya, apelaban como supremo recurso al gran Curandero, que con sus manos enclavadas hace más que la reata de médicos, aunque vengan de Compostela alabándose de mucha sabiduría.

Males indinos, sí... Venturiña era la más enferma de las dos. Como que su padecimiento consistía nada menos que en tener metidos dentro del cuerpo..., ¡extraño achaque!, a varios auténticos demonios, que no la consentían descansar un minuto ni de día ni de noche. A ciertas horas, no obstante, apretaban las diabluras, y Venturiña se retorcía en convulsiones, echaba espuma por la boca, bizcaba los ojos, describía con el cuerpo un arco, sentía en la garganta una pera de ahogo, y su lengua de mocita decente -que, ¡alabado el Señor!, no tiene de qué avergonzarse, y sabe que las mujeres deben guardar compostura- se convertía, por impulso invencible y sin permiso de su voluntad, en la lengua pecadenta del carretero más blasfemo y bruto; no parece sino que algún pateta, desde el infierno, le soplaba palabras y dichos que hasta no los había oído en su vida, que hasta no presumía ella, válgame lo que me valga, qué significan ni a cuento de qué vienen. No disfrutaba Venturiña siquiera del consuelo de implorar a Nuestra Señora, ni al santo Ángel de la Guarda, ni a ninguna potencia celestial, porque apenas le cruzaba por las mientes la idea de hacerlo, tal escarabajeo y tal rifirrafe armaban los demonios, que la desdichada se dejaba caer al suelo, lívida, espumarajeando, braceando, perneando. Y desde que, a instigación de Esperanza, su prima, hizo la oferta para la romería del Cristo de Androsán, el martirio arreció: cordeles de fuego la flagelaban; manos de hierro la esgañían: fríos sapos corrían entre las sábanas de estopa de su lecho; culebras se enroscaban a sus tobillos, y por detrás de su cabeza, cuando se sentaba a comer el caldo, una bruja hedionda venía diariamente a escupir en la cunca... ¡Ya no resistía más! Destrozada, arrastrándose, descalza de pie y pierna, Venturiña acudía a postrarse en el Santuario, después de darle la vuelta alrededor de rodillas, para que, al momento solemne de alzar a Dios, los demonios fuesen lanzados y la salud floreciese otra vez en su persona.

En comparanza con lo de Venturiña, lo de Esperanciña no valía un ochavo. Esperanza, vamos, estaba sanibuena, aunque ella dijese otra cosa. «¡Qué manía la suya de alabarse de mal indino también!», pensaba la endemoniada. ¿Por si acaso Esperanciña se revolcaba, se ponía en figura de C, echaba pecados ni veía cosas del otro mundo? Lo único que le sucedía a Esperanza, la del pelo castaño y la carita de cera, es que se acordaba siempre, siempre, de aquel mozo que marchó a América a hacerse rico, y que ya no escribió más ni mandó otra noticia de sí; y con este pensamiento fijo y clavado como un puñal, ni comía, ni dormía, ni tenía ganas de seguir viviendo. Cosas de rapazas, cosas del querer; ¡vaya unas enfermedades!, discurría involuntariamente Ventura. A ella no le duele rincón del cuerpo; luego, propiamente, sanidá no le falta.

Llegaron las dos mozas al atrio, donde hormigueaba el gentío. Remangando los mantelos para no echarlos a perder, se arrodillaron en la hierba, agostada y pisoteada, y sobre las rodillas comenzaron a dar la vuelta a la iglesia, por fortuna para ellas, no muy grande. Sentían en la piel que cubre la rótula como la impresión de rabiosa quemadura, y en el hueso un magullamiento cruel; pero estoicas, avanzaban sin chistar, adelantando sobre la cara el marco del pañuelo, a fin de que no las viesen apretar los dientes. La multitud abría calle, permitiendo pasar a las malpocadiñas. Ventura oía en el hueco de su cráneo martilleos en yunque de fragua, y una voz de hombre, sardónica, que la apedreaba a insultos, a proposiciones sucias y nombres feos. «Pues no has conseguir que me levante, maldito, descomulgado», repetía entre la crispación de sus nervios, ascendente como la marea. Faltábanle sólo ocho o diez reptaduras para llegar a la puerta de la iglesia, cuando, no pudiendo resistir más, no el martirio de las rodillas, sino las infamias que gritaba dentro la arrenegada voz, se incorporó de un salto de fiera, y agitando los brazos a guisa de aspas de molino que hace girar viento huracanado, cerrados los puños, fuera lo ojos de las órbitas, soltó la andanada de injurias y desvergüenzas que le hervía. El gentío no le hizo caso. La misa daría comienzo muy pronto, y era preciso que Ventura entrase y permaneciese en el templo hasta el instante decisivo. No creyéndose capaz de sujetar a la furiosa, solicitó el auxilio de dos labriegos con traza de hombres de bien. Agarraron a Ventura por un brazo cada uno, y hala, adentro. Bajo sus manos duras y callosas sentíanla trepidar, y apretaban más fuerte.

Al aparecer el cura en el altar, al relucir el oro de la casulla nueva y repiquetear con tirilín argentino la campanilla del acólito, la endemoniada tembló doble, resopló, gimió, barbotó palabras obscuras. La contuvieron; hasta el Sanctus fueron haciendo bueno de ella. El Sanctus la alborotó; se acercaba el momento; los demonios, alojados en frágil cuerpo de mujer, le regaban con pez ardiente y le hundían sus garras de fuego en las entrañas. Ventura se asfixiaba; una bola candente, enorme, subía impetuosa, empujada sin duda por diabólicas manos, de su vientre a sus pulmones y de éstos a su gorja, al mismo tragadero y respiradero; ni el chillido de desesperación lograba abrirse camino; el torso de la moza empezaba a arquearse; el busto se echaba atrás violentamente, a pesar del esfuerzo de los que la contenían. Repiqueteó la campanilla con respetuoso misterio; la hostia iluminó con el reducido punto de su blancura, a manera de astro de la mañana, el recinto; la gente se prosternó, se golpeó el pecho, murmurando oraciones, y Ventura, en horrible espasmo, sintió que la bola irrumpía afuera entre llamas y azufre: que a ella la golpeaba y la arrastraba un puño de gigante, y en vez de quejas y plegarias, escupió un torrente desatado y turbio de blasfemias inmundas contra el dulce Cordero de la pálida Forma... El vigor de los dos labriegos cedió ante el nervioso desate de la energúmena, que rodó por tierra, de donde la recogió el tropel arremolinado de los compadecidos fieles.

Al anochecer regresaban a su casa las dos primas, calzadas ya. Ventura iba rendida de gozo. Una dicha, un bienestar inexplicable la embargaban. ¡Estaba curada, salva, salva del todo! Los sufrimientos de la mañana en la misa fueron los últimos; con la bola de apestoso azufre había salido el trasno o los trasnos -¡hacerles la cruz!- vomitando horrores; pero la moza ni se acordaba; un sueño irresistible, como si hubiese bebido una jarra de leche fresca, la había salteado después del acceso, y al despertar... ni señales del mal indino, que se agarra como las lapas, y no hay en la botica medicamento que lo cure. ¡Bendito y alabado sea el Curandero del cielo, el Señor de Androsán!

-Y a ti, Esperanza, ¿se te quitó el mal tuyo? -interrogó volviéndose a su prima.

Meneó Esperanza la cabeza, y después la agachó contra el pecho. ¡Quitársele el mal! Ya presumía ella que no. Igual que vino se volvía. Al arrastrarse sobre las rodillas, que le escocían tanto, ni un instante creyó mejorar, porque su enfermedad ni estaba en las rodillas ni en ninguna parte: estaba en ella, y a no quitarse a sí propia, consigo tenía que llevarlo y traerlo, a la romería, de la romería, al santuario, del santuario. Sólo por el aquel de probar, a ver si el Santo Cristo se dignaba tener compasión de una infeliz, se resolvió a esconder avergonzada, en el rincón más obscuro del altar, después que la gente despejó la iglesia y se fue a bailotear al soto, un corazón de cera pendiente de una cinta azul. El que debió dejar allí era el que tanto le dolía..., y no siendo eso, ni servían rezos ni servía el cura con el hisopo..., ni servía... ¡Jesús, Jesús nos perdone!

El pinar se espesaba, la noche descendía; a lo lejos cuarreaban las ranas en la ciénaga; un cohete de luces de color rasgó el firmamento, y Ventura se soliviantó alegremente.

-¡Mira los fuegos, mujer, que pareces parva! -dijo a su ensimismada compañera.

miércoles, 6 de abril de 2011

Error de diagnóstico

de Emilia Pardo Bazán

La profesión médica tiene horas terribles, y por muy curtido que esté el corazón, se pasan las de Caín. Los materialmente compasivos y bondadosos sufren al ver dolores y agonías; los más refinados sufren en especial al comprobar los límites de la ciencia, lo nulo del saber, lo fatal de las leyes naturales... A los primeros les duele la carne; a los segundos, el espíritu.

El doctor Cano era de estos últimos. Estudió lleno de ilusión. El ídolo de nuestra edad le contaba entre sus devotos. Soñaba mucho, y no daba forma poética, sino científica, a sus sueños. Descreído y hasta unas miajas enemigo personal del que nos mandó amar a nuestros enemigos, se forjaba en su fantasía planes de sustituir a la Providencia por el conocimiento. Era estrictamente leal, estrictamente honrado, y su culto a la verdad rayaba en fanatismo. Dos o tres veces había arriesgado la vida oscuramente, en secreto, inoculándose sueros y cultivos microbianos para experimentar esto o lo de más allá. La abnegación propia de su labor la tenía en grado sublime, y el desinterés y el desprendimiento que demostraba siempre le valían una aureola de respeto; entre sus mismos compañeros no se decían de él sino bienes.

Un día recibió por teléfono urgente recado. Su cliente la condesa de Arista le avisaba de que pasase a verla sin demora. El coche de la condesa había salido ya a buscarle.

«Será el cólico nefrítico de costumbre», pensaba el doctor, reclinado en la berlina azul, tan confortable y flamante, de la aristocrática señora.

Se engañaba en sus presunciones el médico. Tratábase de un ataque repentino de sofocación, y la paciente no era la condesa, sino su hija, muchacha de unos dieciséis años. La enferma, con la boca muy abierta, el pecho aún jadeante, yacía tendida en la meridiana de su dormitorio. Antes de que el doctor pisase la escalera, sobrevino el alivio; pero la madre, oprimida todavía por el terror, estaba medio loca.

-¡Creí que se moría, doctor! ¡Creí perderla!

Cano sonrió con la sonrisa bien informada, algo irónica, que reservan los médicos a las alarmas extremosas de las familias. La condesa no correspondió al gesto profesional con otro de tranquilidad y calma recobrada. Al contrario, tirando disimuladamente de la manga al doctor, le llevó hacia un gabinete contiguo, y cerciorándose de que no podían oírles, le acorraló trémula, ardiente:

-¡La verdad, doctor!... ¡Sólo la verdad! ¿Se muere la niña?

-¡Friolera, señora! ¿De dónde saca usted eso?

-¡De que la he visto con el ataque, y eran las ansias de la agonía! ¡Si estuve por llamar al cura al mismo tiempo que a usted... o antes que a usted!

-Hizo usted bien en contentarse conmigo..., o conmigo y dos de mis colegas si tanto apremiase el caso, que de seguro no apremiaría... Vamos, tranquilícese usted. ¿Ha tenido otras veces estos ahogos?

-Sí, pero mucho más leves. Ya le hablé a usted de eso alguna vez. Usted no le dio importancia.

-Es que no la tiene en la edad de la chiquilla. ¿Dieciséis? La lucha por el desarrollo. A cada momento vienen a mi consulta señoritas quejándose de algo muy parecido, y algunas con síntomas rarísimos.

-Dirá usted lo que quiera, doctor; figúrese usted si respeto su opinión; pero ¡aquello era morirse por instantes! No tengo otro cariño en el mundo sino mi Lenita... ¡Por amor de Dios, le pido a usted que la mire despacio!

Volvieron a la habitación de la enferma, que ya sonreía débilmente, medio incorporada sobre los almohadones de blanco encaje y pintado raso. El doctor se instaló en una butaca, procediendo a minucioso interrogatorio. Sus dedos cuidadosos, expertos, tactaron y reconocieron el torso de la niña. Procedía así por acceder al deseo de la madre; pero su opinión estaba formada: existía, sin duda, una grave alteración de la salud, un estado general alarmante, y no podía atribuirse sino a la causa indicada ya, a una lucha de la naturaleza con la debilidad orgánica. Preguntó antecedentes, historia de la familia; en suma, concedió al caso toda la atención que le ordenaba su alma abierta a la piedad, enternecida por el ruego doloroso de la madre. Enterado de cuanto deseaba saber, se acercó al elegante pupitre laqueado, donde había tintero, pluma, papel, entre mil cachivaches bonitos de escritorio, y con letra firme y clara de hombre estudioso trazó un régimen, un sistema completo. Hidroterapia, ejercicio, gimnasia, alimento, sueño, vestimenta, todo estaba previsto y regulado de antemano, a fin de auxiliar a la sabia naturaleza, defensora de aquel joven organismo.

-Y en junio les indicaré a ustedes qué aguas convienen a esta señorita -añadió sonriendo con bondad paternal.

-Llámeme usted Magdalena, Lenita -suplicó la enferma fijando en el médico sus ojos negros, apagados, en los cuales brilló con tenaz dulzura una chispa de esperanza-. Desde que está usted aquí, ya me siento mejor. ¿Verdad, mamá, que parezco otra? Vuelva usted, doctor, vuelva usted mañana por la mañana... si no le molesta.

Enternecido, el médico acarició la manita consumida y pequeña que le tendían para el shake hand. Cuando hubieron salido al pasillo, la condesa le acorraló de nuevo:

-¿Ve usted peligro inmediato? -interrogó con trágica ansiedad.

-¡Señora, qué pregunta! ¡Qué empeño el de usted! ¿No acabo de prescribir un régimen? Si viese peligro inmediato..., ¿no procedería de otro modo?

-¿De manera que mi hija vivirá?

-¿No ha de vivir?

-¿Me lo jura usted?

-¡Jurar! Yo no juro. Lo afirmo. Respondo con mi pequeña reputación, con mi pequeña autoridad científica.

-¡Qué peso horrible me quita usted del alma, doctor! Es que yo, en mi ignorancia, supuse que el mal era gravísimo. Encendidas tengo las velas en el oratorio, y expuesta una reliquia de un bienaventurado que fue de nuestros ascendientes...

-Apague usted las velas, condesa -dispuso entre chanzas y veras el doctor Cano-. Si la niña mejora, el bienaventurado va a llevarse la gloria de la mejoría, y si la niña empeorase, culparía usted al tonto del doctor...

-Ahora mismo las apago -respondió débilmente la madre, invadida por ese respeto supersticioso que infunde el médico en los momentos en que peligra una salud amada.

Cano pasó una noche inquieta. Sin saber por qué pensó mil veces en la cariñosa enfermita, oyó su vocecilla aflautada: «Vuelva usted, doctor...». ¡Qué alegría salvarla, fortalecer su débil cuerpo, darle belleza, vigor, resistencia para la maternidad feliz!... Su primer visita matinal fue para el palacio de Arista. El portero le dejó subir, silencioso. Las puertas estaban abiertas. Un criado bajaba tan aprisa, que por poco derriba a Cano. Se oían a lo lejos ruidos, pasos precipitados. El doctor se dirigió a las habitaciones de Lenita. Nadie le salió al encuentro. Llamó por discreción. No le contestó nadie. Entonces se precipitó sin reparo hasta el dormitorio... La niña, color de cera, yacía sobre la meridiana. La condesa, de rodillas, delirante, la cubría de besos... Al entrar el doctor se volvió, y señalando a la muerta, fulminó a Cano una mirada de acusación tan tremenda, que él, bajando la frente, huyó como huiría un criminal...

-¡Se trataba de una vómica! ¡Y no haberlo sospechado siquiera! -exclamó al contar el suceso a su colega don Salustio Martel-. ¡Y mi ridícula jactancia al oponerme a que ardiesen las velas en el oratorio!

-¿Ha cambiado usted de ideas? -dijo Martel incisivamente.

-He comprendido que la puerta de la ciencia es la humildad... y que no sabemos nada o casi nada -respondió el doctor, pensativo, frunciendo las cejas.

martes, 5 de abril de 2011

En el pueblo

de Emilia Pardo Bazán

Desde que habían tomado aquella criada, los esposos no podían evitar cierta inquietud, que se comunicaban en frases embozadas y agoreras, en alusiones intencionales y hasta, sin necesidad de palabreo, con un enarcar de cejas o un leve guiño.

¿Qué tenía de particular la Liboria para que se justificase tal impresión? Ahí está lo raro: mirándolo bien, nada. Era una zagalona de veintidós a veintitrés años, de buenas carnes y ojinegra, que había venido recomendada por el señor maestrescuela de la catedral de Toledo; porque en el pueblo casi no se encontraba servicio, y además las «chicas» parecían hechas de corteza de alcornoque, y ni tenían idea de cómo se enhebra la aguja. Los amos de Liboria debían, eso sí, confesarlo: era modosa, en el coser revelaba la enseñanza de las monjitas. Cogía de un modo invisible los puntos de las medias, y hacía con el ganchillo tapetes, colchas y respaldos de sillón, que daban gozo. Guisaba medianamente platos de cocina pobre, sin malicia, pero sartenes y cazos relucían de limpieza, lo cual, dígase lo que se diga, no deja de contribuir a despertar el apetito. De manera que, en suma, la sirviente cumplía su obligación como ninguna de sus predecesoras la había cumplido jamás. Don Lucas, el amo, farmacéutico con pujos de ilustración, no acertaba a negarlo; pero doña Flora, su mujer, mantenía en él la escama, la desconfianza indefinible. No pudiendo dar otras razones, sostenía los principios de esa endogamia que de pueblo a pueblo se mantiene viva, como en los tiempos de las tribus.

-No es deaquí. ¡Eso hay que mirarlo, hijo! Debimos pensarlo.

La prevención contra «la forastera» no aparecía manifiesta solamente en sus amos: La Liboria trataba inútilmente de congraciarse con la juventud pueblerina, buscando amigas, sin hallarlas. Reuníase solamente los días de salida con una sirvienta de la única y fementida posada que existía en el pueblo, forastera también; hasta se sospechaba, con terror, que de Madrid pudiese haber procedido, aunque ella lo negaba, prefiriendo conservar el misterio de su pasado... ¡cualquiera sabe! Los amos de Liboria le prohibieron juntarse con la equívoca moza de mesón; ella respondió algo muy natural:

-¿Con quién quieren ustés que me junte, amos a ver, si tos me huyen como si tuviese «la cólera»?

La amistad con «Marisapo», desagradable y hostil mote puesto a la del mesón, a causa sin duda de su estatura rebajuela y su hechura ancha, con brazos cortos, fue estrechándose, y Liboria se adaptó a la influencia de su única amiga. Poco a poco, ya con ironías y timos aprendidos de algunos huéspedes que en su rápido paso dejaban sembrado el escepticismo burdo que profesaban ya acaso con lecciones hijas de la dura experiencia, la «Marisapo» fue descubriendo a Liboria horizontes no sospechados quizás. ¡Bien tonta era en perder su juventud, que no vuelve! ¡En comenzando a picarse las muelas y a salir canas, adiós lo bueno! Para cuatro días que se vive, ¿qué mal hay en divertirse un rato, sin hacer daño a nadie? Total: era cada quince días cuando daban permiso a su criada los farmacéuticos. Aquel tiempo era suyo; bien ganado lo tenía. ¿Por qué no ir al salón de baile, a matar un rato?

Quedó convenido para el domingo próximo. Desde el viernes, Liboria no sosegaba. Los preparativos de atavío y peinado adquirían proporciones de suceso capital. En una escapatoria logró comprar una tenacilla. Polvos de arroz, se los facilitó Marisapo, eran obsequio de un comisionista galante. Repasó minuciosamente su mejor vestidillo de lana negra, y con el betún del señor sacó brillo a sus zapatos. ¿A quién? Sin duda a los de fuera... El viejo rito de la olvidada organización tribal, atávica, de la cual no tenían el más leve conocimiento reflexivo, remanecía, salía de las obscuridades de la subconciencia como impulso voluntario. ¿Qué venía a buscar en el baile, entre las mozas de la localidad, con sus collares de brillo? ¿Por qué las provocaba presentándose con otro adorno, con otro peinado no visto nunca? ¿Por qué echaba de sí un olor a botica o a especias, que hacía estornudar? ¿Por qué le colgaban sobre los ojos aquellas cortinas de pelo? El flequillo, sobre todo el flequillo les causaba una malsana excitación, de ira sensual. ¡Vaya con la provocativa! ¡No se había de arreglar como toas, con su rodete!

El más enfurecido, Tomás Cachopa, el carretero, sugirió sombríamente:

-Había que esquilarla como a las mulas y a los carneros. ¡Veríais si se le abajaban los humos!

La idea prendió en la imaginación de los mozos. ¡Sería divertido lo de la esquiladura! Sólo que allí no tenían tijeras, ¡corcho! ¡Qué lástima!

Tomás, a la descuidada buscaba algo en la faltriquera. Una navaja vale como las tijeras mejores; y no es menester ser pastor para saber esquilar.

Las mozas alborotadas con la complicidad de los mozos, se hacían señas, esperaban preparadas, con la emoción de lo que iba a suceder. La música tocaba de un modo agrio y estridente; pero nadie se arrancaba a bailar. Uno de los huéspedes de la posada, tratante en vinos, había sacado hacía rato a Liboria; pero Marisapo, experta y ya alarmada, deslizó una observación al oído del hombre, y éste retrocedió.

-Cuidao... están de malas... Cachopa es muy bruto...

Los claveles de las mejillas de Liboria se convirtieron en palidez de arcilla. Comprendió que pasaba algo gordo.

Poseía una cadena de vidrio y perlas falsas, y, llegada la hora, se la colgaría. Con la tenacilla hizo asombros. Onduló su pelo como hiciera un peluquero, no sin haberse recortado antes un flequillo, que atusó con pomada. Un perfume barato y almizclado impregnó sus manos y su cuerpo. Dos calabazas de coral, única joya de su joyero, se columpiaban en sus orejas rellenitas, pletóricas de sangre joven. Ante la rota luna que colgaba en la falleba de la ventana de la cocina, por no tener en su alcoba suficiente luz, sonrió a su imagen, barnizada de frescura, con la nota carminosa de los labios, turgentes de savia como un capullo de rosa colorá. Todo en ella quería alborotarse, quería la expansión de mocedad verde y golosa de los sabores del vivir. Y cuando una mujer, siente tal instinto, gana un relucir especial de hermosura. Parece como si la alumbrasen por dentro luminarias de alegría. Los pies le bailaban anticipadamente a la moza, cuando salió a la calle en busca de su compañera.

-¿Voy bien? -interrogó, buscando el primer halago-. La respuesta de la de la fonda fue juntar en la boca todos los dedos de la mano derecha, y separarlos bruscamente.

Al entrar en el salón, donde hacía un calor insoportable y flotaba un vaho de cuerpos humanos espeso y mareante, algunos hombres, entre ellos dos huéspedes de la fonda, jaraneros y corridos, acogieron a la forastera con una gran granizada de piropos, que la pusieron carmesí, mitad de orgullo y mitad de vergüenza. Marisapo, riendo, le pellizcaba, para indicar que no se aturullase, que allí estaba ella.

Un sordo rumor corría ya entre las mozas del pueblo, agrupadas en uno de los costados del salón, sobre una fila de banquetas mugrientas; adquiridas por el empresario en el saldo de muebles de deshecho de un café.

No gritaban: cuchicheaban apasionadamente, ahogaban risitas mofadoras. Secreteando, se cogían la boca como para ahogar la carcajada, que sale espurriante, y lanzaban miradillas de reojo al racimo de mozos, que, fronteros, sin haber soltado sus garrotas y cachavas, permanecían de pie, mudos y amenazadores. ¿Amenazar?

-Vámonos, María, suplicó con angustia.

El carretero venía ya hacia ella, empalmada la navaja. Agarrar el moño, un corte al sesgo y, ¡zas!, se vería lo que quedaba del peinado insolente, insultador para las otras muchachas. Se abalanzó, blandiendo la hoja reluciente. Liboria, con un chillido agudo, instintivamente se defendió con el brazo, y la sangre brotó, empapando la tela del vestido: el arma había penetrado hasta el hueso.

Cayó al suelo desvanecida de terror y dolor. Hubo una reacción: dos o tres se arrojaron a sujetar al culpable, que, estúpidamente, sin soltar la navaja, repetía:

-Si era pa esquilala, ¡corcho! ¡Pa esquilala no más!

Los huéspedes de la fonda, atemorizados, habían desaparecido. Y sólo Marisapo, valerosa, furiosa, increpaba, arrodillada en el suelo al lado de la desmayada, a quien vendaba el brazo con un pañuelo, en la urgencia de atajar la hemorragia:

-¡Bruto, más que tus mulos, salvaje, mala alma! ¡Qué daño te había hecho la desdichá!, ¿vamos a ver? ¡Debían ahorcarte, so perro! ¡Dame esa navaja, que te saco las tripas con estas manos, maldecío!

El carretero permanecía en pie, y al notar que le desarmaban, que le empujaban hacia fuera y gritaban «¡Un médico! ¡Socorro!», se afianzó en los pies, y refunfuñó torvamente:

-¿Qué, no pué un hombre correr una broma? Ella misma se ha jerío. Que se fastidie y que se rasque. ¡Pa que aprenda a venirnos con moas nuevas!

lunes, 4 de abril de 2011

En el presidio

de Emilia Pardo Bazán

El hombre era como un susto de feo, y con esa fealdad siniestra que escribe sobre el semblante lo sombrío del corazón. Cuadrado el rostro y marcada de viruelas la piel, sus ojos, pequeños, sepultados en las órbitas, despedían cortas chispas de ferocidad. La boca era bestial; la nariz, chata y aplastada en su arranque. De las orejas y de las manos mucho tendrían que contar los señores que se dedican a estudios criminológicos. Hablarían del asa y del lóbulo, de los repliegues y de las concavidades, de la forma del pulgar y de la magnitud, verdaderamente alarmante, de aquellas extremidades velludas, cuyos nudillos semejaban, cada uno, una seca nuez. Dirían, por remate, que los brazos eran más largos de lo que correspondía a la estatura. En fin, dibujarían el tipo del criminal nato, que sin duda era el presidiario a quien veíamos tejer con tal cachaza hilos de paja de colores, que destinaba a una petaca, labor inútil y primorosa, impropia de aquellas garras de gorila.

El director del penal, que me acompañaba, me llevó a su despacho con objeto de referirme la historia del individuo.

-¡Un crimen del género espeluznante! Lo que suele admirarme en casos como el de este Juanote, que así le llamaban en su pueblo, es eso de que toda una familia se ponga de acuerdo para cometer algo tan enorme y no la arredre consideración alguna. Se comprende más lo que haga una persona sola. Unirse en sentimientos y exaltaciones tales tiene algo de extraño; pero el caso es que sucede.

Aunque en el crimen parece que fue Juanote el más culpado, los demás no le dejaron solo. Los móviles son un misterio; se han dicho cien cosas y no se ha comprobado ninguna. ¿Los móviles? Yo, que tengo experiencia, digo que es una de las curiosidades del crimen la escasa relación de los móviles con el hecho. Actos espantosos se realizan, y si va usted a mirar, por móviles baladíes. Sin embargo, cuando cometen el crimen varias personas, unidas a la víctima por vínculos de sangre, no se concibe que no haya antecedentes, estados anteriores, determinante. Y aquí no fallará la regla, pero no hemos podido desenredar el ovillejo, porque transcurrieron dos años antes de que el hecho se descubriese.

La víctima era un tratante de ganados, del pueblo de Cordaña, que desapareció de pronto, sin que nadie pudiera averiguar su paradero. ¿Dónde irá, dónde no irá? Los suyos eran los primeros a preguntarlo, a mostrar inquietud. Al principio, como un vecino le debía dinero, recayeron sospechas en él; pero mostró cumplidamente su inocencia y fue puesto en libertad. Comenzó a divulgarse la especie de que el tratante había huido a América, por no hacer frente al mal estado de sus negocios.

La gente de su casa era la que más aire daba a la conjetura.

-¿Qué ha de ser sino eso? -repetía lloriqueando la mujer del difunto.

La familia se componía de esta mujer, llamada Jacinta, de su hija, casada con Juanote, y de un hijo, niño de cuatro a cinco años cuando su padre desapareció, y del padrastro de Jacinta, que falleció poco antes de descubrirse el crimen, y que también tuvo parte en él. Por la razón de que los muertos no se defienden, le cargaron al pronto la mayor culpa; pero los jueces entendieron que fue un comparsa, dominado por las dos mujeres, por la Jacinta en especial. Un hermano de la víctima, el alcalde del pueblo, era tal vez el único que había concebido sospechas rayanas en verdad. Quedó la duda en su mente como un fuego oculto, pero no se atrevió a manifestarla, y lo que hizo, bastante significativo, fue no volver a poner los pies en la vivienda de su cuñada, y a observar de lejos. Esperaba que el crimen se delatase a sí mismo.

Un día, el niño, que iba a cumplir los siete años, se encontró en la calle al alcalde, y se refugió en sus piernas.

Lloraba el pequeñín sin consuelo, y en su cara había la huella de una pena muy superior a su corta edad. Una pena de hombre.

Con palabras halagadoras, el tío consoló al sobrinillo, se lo llevó. Poco tardó en saber que la razón de tantas lágrimas era que su madre le había vapuleado, atándoles primero a una higuera de su huerto. Abrió el alcalde la camisa y vio los verdugones, rojos aún, que pronto serían cárdenos.

-¿Y por qué te ha pegado así tu madre? ¡Algo malo harías!

-No, tío Esteban, no... Fue porque dice que me junto y que hablo con los demás niños... Y yo no hablo, ¡no quiero hablar! Si hablo, ¡pobre de mí! ¡Me matan como a mi padre!

El alcalde se quedó estupefacto... Por mucho que lo presintiese, no lo creía. Sucede así muy a menudo.

Cuando por fin pudo remover la lengua, fue para avisar en las casas más próximas a dos testigos, requiriendo que le acompañasen.

Les escondió en el cuarto contiguo y, cariñosamente, empezó a persuadir al niño a declarar lo que sabía. Y las negativas de la criatura eran confesiones, porque repetía balbuciente y desolado:

-¡No, tío Esteban; que si cuento lo que pasó también me despedazan a mí!

Por fin, se decidió, entre sollozos... El relato era entrecortado, sin orden, pero de sus fragmentos resaltaba la forma real y primitiva de la horrible verdad. Una noche, su madre había enviado con el niño recado urgente a su padre, que estaba jugando unas partidas de mus en el casino del pueblo. El crimen tiene de estas incomprensibles imprevisiones. Era más lógico que, pues el tratante había de recogerse a su hogar, le esperasen en él. Era inútil y peligroso servirse del niño. Pero las ideas de espanto ciegan, y la impaciencia de salir de la expectativa hace cometer imprudencias, olvidar precauciones.

Vino la víctima sin desconfianza, y el que acaba usted de ver, Juanote, el yerno, le echó al cuello las manazas y le estranguló. Reunidos todos después, trajeron las mujeres sacos, el hacha, cuchillos, una sierra, y descuartizaron el cadáver. Los miembros destroncados los fueron metiendo en los sacos, que eran de recoger patatas, y terminada la operación, dejando a las mujeres el encargo de hacer desaparecer las huellas, los dos hombres cargaron los sacos, y el niño oyó que decían:

-¡Aprisa, al cementerio!

Y, en efecto, cuando la Guardia Civil echó mano a los culpables delatados por el alcalde, y que se creían ya seguros, fueron removidas ante el Juzgado algunas fosas, y aparecieron los pedazos del mísero tratante.

-¡Es macabro! -exclamé-. ¿Y no se ha averiguado, dice usted, nada acerca de lo que impulsó a esa familia maldita?

-No... Es decir, conjeturas, unas absurdas, muchas contradictorias, apoyadas en las declaraciones embrolladas de los acusados. De éstos, dos, por último, confesaron de plano, y uno negó siempre. El cuarto estaba con Dios... o... En fin, Juanote, autor material, confesó, y lo mismo su mujer, hija de la víctima. Negó hasta haber tenido conocimiento del crimen la mujer del muerto, que era guapa aún para sus cuarenta años, y muy melosa, muy insinuante, pero, como sabemos, capaz de atar a su hijito y ponerle en carne viva. No había visto nada, estaban durmiendo profundamente y debió de ser durante aquel sueño de inocencia...

Y cuando a Juanote le preguntaban por qué había procedido así, la respuesta era un meneo de su cabeza y una frase roncamente pronunciada.

-Lo arreglé porque lo tenía prometido... y porque él era aún más peor que yo.

-¡Peor que esa fiera no habrá nadie! -exclamé indignada.

El director calló un momento. Pensativo, parecía buscar en sus múltiples recuerdos de celador de almas condenadas algo que expresase su criterio respecto a Juanote.

-Muy malo es -dijo por fin-, y no sé si fue o no acertado que le mandasen por toda su vida a presidio, en lugar de darle garrote. Es decir, para que no se ría el diablo de la mentira, al palo le mandaron; pero el día de Viernes Santo recayó en él indulto. Sin embargo, ¿no cree usted que en todo hombre, por malvado que sea, hay una centella de sentimiento, un poco de luz, escondida allá en las lobregueces de su espíritu? Yo, a fuerza de ejercer mi oficio, que tanto instruye y documenta sobre la naturaleza humana, he llegado a adquirir esta convicción. Y es más: me atrevería a afirmar que las acciones de los mayores criminales, en lo habitual, no se diferencian tanto, tanto, de las del hombre normal, de bien. Nadie es criminal a todas horas, a todos los instantes... Juanote, donde usted le ve, está en presidio, no por su crimen, sino por un buen sentimiento. No me retracto: por un movimiento hermoso. Es el caso que el niño, al completar sus revelaciones, contó que la noche del crimen, mientras estaban en la lúgubre faena, alguien dijo: «Al pequeño había que matarle; nos va a vender.» Y Juanote sacando un cuchillo, gritó: «¡Al que toque al chico, le degüello!». Si el consejo se hubiese seguido, tal vez no se descubre la fechoría...

-No diga usted más, porque hará usted hasta que me sea simpático Juanote. Y no quiero saber quién fue el alguien que trataba de suprimir al niño...

domingo, 3 de abril de 2011

En Babilonia

de Emilia Pardo Bazán

Apenas -empujado por el gentío, aturdido por el vocerío, quebrantado del largo viaje- se vio en la estación, miró alrededor con una curiosidad insaciable, ardiente. ¡Babilonia! Diferente debía de ser allí hasta el aire que se respirase, en el cual flotarían, de seguro, partículas de embriagadora esencia. Tan preocupado y absorto se quedó, que un mozo de la estación tuvo que darle un grito, llamándole a la realidad. Era preciso verificar el salvamento del equipaje, pensar en maletas, sacos y portamantas... Luis se avispó, y diez minutos después rodaba en fiacre, camino del hotel de primer orden.

Las luces y las sombras de la ciudad; esa grandeza misteriosa que adquieren las hiladas de edificios en las horas nocturnas; las masas imponentes de los jardines de arrogante arbolado, entrevistas a derecha e izquierda; el espejear del río, ancho y majestuoso bajo la espaciada diadema de sus regios puentes... Todo habló al alma de Luis, pero distinto lenguaje del que esperaba. Aquello no era la Babilonia diabólica de pérfido atractivo, la Babilonia «inquietante». Esta palabrilla la tenía Luis clavada en el pensamiento. «¡Inquietante!». Los veintiún años de Luis suspiraban por inquietudes, como los sesenta suspiran por la paz...

La pícara suerte había querido que hasta entonces sólo pacíficos mares navegase aquel esquife nuevo, ansioso de tormentas. Entre un abuelo precavido y severísimo y una madre de estrecho criterio y devotas costumbres, Luis, en su rincón de provincia del Sur, vegetaba sanamente, ¡es tan sano vegetar!, criando cuerpo y sangre, atesorando energía juvenil, quedándose algo inocentón, con esa inocencia semifísica que tan presto se evapora. La muerte lo emancipó en un año; aún llevaba corbata negra cuando saltó del tren. Al perder a sus celosos guardianes -primero la madre, después el abuelito-, Luis no pensó más que en estar triste y hallarse sólo y abandonado -soledad y abandono de niño-. Los amigos íntimos, que en la juventud surgen como por arte de magia, le sacaron de sus casillas -honradas y soñolientas casillas, donde encajaba mal un espíritu ávido de vivir-. Pero a la vez era Luis refinado, exigente, de los que a cada goce y a cada sensación preguntan: «¿No hay más en el mundo?». Y en el desate impetuoso de sus pasiones de mancebo, Luis sufrió cierto hastío; a ser poeta, hubiese exclamado: «Quiero cielos de más luz, flores más bellas, perfumes inéditos, alegrías no sentidas antes.»

-Vete a Babilonia -díjole en profana prosa el pintor Darío Dagués, que de Babilonia contaba y no acababa, pues había pasado en la gran capital una quincena.

-Vete a Babilonia -confirmó el literato Silvestre Monares, que jamás había puesto en Babilonia los pies, pero era lector asiduo de los autores quintaesenciados y eróticos de la nueva generación-. Sólo allí se encuentran complicaciones y sutilezas deliciosas. Babilonia es el bosquecillo de la antigua Afrodita, animado por el soplo de una civilización mucho más honda, basada en el cultivo de los nervios.

-Vete a Babilonia -opinó también la calamidad de Paco Espuela, igual a Silvestre en lo de conocer a Babilonia de nombre, pero que tenía arrendada una amigota babilónica, y, reventando de vanidad, no se trocara por el Gran Turco-. Aquéllas son mujeres. Y te saltan bajo los pies, lo mismo que las liebres en tu coto. Anda, hijo, ¿para qué quieres las pesetas que hicieron la tontería de dejarte?

Y Luis cerró el baúl y partió -con su Babilonia dentro-. Era una ciudad dorada a fuego, esmaltada de policromos esmaltes. En sus jardines, los cálices exhalaban deleitoso y ponzoñoso aroma, que adormecía como el beleño, o exaltaba como el vino secular encontrado en las ánforas pompeyanas y calcinado por los volcanes. Sus habitantes, epicúreos, coronados de rosas, o vencedores ceñidos de laurel, no se parecían a los demás hombres: vibraban y libaban, con perversidades finas y novelescas, el jugo de una existencia inimitable. Renacían en cada esquina los personajes de la depravación histórica, revestidos de su aureola de misterio que turba el corazón: Marco Antonio con sus orgías, César con sus promiscuidades, Heliogábalo con sus insaciables ansias, los Borgias con sus satanismos y, sobre todo, una sarta de Evas, perlas negras, rosadas o blancas -derretidoras de médula, calcinadoras de huesos, sorbedoras de sangre, bebedoras de alma-, emboscadas y acechando,

como entre flor y flor sierpe escondida...

Y Luis, temblando de ilusión, abría los brazos y llamaba a la serpiente, anhelando sentir sus elásticas y frías roscas alrededor del cuello.

Ya rodaba hacia el hotel. Ya se lavaba y atusaba en la habitación pulcra y silenciosa que le destinaron. Ya bajaba para echarse inmediatamente a la calle. No eran más que las once de la noche. Debía de empezar entonces la fiebre orgiástica de Babilonia.

¿Empezar? Sin duda, sería más tarde... Porque ahora estaba todo cerrado, todo apagado, todo recogido; luz de dos o tres aisladas ventanas; en las anchas plazas y avenidas el rodar, que parece más lento, como fatigado, de los últimos coches, y el rápido, casi fantástico, cruzar de automóviles invisibles delatados por su gran pupila de cíclope, de intenso rubí... Hasta las dos de la madrugada vagó el viajero por las calles de Babilonia durmiente, esperando que despertase rugiendo como una tigresa bacanal, y observando, al contrario, su respiración a cada momento más calmada y tranquila. Sólo en algún café, en dos o tres a lo sumo, notó cierta excitación... Allí se cenaba. Una mujer muy pintada, cargada de joyas, se bajó de una berlinita y entró provocativa, resuelta... Extrañaba y desentonaba aquella hembra trasnochadora. Era una nota estridente en medio de un acorde suave, «pianísimo».

Luis no pudo conciliar el sueño. ¿Qué significaba aquello? ¿Dónde encontrar a Babilonia? Al otro día madrugó y comprobó que Babilonia madrugaba también, sacudiendo sin pereza sus velos de rosada neblina. Un ejército de trabajadores barría, limpiaba, fregaba, frotaba. Los vidrios eran diáfanos, los metales relucían. Luis encontró mujeres bonitas. Iban en pelo o cubrían sus cabellos gorrilla blanca. Llevaban al brazo cajas, paquetes. Y sus caras, ya lavadas, frescas del chapuzón, se volvían indiferentes ante la ojeada del viajero. Se apresuraban en demanda del pan cuotidiano...

Al recogerse al hotel, Luis oyó ruido en la habitación contigua, de la cual le separaban delgado tabique y una puerta cerrada con doble vuelta de llave. «Tenemos vecindad...». Y ese pueril interés por lo que la casualidad nos pone cerca -peculiar de los viajeros inexperimentados, que a cada instante esperan la aventura- se despertó en el mozo. Escuchó involuntariamente y se estremeció. «Enamorados..., una pareja...». Lo que sonaba en los oídos de Luis era una voz femenil, de una entonación apasionada que recorría toda la escala del sentimiento. Requiebros entrecortados, ternezas hondas, arrobos casi místicos, arrulladoras monerías, balbucear confuso, velado; gorjear como de ave que anidará pronto..., y algo de salvaje vehemencia dolorosa en ciertas exclamaciones, en ciertos momentos que a Luis le parecían interminables. ¡Allí aparecía Babilonia al fin! ¡Babilonia y sus Evas, diferentes de las del resto del mundo, iniciadoras en los supremos misterios!

Ya percibía Luis la anhelada inquietud. Apenas dormía. La comida -la ponderada cocina babilónica- le era indiferente. Daría algo bueno por ver a aquella mujer..., y sin resultado lo intentó, bajando al salón de lectura, rondando el comedor, apostándose en la escalera. Vio entrar en el cuarto de la desconocida a un mozo cargado con bandejas de servicios distintos -café, almuerzos, cerveza- y perdió las esperanzas; la pareja se hacía servir en su habitación... Sin duda era un refinamiento, por no malgastar minutos, pues la voz mágica, vibrante o sorda, seguía penetrando por el tabique y tenía acentos misteriosos de tristeza y efusiones de locura, y arranques de delirio; y no era sólo la voz, era el prolongado estallido de la caricia lo que traspasaba la madera. Luis empezaba a sufrir, a envidiar y a retorcerse.

«Él -pensaba con ese alarde de desprecio característico del celoso- debe de ser un idiota. Se deja querer, se deja halagar y no responde. ¡Necio! ¡Para él no se hicieron las ansias del ideal!».

Ya trastornado, Luis intentó la indiscreción de mirar por la cerradura. Halló un papelito, enrollado, que la tapaba. Arrancó el papel, pero nada vio. Sin duda, por exceso de precaución, habían colgado ropa o una cortina delante de la puerta. Estuvo a pique de cometer una barbaridad, de fingir que se equivocaba y entrar de rondón en el cuarto... Y al fin se le ocurrió lo más sencillo... Algo muy vulgar, ¡pero infalible! Dio cinco monedas de plata al camarero y le preguntó:

-¿Quiénes son esos enamorados vecinos míos? ¿Me lo podría usted decir?

-¿Enamorados? -contestó el camarero con asombro-. Ahí no hay más que una señora bien desgraciada, con un niño enfermo y mudo a causa de la enfermedad. Le trajo aquí para consultarle. Ayer le llevó a casa del doctor..., y parece que no hay curación posible. La pobre señora da pena... Está loca de sentimiento. Ya se sabe: ¡las mamás!...

Y ésta fue la aventura de Luis en la inquietante Babilonia.

sábado, 2 de abril de 2011

El zapato

de Emilia Pardo Bazán

Cuando oigo decir que el amor es felicidad, siento tentaciones de responder inmediatamente: «Sí, con tal que no anden por medio los celos, porque los celos son una enfermedad ridícula y a la vez dolorosa, de esas en que se oculta el dolor por no provocar la risa y en que falta el consuelo de la queja.» Y, en efecto, habiendo sido toda mi vida invenciblemente celoso cuando he amado, declaro que las únicas temporadas en que no he sufrido grandes amarguras han sido aquellas en que no amé. Sólo entonces he gustado los frescos y naturales sabores del vivir, y sólo entonces he prosperado, porque aplicaba mi actividad a cosas distintas de estar día y noche pendiente de lo que puede ocurrir en otra alma humana, selva oscura donde penetramos con paso incierto...

Y cuando digo un alma, tal vez debiera expresarme menos espiritualmente, porque los celos, en general, no son delicados, no andan por las ramas de la psicología...

Ello es que mis celos me han hecho pasar ratos horribles, poniéndome en berlina no pocas veces. Y yo tenía la convicción más triste: la de que cuantas reflexiones hiciese, cuantos remedios practicase, cuantas luchas sostuviese conmigo mismo en nombre de mi felicidad y de mi honra social para vencer mis celos o reducirlos siquiera al término de lo semirrazonable, serían el tiempo que perdemos en intentar combatir propensiones más fuertes que la reflexión, que radican en lo profundo de nuestro instinto... Recuerdo siemp re la aventura que tanto hizo reír a cuenta mía, y fue, por cierto, una de las primeras, puesto que contaba veintitrés años cuando me ocurrió.

Estaba yo entonces en relaciones amorosas con la que hoy llama todo el mundo la Cerezal, suprimiéndole familiarmente, como suele hacerse en Madrid, su título de marquesa.

Entonces se la conocía por Meli Padilla, y descollaba entre ese coro angélico que los revisteros califican de «juveniles beldades». Ni el demonio, que todo lo añasca, podía haberme buscado novia más inquietadora. Nuestras relaciones, que los padres de Meli veían con agrado, llevaban el honestísimo fin matrimonial, pero a plazo algo largo, porque, en opinión de ambas familias, éramos dos muñecos. Yo necesitaba terminar mi carrera y conquistar algo de posición a la sombra de mi tío, el influyente político que vicepresidía el Congreso, y Meli, por su parte, transformarse de chiquilla en mujer, pensar menos en cotillones y más en el serio deber de una futura madre de familia. Los años han corrido, Meli se ha casado con otro, y sospecho que continúa tan muñeca como entonces; en cuanto a mí... ¿Sabe nunca un hombre si tiene juicio?

Trastornado andaba el mío a la sazón, porque Meli, según suele suceder (y es envilecedor que suceda), me traía literalmente enloquecido con sus coqueteos y sus caprichos perversamente infantiles. Vivíamos en perpetuo estado de monos y reconciliaciones, seguidas de riñas nuevas, entremezcladas con desvíos, llantos, amenazas, cuchufletas de ella y desesperaciones mías. La idea del suicidio me visitaba, como siguió visitándome después en otros accesos de dolor celoso; pero me lo callaba, porque temía la burla de Meli, que, despiadada, parecía complacerse en mi sufrimiento. Y, de positivo, se complacía; disfrutaba una perversa voluptuosidad en torturarme, en sentir bajo sus lindas uñas de gata las crispaciones de mi enfermo corazón.

No diré que Meli sostuviese relaciones con otro al mismo tiempo que conmigo; no era eso; era que, con novio oficial y todo, no renunciaba a su corte de adoradores, a sus flirteos, a componerse, divertirse, reír, andar del brazo de Periquito y Menganito y bailar como una peonza. Esto último me sacaba como de quicio. Verla en brazos del primero que llegaba, sospechar que su aliento se mezclase con un aliento que no era el mío, figurarme que le decían tan de cerca todo género de disparates -porque la galantería contemporánea no se distingue por la timidez-, me ponía en un estado próximo a la demencia. En vano la rogaba que tuviese compasión de mí y no me sometiese a tal suplicio. Ella se reía, enseñando unos dientes... ¡que después han mordido a tanta almas!, y que se clavaban en la mía, destrozándola... y, desoyendo mis ruegos, volvía a danzar...

-¿Por qué, al menos, no bailas conmigo siempre? -rogaba yo, juntando las manos como se juntan para la oración.

-¡Eso! Y se reirían hasta las cortinas del salón... Y daríamos una campanada... Y nadie nos convidaría...

En tono de púdica protesta, agregaba:

-¡Ni te creas que iba a consentirlo mamá!...

Mi congoja subía de punto ante la perspectiva de esos bailes monstruos, en que la confusión es total, el gentío enorme y el atrevimiento pasa inadvertido, como pasan inadvertidas las personas, sin que se consiga encontrar a aquella que más buscamos, ni aun saludar a la dueña de la casa. Tuve, pues, una semana rabiosa cuando se anunció uno de este género, gran festival benéfico, patrocinado por la duquesa de Ambas Castillas, a favor de los pobres de Madrid. Se verificaría en el local destinado a exposiciones, y se contaba con que asistiesen de dos a tres mil personas. No había que pensar en que Meli se quedase en casa durmiendo pacíficamente. En balde la pinté las dulzuras de un sueño reparador; en vano describí burlonamente el personal ridículo que asistiría a jaulón semejante. Ella formaba parte justamente de la comisión de muchachas que colocaba billetes entre los muchachos, y, lo que ella decía:

-¡Bonita se pondría tía Leonor si me retraigo! ¡Ella, que se ve y se desea para conseguir que no falten «las elegantes», y cada deserción le cuesta una caja de pastillas de migranina! Convencido de la inutilidad de mis esfuerzos, iba, sin embargo, a ejercer el derecho del pataleo, protestando nuevamente, cuando una idea genial me cruzó por la imaginación.

-Meli -dije-, ya que no renuncias a asistir, renuncia al menos a bailar.

-No te pongas pesadito. Ya sabes que es imposible, monín.

-Pues yo te digo que no bailas esa noche.

-Y yo te contesto que no se te puede sufrir y que bailaré.

-¡Que no bailas! ¡Tú no me conoces!

-¡A ver si me prendes, o si me das una cuchillada, como los carniceros a sus novias!

-Sin apelar a esos medios, no bailarás, hija mía. Es preciso que al cabo te convenzas de que no soy un Juan Lanas -exclamé, sintiendo que se engreía mi dignidad de varón- Tenlo entendido y ve preparada, que no bailas en ese baile.

Soltó la carcajada, y estuvimos tres o cuatro días de hocico: ella, no queriendo ni mirarme, y yo, no yendo a caballo al Retiro, por no encontrarme su coche. Llegó el momento de la fiesta, de la cual se hablaba mucho en Madrid, y a las nueve, una hora antes de la señalada para la llegada de los reyes, entré en el edificio, engalanado con plantas, tapices y flores, y reconocí el terreno.

A la media hora apareció Meli, hecha una preciosidad: mi sangre dio un vuelco... ¡Qué guapa, la maldita! ¡Cómo la sentaba aquel traje rosa de múltiples volantes, según la moda de entonces, y aquel peinado a la griega, con los dos aros de oro pálido que lo ceñían!

Comprendí en un momento el peso de mi cadena, lo hondo de mi cuita de amor...

Y mi resolución celosa se afianzó: Meli no bailaría con nadie aquella noche, ¡voto a Satanás!

Un celoso es un loco, y un loco sabe ser malicioso y disimulado. Me acerqué a ella bromeando; me profesé arrepentido de mis amenazas, y, cuando el momento me pareció favorable, habiendo ya los reyes ocupado su puesto en el saloncito arreglado ad hoc, la persuadí a que tomase mi brazo y nos escurriésemos hacia un rincón casi solitario, en una galería retirada, al amparo de enorme palmera, sombreadora de un diván muy mullido.

Emprendimos una charla sobre lo que cualquiera adivina, y logré embelesarla un poco, trayéndola a terrenos donde se detenía gustosa. Cuando estábamos en la flor de la reconciliación, halagué su vanidad femenina mostrando admirar el piececito, calzado de raso, la satinada vislumbre rosa sobre la dulce carnosidad que transparentaba la media caladísima. Y, bajándome con rapidez, cuando ella sonreía enseñando el piececín, cogí uno de los zapatos, me lo guardé en el bolsillo antes que pudiese protestar, y con un saludo irónico me alejé.

Desde entonces la estuve contemplando desde los sitios favorables para observar. A la patita coja, con disimulo, había conseguido llegar a sentarse cerca de otras muchachas; pero no bailaba, ¡cómo había de bailar! ¡Era imposible! Sus ojos, al fijarse en mí, suplicaban y maldecían a la vez. Empezaba a susurrarse que algo raro la sucedía... Por último, mucho antes de la hora acostumbrada para retirarse, vi que, a favor de la confusión, desaparecía del brazo de su papá. Saboreando mi triunfo, también me retiré poco después, pensando en lo que la diría al día siguiente, en lo que sería nuestro primer diálogo.

Y al otro día me encontré a un amiguito y hablamos del baile. El amigo estaba zumbón, irónico.

-¿Sabes -me dijo- que he bailado el cotillón anoche con tu adorado tormento, con tu Meli?

Me contuve por no llamarle embustero, y me limité a decir:

-¡Ah! Y eso, ¿cómo ha sido? La he visto retirarse a las once...

-Verás: parece que perdió un zapato; pero se fue a su casa, se calzó, volvió y nunca ha hallado con más entrain. ¿Qué es eso? ¿Te contraría?

No contesté al pronto: el sufrimiento era agudo, y mi impulso, abofetear, herir... Me reprimí, no sé por qué esfuerzo íntimo, y afectando desdén, murmuré:

-¿Contrariarme? ¡Bah!... A Meli, ¿quien la toma por lo serio?

viernes, 1 de abril de 2011

El viejo de las limas

de Emilia Pardo Bazán

Nunca Leoncia se había sentido más triste que aquella perruna noche de invierno, última del año, en que la lluvia se desataba torrencial, y las violentas ráfagas, sacudiendo el arbolado del parque, desmelenaban sus ramas escuetas, sin hojas. Lúgubres silbidos estremecían las altas ventanas de la torre y producían la impresión de hallarse a bordo de un barco que corre desatado temporal. En noches tales, todas las penas vuelven, como espectros llamados por conjuro de bruja, y el aire se puebla de seres invisibles, enemigos. La impresión es de agobiador desconsuelo. Y Leoncia, sumida en un sopor de melancolía, segura de no encontrar alivio, apoyaba en el borde de la chimenea sus pies, y pensaba en lo vano, en lo inútil de todo. Ningún bien era cierto, y la memoria sólo conservaba la impronta de los males, grabada más hondamente que la de las alegrías...

Adelantaba la noche en su curso; el silbo del viento se hacía más estridente y desgarrador, cuando resonó la campana de la verja, con toque presuroso, como angustiado. ¿Quién a tales horas? ¿Con un tiempo tan horrible? Y, como se repitiese la llamada, al fin mandó que abriesen. Poco después entró en la sala, bien resguardada y tibia, una extraña figura.

Era un viejo caduco, de indefinible edad, a quien hasta pudiera considerarse centenario.

Venía chorreando, dejando un reguero, que dibujaba el zig-zag de sus pasos temblorosos. La contera de su paraguas soltaba un riachuelo, y al descubrirse, el sombrero de fieltro volcó un charco. Se oía claramente entrechocarse sus mandíbulas, y titubeaba, como próximo a desplomarse.

-Siéntese, abuelo... ¿De dónde viene, con este temporal? Arrímese a la lumbre... A ver, pronto, caldo caliente, o café, o coñac...

El vejestorio se acogió a la magnífica chimenea, entre cuyas columnas de granito, la hoguera, cebada con nuevos cepos de seco pino, se alzaba en movible pirámide de oro, toda jirones flameantes.

El café hervía, y sin recelo de abrasarse, lo trasegó el viandante a su estómago helado. Chasqueaba la lengua de placer, y reanimado, sonreía. Parecía como si le hubiesen quitado, de golpe, treinta años.

-Siempre ando por los caminos -declaró-. No ceso, porque mi comercio me obliga. Si me parase, sería una gran desgracia.

Despojado de su capote, presentaba los lomos a la hoguera bienhechora, que arrancaba de sus vestiduras húmedas un vaho denso. Luego se volvió, y tendió las manos, restregándolas. Vio Leoncia que del cinturón de cuero del carcamal pendía una bolsa voluminosa, repleta.

-¿Y puede saberse qué vende usted? Yo le compraría...

Recelaba vagamente que fuese un malhechor, porque, mirándole a la claridad de la lámpara y de la llama, encontraba que parecía recio y sólido: su espinazo se enderezaba, su cutis amoratado y marchito recobraba coloración saludable, y su pelo, al secarse, se arremolinaba con brío en las sienes. ¿Traería armas? También era imprudencia acoger así al primer vagabundo...

Sin responder verbalmente a la pregunta, el viejo desabrochó el cinto, soltó el bolsón y abrió su cierre de metal.

Calmoso, extrajo paquetitos, estrechos y largos, cuidadosamente envueltos en papeles de seda. Con precaución deslió uno, y puso sobre la mesa, bajo el círculo de luz de la lámpara, una hilera de limas de acero, resplandecientes, de diversos tamaños, marcadas con letras y cifras diferentes. Las ordenó, las examinó y eligió una, que separó de las demás, recogiéndolas en el bolso otra vez.

Sonreía el viejo, en el fondo de sus barbazas, ya secas, plateadas y grises como las propias limas.

-Son -murmuró- limas medicinales. ¡Limas prodigiosas! Lo que ésas no sanen, ningún remedio del mundo lo sanará. Aquí tengo, justamente, la que usted necesita...

Y tendió a Leoncia una limita bastante prolongada, con cifras de oro.

-Tómela usted sin recelo... Nadie puede dejar de emplear mis limas -prosiguió el vagabundo con fruición-. A fuerza de rodar por caminos y veredas, sufriendo agua y sol, nieve y canículas, he aprendido una sabiduría que debo comunicar a los mortales: no hay padecimiento que mis limas no curen. Nada resiste a su lenta acción, de cada minuto. Todo lo va royendo, poquito a poco, sin que se den cuenta los enfermos de cómo les viene la salud. Como que ni lo notan: y a veces, cuando ya no sienten el mal, creen padecerlo todavía. ¡Estas limitas, qué monada! Ri, ri... Un poco de polvo, un poco de materia inerte... ¡y desaparecen los sufrimientos, los dolores, los daños, los cuidados, todo lo que parecía que no iba a acabarse nunca!

Leoncia empezaba a darse cuenta, a entender la parábola del vejestorio.

-¡Si supiese usted las cosas que yo he limado! -añadió él, lleno de orgullo-. Pueblos, tronos, ideas, poderes, todo ha cedido a mis limas, todo, todo... El mundo es una serpiente que muerde mis limas sin mellarlas. ¡Descrea usted de todo, excepto de mis limas!

Y como Leoncia ya había comprendido, y permanecía atónita, el viejo, con sonrisa indefinible, avanzó, puso los dos pies dentro de la chimenea enorme, metió la cabeza en la honda campana, y el fuego, prendiendo en sus melenas de acero claro y en su barba argentada, lo envolvió, consumiendo rápidamente su forma, mientras su voz cascada y lejana murmuraba, como en sueños.

-Yo paso, yo permanezco, yo soy la manifestación de la eternidad...

-¡El tiempo se ha ido! -suspiró Leoncia, recogiendo la brillante lima, y leyendo en su hoja bruñida: «1914»... Otro año...