La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

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La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

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martes, 4 de enero de 2011

El abanico

de Emilia Pardo Bazán

-Como deseaba escrutar el corazón de mi novia -díjome Sandalio Aguilar, en la terraza del Casino, en la hora propicia a las confidencias, cuando los acordes de la orquesta se desmayan en el aire, aleteando débiles, a manera de fatigadas mariposas-, y en las conversaciones de amor casi todo es mentira, decidí practicar una experiencia que me ilustrase. No había asistido ella nunca a una corrida de toros. ¡Su tía la educaba con tal rigidez...! Compré un palco, y las invité galantemente. La tía transigió, convidando a su vez a unas amigas que la ayudasen a llevar, según ella decía, el peso de la «cesta».

Me senté en el ángulo del palco, al lado de mi Bertina (ya sabe usted: Albertina Laguarda, hoy marquesa de Lucientes). No, no crea usted que me he interrumpido porque me corte el habla ninguna emoción. Es que la noche empieza a refrescar, y yo tengo unos bronquios que todo lo notan en seguida. ¡Ejem!...

Y Sandalio tosió con la precisión y la pulcritud que le caracterizan, aplicando a la boca un fino pañuelo, fragante, de amplísima orla.

-Bien; ya hemos pagado el tributo irremisible a la señora tos... Quedamos en que me instalé a la vera de mi novia, que por cierto estaba guapísima con su mantilla blanca de encaje rancio. Llevaba un traje rosa salmón, o más bien, rosa carne, escotado, y la juguetona blonda confundía de un modo delicioso los tonos similares de la tez y de la vestidura. Sobre su pelo castaño y fosco, que el sol rafagueaba de oro viejo, un manojo entero de clavelones enormes, de ese matiz indeciso que no es rojo ni rosa y que al remate de las hojas se cambia en gris argentado, se erguía provocativo, dentro del medio canalón de la peinetaza de carey. No llevaba guantes, y su manita, cuajada de sortijas, relucía al manejar el abanico, un gran pericón manileño sembrado de flores extravagantes, imposibles. La aureola de la mantilla, haciendo sombra a frente y sienes, profundizaba sus ojos atrayentes e insondables... En fin, era necesario tener mi calma, mi espíritu analítico, para no olvidar completamente que se trataba de una experiencia de psicología, de que impresiones fuertes e inesperadas descubriesen algún rincón del alma de una mujer destinada a ser toda la vida mi amante compañera... Me dediqué, solícito, a explicar lo que allí iba a suceder, y desde el primer momento sufrí una decepción: Bertina sabía perfectamente los mínimos detalles de la fiesta nacional. Periódicos y conversaciones la tenían bien enterada. ¡Cualquier enseña nada nuevo a nadie en la época presente! No quedan divinas ignorancias. Me sentí contrariado de veras. ¡Qué iniciación me perdía!... Mi amor propio sufrió involuntariamente. ¡Cuánto placer en el capullo cerrado, cuánta delicia en rasgar el velo...! Para más mortificarme, trocándose los papeles, ella misma, experta por intuición, me iba guiando a mí...

-Ahora es lo más lucido: el despejo de la plaza y salida de la cuadrilla. ¡Qué precioso! Ahí vienen Sombrerito Chico y El Pajel, con unos andares... Los trajes me encantan. Un ascua de oro el de Pajel y una pura filigrana de plata el de Sombrerito. Visten mejor que nosotras... El Pajel es muy elegante, muy esbelto. De cara morena... Es chistosa su cara...

-De cerca, picado de viruelas, con cada agujero así -advertí, porque a ningún novio le hace maldita la gracia que su novia ensalce a otro hombre-. Un tío más bruto que un cerrojo. Si le zamarrean, echa bellotas.

-¡Bah! De cerca creo que no habrá muchas ocasiones de contemplarle -respondió Bertina, riendo coquetamente, penetrando mi intención con agudeza de mujer-, por más que a él y a los de su cuadrilla me los encuentro en la calle vestidos de corto y me echan chicoleos. ¡Ay!... Mira: acaba de entregar el capote de paseo a Félix Nieva... Son muy amigotes.

-Veo que estás informadísima...

-¡Ah, el toro! -exclamó vivamente.

La fiera, que había salido corriendo, se plantó en mitad de la plaza. Era un bicho negro, poderoso, que parecía modelado por Benlliure. Sus astas, finísimas en la punta, curvadas con brío amenazador, contrastaban con la cabeza estúpida, casi dulce, casi pacífica. La ferocidad vendría a su hora, cuando hubiesen acosado a la res, desgarrado su piel, acribillado su carne, inflamado su sangre, excitado su desesperación, hinchando sus pulmones con la queja cavernosa del mugido; pero en aquel instante, sorprendido y deslumbrado, molestado sólo por el picotazo de la divisa, el toro no sentía más que extrañeza y la nostalgia con que el instinto le recordaba los frescores de la dehesa, los aromas de los pastos, el borboteo del agua del arroyo...

Iba a comenzar la faena de caballos. Allí esperaba yo a Bertina. Espiaba, en el lago pérfido de sus pupilas, la agitación de la sensibilidad. Por mucho que se la hubiesen explicado, la suerte de varas tiene siempre lo imprevisto y brutal del espectáculo cruento; la sensación material es nueva necesariamente, aunque la inteligencia la haya razonado de antemano. Rígidos, terciada la pica, los varilargueros esperaban la embestida de la fiera, que, después de recorrer a escape el redondel dos o tres vueltas, distraída y desdeñosa, se fijó, por fin, en aquellas macizas estantiguas ecuestres, en los famélicos bultos que las soportaban, y cuya línea angulosa, desvencijada, se exageraba caricaturesca en la proyección de sombra. Resopló el toro, partió como un rayo, y mientras la puya se le hincaba en la carne, rasgó él con la aguda cuerna el arca del vientre del caballo... Brotó de la rasgadura larga, humeante, todo el paquete intestinal; fiemo y sangre, en hedionda mescolanza, se emplastaron en la arena; las patas del caballo, al querer arrancar en espantada huida, se enredaron en el revoltijo de tripas colgantes, y lo pisotearon y despedazaron, sacudiendo trozos y piltrafas; el jaco, vacío, titubeó, tembló convulsivo sobre sus cuatro remos, y en tanto que el picador se zafaba pesadamente, tumbose desplomado, mascando el aire con bascas de agonía...

Fijamente miraba a Bertina yo. Su perfil, de entre las ondas de la mantilla, salía acentuado, como adelgazado por una contracción nerviosa. Las alas de su nariz delicada, palpitaban, y sus mejillas eran dos hojas de magnolia, recién abierta, tersas y blancas, que jamás ha regado el rocío...

Es indudable que siente -pensé al pronto-. Es el horror lo que hace aletear su corazón y albear su tez. Va a volverse y a decirme que no la traiga más a esta carnicería.

Volvíase Bertina, en efecto. Su rostro, al buscar el mío, sonreía, con travesura deliciosa, con una mezcla de queja y mimo, de resignación y chuscada, que desafiaba el pincel del retratista más expresivo. Y su mano, cual relicario de anillos de pedrería, engaste de la joya más valiosa aún de los deditos ebúrneos y las uñas rosadas, alzaba airosamente el abierto abanico madrileño, poniéndolo como un biombo ante la vista del cuerpo de la sardina despanzurrada, y dejando, a la parte que el país exornado con extravagantes flores no interceptaba, libre el campo para contemplar ávidamente cómo El Pajel iba a parear: una galantería al público, un rasgo de condescendencia del diestro...

-De estas cosas feas, lo mejor es defenderse con el abanico -murmuró, traduciendo a su manera la pregunta de mis ojos-. Porque no viéndolas, ¿verdad?, es lo mismo que si no las hubiese...

-¿Te basta a ti con el abanico? -respondí en el mismo tono confidencial y afable.

-Claro que sí... Ya no se ve ese asco -afirmó, acercando a su nariz el esenciero, que con otros dijes minúsculos colgaba de su cadena de oro.

Me precio de prudente, de hábil, y tardé aún seis meses en retirar de un modo suave e insensible mi candidatura a la mano ensortijada de Bertina. En este tiempo pude cerciorarme de que el sistema del abanico lo aplicaba a todos los casos posibles. Tapar, tapar, que ojos que no ven, corazón que no quiebra... ¡Y yo no quiero un corazón que se regula por la materialidad de los ojos!

-No estaba usted enamorado de Bertina -objeté-. Si lo estuviese, prescindiría de estos tiquis miquis; y aun sin estarlo, debió usted comprender que su actitud era eminentemente social. Nadie hace otra cosa. No se mira lo que no puede evitarse. La sociedad esgrime un abanico inmenso.

lunes, 3 de enero de 2011

Diálogo secular

de Emilia Pardo Bazán

El XIX.- Escarmienta en mí, hijo mío; cumple lo que ofrezcas, que prometer y no dar hace a los tontos alegrar.

El XX.- No seré yo quien falte a mis compromisos. Pienso ofrecer poco, que más vale un toma que dos te daré.

El XIX.- Cuando te apunte el bigote, mocoso, verás que del dicho al hecho hay un gran trecho.

El XX.- Amanecerá Dios y medraremos.

El XIX.- Más sabe el diablo por viejo que por diablo.

El XX.- A vejez llegada, cabeza cansada.

El XIX.- De los viejos, los consejos.

El XX.- El vino añejo y la sangre moza.

El XIX.- (Aburrido.) ¿Quieres hacerme el favor de no hablar como si fueses el XVII? En mí, pase; pero en ti, chiquillo, me apestan las sentencias, las máximas y toda esa balumba que huele a polilla y a humedad. Pensé que trajeses en la mollera sal fresquita y estilo nuevos. Para eso, no vale la pena de estrenar siglo.

El XX.- Hablo así porque estoy en España, donde el vino añejo y la misma sangre hirviente de la mocedad se echa en odres vetustos, de formas arcaicas que hemos respetado y canonizado los señores siglos. Sácame de aquí; llévame entre tus alas, rotas y fatigadas, más allá del Pirineo; arrójame sobre el puente de algún buque que cruce el Atlántico, y verás cómo suelto las ligaduras de la momia y hablo a la ultramoderna, de blanduras liliales, inquietantes morbideces, amperios, voltios, superhombres y progenerados.

El XIX.- Ni tanto acá ni tanto allá. Toda afectación es mala. Habla lo mejor que sepas, claro, fuerte, llano y liso, y di lo que traes en ese zurrón a la espalda. Diviso por su boca entreabierta objetos y figuras que provocan mi curiosidad. ¿Esas balanzas de papel dorado...?

El XX.- Son el arbitraje. Lástima que se rompan al menor peso.

El XIX.- ¿Y esa faja de blanco tul ilusión?

El XX.- La paz universal. No la toques.

El XIX.- ¿Y ese tubo negro, tan recio?

El XX.- El cañón automático, invento prodigioso. La artillería sin artilleros; la muerte mecánicamente distribuida.

El XIX.- (Alegrándose entre dos boqueadas.) ¿Y esa figura femenina que asoma ahí? ¡Es muy simpática! ¡Me la comería!

El XX.- Es la Eva nueva, mi mujer, la mujer del siglo XX.

El XIX.- ¡Y yo que la suponía un marimacho!

El XX.- Preocupaciones de señores mayores. Cambie cuanto quiera la condición de la mujer, siempre será marihembra.

El XX.- ¿Y por qué no me enseñas lo que especialmente traes para España? Me gustaría saber...

El XX.- (Después de revolver mucho en el fondo del zurrón, saca un muñeco de casaca roja, patillas rubias y dientes largos, muy roto, perniquebrado y triste.) Ahí tienes; esto traigo.

El XIX.- ¡Un inglés! A bien que, según está, no me parece temible...

El XX.- (Precipitándose a guardar el muñeco y revolviendo otra vez en el zurrón.) ¡Qué cabeza la mía! Aguarda... ¡Si ese inglés es el del Transvaal! (Presenta otro muñeco de chistera gris con franja de estrellas, también paticojo). A ver... ¡No, éste es el yanqui de los filipinos!... Ahora sí... (Enseña un hijo de Albión, rozagante y flamante.) Ya apareció el de España...

El XIX.- (Cerrando los ojos en la agonía.) Último refrancito... Detrás vendrá quien bueno me hará.

domingo, 2 de enero de 2011

Deber

de Emilia Pardo Bazán

De los que, a la desesperada, habían desembarcado en los escollos, quedaba una hacina de troncos palpitantes, mutilados y sangrientos, que casi a la vez tumbó sobre el recanto de la playa el plomo enemigo. ¿Qué fin se proponían al desembarcar así? Ninguno; quizá no sobrevivir a los otros, cuyos cuerpos obstruían el paso, revueltos con las embarcaciones sacrificadas, echadas a pique. No habiendo podido cerrar la bahía, tratábase de morir.

Y habían muerto con el gesto sencillo y gallardo de aquella gente durante aquella guerra; pero alguno respiraba aún. No hacía el menor movimiento; tenía destrozadas ambas piernas y una bala en la clavícula. No sentía dolor, sino sólo los comienzos del frío y peso en las extremidades, la inercia, que pronto sería reemplazada por el devaneo de la fiebre. Permanecía con los ojos cerrados, el rostro blanquecino, semejante -a pesar de su uniforme europeo- a uno de esos muñecos de marfil que esculpen delicadamente, los nipones. En el abandono de su letargo calenturiento reaparecía más claro el sello de la raza, lo oblicuo de los ojos, lo menudo, como rudimentario, de las facciones, la expresión mística, infantil, ingenua, de la faz, lo exiguo de la cabeza, la negrura lustrosa del lacio pelo. Nada menos belicoso que semejante fisonomía. Antes que guerrero moribundo, parecía rota marioneta, fútil y dulce juguete desechado por un niño. Y en su cerebro, las imágenes empezaban a atropellarse con lucidez febril, opresiva. Borrados todos los recuerdos del disfraz occidental, la pintoresca existencia asiática se desarrollaba con sus prestigios de color y luz, con su brillantez y su molicie suave, naturalmente artística.

El herido se encontraba en un jardín, terraza colgada sobre un río, cercada por tapia de escasa altura, hecha de azulejos de porcelana polícroma. Macetas diminutas, con arbustos enanos, coronaban la tapia, y árboles recortados en figura de peces, esquifes o jarrones, rodeaban el quiosco de porcelana también.

Dentro, en platos primorosos, se brindaban frutas, nísperos de oro, pavías de felpa rosa, naranjitas bruñidas, guanteadas por su flexible piel. Confituras ligeras, capullos e insectos en almíbar, completaban el refresco. Dos tibores sostenidos por un dragón o endriago fabuloso se alzaban sobre peanas de madera laqueada en los ángulos del delicioso quiosco, todo enramado y enguirnaldado de campanillas abiertas, que sobre las columnas de porcelana parecían adornos cerámicos, de una cerámica milagrosamente frágil.

Frente al quiosco, apoyada en la tapia, flanqueada de cerezos en flor, cuyas negras, desnudas y lisas ramas salpicaban estrellas carmesíes, una fontana, un hilo de agua recayendo en concha gigantesca, emperlaba el aire con su cántico de cristal fino. En el seno de nácar de la tridacne, dentro del agua blanca, movida, monstruos de esmalte turquí y bermejo nadaban lentamente, y en el cáliz de las flores del cerezo, gotas de humedad refulgían al sol. Y el herido sintió una sed rabiosa, infinita. ¡Aquel agua! ¡Aquel agua! Era la misma que había mojado sus labios, refrescando su lengua, cuando niño; reconoció la fuente, el delgado chorro, el musical gorgoteo que producía al recaer en la valva, estremeciendo de gozo a los ciprinos... Se arrojó con salto nervioso hacia la fuente. En el instante mismo, los endriagos de los tibores, desperezándose, pegando un brinco felino y cruel, se interpusieron. Sus fauces pintadas echaban fuego, sus ojos redondos saltaban de las órbitas, sus garras corvas amenazaban a las pupilas del audaz. Y la canturía misteriosa del hilito cristalino parecía repetir: «Sagrada es la fuente».

El herido, desalentado, se desplomó en un taburete de laca, bebiendo, a falta de cosa mejor, la frescura que subía del río. Iba a ponerse el sol; el horizonte era violeta y púrpura; una luna inflamada asomaba detrás de una colina de estaño, escueta y geométrica en su dibujo. Así que el globo encendido se alzó, palideciendo, del fondo sombrío de la perspectiva confusa, velada por tules negruzcos, empezaron a surgir puntos lucientes, chispitas imperceptibles, que aumentaron hasta formar hormiguero infinito de farolillos, linternas y faroles de papel.

La noche se esclareció con el resplandor de millones de luces, y las figuras raras, el abigarrado surgir de muecas, visajes y vuelos de alimañas fantásticas en las faces de las grandes farolas, alborozaron al herido, causándole un transporte de orgullosa locura. Porque había comprendido: la ciudad se incendiaba, delirante, celebrando la victoria, el magnífico triunfo de los ágiles y de los resignados a perecer, sobre una enorme masa pesada y dura, fría y resistente como una pirámide de basalto. Aquellos faroles eran lenguas de llama que le gritaban «¡vítor!», y la innúmera muchedumbre que llenaba las calles, que se esparcía por las orillas del río y lo surcaba en barquitos chatos, en juncos estrechos, ascuas de lumbre sobre el agua aceitosa, alzaba un himno a su valor sublime, y al de los que yacían en el fondo del abra, entre los restos de los inmolados cañoneros, perdidos allí para que el enemigo no pasase.

En la otra orilla, los barcos de flores, las casas de té, resplandecían más que ningún edificio. Las musmís de nombres de flor, de sonrisa trazada con un rasgo de cinabrio, de rizos simulados con una voluta de tinta china, de cara pálida, lisa, graciosamente tristona; las aseñoritadas meretrices de formas recogidas y puras, de púdico ropaje, se asomaban a las barandillas de sus balconadas, le llamaban, le cantaban versos elogiosos, llamándole guerrero divino, terror del Occidente, sucesor de los héroes que la crónica fiel rodea de leyendas, en caracteres de cobalto y oro.

El herido se erguía altivo, extasiado, y notaba al erguirse que un choque, un tilinteo de armas acompañaba la acción. Mirábase, y se encontraba vestido de viejo combatiente, de samuray o tradicional. Su mano derecha esgrimía el clásico sable, de empuñadura curiosamente trabajada por desconocido artista; su izquierda columpiaba el abanico, donde una bandada de grullas alza el vuelo en celajes nacarados puntilleados de plata. Las laminículas de su coraza jugaban sobre su pecho, y le enmascaraba el rostro una careta de expresión feroz y horrible. Ataviado así, echó a andar, descendió la escalinata, se acercó a la margen del río, rielante de colores. La muchedumbre le abría paso, las cortesanas le sonreían con enamorada humildad. Él caminaba hacia el palacio imperial, hacia los parques y los bosques de la sacra residencia inaccesible a los ojos humanos. No era posible que con aquel traje nadie le detuviese, y, en efecto, lejos de detenerle, la gente le seguía, le arrastraba en su torrencial flujo, le llevaba en volandas, en hombros, en brazos, en alto, en improvisado palanquín, no sabía él mismo cómo, pero ciertamente bogando por cima de un océano de farolitos tembladores y oscilantes, entre cuyas olas, acribilladas de luz, se anegaba a veces, viniendo las miríadas de puntos luminosos a inundar su cabeza, a quemar con reiterado picor de brasas su cuerpo, a deslumbrar y cegar sus pupilas resecas de calentura.

Un dolor agudo le devolvió el conocimiento.

El sol caía a plomo sobre su frente. Le estaban incorporando, palpando, arrancándole entre el montón de cadáveres. Unas barbas frondosas y rubias, un semblante ancho, sonrosado, serio, se inclinaba sobre él, y el aliento del hombre del Norte se mezclaba con el suyo.

-La camilla -oyó decir-. Con cuidado: hacedle el menor daño posible.

El herido, fríamente, miró a su salvador, escrutó sus ojos claros, húmedos de vida, sus sienes blancas bajo la gorra de campamento y, echando mano al cinturón, en un relámpago, sacó y disparó a boca de jarro el revólver. Cinco tiros contestaron al suyo, y uno de los que le remataron le apoyó el cañón en el hueco del oído. Pero el oficial ruso había caído boca arriba fulminado.

sábado, 1 de enero de 2011

De Navidad

de Emilia Pardo Bazán

Este cuento pasa en el siglo XVI en una de esas ciudades de Italia que gobernaba un tirano. Llamémosla a la ciudad, si queréis, Montenero, y a su tirano, Orso Amadei.

Orso era un hombre de su época, feroz, desalmado, disimulado en el rencor, implacable en la venganza. Valiente en el combate, magnífico en sus larguezas y exquisito en sus aficiones artísticas, como los Médicis, festejaba en su palacio a pintores y poetas y recibía en su cámara privada a los sospechosos alquimistas de entonces, que si no consiguieron fabricar oro, no ignoraban la fórmula de destilar activos venenos.

Cuando a Orso le estorbaba un señor, le atraía, jurábale amistad, comulgaba con él -¡horrible sacrilegio!- de la misma hostia, le sentaba a su mesa..., y en mitad del banquete el convidado se levantaba con los ojos extraviados y espumeante la boca, volvía a caer retorciéndose..., mientras el anfitrión, con hipócrita solicitud, le palpaba para asegurarse de que el hielo de la muerte corría ya por sus venas.

Con los villanos no gastaba Orso tantas ceremonias: los derrengaba a palos, o los dejaba consumirse de hambre en un calabozo.

Orso era viudo dos veces: a su primera mujer la había despachado de una puñalada, por celos; a la segunda, la única que amó, se la mató en venganza Landolfo dei Fiori, hermano de la primera. Ésta no había dejado hijos: la segunda, sí: una hembra y dos varones. Perecieron los varones en un oscuro lance militar, una emboscada que tal vez preparó el mismo Landolfo, y quedó la niña Lucía para continuar la maldita familia de Amadei.

Discurría ya su padre el príncipe con quién desposarla, cuando Lucía declaró que deseaba tomar el velo. Orso se desesperó, porque a su manera, adoraba a aquel último retoño de su raza; mas no hubo remedio; la voluntad de Lucía se impuso, y la niña entró en un monasterio de la Orden de Santo Domingo, en que había florecido Catalina, llamada Eufrosina, a quien el mundo venera hoy con el nombre de Santa Catalina de Siena.

La tierna juventud, la cándida belleza y la ilustre cuna de la hija del tirano aumentaron el asombro de su penitencia. En un siglo ya pagano renovó las duras penitencias de edades más fervorosas.

Su alimento era un puñado de hierbas cocidas; su cama, dos quilmas sin paja; su ropa interior, un burdo tejido de Cilicia que llagaba la delicada piel; y cuando se levantaba para orar, en las noches de enero, después de tomar una hora de descanso sobre las losas húmedas, que quebrantaban sus huesos todos, apenas podía sostenerse de debilidad y las palabras del rezo se confundían en su boca.

Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había nacido para la mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la vida, para recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de las estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa calma de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas griegas y sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la habían arrojado palpitante de angustia y de terror al pie de los altares, donde a cada minuto recordaba involuntariamente el mundo y sus goces.

Como Catalina de Siena, más de una vez se vio asaltada por tentaciones impuras y por imágenes engañadoras y burlonas; pero abrazada a la cruz, resistió heroicamente; lloró, se hirió las carnes y, al fin, conoció la victoria en la paz que descendía a su espíritu. Arrobos y dulzuras inexplicables sucedieron a los desfallecimientos, y Lucía se sintió consolada.

Llegó Navidad, aniversario de su profesión. Vino la Nochebuena acompañada de mucha nieve; pero cuanto más espeso era el sudario que cubría el huerto del convento, más calor notaba Lucía en su celda solitaria; una ilusión singular le mostraba, al través de los emplomados vidrios, que en lugar de copos de nieve llovían sobre las ramas de los árboles y sobre la dura tierra millares de azucenas nítidas, finas como plumas arrancadas del ala de los ángeles.

Sembrado de azucenas estaba todo, y la blancura del jardín despedía una claridad que alumbraba la celda con rayos de luna, más vivos y lucientes que la misma plata. De pronto, envuelto en olas de luz apacible, Lucía vio a un precioso Niño: una criatura que sonreía, que tendía los bracitos, y a quien la monja recibió enajenada en ellos.

-Esta noche -dijo el Niño amorosamente- he querido favorecerte, Lucía, y en vez de nacer en el pesebre, naceré en la celda donde tantas veces me has invocado.

Lucía permaneció algunos instantes fuera de sí: el favor era extraordinario y, en su humildad, no se creía digna de él. Apenas pudo recobrarse, juntó las manos y se postró implorando al Niño.

-Si quieres que sea dichosa tu sierva, Niño, mi Niño del alma..., concédeme lo que voy a pedirte. ¡Ah!, es cosa grande y difícil; pero si Tú no puedes realizar imposibles, ¿quién los realizará? Acuérdate de lo que he luchado, acuérdate de mis sufrimientos..., y en vez de nacer aquí, dígnate nacer en otro lugar oscuro, horrible, desolado...: el corazón de mi padre, Orso Amadei.

Halagando el Niño con sus manecitas el rostro de la penitente, la miró lleno de tristeza.

-¿Sabes lo que pides, Lucía? ¿Sabes que ese corazón donde pretendes que yo nazca es más duro que la piedra, más sangriento que el cadalso, más fétido que el sepulcro? ¿Sabes que para entrar allí tendré que apartar con mi cuerpo desnudo los espinos y los abrojos y las ponzoñosas hierbas, y sentir cómo se enroscan en mi cuello las víboras y cómo trepan por mis piernas los fríos reptiles? ¡Yo he sabido morir del modo más afrentoso; pero al tratarse de nacer, busqué dulzura y amor; nací entre sencillos pastores, no entre lobos carniceros!

En fin, Lucía, ya que has combatido por mí, no he de negarte lo que deseas... ¡Esta noche, mi establo de Belén será el corazón de fiera de tu padre!

Al oír la promesa del Niño, Lucía experimentó tan súbito gozo, que no lo pudo resistir.

Cayó inerte sobre las losas. La luz, la visión, el perfume de las azucenas, todo desapareció, y al través de los emplomados vidrios sólo se vio el huerto amortajado de nieve.

A aquella misma hora, Orso Amadei celebraba un festín en su palacio; mejor que festín hay que decir orgía. No era una cena donde los dichos agudos y las alegres historietas hiciesen volar las horas, y en que la presencia de las damas, incitando a la galantería, contuviese a la brutalidad. De estas cenas había dado muchas Orso; pero también gustaba de otras más desenfrenadas, a que sólo asistían sus capitanes semibandidos, sus bufones y sus familiares, gente cínica y perversa.

Si se mezclaba con ellos alguna mujer, era la infeliz juglaresa sorprendida en la plaza pública, y que, después de servir de ludibrio a los convidados, aparecía al día siguiente con el cuerpo acardenalado, medio muerta, arrojada en cualquier callejuela de la ciudad.

Aquella noche, Ridolfi, uno de los capitanes de Orso, había anunciado mejor presa: justamente acababa de cazar a una joven muy linda, ¡peor para ella si andaba a tales horas por la calle! Alborotáronse los bebedores; Orso, riendo a carcajadas, ordenó que trajesen a la jovencita, que entró, empujada por los soldados, temblorosa, desgreñado el rubio pelo, y los hombres se engrieron al verla, porque era en verdad soberanamente hermosa.

Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; tendió la mano, apartó los rizos de oro..., y asombrado se echó atrás; en la niña desvalida, dispuesta allí para ultrajarla, veía el rostro de su hija Lucía, las mismas facciones, las mejillas, la frente, sonrojada de vergüenza. -Soltad a esa mujer -gritó Orso-. Que la acompañen a su casa con el mayor respeto.

Que nadie le haga daño... ¡Ay del que toque un cabello de su cabeza! Que se la trate como a mi persona...

Los beodos, atónitos, obedecieron sin comprender. Continuó el festín; pero Orso, preocupado y sombrío, no apuraba la copa. Deseoso Ridolfi de animarle, hizo una seña, entendida al vuelo, y pocos minutos después, un preso moribundo de hambre fue traído a la sala del banquete. Solían divertirse en sacar de su mazmorra a uno de éstos, a quienes desde días antes privaban de alimento; sentarle a la mesa, ofrecerle algún exquisito manjar, y cuando iba a engullirlo, sollozando y aullando de contento, se lo quitaban de la boca y le vertían en ella la ardiente cera de los hachones que alumbraban la orgía.

El preso era joven, y Orso, bromeando, le tendió un plato de asado, humeante, y una copa de «Lácrima»; mas al verle de cerca, profirió una imprecación. Los ojos que le fijaban con doloroso reproche desde aquella extenuada faz de mártir, la boca que le daba las gracias, eran la boca y los ojos de Lucía, su propia mirada, que el padre no podía desconocer, mirada de reflejo cariñoso, luz del alma que busca otra luz igual.

-Que suelten a éste -mandó Orso-. Antes, dadle bien de comer cuanto desee. Y regaladle dos jarros de oro, y vino a discreción... Que se le trate como a mi persona... ¿Lo oís? ¡Cómo a mi persona! Ridolfi, gruñendo, cumplió la orden. Casi al punto mismo en que salía el preso, se presentó en la sala del festín una mujer vieja, con un chiquitín en brazos.

-Piedad, gran señor -exclamaba-, piedad de la criatura que aquí ves. Este pequeño es el hijo de tu cuñado Landolfo dei Fiori, a quien aborreces, y unos soldados, por orden tuya, según dicen, le quieren estrellar contra el muro. Tú no puedes haber dado tan cruel orden, y yo le pongo bajo tu amparo.

Al nombre odiado de Landolfo, Orso se estremeció de furor, y desnudando el puñal, iba a atravesar la garganta del pequeño...; pero éste, apacible, le sonreía, y su sonrisa era la sonrisa encantadora, inolvidable, de Lucía cuando su padre la acariciaba, en los días de la niñez.

Orso, vencido, cayó de rodillas, y golpeándose el pecho empezó a acusarse en voz alta de sus pecados; porque Jesús, fiel a su promesa, acababa de nacer en aquel corazón más oscuro que el abismo infernal.

A la mañana siguiente, Orso recibió la noticia de que su hija había expirado a las doce en punto de la noche.

El tirano se ató una soga al cuello, recorrió descalzo las calles de la ciudad, pidiendo perdón a los habitantes, y, apoyado en un bastón, se alejó lentamente. Nunca se volvió a saber de él. ¡Dichosos aquellos en cuyo corazón nace el Niño!

miércoles, 1 de diciembre de 2010

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Cuento de Navidad

de Emilia Pardo Bazán

Érase un niño enfermizo. Su madre, opulentísima señora, andaba loca con el afán de darle salud, y el médico, fijándose en la índole del padecimiento del niño, decía que, principalmente, dimanaba de una especie de atonía o insensibilidad, efecto de que su sistema nervioso se encontraba como amodorrado o dormido, y no comunicaba al organismo las reacciones vitales y al espíritu la fuerza necesaria. Es decir, que Fernandito, que así le llamaba vivía a medias, como vegetando, lo cual es sobrado para una planta, pero insuficiente para un hombre.

Trataba la madre de despertar por todos los medios la sensibilidad, la imaginación y la vida psíquica de su hijo, sin lograrlo. Le paseaba, le adivinaba los gustos, le traía juguetes y golosinas, y el chico tomaba los juguetes un momento y luego los dejaba caer, con indiferencia, a los pies del sillón en que permanecía lánguidamente sentado meses y meses.

Las golosinas, las probaba apenas; con alguna, sin embargo, se encaprichaba, y era un arma de doble filo, porque le alteraba el estómago, y como el ejercicio y el movimiento no contrastaban los efectos de la glotonería infantil, las indigestiones ponían su vida en peligro.

El desfile de doctores consultados trajo el desfile de sistemas: el pobre Fernandito fue campo de experimentación de los más diversos. Desde el agua fría con sus chorros glaciales, hasta la electricidad, con sus picaduritas de aguja, mordicantes y finas, todo lo hubo de sufrir el cuerpo de Fernando, sometido, por el amor, a torturas que no inventa el odio. Se le paseó de balneario en balneario; se le arrastró de sanatorio en sanatorio, de playa en playa, de altitud en altitud; se le sometió a rigores espartanos, y, como quiera que la ciencia afirmaba que a veces el dolor despierta y fortifica, se llegó al extremo de azotarle con unas varitas delgadas, iguales a las que sirven para batir la crema, mientras la madre, que no quería presenciar la crueldad, se refugiaba en un cuarto interior, tapándose con algodón los oídos...

Fuera no acabar nunca referir cuanto se ensayó y practicó con el desgraciado atónico. El catálogo demostraría hasta qué punto la ciencia contemporánea posee recursos y es rica en ideas y combinaciones. Todos los reinos de la naturaleza; todas las fuerzas mal definidas y estudiadas que al través de ella circulan, concurrieron a la obra de la intentada curación. El novísimo radium, substancia maravillosa, también salió a relucir, y nada. Fernandito, no cabe duda, mejoraba físicamente; su cuerpo, adolescente ya, se fortalecía; pero continuaba dando el mismo lastimoso espectáculo de un pensamiento ausente, de una voluntad muerta, de una conciencia entumecida, de un espíritu yerto. Los músculos obedecían al conjunto de la sabiduría humana; los nervios resistían. Y, para decirlo en estilo vulgar, Fernandito seguía tan tontaina como antes.

Pero el amor -que era la madre- no se cansaba, no se daba por vencido. Cuando, por último, los médicos, fatigados, declararon que, por su parte, estando conseguido lo posible, lo principal, lo demás era, cuestión que había que confiar a la naturaleza misma, la cual se reserva, en sus santuarios, mucho que no ha entregado aún a la investigación humana, aunque es de suponer que un día no tendrá más remedio que entregarlo, la madre, oída la sentencia, irguiose encendida, arrebolada de inspiración... Y juntando las manos, mirando al cielo, imploró como si exigiese:

-Tú, Señor, que me has permitido dar a mi hijo la carne, permite también que le dé el alma.

Desde el punto mismo, dedicose la madre a un trabajo muy activo, muy reservado, que se verificaba en habitaciones completamente independientes de aquéllas en que ella y su hijo vivían. Toda clase de operarios entraban y salían sin cesar, y mujeres jóvenes, envueltas en pieles baratas, arrebujadas en largos abrigos de paño, se reunían allí al anochecer; de las tiendas venían géneros: una instalación complicadísima se realizaba, en una sala que solía estar cerrada siempre, y a las altas horas, el vecindario creía escuchar cantos, músicas, que contrastaban con el silencio habitual de una morada que las tristezas de la enfermedad de Fernandito habían asombrado y entenebrecido siempre. Ocurría esto en los últimos meses del año, cuando iba aproximándose la Navidad.

Y la tarde del día 24, el niño, más amodorrado que nunca, se quejaba mansamente de frío, a pesar de la gran chimenea, en que ardía alta hoguera de leña seca, cuyas llamas regocijaban y derramaban suave calor. Su madre extendió por los hombros de la criatura un mullido abrigo de pieles, y sonriéndole, hablándole mimosa, le advirtió:

-¿No sabes? El Niño Dios ha venido a verte.

Pero estas palabras no despertaban en Fernandito idea alguna. No las entendía. Las repetía lentamente, como en sueños:

-Niño Dios, Niño Dios...

-Y la Virgen -insistía la madre-. Y los angelitos.

-Tengo frío -insistía el muchacho, temblando ligeramente.

Por un instante, sintió la madre que sus esperanzas se fundían, a semejanza de la nieve ligera que acababa de caer y que, suspensa del alero, iba a convertirse en agua y en lodo.

¡Su hijo no tendría alma jamás! ¡Cuanto se intentase, inútil! Y pensaba en lo que sería de ella aquella noche, después de fracasada la tentativa suprema... Porque fracasada la creía, y habría que renunciar a la lucha. Fundaría un convento de caritativas monjas, se retiraría a él y allí viviría con su enfermo sin alma, lejos del mundo, que se ríe de los pobres niños atontados...

Era la hora de acostar a Fernandito, y resignada y desesperada a la vez, fue ella misma, como siempre, a desnudarle y a someterle las sábanas. Quedose luego en vela al lado de la cama. Al acercarse la medianoche, envolviendo rápidamente al niño en pieles tibias, descalzo y todo, lo arrebató como una presa, mientras le repetía al oído:

-¡Ven, que ha nacido Dios y te está llamando!

Cruzando un largo pasillo, abierta una puerta grande, entraron en un salón inmenso, todo obscuro, y al pronto, una luz sola, intensísima, ardió en el espacio, y sus fulgores astrales alumbraron un paisaje sorprendente. Montañas, valles, oasis de palmeras, y, a lo lejos, las torres de una ciudad magnífica, las cúpulas de sus templos, las extremidades de sus minaretes. No era el Nacimiento de cartón, con figuras de barro: por los riachuelos corría agua, los árboles susurraban agitados por el viento, y verdadero césped, salpicado de flores, crecía en los praditos y orillaba las sendas. De pronto, empezó a poblarse el desierto panorama. En el fondo de sombría gruta aparecieron una hermosísima mujer y un hombre de plateada barba, que llevaba en la mano una vara de azucenas. La mujer sostenía en sus brazos un Niño, que acostó en el establo. Al punto mismo, una música divina resonó. Eran cadencias de gozo, la risa fresca del villancico, que huele a tomillo de monte, entremezclada con un alboroto de gorjeos de pájaros, y los pastores empezaron a bajar de la montaña, cantando su tonadilla, llevando corderos, cestillos de frutas, tocando zampoñas, empujándose para llegar más presto. Con ellos, la estrella, majestuosa, caminaba.

Y, parados ante la gruta, se postraron, estirando las jetas, con curiosidad simple y santa, con las manos alzadas, enclavijados los dedos callosos, y la madre de Fernandito, que no apartaba la vista de su hijo, creyó morir, de la impresión que recibía. El muchacho se había incorporado, lentamente, y también en su mirada, como en la de los rústicos cabreros, brillaba la chispa de la curiosidad, llena de ingenua bobería, pero ¡tan humana!, ¡tan humana!

Entre el silencio repentino de la adoración, se alzó un canto celeste, sostenido por los registros más delicados del magnífico órgano eléctrico, oculto en la sala contigua. Eran muchas voces, afinadísimas, unidas en masa coral, elevando el himno, triunfal, glorioso:

«¡Aleluya, aleluya! ¡Nos ha nacido un niño! ¡Aleluya!».

Cogió la madre a su hijo, va con alma, y apretándolo contra un corazón que saltaba de miedo y de ilusión ardorosa, entró con él por los senderos del paisaje. Corría, como si en tal momento no se pudiese perder minuto. Corría, porque Fernando, al oír el cántico, había murmurado bajito:

-¡Qué precioso, mamá! ¡Qué precioso!

Y, ya al pie de la gruta, haciendo apartarse a los pastores con una seña, la madre se arrodilló, y señalando al Niño dormido sobre la paja, murmuró anhelosa, en súplica ardiente:

-¡Bésalo, Fernando!

El muchacho dudó un segundo, como si no entendiese. Al cabo, entre un temblor de vida, con un llanto salvador, con un grito, en que su espíritu nacía, exclamó:

-¡Qué bonito! ¡Qué bonito es el Nene!

Y aplicó los labios a la faz de rosa que despierta, le sonreía...

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cuentos de Marineda

El rizo del Nazareno

de Emilia Pardo Bazán

[editar]El rizo del Nazareno

A la hora en que él cruzó el pórtico del templo lucían las estrellas con vivo centellear en el profundo azul, saturaba la primavera de trépidos y aromosos efluvios el ambiente, hallábanse las calles concurridas, rebosando animación, y los transeúntes cuchicheaban a media voz, fluctuando entre el recogimiento de las recientes plegarias y la expansión bulliciosa provocada por aquella blanda y halagüeña temperatura de abril. Eran casi las once de la noche del Jueves Santo.

Entróse a buen paso mi héroe por la iglesia, en cuya nave se espesaba la atmósfera, impregnada de partículas de cera e incienso. En el altar mayor ardían aún todas las luces del monumento, simétricamente dispuestas, alternando con vasos henchidos de gayas y pomposas flores de papel con ramos de hojarasca de plata, y allá arriba azulados bullones de tul formaban un dosel de nubes, de trecho en trecho cogido por angelitos vivarachos y de rosada carnación, con blancas alas en los hombros, alas impacientes y cortas, que parecían, entre el trémulo chisporroteo de los cirios, estremecerse preludiando el vuelo. Todo el gran frente del altar irradiaba y esplendía como una gloria, envuelto en áureo y caliente vapor, y animado por la continua y parpadeante vibración de las candelas, y las notas de fuerte colorido de los contrahechos ramilletes.

Él avanzó hacia el luminoso foco, atraído por dos negras figuras femeniles -esbeltas a despecho del largo manto que las recataba- que de hinojos ante el presbiterio sobresalían, destacándose encima de aquel fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron, hicieron profunda reverencia al altar, signáronse, y rápidas tomaron hacia la puertecilla de la sacristía, que a la derecha bostezaba, abriéndose como una boca oscura. Echó él inmediatamente tras las figuras, sin cuidarse de dar muestra alguna de respeto cuando pasó frente al Sagrario. Colóse por la misma boca que se había tragado a sus perseguidas y se halló en la sacristía mal alumbrada por mezquino cabo de vela, que iba consumiéndose en una palmatoria puesta sobre la antigua cómoda de nogal, almacén de las vestiduras sacras. En aquel recinto semitenebroso no estaban las damas ya.

Empujó la puerta de salida de la sacristía, que daba a lóbrega y retirada callejuela, y con ojos perspicaces escrutó las sombras, sin que en la angostura del solitario pasadizo viese ondear ningún traje, ni recortarse silueta alguna. Era evidente que se había perdido la pista de la res. Las fugitivas tapadas llegando a las calles principales, confundiéronse, sin duda, entre el gentío. Tras un minuto de indecisión, mi protagonista, a quien me place llamar Diego, encogióse levemente de hombros, y desanduvo lo andado, pero con menos prisa ya, no sin que otorgase una mirada al lugar y objetos circunstantes. Vio las borrosas pinturas pendientes en los muros, el lavabo de cantería con su grifo, los ornatos dispersos aún sobre los bufetes, las crespas pellices que tendían sus brazos blancos, el haz de cirios nuevos abandonado en un rincón, los cajoncitos entreabiertos dejando asomar una punta de cíngulo, todo el caprichoso desorden de la sacristía a última hora. Lentamente penetró de nuevo en la desierta iglesia, y al encararse con el altar, dobló el cuerpo en mecánica cortesía, sin que ningún murmullo de rezo exhalasen sus labios, y alzando la vista al monumento, paróse a contemplar sus refulgentes líneas de luz. Llegaban éstas ya al término de su vida; un hombre vuelto de espaldas a Diego, y encaramado en una escalerilla de mano, las mataba una a una, con ayuda de una luenga y flexible caña, y no transcurría un segundo sin que alguna de aquellas flamígeras pupilas se cerrase. Iban sumergiéndose en golfos de sombra los frescos angelotes, los follajes de oropel y briche, las bermejas rosas artificiales de los tiestos, las estrellas de talco sembradas por el fantástico pabellón de nubes. Buen rato se entretuvo Diego en ver apagarse las efímeras constelaciones del firmamento del altar, y cuando sólo quedaron diez o doce astros luciendo en él, dio media vuelta, propuesto a abandonar el templo. Mas en mitad de la nave mudó instintivamente de rumbo, dirigiéndose a una de las dos capillas que hacían de brazos de la latina cruz que el plano de la iglesia dibujaba. Era la capilla de la izquierda, fronteriza a aquella en cuyos muros encajaba la puerta de la sacristía.

Cerraba la capilla de la izquierda labrada verja de hierro, abierta a la sazón, y en el fondo, delante del retablo lúgubremente cubierto de arriba abajo con paños de luto, descollaban expuestas en sus andas las imágenes que al día siguiente recorrerían las calles de la ciudad formando la dramática procesión de los «Pasos». Fijó Diego la vista en ellas con sumo interés, recordando, mediante una de las fugaces, pero vivísimas reminiscencias que impensadamente suelen retrotraernos a plena niñez, el pueril gozo con que en días muy lejanos ya, más lejanos aún en el espíritu que en el tiempo, trayéndole su madre al propio sitio, y elevándole en sus brazos, besaba él devotamente la orla bordada de la túnica de aquel mismo Nazareno. Absorto en tales remembranzas, consideraba Diego el aspecto de la capilla. Artista y observador, parecíale mirar y comprender ahora las imágenes de muy otro modo que lo hiciera allá en los albores de su infancia. Entonces eran para él símbolos del Cielo, invocado en sus cándidas oraciones; habitantes de una comarca felicísima, hacia la cual él deseaba remontarse por un impulso de las alas de querubín que en su espalda prendía la inocencia. Hoy le inspiraba igual curiosidad que un objeto cualquiera de arte. Advertía sus detalles mínimos, las desmenuzaba, las profanaba mentalmente tasándolas en su precio neto, según la destreza del escultor que las labrara o los conocimientos en indumentaria de la costurera que cortó y dispuso los trajes. Sonrióse al distinguir en la túnica del Nazareno unas franjas de ornamentación de gusto renacientes, y al notar que la soldadesca de Pilatos vestía, de medio cuerpo abajo, a la usanza española del siglo XVI, mientras Berenice, la tradicional «Verónica», lucía brial de joyante seda al estilo medieval. Anacronismos que entretuvieron a Diego no poco, dándole ocasión de reconstruir en su mente, una por una, las impresiones de la edad en que acudía a visitar la capilla con erudición más corta y alma más sencilla y amante. En aquel punto y hora se encontraba Diego en la iglesia merced al más irreverente de cuantos azares existen: el azar de seguir los pasos a una bella mujer, largo tiempo rondada sin fruto, y cuyo desdén hizo de martillo que arrancase chispas al indiferente y helado corazón de Diego, bastando a empeñarle con ardiente ahínco en la demanda. De seguro que a no haber visto dirigirse a la gentil dama con su más familiar amiga -ambas rebozadas en tupidos velos- camino de la iglesia, donde se rezan las estaciones en aquella noche solemne; a no pensar que la hora, el tropel de gente arremolinada en el pórtico, brindaban ocasión favorable de poner con disimulo rendido billete en unas manos quizá en secreto ansiosas de recibirlo..., no se anduviera él en tal razón en la capilla, sino en su casa, leyendo a la clara luz del quinqué los diarios, o respirando en el balcón la regalada brisa nocturna.

Mas como quiera que fuese, es lo cierto que había venido a dar a la capilla, y con la oleada de recuerdos infantiles olvidárase ya del galanteo, concentrando su atención toda en las imágenes que suavemente le conducían a los linderos del pasado. Parecíale tomar otra vez posesión de comarcas de antiguo perdidas, y con ellas recobrar la sencillez de su pericia venturosa. Allí estaba el San Juan, el amado discípulo, de rostro lindo y femenil, con su túnica verde, su manto rojo y sus bucles castaños, que caen como lluvia de flores en derredor de las impúberes mejillas y de la ebúrnea garganta. Allí, la Virgen Madre, pálida y orlados los ojos del dolor, tendidos los brazos, cruzadas con angustia las manos, arrastrando luengos lutos, trucidado por siete puñales el pecho. Allí, la «Verónica», pía, de arrogante hermosura, cubierta de galas y preseas, recamado de oro el rico velo de blanquísimo tisú, turbado el semblante con lástima infinita, presentando el limpio pañuelo que ha de enjugar el sudor de la sacrosanta Faz. Allí, los verdugos -que en otro tiempo hacían a Diego temblar de horror-, los sayones, de torvas cataduras y velludas fisonomías, de chatas frentes y cuerpos color de ocre, ostentando en la cabeza duro capacete o aplastado turbante, desnudo el torso, señalando con violentas actitudes la recia musculatura de sus fornidos brazos, tirando de las sogas o apretando, amenazadores, los iracundos puños. Allí, por último, el Nazareno, agobiado con el peso de su túnica de terciopelo oscuro, cuajada de palmas y cenefas de oro y sujeta por grueso cordón de anchos borlones, macilento y cadavérico rostro, apenas visible entre los flotantes rizos de la cabellera y las espirales de la ondeada barba virgen; el Nazareno, triste, de penetrantes ojos y cárdenos labios, de frente donde se hincan los abrojos de la corona, arrancando denegridas gotas de sangre. ¡Caso peregrino de verdad! Conocía Diego al dedillo las reglas de la estética y las teorías artísticas; sabía de sobra que el arte condena, severo, las imágenes llamadas «de vestir», sancionando las de bulto, donde el cincel puede revelar la armonía de las formas bajo el plegado de los paños. Y, no obstante, nunca maravillosa estatua, labrada en puro mármol pentélico por el artista más insigne de la antigua Grecia, le causara la honda impresión que aquella imagen ataviada por la ignorante piedad, sin tomar en cuenta los preceptos del arte ni las investigaciones arqueológicas. Tal era la fuerza y viveza de sus sentimientos ante la efigie, que creía notar en los labios el contacto de la rígida orla de la túnica; y, movido de curiosidad, deseando probar si algo del hombre de antaño sobrevivía en el de hogaño, miró alrededor, no fuera que estuviese oculto en los rincones de la capilla alguien que pudiese soltar la carcajada; y a falta de otro público, rióse él mismo al poner la boca en la fimbria del traje del Divino Nazareno. Alzóse, y a manera de disculpa, se alegó a sí propio que también los que en edad varonil vuelven al jardín donde, infantes, jugaron, gustan de esconderse en los bosquecillos como solían, por renovar el recuerdo de las alegres horas de ayer.

Hecho este soliloquio, resolvió Diego dejar definitivamente la capilla y la iglesia, que así lo pedía lo avanzado de la hora. Consagró la postrer mirada a las imágenes, cuyas vestiduras, al reflejo de la lámpara colgada de la techumbre y a la flava luz de dos altos blandones fijos en las andas, destellaban oro y colores, y, sin hacer genuflexión ni acatamiento alguno, pasó la verja. Estaba el templo del todo sombrío: en el monumento, negro y mudo ya, ni aun oscilaba el rojizo tufo de los pabilos recién apagados; apenas combatía las tinieblas de la nave el vago fulgor de los hachones de la capilla. Diego fue derechamente a una de las puertas que salían al vestíbulo del pórtico, empujóla con suavidad primero y fuerte después, y no sin gran sorpresa advirtió que resistían las hojas; la puerta estaba cerrada. Acudió Diego a la otra, y con mano impaciente buscó el pestillo; clausura completa. Palpó, nervioso y trémulo requiriendo la llave, que de fijo descansaría en la faltriquera del sacristán, puesto que estaba ausente de la cerradura. Entonces atravesó Diego apresuradamente la nave, y, llegándose a la puerta de la sacristía, probó a abrirla a tientas; empresa no menos vana que las anteriores. Herméticamente cerradas se encontraban todas las salidas del templo.

Hizo el mancebo ademanes de despecho y enfado. Su situación era clara: preso toda la noche en la iglesia. Mientras se embebecía en la contemplación de las imágenes, el sacristán, menos soñador y distraído, se recogía a saborear la colación en familia, cerrando bien antes. Diego torció y mordió con enojo su mostacho y meneó la cabeza, como diciendo: «Vamos a ver: ¿Y qué hago yo ahora?» Meditó varios expedientes, y ninguno tuvo por aplicable. Podría acaso, con sus vigorosos puños, forzar las cerraduras de las endebles puertas interiores; pero le detendría la fortísima exterior del pórtico, o la no menos resistente, aunque más baja, de la sacristía por la parte de la calle. ¿Y qué escándalo no iba a causar en la ciudad al verle a él, pacífico ciudadano, forzando puertas de templos, ni más ni menos que un burlador de capa y espada? Ocurriósele también gritar; acaso el sacristán, atareado aún en la sacristía, le oyese; pero inexplicable recelo embargó su voz, temiendo verla apagarse sin eco en la alta bóveda; además, algo pueril había en los gritos, que repugnaba a Diego. En estas imaginaciones transcurrieron diez minutos de angustia penosa; pero al cabo acudió la reflexión. Si el verse obligado a pernoctar en una iglesia no es recreativa aventura, tampoco grave mal ni terrible desdicha. Seguramente no se divertiría mucho Diego en la mansión sagrada; mas, en cambio, podría dormir a sus anchas, sin temor de que ningún importuno viniese a interrumpirle. Tratábase no más que de una noche, y mitad de ella era ya por filo, según anunció el reloj de la torre sonando doce lentas campanadas. Faltaban para la aurora, en aquella estación del año, cinco horas apenas, que bien podían dormirse en un banco, por duro que fuese. Antes de la del alba vendría el sacristán a franquear las puertas, a disponerlo todo para los divinos oficios, y entonces cátate a Diego libre y volando a su casa, a tenderse entre sábanas delgadas y limpias, a dormir hasta las once y a levantarse después para vez cómo sentaba la negra mantilla de fondo al talle de su perseguida beldad. Todo este raciocinio hilvanó el magín de Diego en un abrir y cerrar de ojos. Y pararon sus cálculos en resignarse y acogerse, atraído por las luces, a la capilla del Nazareno.

Ardían más amarillentos que nunca los cirios, soltando goterones de cera derretida, que a veces caían, y con rebote sordo se aplastaban en los palos de las andas de las imágenes. Reinaba, visible y palpable casi, el silencio. Diego se sentó en un banco, recostando la cabeza en la rinconada que formaba la saliente de un confesonario, y el crujido del duro asiento, al recibir el peso de su cuerpo, le sonó extrañamente. Trató de dormir, pero no acertaba a cerrar los ojos y recogerse para conciliar el sueño. Estorbábale mucho la absoluta tranquilidad del recinto, tranquilidad que agigantaba hasta el chisporroteo de los blandones. Aquella callada atmósfera estaba llena de cosas inexplicables e incomprensibles, que Diego percibía sin embargo. Quejas ahogadas, silabeo de oraciones en voz baja, grave salmodia de responsos, abrasadores lágrimas de arrepentimiento, sofocados suspiros flotaban en el ambiente como seres incorpóreos, como moléculas del incienso evaporado en el aire, como átomos de mirra quemada ante el ara; dijérase que las almas de cuantos allí imploraron del Cielo paz o perdón se habían quedado cautivas en el círculo de los altos muros de la capilla. Diego se dio a creer que menos le turbarían acaso los siniestros rumores de derruido templo ojival donde mugiese el viento, silbase el cárabo y la corneja graznase, que el perfecto reposo de aquella iglesia moderna; y la aprensión más singular de cuantas le asaltaban, la más rara idea sugerida por el misterioso silencio, era la de figurarse que no se hallaba «solo». Por mucho que combatiese tan ridícula suposición, no podía arrancarse de la mente el pensamiento de que allí había alguien, o, mejor dicho, mucha gente, muchos ojos que le miraban atentos, muchos cuerpos vueltos hacia él. Sacudió la cabeza, pasóse repetidas veces la mano por la frente, que comenzaba a arder; reclinóse de nuevo en el ángulo y probó a dormirse. Pero no es dado gozar el bálsamo del sueño a quien más lo solicita; antes suele huirnos cuando lo invocamos para aplacar la excesiva tensión de nuestros nervios y las tempestades de nuestro espíritu. Cerrados los párpados, no se disipó la indefinible zozobra de Diego. Parecíale oír tenues oscilaciones del aire, pisadas muy quedas, vagos murmullos, balbuceos trémulos, chasquidos leves, suave crujir de ricas estrofas, ráfagas de viento empujadas por manos que se tendían para acariciarle o cortadas por armas que descendían para herirle. No pudo sufrir más; mal de su grado se le despegaban los párpados violentamente retraídos por sus músculos tensores. Miró.

Las imágenes se erguían, inmóviles, en las andas; los ciriales alumbraban en paz. Diego respiró ampliamente, increpándose a sí mismo. No se reirían poco mañana sus compañeros de mesa de café si cometiese la simpleza de contarles cuán extrañas sinfonías entonan a las altas horas de la noche las capillas desiertas.

Tranquilo ya, recorrió otra vez con la vista las efigies todas, y, cautivado, detúvose en la del Nazareno. Era ésta la que más próxima tenía; veíala de frente, y de costado a las demás. Consideró primero el traje y después el macilento rostro. Y volvió a notar lo convencional del criterio estético, observando el efecto sorprendente de realidad de los ojos de la imagen, que eran de cristal, ni más ni menos que los de los animales disecados. Fuese que la luz de las velas se quebrara en ellos de modo especial, fuese que la densa sombra de la abundosa cabellera les prestase reflejos de agua profunda, el caso es que los ojos tan pronto despedían centellas como semejaban a Diego velados por turbia cortina de llanto. Hasta llegó un instante en que de los lagrimales a las flacas mejillas creyó Diego, asombrado, deslizarse unas gotas, que, al llegar a la negra barba, se quedaron frescas y relucientes como el rocío en la tela de araña campesina. Sintió impulsos de levantarse y contemplar de cerca el prodigio; mas al punto se calificó de necio rematado si tal hiciese. No creía en lo sobrenatural, y mejor que admitir que llorase un Nazareno de madera tuviérase a sí propio por demente y visionario. Sus ojos, deslumbrados por los hachones, y no los de vidrio de la imagen, eran causa del fenómeno. No obstante, mágica fascinación prendía sus pupilas a aquellas otras pupilas llorosas y mansas. Una especie de estremecimiento magnético le hizo temblar de frío, y quiso dirigir la visual a otra parte; imposible: los ojos del Nazareno no buscaban con empeño tal, preguntaban tan imperiosamente, que era fuerza contestarles. ¡Por vida de Diego! Lo que procedía era irse derechito a la efigie, mirarla de cerca, tocar su rostro de palo, sus ojos de cristal, y reírse después. Sí: esto era lo sensato, lo cuerdo, lo que cualquier hombre que tenga cabales sus potencias opina a las doce del día, después de almorzar y fumando un cigarro. Pero a igual hora de la noche, sin haber cenado, cautivo en una iglesia solitaria, en compañía de un Nazareno al que alumbran cirios, es verosímil que el mismo hombre hiciese lo que Diego; levantarse con ademán brusco, pasar ante el Nazareno, clavada la vista en tierra, por librarse del imán de sus ojos, y refugiarse en el interior del confesonario, cuyas paredes, de madera, caladas en un pequeño espacio por menudilla rejilla, se interpusieron entre él y las imágenes, procurándole una especie de alcoba, dura y estrecha, sí, pero al cabo retirada.

Mas ni por sepultarse en tal escondite cesó Diego de tiritar y sentir zumbidos en las sienes, y dolorosa percepción del curso de la sangre por las venas de su cerebro. A través de la apretada rejilla, parecíale que los trágicos personajes del poema de la Pasión no estaban ya en sus andas, sino en el suelo muy cerca de él, tocando con las murallas de leño de su guarida. Oía choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de lanza sobre baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas imprecaciones, blasfemias cínicas, sollozos desgarradores arrancados de mujeriles pechos. Y también llególe el son de roncas trompetas y destemplados tambores, y, de tiempo en tiempo, el choque mate de un objeto pesado contra la tierra. Parecía como si cantasen un coro a telón corrido; pero con tal maestría, que cada voz se destacaba aisladamente entre las demás sin romper el concierto. Diego se apretaba la cabeza y tapábase los oídos con las manos; mas de pronto, las tablas del confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el espectáculo que adivinaba: el telón subió y apareció la escena.

No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban los pálidos blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por él hasta empinarse a la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero como flexible sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su cénit, pero de luz turbia y lívida, iluminaba, sin regocijarlo, el paisaje. Sus reflejos arrancaban vislumbres como de fuego y sangre a las armaduras, a los yelmos, a los hierros de lanza, a las águilas posadas en los pendones de la centuria de romanos jinetes que, indiferentes y marciales, arrendando sus briosos potros, daban escolta al cortejo. A ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo, mujeres y niños los más que, llorando y plañendo, maltratados a veces por la cohorte, se unían al grupo central de la lúgubre procesión. Formaban este grupo los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que bullían en torno de un hombre vestido con túnica nazarena.

Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distinguía entre los copiosos y enmarañados bucles de su cabellera oscura, manchada de polvo y sangre, llevaba ceñida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus hombros el árbol de enorme y pesada cruz, y sus pies descalzos y llagados pisaban dolorosamente los guijarros del camino. Apurábanle los sayones porque apretase el paso y llegase más presto al lugar del suplicio; cuál le descargaba fuerte puñada en los lomos; cuál le sacudía tremendo bofetón en la faz o le tiraba despiadadamente de los mechones del cabello. Diego miró con horror a los sicarios, y se lanzó hacia el grupo, deseoso de socorrer a la víctima; pero al alzar la mano para abrirse paso y apartarlos, halló que rodeaba su muñeca gruesa soga, pasada al cuello del reo. Entonces convirtió la vista a sí propio, y advirtió con espanto que tenía la propia semejanza y figura de uno de aquellos feroces jayanes. Desnudos llevaba como ellos pecho y espalda; sujeto a la cintura, breve faldellín; pendiente del cinto de cuero, una bolsa con martillo, tenaza y provisión de férreos clavos. Quiso entonces desasirse de la cuerda maldita; tiró y logró solamente lastimar los lacerados hombros del reo que exhaló suave quejido. Siguió su marcha la comitiva, y Diego, confundido con ella, mecánicamente, como paja a quien arrastran las ondas del mar. Andados algunos pasos, los pies de la víctima tropezaron con una cortante piedra y desplomóse sobre las rodillas, abrumado por la cruz. Intentó Diego ayudarle a incorporarse; mas la soga volvió a rozar el herido cuello, y el reo a gemir.

Haciéndose cada vez más agria la cuesta, más grave el peso, aún vaciló y cayó, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y entonces, como echase atrás la cabeza, apartáronse los descompuestos bucles y quedó patente el rostro maltratado y escupido, los dulces labios marchitos como pisoteada flor, la bella barba horquillada y rizosa, la cándida frente claveteada de espinas, los serenos abismos de los ojos, que con ternura y paz miraban en torno de sí. Diego sintió como si le traspasase el corazón agudo y penetrante dardo, y las entrañas se le conmovieron y derritieron de pena. «Álzate, sigue», vociferaban los verdugos en una lengua extraña, que Diego entendía, sin embargo; y se precipitaron sobre el Nazareno, para levantarle de grado o por fuerza. Cogido Diego en el vórtice del viviente remolino, extendió también los brazos y asió los del reo a tientas, según pudo entre la confusión; oyóse un clamor de agonía, contestaron a él las hijas de Jerusalén con histérico llanto, y Diego vio que las sienes de Jesús chorreaban sangre, y sintió en sus dedos un contacto blando, elástico, acariciador; enroscábase a ellos un rizo, arrancado de la frente del Nazareno.

..............................

Despertóse Diego en su lecho, rodeado de solícitos amigos, que le velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin pulso sobre el frío pavimento de la capilla, delante de las andas.

Ya tornaba a la vida y había en sus mejillas color, en sus pupilas luz e inteligencia. Recobrándose poco a poco, incorporado sobre la almohada, fue recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos y reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanchó el pecho, respirando con desahogo, y murmuró:

-¡Qué pesadilla!

Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado y sedoso, como piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba con la yema del pulgar y envolvía su dedo índice. Sus ojos quedaron fijos y dilatados, abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el rizo.

«La Revista de España», tomo LXVII, 1880.

viernes, 1 de octubre de 2010

Cuentos de Marineda

El indulto

de Emilia Pardo Bazán

De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío, la que refregaba con mayor desaliento. A veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.

Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo, a media voz, entretejido con exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios. Nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio extramuros, y que la familia vivía con desahogo, gracias al asiduo trabajo de Antonia y a los cuartejos ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fue asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del arcón donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro. Nadie, tampoco, el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia, según esta misma declaraba, añadiendo que desde tiempo atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra, con el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo, el acusado hizo por probar la coartada, valiéndose del testimonio de dos o tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el asunto, que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fue tan indulgente la opinión como la ley: además de la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató a la vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como las que los matachines dan a los cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de cortar carne. Para el pueblo no cabía duda en que el culpable debió subir al cadalso. Y el destino de Antonia comenzó a infundir sagrado terror cuando fue esparciéndose el rumor de que su marido «se la había jurado» para el día en que saliese del presidio, por acusarle. La desdichada quedaba encinta, y el asesino la dejó avisada de que, a su vuelta, se contase entre los difuntos.

Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo, tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que desde el crimen la aquejaban. Y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho dieron de mamar por turno a la criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.

¡Veinte años de cadena! En veinte años -pensaba ella para sus adentros-, él se puede morir o me puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía.

La hipótesis de la muerte natural no la asustaba, pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas vecinas la consolaban indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida se arrepintiese, se enmendase, o, como decían ellas, «se volviese de mejor idea». Meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:

-¿Eso él? ¿De mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro...

Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.

En fin: veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele a Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, o que la ancha boca del presidio, que se había tragado al culpable, no le devolvería jamás; o que aquella ley que al cabo supo castigar el primer crimen sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora; mano de hierro que la sostendría al borde del abismo. Así es que a sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.

¡Singular enlace el de los acontecimientos!

No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y con el pecho cargado de condecoraciones daba la mano ante el ara a una princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuenta a una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:

-Mi madre... ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!

El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó a Antonia. Algunas se dedicaron a arreglar la comida del niño; otras animaban a la madre del mejor modo que sabían. ¡Era bien tonta en afligirse así! ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había Gobierno, gracias a Dios, y Audiencia y serenos; se podía acudir a los celadores, al alcalde...

-¡Qué alcalde! -decía ella con hosca mirada y apagado acento.

-O al gobernador, o al regente, o al jefe de municipales. Había que ir a un abogado, saber lo que dispone la ley...

Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar a su marido para que le «metiese un miedo» al picarón; otra, resuelta y morena, se brindó a quedarse todas las noches a dormir en casa de la asistenta. En suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió a intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse consultar a un jurisperito, a ver qué recetaba.

Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo a preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de protegerla, obligaba a la hija de la víctima a vivir bajo el mismo techo, maritalmente con el asesino!

-¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran! -clamaba indignado el coro-. ¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?

-Dice que nos podemos separar... después de una cosa que le llaman divorcio.

-¿Y qué es divorcio, mujer?

-Un pleito muy largo.

Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acaban nunca, y peor aún si se acaban, porque los pierde siempre el inocente y el pobre.

-Y para eso -añadió la asistenta- tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.

-¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado a la madre? ¿Eso no era mal trato? ¿Eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?

-Pero como nadie lo oyó... Dice el abogado que se quieren pruebas claras...

Se armó una especie de motín. Había mujeres determinadas a hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contraindulto. Y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fue la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo socorro.

Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada a sus humildes quehaceres. Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo creyó hacer un favor a aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole como la reina iba a parir, y habría indulto, de fijo.

Fregaba la asistenta los pisos, y al oír tales anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas a la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. A los recados que le enviaban de las casas respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos a labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó a esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿Por qué le había de coger el indulto a su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; ¡matar a la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena volvía a presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pie del catre.

Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah! Si habían de matarla, mejor era dejarse morir!

Solo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.

-Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?

Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó a andar camino del lavadero. A las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.

¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida e iba a retirarse? ¿Inventóla alguien con fin caritativo, o fue uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos, o los individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oírlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.

-Pero ¿de veras murió? -preguntaban las madrugadoras a las recién llegadas.

-Si, mujer...

-Yo lo oí en el mercado...

-Yo, en la tienda...,

-¿A ti quién te lo dijo?

-A mí, mi marido.

-¿Y a tu marido?

-El asistente del capitán.

-¿Y al asistente?

-Su amo...

Aquí ya la autoridad pareció suficiente y nadie quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en víspera de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la asistenta alzó la cabeza y por primera vez se tiñeron sus mejillas de un sano color y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría, justa. Las lágrimas se agolpaban a sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el crimen se había «quedado cortada», es decir, sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido que a la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía ser falsa la nueva.

Aquella noche, Antonia se retiró a su cama más tarde que de costumbre, porque fue a buscar a su hijo a la escuela de párvulos, y le compró rosquillas de «jinete», con otras golosinas que el chico deseaba hacía tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la vida y en volver a tomar posesión de ella.

Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito que subía a los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.

Era él. Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que, aterrado, se le cogió a las faldas. El marido habló.

-¡Mal contabas conmigo ahora! -murmuró con acento ronco, pero tranquilo.

Y al sonido de aquella voz donde Antonia creía oír vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo a su hijo en brazos, echó a correr hacia la puerta.

El hombre se interpuso.

-¡Eh..., chst! ¿Adónde vamos, patrona? -silabeó con su ironía de presidiario-. ¿A alborotar el barrio a estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!

Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente: ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía; pero, al fin, era su padre! Levantóle en alto y le acercó a la luz.

-¿Ese es el chiquillo? -murmuró el presidiario, y descolgando el candil llególo al rostro del chico.

Éste guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara, como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase a su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.

-¡Qué chiquillo tan feo! -gruñó el padre, colgando de nuevo el candil-. Parece que lo chuparon las brujas.

Antonia sin soltar al niño, se arrimó a la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas alrededor, y veía lucecitas azules en el aire.

-A ver: ¿No hay nada de comer aquí? -pronunció el marido.

Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenzó a dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas. Sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se esmeraba sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo. Sentóse el presidiario y empezó a comer con voracidad, menudeando los tragos de vino. Ella permanecía de pie, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado y seco que relucía con este barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez más y la convidó.

-No tengo voluntad... -balbució Antonia: y el vino, al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.

Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el plato más bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y mascando grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla. Ella, después, cerraría a cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oiría sus gritos. ¡Solo que, probablemente, le sería imposible a ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El marido, apenas se vio saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña y encendió sosegadamente el pitillo en el candil.

-¡Chst!... ¿Adónde vamos? -gritó viendo que su mujer hacía un movimiento disimulado hacia la puerta-. Tengamos la fiesta en paz.

-A acostar al pequeño -contestó ella sin saber lo que decía. Y refugióse en la habitación contigua llevando a su hijo en brazos. De seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su madre. Pared por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria que siguió a la muerte de la vieja obligó a Antonia a vender la cama matrimonial y usar la de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba a desnudar al niño, que ahora se atrevía a sollozar más fuerte, apoyado en su seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.

Antonia le vio echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último, acostarse en el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar. Si su marido abriese una navaja, la asustaría menos quizá que mostrando tan horrible sosiego. El se estiraba y revolvía en las sábanas, apurando la colilla y suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y limpia.

-¿Y tú? -exclamó dirigiéndose a Antonia-. ¿Qué haces ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?

-Yo... no tengo sueño -tartamudeó ella, dando diente con diente.

-¿Qué falta hace tener sueño? ¡Si irás a pasar la noche de centinela!

-Ahí... ahí..., no... cabemos... Duerme tú... Yo aquí, de cualquier modo...

Él soltó dos o tres palabras gordas.

-¿Me tienes miedo o asco, o qué rayo es esto? A ver como te acuestas, o si no...

Incorporóse el marido, y extendiendo las manos, mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de la esclava, empezaba a desnudarse. Sus dedos apresurados rompían las cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En un rincón del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño...

Y el niño fue quien, gritando desesperadamente llamó al amanecer a las vecinas que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no logró sacarle gota de sangre. Falleció a las veinticuatro horas, de muerte natural, pues no tenía lesión alguna. El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía echó a correr como un loco.

«La Revista Ibérica», núm. 1, 1883.