La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

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La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

domingo, 1 de febrero de 2009

Casi artista

de Emilia Pardo Bazán

Después de una semana de zarandeo, del Gobierno Civil a las oficinas municipales, y de las tabernas al taller donde él trabajaba -es un modo de decir-, preguntando a todos y a «todas», con los ojos como puños y el pañuelo echado a la cara para esconder el sofoco de la vergüenza, Dolores, la Cartera -apodábanla así por haber sido cartero su padre-, se retiró a su tugurio con el alma más triste que el día, y éste era de los turbios, revueltos y anegruzados de Marineda, en que la bóveda del cielo parece descender hacia la tierra para aplastarla, con la indiferencia suprema del hermoso dosel por lo que ocurre y duele más abajo...

Sentose en una silleta paticoja y lloró amargamente. No cabía duda que aquel pillo había embarcado para América. Dinero no tenía; pero ya se sabe que ahora facilitan tales cosas, garantizando desde allá el billete. En Buenos Aires no van a saber que el carpintero a quien llaman para ejercer su oficio es un borracho y deja en su tierra obligaciones. La ley dicen que prohíbe que se embarquen los casados sin permiso de sus mujeres... ¡Sí, fíate en la ley! Ella, a prohibir, y los tunos, a embarcar... y los señorones y las autoridades, a hacerles la capa..., ¡y arriba!

Bebedor y holgazán, mujeriego, timbista y perdido como era su Frutos, alias Verderón, siempre acompañaba y traía a casa una corteza de pan... Corteza escasa, reseca, insegura; pero corteza al fin. Por eso (y no por amorosos melindres que la miseria suprime pronto) lloraba Dolores la desaparición, y mientras corría su llanto, discurría qué hacer para llenar las dos boquitas ansiosas de los niños.

Acordose de que allá en tiempos fue pizpireta aprendiza en un taller que surtía de ropa blanca a un almacén de la calle Mayor. Casada, había olvidado la aguja, y ahora, ante la necesidad, volvía a pensar en su dedal de acero gastado por el uso y sus tijeras sutiles pendientes de la cintura. A boca de noche, abochornada -¡como si fuera ella quien hubiese hecho el mal!-, se deslizó en el almacén, y en voz baja pidió labor «para su casa», pues no podía abandonar a las criaturas... La retribución, irrisoria; no hay nada peor pagado que «lo blanco»...

Dolores no la discutió. Era la corteza -muy dura, muy menguada, eventual- que volvía a su hogar pobre...

Corrió el tiempo. Habitaba hoy la Cartera un piso modesto, limpio, con vista al mar: su chico concurría a un colegio; la pequeña ayudaba a su madre, entre las oficialas del obrador. Porque Dolores tenía obrador y oficialas; hacía por cuenta propia equipos, canastillas, y poseía una clientela de señoras, que iban personalmente a encargar, probar y charlar su rato.

-¡Buena mujer! ¡Y muy puntual, y habilísima! -repetían al bajar las escaleras, despidiéndose todavía, con una sonrisa, de la costurera, que salía al descansillo, a murmurar por última vez:

-Se hará, señora... No tenga cuidado... Como guste...

Así se ha ganado la parroquia, por medio de humildades dulces, de discretas confidencias de esas penas domésticas con que toda hembra simpatiza, y poniendo cuidado exquisito en entregar la labor deslumbrante de blancura, primorosa de cosido y rematado, espumosa de valenciennes, hecha un merengue a fuerza de esmero. Con la reputación de tantas virtudes obreras vino el crédito, el desahogo; con el desahogo, el trabajo suave y halagador y el cariño intenso del artífice a la obra perfecta, en la cual se recrea y goza antes de enviarla a su destino. En la Cartera había desaparecido la esposa del carpintero vicioso, chapucero y zafio, en chancletas y desgreñada, y nacido una pulcra trabajadora, semiartista, encantada, aun desinteresadamente, con los lazos de seda crespos y coquetones, los entredoses y calados de filigrana, las ondulaciones flexibles de la batista y las gracias del corte, que señala y realza las líneas del cuerpo femenil. Algo de la delicadeza de su trabajo se había comunicado a todo su vivir, a su manera de cuidar a los niños, al claro aseo de sus habitaciones, a la frugalidad de su mesa. Aunque todavía fresca y apetecible, la Cartera guardaba su honra con cuidado religioso -no por miramientos al pillo, de quien no se sabía palabra, sino porque esas cosas estropean la vida y dan mal nombre-, y era preciso que a su casa viniesen sin recelo sus parroquianas, las señoras principales...

Extendida estaba sobre las mesas del obrador una canastilla de hijo de millonario -la más cara y completa que le había encargado a la costurera, un poema de incrustaciones, realces y pliegues-, cuando se entró habitación adelante, entre las risas fisgonas de las oficialas un hombre de trazas equívocas. Venía fumando un pitillo, y al preguntar por «Dolores» y oír que no se podía hablar con ella -lo cual era un modo de despedirle-, soltó a la vez un terno y la colilla ardiendo; el terno sólo produjo alarma en las chiquillas; la colilla, chamuscó el encaje de Richelieu de una sábana de cuna.

-¡Soy su marido! -gritó el intruso-, y a cualquier hora «me se» figura que la podré ver...

No cabía réplica. Corrieron a avisar a la maestra; se presentó temblona, y se retiraron a un cuarto, allá dentro. No se sabe lo que conversarían; acaso el Verderón confesase que se hallaba ya convencido de que también en el Nuevo Continente tienen la absurda exigencia de que se trabaje, si se ha de ganar la plata... Lo cierto es que se hizo un convenio: el Verderón comería a cuenta de su mujer, y hasta bebería y fumaría, comprometiéndose a respetar la labor de ella, su negocio, su industria ya fundada, su arte elegante. Y Frutos prometió.

Mas no era el holgazán del escaso número de los que cumplen lo pactado, y su orgullo de varón y dueño tampoco se avenía a aquella dependencia, a aquel papel accesorio... ¡Vamos, que él tenía derecho a entrar y salir en «su casa» cuándo y cómo se le antojase! ¡Bueno fuera que por cuatro pingos de cuatro señorones que venían allí se le privase de pasarse horas en el taller requebrando a las oficialas! Y así lo hizo, a pesar del enojo y las protestas de Dolores.

-Tienes celos, ¿eh, salada? -preguntábale él, sarcástico.

-¡Celos! -repetía ella-. Si te gustan las oficialas, llévatelas a todas..., pero fuera de aquí, ¡entiendes!... A un sitio en que tus diversiones no me manchen la labor. ¡Eso no! Eso no te lo aguanto y te lo aviso... ¡No me toca a mis encargos un puerco como tú!

Con la malicia de los borrachos, así que Frutos comprendió que ahí le dolía a su mujer, empezó a meterse con la ropa blanca. Escupía en el suelo, tiraba los cigarros sin mirar, manoseaba las prendas, se ponía las enaguas bromeando, se probaba los camisones. Naturalmente, cualquier desmán de las oficialas lo disculpaban achacándolo al marido de la señora maestra. Venían ya quejas de clientes, recados agrios: el descrédito que principia... Un día «se perdieron» unos ricos almohadones... Dolores averiguó que estaban empeñados por Frutos para beber.

Una tarde de exposición de equipo de novia, anunciada hasta en periódicos, el carpintero volvió a su casa chispo y maligno. La madre de la novia, la novia y parte de la familia examinaban el ajuar. Entró el Verderón, y su boca hedionda, de alcohólico, comenzó a disparar pullas picantes, a glosar, en el vocabulario de la taberna, los pantalones y los corsés, las prendas íntimas, florecidas de azahar... Cuando las señoras hubieron escapado, despavoridas e indignadas, exigiendo el envío inmediato de su ropa y jurando no volver más a tal casa y contárselo a las amigas, Dolores, pálida, tranquila, se plantó ante el esposo.

-Vuelve a hacer lo que hiciste hoy... y sales de aquí y no entras nunca...

-¿Tú a mí? -rugió el borracho-. ¿Tú a mí? Ahora mismo voy a patear esas payaserías que haces... ¿Ves? Las pateo porque me da la gana.

Y agarrando a puñados las blancuras vaporosas de tela diáfana, orladas de encajes preciosos, las echó al suelo, danzando encima con sus zapatos sucios... Dolores se arrojó sobre él... La pacífica, la mansa, la sufrida de tantos años se había vuelto leona. Defendía su labor, defendía, no ya la corteza para comer, sino el ideal de hermosura cifrado en la obra. Sus manos arañaron, sus pies magullaron, la vara de metrar puntilla fue arma terrible... Apaleado, subyugado, huyó Verderón a la antesala y abrió la puerta para evadirse. Todavía allí Dolores le perseguía, y el borracho, tropezando, rodó la escalera. La cabeza fue a rebotar contra los últimos peldaños, de piedra granítica, quedando tendido inerte en el fondo del portal... Su mujer, atónita, no comprendía... ¿Era ella quien había sacudido así? ¿Era ella la que todavía apretaba la vara hecha astillas?... El chiquillo de una oficiala que subía la aterró... El hombre no se movía, y por su sien corría un hilo de sangre.

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