La autora - Biografía

Emilia Pardo Bazán nace el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda". Hija única de don José Pardo Bazán y Mosquera y de doña Amalia de la Rúa Figueroa y Somoza, recibe una educación esmerada.

Lectora infatigable desde los 8 años, a los nueve compuso sus primeros versos, y a los quince su primer cuento, Un matrimonio del siglo XIX, que envió al Almanaque de La Soberanía Nacional, y que sería el primero de los numerosísimos -cerca de 600- que publicaría a lo largo de su vida.

Su formación se completó en la capital de España, donde solía pasar los inviernos la familia, debido a las actividades políticas de su padre, militante en el partido liberal progresista.

El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Emilia tenía 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. La boda se celebró el 10 de julio en la capilla de la granja de Meirás, propiedad de los padres de la novia.

En 1873 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- abandona temporalmente España. El viaje se prolonga por varios países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Su inquietud intelectual va en aumento y, al regresar a España, entra en contacto con el krausismo a través de Francisco Giner de los Ríos, con quien le uniría una gran amistad. El influjo de los krausistas la empuja a la lectura de los místicos y de Kant, y éstos, a su vez, la conducen hasta Descartes, Santo Tomás, Aristóteles y Platón.

En 1876, año del nacimiento de su primer hijo, Jaime, se da a conocer como escritora al ganar el concurso convocado en Orense para celebrar el centenario de Feijoo. Son años en que todavía no ha abandonado totalmente la poesía. Gracias a Giner de los Ríos se edita en 1881 el libro de poemas de doña Emilia, titulado Jaime.

La afición al género novelesco no es temprana en doña Emilia, que consideraba la novela un género menor, de mero pasatiempo, prefiriendo completar, siguiendo un orden, su formación intelectual, en la que encontraba muchas lagunas.

Sin embargo, el conocimiento de las obras de sus contemporáneos la anima a escribir su primera novela, Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, poco antes de aceptar la dirección de la Revista de Galicia, en 1880.

En 1881 publica Un viaje de novios, novela para la que utilizó las experiencias de un viaje a Francia, y ese verano, en Meirás, acaba San Francisco de Asís, ya embarazada de su segunda hija, Carmen. El prólogo de Un viaje de novios es importantísimo para comprender lo que significa el naturalismo en la obra de Emilia Pardo Bazán, así como la serie de artículos que publica entre 1882 y 1883 bajo el título de La cuestión palpitante, la del naturalismo, corriente literaria que dio a conocer en España.

En esta línea naturalista se inscribe la tercera novela de doña Emilia, La Tribuna (1883), así como las posteriores de Los pazos de Ulloa (1886), La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891), aunque entre La Tribuna y Los pazos de Ulloa escribe Emilia Pardo Bazán una novela en la que se aparta de la técnica naturalista. Se trata de El cisne de Vilamorta, en la que conjuga la observación realista con ciertos elementos románticos. Además, entre La madre naturaleza (1887) y La piedra angular (1891) publica cuatro novelas que tampoco pueden considerarse naturalistas: Insolación y Morriña, ambas de 1889 y ambientadas en Madrid, han sido consideradas por la crítica dentro de las coordenadas del realismo, y Una cristiana y La prueba, las dos de 1890, como participantes de cierto idealismo, tendencia que se observa también -con el paréntesis de La piedra angular-, en el ciclo de Adán y Eva, formado por Memorias de un solterón (1891) y Doña Milagros (1894).

En 1891 emprende una nueva aventura periodística con Nuevo Teatro Crítico, revista fundada y escrita completamente por ella, que tanto en su título como en su planteamiento misceláneo, cultural en sentido amplio, y divulgativo quiere rendir homenaje a su admirado Feijoo, y ese mismo año funda y dirige en 1892 la Biblioteca de la Mujer.

Desde tiempo atrás doña Emilia venía colaborando en numerosas revistas y periódicos, con crónicas de viajes, artículos, ensayos y numerosísismos cuentos que agruparía en varias colecciones: Cuentos de Marineda, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos, En tranvía (Cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Cuentos antiguos... Y también en la prensa, en La Lectura, empieza a salir en 1903 su novela La Quimera, que dos años después vería la luz como libro. Confirmando su criterio de que la novela debe reflejar el momento en que es escrita, pueden apreciarse en La Quimera ciertos ecos modernistas y simbolistas.

En 1908 publica La sirena negra cuyo tema central es el de la muerte, que ha escrito en el Ateneo de Madrid, donde ha sido nombrada Presidenta de la Sección de Literatura en 1906.

Viajera infatigable, continúa además consignando sus impresiones en artículos de prensa y en libros. En 1900 van apareciendo en El Imparcial sus artículos sobre la Exposición universal de París, que cuajarán en el libro Cuarenta días en la Exposición; en 1902 se edita Por la Europa católica, fruto de un viaje por los Países Bajos.

Todavía no había intentado llevar a la escena sus obras de teatro, y en 1906 estrena en Madrid, sin éxito, Verdad y Cuesta abajo.

Es doña Emilia una figura reconocida en la vida literaria, cultural y social. En 1908 comienza a utilizar el título de Condesa de Pardo Bazán, que le otorga Alfonso XIII en reconocimiento a su importancia en el mundo literario; desde 1910 era consejera de Instrucción Pública; socio de número de la Sociedad Matritense de Amigos del País desde 1912... Dos años después se le impondría la Banda de la Orden de María Luisa, y recibiría del Papa Benedicto XV la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice... En 1916 el ministro de Instrucción Pública la nombra catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central.

El 12 de mayo de 1921, una complicación con la diabetes que padecía le provoca la muerte. Al día siguiente, toda la prensa hablaba de la escritora fallecida el día anterior, que fue enterrada en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid.

(Extracto de Vida y Obra literaria de Emilia Pardo Bazán, Madrid, UNED, 1997 (Vídeo), por Margarita Almela y Ana Mª Freire)

La autora - Cronología

1851 El 26 de septiembre nace en La Coruña Emilia Pardo Bazán

Estreno de Un hombre de Estado, de López de Ayala

Se inaugura el ferrocarril Madrid-Aranjuez. Aparece El trabajador

Ministerio de Bravo Murillo

1852 Clemencia, de Fernán Caballero

Inauguración de las líneas de telégrafos

Golpe de estado de Bravo Murillo

1854 Empieza el Bienio Progresista

Vuelta a la Ley progresista de Imprenta de 1837

Espartero en el poder

1855 Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero. El final de Norma, de Pedro Antonio de Alarcón. Estreno de Locura de amor, de Tamayo y Baus.

Aparece La Regeneración. Leyes desamortizadoras de Madoz.

1856 La familia de Alvareda, de Fernán Caballero

Gabinete O'Donnell. Después, vuelta a la situación moderada

1857 Primer Censo General de Población. Coronación de Quintana como poeta por Isabel II.

1858 Vuelta al poder de la Unión Liberal de O'Donnell.

1859 Primera convocatoria de Juegos Florales en Barcelona

Guerra de África

1860 Emilia Pardo Bazán, a los nueve años, compone sus primeros versos con motivo de la terminación de la guerra de África.

Comienza la influencia del krausismo: Julián Sanz del Río publica Ideal de la Humanidad para la vida y Sistemas de la Filosofía-metafísica. Primera parte: análisis, obras de Krause anotadas y comentadas por él

Pronunciamiento carlista en San Carlos de la Rápita.

1861 Estreno de El tanto por ciento, de López de Ayala

Se construye el Liceo de Barcelona

Aparece el periódico El Contemporáneo.

Levantamiento campesino en Loja

1863 Cantares gallegos, de Rosalía de Castro

Ministerio Miraflores

1864 Escenas montañesas, de Pereda

Gobierno de Narváez

1865 Noche de San Daniel y caída de Narváez. Primer Congreso Obrero Español, en diciembre.

1866 Publica su primer cuento Un matrimonio del siglo XIX, en el Almanaque de la Soberanía Nacional.

Levantamiento frustrado de Prim en enero. Ministerio Narváez en julio.

1867 Estreno de Un drama nuevo, de Tamayo y Baus.

Julián Sanz del Río es separado de su cátedra. Aparece El Imparcial

Muerte de O'Donnell

1868 Se casa el 10 de julio con José Quiroga y Pinal

Pi y Margall traduce El principio federativo, de Proudhon. Aparecen La federación, La igualdad y El amigo del pueblo. Se publican las Lecciones sobre el sistema de filosofía analítica de Krause, de Sanz del Río.

Muerte de Narváez en abril y ministerio González Bravo. Pronunciación de Cádiz. Revolución de septiembre (La Gloriosa). Isabel II abandona España. Gobierno provisional. Serrano forma gobierno. Se constituye la AIT.

1869 Su padre es elegido diputado de las Cortes Constituyentes.

El gobierno salido de la Revolución del 68 restituye en su cátedra a los profesores krausistas separados de la Universidad por el gobierno anterior. Muere Sanz del Río el 12 de octubre. Aparece La Ilustración Española y Americana. Ley sobre libre creación de bancos y sociedades.

Elecciones a Cortes en enero. Promulgación de la Constitución en junio. Prim forma gobierno y Serrano es nombrado regente.

1870 Se le otorga a su padre el título pontificio de Conde de Pardo Bazán. La familia decide salir de España y realizan un largo viaje por Europa.

La Fontana de Oro, de Galdós.

Congreso Obrero en Barcelona

Las Cortes eligen a Amadeo de Saboya como rey de España en noviembre. En diciembre es asesinado Prim.

1871 La sombra y El audaz, de Galdós. Tipos y paisajes, de Pereda, Rimas de Bécquer.

Las cortes declaran inconstitucional La Internacional. Aparición de El Debate. Principio de Derecho Natural, de Giner de los Ríos.

Proclamación de Amadeo I. Gobiernos de Serrano, Sagasta y Ruiz Zorrilla. En marzo, elecciones a Cortes.

1872 Levantamiento republicano en El Ferrol. Comienza la tercera guerra carlista.

Su obra - Bibliografía

Ediciones

Obras Completas, Madrid, Imprenta A. Pérez Dubrull, 1891, 43 vols.

Obras Completas, Valladolid, Imprenta Colegio de Santiago, s.a. [¿1924?].

Obras Completas (Novelas y cuentos). Estudio preliminar, notas y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles, Madrid, Aguilar, 1947, 2 vols.

Obras Completas. Introducción bibliográfica, selección de material crítico, prólogo, clasificación de cuentos, notas y apéndices de Harry Kirby, Madrid, Aguilar, 1973. 3 vols.

Obras Completas, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1999.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Revista de España, vol. 68, Año 1879, núm. 271-272.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Tipografía Montoya y Cía., 1879.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina, Madrid, Ricardo Fe, 1889.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Ed. with English notes and vocabulary, by W. I. Knapp, Boston, Ginn and Co., 1905.

Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina. Edición, Introducción y Notas de José Manuel González Herrán y Cristina Patiño Eirín, Santiago de Compostela, Ara Solis-Consorcio de Santiago, 1996.

Un viaje de novios, Madrid, Imprenta Manuel Hernández, 1881.

Un viaje de novios, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1888.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Un viaje de novios, Buenos Aires, 1902.

Un viaje de novios. Novelas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1907.

A Wedding Trip, Translated by Mary J. Serrano, Henneberry, s.a. [Existe una segunda edición correspondiente al año 1910].

Un viaje de novios, Madrid, Editorial Pueyo, 1919.

Un viaje de novios, Barcelona, Ediciones Requena, 1946.

Un viaje de novios. Edición, prólogo y notas de Mariano Baquero Goyanes, Barcelona, Editorial Labor, «Textos Hispánicos Modernos», 1971.

La Tribuna. Novela, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro, editor, s. a. [1883].

La Tribuna, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, s. a. [1892].

La Tribuna, San Petersburgo, Imprenta de A. S. Saouvorin, 1893.

La Tribuna. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1968.

La Tribuna. Edición de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1975.

La Tribuna. Edición de Marisa Sotelo, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fe, 1885.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana (Fernando Fe Libr.), 1885.

The swan of Vilamorta. Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Shattered Hope: or the swan of Vilamorta. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1928.

El cisne de Vilamorta, Madrid, Diana, 1946.

El cisne de Vilamorta, Barcelona, Dima Ediciones, 1968.

Los Pazos de Ulloa. Novela original, precedida de unos apuntes autobiográficos, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía. Editores, 1886.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, E. Velasco, s. a. [1891].

The Son of the Bondwoman. Translated from the Spanish by Ethel Harriet Hearn, New York and London, John Lane Co., 1908 [1907].

Le chateau d’Ulloa. Traduit de l’espagnol par A. Fortin, Paris, Hachette, 1910.

Il Castelo di Ulloa, Traduzione di Silva Giani, Firenze, A. Salani, 1925.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Viuda de Pueyo, 1930.

Los Pazos de Ulloa, Buenos Aires, Emecé Editores, 1943.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, María Rosa Urraca Pastor (Nacional de Artes Gráficas), 1944.

Das Gut von Ulloa. Roman, Düsseldorf, Uners, von Paula Sacetman, 1946.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Diana Artes Gráficas, s. a.

Los Pazos de Ulloa. Nota preliminar de F. S. R. [Federico Sáinz de Robles], Madrid, Aguilar, 1948.

Signorotti di Galizia, Milano, Rizzoli Editore [Biblioteca Universale Rizzoli], 1961.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

Los Pazos de Ulloa. Estudio preliminar, bibliografía seleccionada por Ángeles Cardona, Barcelona, Bruguera, 1967.

Los Pazos de Ulloa. Introducción de A. Souto Alabarce, México, Porrúa, 1972.

The son of the Bondwoman, New York, Howard Fertig, 1976.

Conacul din Ulloa. Trad. Domnita Dimitrescu-Sarbu, Bucaresti, Univers, 1982.

Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza. Introducción de Leonardo Romero Tobar, en Las mejores novelas de la literatura universal, Siglo XIX. 9. Fernán Caballero, Alarcón, Pardo Bazán, Madrid, Cupsa Editorial, 1982.

Los Pazos de Ulloa. Introducción y notas de Marina Mayoral, Santiago de Compostela, Ed. Sálvora, 1984.

Los Pazos de Ulloa. Edición, introducción y notas de Marina Mayoral, Madrid, Castalia, 1986.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Nelly Clèmessy, Madrid, Espasa-Calpe, «Clásicos Castellanos», 1987.

Le Château d’Ulloa. Traduit par Nelly Clèmessy, Mayenne, Editions Viviane Hamy, 1990.

The House of Ulloa, Translated by Paul O’Prey and Lucía Graves, London, Penguin Classics, 1990.

Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Orbis, 1994.

Los Pazos de Ulloa, Madrid, Alba, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de M.ª de los Ángeles Ayala, Madrid, Cátedra, 1997.

Los Pazos de Ulloa. Edición de Ermitas Penas y estudio preliminar de Darío Villanueva, Barcelona, Crítica, 2000.

La Madre Naturaleza. Novela. Segunda parte de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortezo y Cía, 1887.

La Madre Naturaleza, Madrid, Administración, 1892.

La Madre Naturaleza, Madrid, Librería Prieto y Cía., Imprenta R. Velasco, 1910.

Mère Nature. Traduit de l’espagnol par J. Demarès de Hill, Paris, Hachette, 1911.

La Madre Naturaleza, Madrid, Imprenta Helénica, 1928.

La Madre Naturaleza, Buenos Aires, Emecé, 1944.

La Madre Naturaleza, Madrid, Alianza Editorial, 1966.

La Madre Naturaleza. Introducción de Arturo Souto Alabarce, México, Porrúa, 1986.

La Madre Naturaleza. Edición de Ignacio Javier López, Madrid, Clásicos Taurus, 1992.

Insolación. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta Sucesores de N. Ramírez y Cía, 1889.

Insolación y Morriña. Dos historias amorosas, Madrid, Pueyo, 1892.

Insolación, Barcelona, Henrich y Cía., 1895.

Insolación, Buenos Aires, La Nación, 1903.

Midsummer Madness, Translated by Amparo Loring, Boston, The C. M. Clark Publishing, 1907.

Insolación y Morriña, Madrid, V. Prieto, 1911.

Insolación, Barcelona, Reguera, 1944.

Insolación y Morriña, Buenos Aires, Emecé Ed., 1948.

Insolación, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1954.

Insolación, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954.

Insolación. Introducción de José Hesse, Madrid, Taurus, 1970.

Insolación y Morriña, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1974.

Insolación, Barcelona, Bruguera, 1981.

Insolación. Introducción de Marina Mayoral, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1987.

Insolación, Madrid, SAPE, 1992.

Insolación (Historia amorosa). Ed. de Ermitas Penas Varela, Madrid, Cátedra, 2001.

Morriña. Historia amorosa, Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía., 1889.

Morriña (Homesickness). Translated by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

A Galician girl’s romance. Translated by Mary J. Serrano, New York, The Mershon Co., 1900.

Morriña, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, s. a. [1923]

Morriña, Madrid, Diana Artes Gráficas, 1951.

Morriña. La última fada, Estella, Gráficas Estella, 1972.

Una cristiana. La prueba, Madrid, La España Editorial, s. a. [1890].

A Christian Woman. Translated from the Spanish by Mary Springer, New York, Cassell Publishing Co., 1891.

Una cristiana, Madrid, Renacimiento, s. a.

Secret of the yew tree; or A Christian Woman. Translated by Mary Springer, New York, The Mershon Co., 1900.

La piedra angular, Madrid, Imprenta Renacimiento, 1891.

The Angular Stone, Translated from the Spanish by Mary J. Serrano, New York, Cassell Publishing Co., 1892.

Der Grundslein. Roman, Stuttgart, 1895.

Upelmy Kámen. Spanelsky Napsala. Se svolenin Spisovatelky Prelozil A. Pikhart, Nakladem, J. Otty y Prazze, 1902.

La piedra angular, Madrid, Diana, 1953.

El tesoro de Gastón. Novela, Barcelona, Tipografía Espasa y Compañía, Jun Gili Librero, 1897.

Misterio, Madrid, Librería Editorial Bailly-Bailliere e hijos, 1902.

Mystère! Traduit de l’espagnol par Mmes. Maurice Max et Mary Plancke, Paris, Imp. du Journal Le Temps, 1913.

La Quimera, La Lectura. Revista de Ciencias y Artes, Madrid, Imprenta de la Viuda e Hijos de M. Tello. [La Quimera se publicó en veinte entregas -tomo III, Año 1903- tomo I, Año 1905].

La Quimera. Novela, Madrid, Est. Tip. de Idamor Moreno, 1905.

La Quimera, La Época, Madrid, Imprenta de Hijos y Herederos de Hernández, 1906-1907.

La Quimera, Madrid, Administración, Imprenta La Editora, s. a.

La Quimera, Madrid, Renacimiento, s. a.

La Chimera, Firenze, A. Salani, 1930.

La Quimera. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra, 1991.

La Quimera. Edición de Marisa Sotelo Vázquez, Barcelona, PPU, 1992.

La sirena negra. Novela, Madrid, Tip. Revista de Archivos, 1908.

La sirena negra, Madrid, Renacimiento, Imprenta La Editora, 1914.

La sirena negra, Madrid, Imprenta Diana, 1934.

La sirena negra, Madrid, Aguilar, 1943.

La sirena negra, Madrid, Espasa, 1963.

La sirena negra-La piedra angular, Madrid, Aguilar, «Colección Crisol», 1961.

La sirena negra en Joaquín de Entrambasaguas (ed.), Las mejores novelas contemporáneas, Barcelona, Planeta, III, 1970.

La sirena negra e Insolación. Estudio preliminar de José Onrubia de Mendoza, Barcelona, Bruguera, 1970.

El saludo de las brujas, Madrid, Imprenta R. Velasco, 1909.

El saludo de las brujas, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1966.

Dulce dueño, Madrid, Prieto y Cía. (establecimiento tipográfico Campomanes), 1911.

Dulce dueño, Madrid, Diana, 1944.

Dulce dueño. Edición de Marina Mayoral, Madrid, Castalia-Instituto de la Mujer, 1989.

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La Navidad del Pavo

de Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

El cerdo-hombre

de Emilia Pardo Bazán

Sería muy largo de contar por qué una persona que llevaba uno de los apellidos más ilustres de Rusia y tenía en su parentela un gobernador, un consejero, un general y un príncipe, pudo llegar al caso ignominioso de ser conocida por Durof -Durof significa tonto en ruso- y de ganarse la vida en circos y teatros presentando animales que amaestraba.

Si hacer una cosa, cualquiera que sea, con rara perfección es un mérito casi genial, hay que reconocer que Durof estaba en este caso. El arte o la ciencia de amaestrar a los irracionales no tiene para los profanos clave ni reglas conocidas. Siempre me parecerá un misterio eso de conseguir que un gallo cante cuando el profesor se lo manda, o que una mula rompa a bailar el vals con perfección a una imperceptible seña. Las explicaciones que toman por base el castigo o el halago no satisfacen. El animal llega hasta cierto punto; pero pasado de ahí empiezan una limitación y una pasividad que infunden ganas de rehabilitar las teorías de los filósofos al considerarle máquina animada. Los rasgos de inteligencia del perro, del gato, de todos esos bichos a los cuales, asegura la gente, «sólo les falta hablar», son espontáneos; si queremos provocarlos, de fijo perdemos el tiempo. Y, sin embargo, hay sujetos que consiguen de la bestia cosas increíbles, inverosímiles. Hay que suponer que estos sujetos emiten un fluido, desarrollan una electricidad peculiar, que les somete la voluntad rudimentaria de sus alumnos. Esta explicación, como las restantes, deja en sombra lo esencial del hecho: reemplaza un misterio con otro. Tiene la ventaja de no ser un raciocinio, y sugiere lo que no aclara.

Si existe el consabido fluido, o lo que sea, nadie lo poseyó en tanto grado como Durof, el tonto. Emanaba sin duda de él algo que atraía y subyugaba a nuestros hermanos inferiores. Los aficionados a esta clase de espectáculos no olvidarán nunca las habilidades de cierta pareja de caniches, a quien Durof enseñó a representar la más divertida comedia amorosa, acabada en boda, y después, con la intervención de un tercer caniche, en desafío por celos. Tampoco han acabado aún de reírse de las gracias del pavo amaestrado, que tan donosamente ponía en caricatura la vanidad humana. Pero el triunfo de Durof, lo que le valió ventajosas contratas y aplausos sin cuento, fue la educación de un cerdito, que llegó a eclipsar en cultura y conocimientos a muchos individuos de nuestra especie.

Aquel cerdo maravilloso hacía más monerías que ningún niño. El número del cerdo sabio, del cerdo-hombre, llenaba el circo todas las noches; la multitud, encantada de sus habilidades, le echaba a la pista hasta cajas de bombones de chocolate, como si se tratase de un chiquillo genial y sublime, a quien era preciso mimar.

El cerdo leía, o aparentaba leer; escribía con sus pezuñas, danzaba, hacía escalas cromáticas en el piano, adivinaba el pensamiento, apagaba una vela, comía con tenedor, servilleta y vaso; era, en fin, un tesoro.

Durof había presentado al admirable tocino en una tournée por Italia, España, Francia y Turquía. Al contratarse para el circo de San Petersburgo, Durof descontaba, naturalmente, el efecto que su alumno había de producir. Fue, sin embargo, mayor de lo que él mismo pensaba. El cochinillo se tragó a los demás artistas, así irracionales como racionales. Era un éxito clamoroso, al cual tal vez en parte contribuía el hecho de que a Durof se le conociese en los círculos de la muchachería elegante, de los cuales formó parte en otro tiempo. Con cierto interés veían los distinguidos ociosos de los palcos de Círculo a uno de los suyos dedicado a tan original profesión, y creían de su deber aplaudirle. ¿No era aquél el propio Sergio Orlik, pariente de los Dolgoruki? Sergio en persona... Pero ¡qué cerdito, qué asombro! Realmente no se comprendía que un animal... Y recordaron: ya antaño, en el colegio, Sergio domesticaba arañas, atraía moscas... El gorrino realmente rayaba en fenómeno: daban ganas de preguntar si tenía dentro un hombre, si era un autómata, una mecánica admirable...

Fue entonces cuando el príncipe Vladimiro Strogonof, no el más linajudo, pero acaso el más rico de aquellos señores colmados de todos los goces de la existencia, murmuró:

-Eso, pronto lo vamos a saber.

-Sí, hay que averiguarlo... Es preciso que Sergio nos haga trabar conocimiento con el cerdo-hombre.

-¡Bah! -exclamó Vladimiro-. Hay un medio más sencillo, y voy a ponerlo en práctica. Ese cerdo me lo como yo asado, y os convido a vosotros al festín...

Hubo una explosión de carcajadas. ¿Comerse el cerdo-hombre? El bocado parecía caro... Pero (conociendo el desenfreno en el capricho que caracterizaba al príncipe Strogonof, y que es un signo de raza) empezaron a barruntar algo que disiparía el aburrimiento.

En el entreacto, Vladimiro pasó a conferenciar con Durof. Nada dijo, sin embargo, de los resultados de negociación tan delicada. Sólo tres días después, cuando volvió a reunirse la sociedad aristocrática y alegre en el palco, el príncipe, con el pulgar en el escote de su chaleco blanco, el monóculo más seguro que nunca en el ligero frunce de la nariz, dejó caer el notición:

-Estáis invitados mañana a mi casa a cenaros el cerdo-hombre... Hoy trabaja por última vez.

Se produjo el alboroto consiguiente... ¡Ese Vladimiro! ¡Qué ocurrencias las suyas! Pero ¿era posible? ¿Durof vendía...? ¡Pchs! En cincuenta mil rublos bien se puede vender un ejemplar de la especie suina. La cena costaría eso y algunos centenares de rublos más, porque era preciso inundar de champagne los despojos del cerdo-hombre.

Y todos miraron curiosamente a Durof, que, en aquel mismo instante, con ligera varita en la mano, dirigía el trabajo artístico de su alumno, haciéndole berrear un aria, el «Vissi d'arte, de Tosca», cómicamente remedado. La sala entera se desplomaba de risa. La ovación era delirante. Las señoras, de pie, aplaudían. Cucuruchos de dulces y fondanes caían ante las pezuñas del impertérrito cochino. Y al terminar, más pronto que otras veces, el trabajo, «la despedida del cerdo-hombre», según rezaba el cartel, y mientras el público reclamaba «bis», se vio al tonto, que, acercándose a su discípulo, le abrazó con cariño. Aumentó la algazara, porque creyeron en una nueva facecia. El cerdo gruñía de placer, apoyando sus codillos en los hombros de Durof. Éste, pálido, rechazó al discípulo. Dos lágrimas ardientes saltaron de sus ojos; lágrimas invisibles.

Entre bastidores se hablaba del caso: se envidiaba a Durof, un bobo con suerte. ¡Cincuenta mil rublos! El alma hubiesen vendido por tal suma atletas, barristas, hasta la amazona, la baronesa Strinski... Ahora Durof podía retirarse, comprar una casita en Italia, casarse, vivir de su renta...

Al otro día, en el suntuoso palacio del príncipe, la cena fue un desate de libre alegría orgiástica. Durof asistía, sombrío. Cuando sirvieron el asado del cerdo-hombre (a la salsa picante), el bobo rehusó; pero aquellos insensatos, entre carcajadas, le forzaron a comer. Después se armó el juego, el bacará, entre hombres semiebrios, que, sin embargo, recobraban lucidez ante la eventualidad de una gruesa pérdida. Durof, al pronto, resistió a la tentación. ¡Llevaba tanto tiempo sin tocar a las cartas, que le habían perdido! Pero hoy era rico... Cincuenta mil rublos... Y necesitaba la emoción fuerte, la emoción que todo lo avasallaba, para olvidar que en su boca había el gusto a sangre fresca de las comidas impías, y en su estómago el peso del plomo de las digestiones brutales, las que sufren aquéllos que, hambrientos, en una plaza sitiada, se resuelven a ingerir el sacrílego alimento... Y cayó otra vez en el abismo del juego, cerrando los ojos.

Al amanecer salía de casa de Strogonof. Le quedaban, del precio de su trato, algunos rublos, dejados por lástima. Pero ni aun se daba cuenta de lo sucedido: la borrachera le envolvía en sus tórpidas brumas.

Y el príncipe sonrió cuando le dijeron:

-Has hecho golpe doble. Acabaste con el cerdo y con el amo... ¿No sabes? Durof se ha colgado por el cuello de uno de los montantes del Circo...

lunes, 1 de febrero de 2010

Cuentos de Marineda

Por el arte

de Emilia Pardo Bazán

[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Obras Completas, 4ª edición, Madrid, Aguilar, 1963, Vol. I., pp. 1063-1119, y cotejada con la edición crítica de Juan Paredes Núñez Cuentos completos, La Coruña, Fundación Pedro Barrié de Maza, Conde de Fenosa, 1990, T. I, pp. 63-134.]

[editar]Por el arte

Mientras residí en la corte desempeñando mi modesto empleo de doce mil en las oficinas de Hacienda, pocas noches recuerdo haber faltado al paraíso del teatro Real. La módica suma de una peseta cincuenta, sin contrapeso de gasto de guantes ni camisa planchada -porque en aquella penumbra discreta y bienhechora no se echan de ver ciertos detalles-, me proporcionaba horas tan dulces, que las cuento entre las mejores de mi vida.

Durante el acto, inclinado sobre el antepecho o sobre el hombro del prójimo, con los ojos entornados, a fuer de dilettante cabal, me dejaba penetrar por el goce exquisito de la música, cuyas ondas me envolvían en una atmósfera encantada. Había óperas que eran para mí un continuo transporte: Hugonotes, Africana, Puritanos, Fausto, y cuando fue refinándose mi inteligencia musical, El Profeta, Roberto, Don Juan y Lohengrin. Digo que cuando se fue refinando mi inteligencia, porque en los primeros tiempos era yo un porro que disfrutaba de la música neciamente, a la buena de Dios, ignorando las sutiles e intrincadas razones en virtud de las cuales debía gustarme o disgustarme la ópera que estaba oyendo. Hasta confieso con rubor que empecé por encontrar sumamente agradables las partituras italianas, que preferí lo que se pega al oído, que fui admirador de Donizetti, amigo de Bellini, y aun me dejé cazar en las redes de Verdi. Pero no podía durar mucho mi insipiencia; en el paraíso me rodeaba de un claustro pleno de doctores que ponían cátedra gratis, pereciéndose por abrir los ojos y enseñar y convencer a todo bicho viviente. Mi rincón favorito y acostumbrado, hacia el extremo de la derecha, era, por casualidad, el más frecuentado de sabios; la facultad salmantina, digámoslo así, del paraíso. Allí se derramaba ciencia a borbotones y, al calor de las encarnizadas disputas, se desasnaban en seguida los novatos. Detrás de mí solía sentarse Magrujo, revistero de El Harpa -periódico semiclandestino-, cuyo suspirado y jamás cumplido ideal era una butaca de favor, para darse tono y lucir cierto frac picado de polilla y asaz anticuado de corte. A este Magrujo competía ilustrarnos acerca de si las «entradas» y «salidas» de los cantantes iban como Dios manda; y desempeñaba su cometido como un gerifalte, por más que una noche le pusieron en visible apuro preguntándole qué cosa era un semitono y en qué consistía el intríngulis de cantar sfogatto. A mi izquierda estaba Dóriga, un chico flaco, ayudante de una cátedra de Medicina, el cual tenía el raro mérito de no oír nunca a los cantantes, sino a la orquesta, y para eso, de no oírla en conjunto, sino a cada instrumento por su lado, de manera que, al caer el telón, nos tarareaba pianísimo, con entusiasmo loco, los compases, ¡morrocotudos! de los violines antes del aria del tenor, o las notas ¡de buten!, que tiene el corno inglés después del coro de sacerdotes, verbigracia. Un poco más lejos, silencioso y mamando el puño de su bastón, que era una esfera de níquel, veíamos a don Saturnino Armero, oráculo respetadísimo, ya porque sólo hablaba en contadas ocasiones y para resolver las disputas de mayor cuantía, ya porque era uno de esos maniáticos de arte que tienen la habilidad de meterse por el ojo de una aguja en casa de las eminencias más ariscas e inaccesibles, y ahí le tienen ustedes íntimo amigo de Arrieta, y de Sarasate, y de Gayarre y de Uetam y de Monasterio, y él sabía antes que nadie el tren por que llegaba la Patti a Madrid, y esperaba a la diva en el andén, y a él le confiaba la Reszké la cartera de viaje, para que hiciese el favor de llevársela hasta su domicilio, y él asistía a las conversaciones más privadas, siempre silencioso y mamando el puño del bastón, pero oyendo con toda su alma, sin pestañear siquiera, adquiriendo conocimientos profundos y erudición peregrina y datos siempre nuevos. Este mortal iniciado podía disfrutar butaca gratis, pues desde el empresario hasta el último tramoyista, todo el mundo era amigo de don Saturnino Armero; pero iba al paraíso por no mudarse camisa después de embaular el garbanzo.

Quien más alborotaba el corro era Gonzalo de la Cerda, teniente de Estado Mayor, con puntas y collares de artista. Éste no venía siempre a las altas regiones; muchas noches le veíamos en las butacas luciendo su linda y afeminada figura y su blanquísima pechera, y no dando punto de reposo a los gemelos. Cuando subía a compartir nuestra oscuridad, se armaba un alboroto, una Babel de discusiones, que no nos entendíamos. Porque La Cerda, de puro quintaesenciado y sabihondo que era en asuntos de música, nos traía mareados a todos, diciendo cosas muy raras. Aseguraba formalmente que el peor modo de entender y apreciar una ópera era oírla cantar. Eso se queda para el profano vulgo; los verdaderos inteligentes no gozan con que les interpreten otros las grandes páginas; han de traducirlas ellos, sin intermediario, en silencio absoluto, leyéndolas con el cerebro y el pensamiento, lo mismo que se lee un libro, el cual no hay duda que se entiende mucho mejor leyéndolo para sí que si nos lo lee otra persona.

-Según eso -le replicábamos- el verdadero placer de la música, ¿lo saborean principalmente los sordos?

Contábanos, además, La Cerda que él se pasaba horas larguísimas, desde la una hasta las cuatro de la madrugada, acostado, con la luz encendida, la partitura, sinfonía o sonata sobre el estómago, interpreta que te interpretarás, tan absorto, que se creía en el quinto cielo.

-Entonces, ¿para qué viene usted aquí? -le gritaban todo el corro unánime.

-Para que no me lo cuenten. Y tampoco se viene siempre al teatro por la función, contestaba sonriendo, mientras las vecinitas (teníamos por allí dos o tres de recibo) hacían que se ruborizaban, dándose aire muy aprisa con al abanico japonés.

Aún chillábamos y aturdíamos más a La Cerda por su inexorable modo de maltratar nuestras óperas preferidas. Aida le parecía una rapsodia, una cosa que «no le había resultado» a Verdi; Rigoletto, un mal melodrama; Somnámbula, arrope manchego; Fausto, una zarzuela. Esto fue lo que acabó de sulfurarnos. ¡Una zarzuela, Fausto, el Fausto de Gounod! ¡La ópera que siempre llenaba el paraíso; la que sabíamos todos de memoria y tarareábamos enterita desde la sinfonía hasta la apoteosis final! Y nada, él firme en que era una zarzuela -«una mala zarzuela», añadía con descaro-, falta de inspiración, de seriedad y de frescura. En prueba de este aserto, canturreaba algunos motivos de Fausto, que, efectivamente, se encuentran en zarzuelas antiguas: a lo cual replicábamos nosotros entonando motivos también zarzueleros y hasta callejeros y flamencos, que, sobre poco más o menos, pueden encontrarse en el Don Juan, de Mozart; con lo cual imaginábamos aplastarle, porque el Don Juan era para nosotros la autoridad suprema, la ópera indiscutible; lo demás podía ponerse en tela de juicio; pero al nombrar Don Juan, boca abajo todo el mundo. Vimos, sin embargo, con indignación profunda, que ni ese sagrado respetaba el iconoclasta de La Cerda. Para él, Don Juan era una ópera riquísima en temas y asuntos, pero mal trabada y defectuosa en su composición; algo parecido a esos libros gruesos, tesoro de noticias eruditas, y que nadie lee enteros; únicamente se archivan en las bibliotecas, como obras de consulta, para hojearlos si ocurre.

Cuando le preguntábamos a La Cerda si había alguna ópera que él considerase perfecta, digna de proponerse hoy por modelo, solía citarnos las de Wagner y también otras de compositores franceses, como Massenet, Bizet, etc. -que para mí ni son carne ni pescado-. Ello es que entre la feroz intransigencia del iconoclasta, la crítica parcial de Dóriga, las observaciones de Magrujo y las escasas, pero contundentes advertencias de don Saturnino, yo iba ilustrando mi criterio, y ya casi me juzgaba doctor en estética musical. En el dichoso rincón llovían maestros. Cada cual tenía su especialidad: el uno se sabía de memoria las óperas, y en el entreacto nos cantaba todo el acto pasado y el futuro; el otro estaba fuerte en argumentos: sabía al dedillo la letra de los recitados, y por él nos enterábamos de lo que decía el coro, y del motivo por qué andaba tan furioso el tenor, o la tiple tan melancólica; el de más allá despuntaba en la crónica de entre bastidores, y nos revelaba secretos psicofísicos, que son clave de muchas ronqueras, de varios catarros y de ciertos «gallos» intempestivos. Insensiblemente, con los «elementos que cada cual aportaba», tomando de aquí y de acullá, a todos se nos formaba el gusto y se nos desarrollaba de un modo portentoso el chichón de la filarmonía. Añádase a esto el grato calor de intimidad que en el paraíso une a gentes que, acabada la temporada de ópera, no vuelven a verse en todo el año; el gusto de estar en contacto perpetuo con hermosas cursis, tan amables que, mientras llegaba, me guardaban el sitio, colocando en él sus abrigos para señal; la sección de chismografía y despellejamiento de las damas de alto coturno que, a vista de pájaro, distinguíamos tan orondas, y a veces tan aburridas, en sus palcos forrados de carmesí, entre un mar de caliente luz y un vago centelleo de pedrerías; el placer de sudar mientras fuera nevaba; otras mil ventajas y atractivos que el paraíso reúne, y diga cualquiera si no había yo de pasarlo bien en mi rinconcito.

Por desgracia, el amigo de un diputado poderoso codició mi puesto en la oficina y en la corte, y como favor especial se me dio a escoger entre la traslación o la cesantía. Claro que me agarré a lo primero con dientes y uñas; pero se me partía el corazón al despedirme de mi paradisíaca banqueta. Pude lograr ir a Marineda de Cantabria, capital de provincia afamada por su buen clima y su próspero comercio, y donde con mi sueldecillo y mis metódicas aficiones, que ya iban siendo de solterón empedernido e incurable, esperaba llevar una existencia apacible y pálida, sin alegrías ni disgustos de marca mayor, cumpliendo mi obligación y procurando no meterme con nadie; en suma, vegetar, que es mi humilde aspiración de hombre oscuro, resignado a no dejar huella grande ni chica en la memoria de sus semejantes.

Instaléme en una casita de huéspedes de las de poco trapío, aunque céntrica y regida por patrona agasajadora y afable, y arreglé como un cronómetro mis quehaceres y mis horas. Mañana y tarde, a la oficina; un paseo antes de anochecer, por las Filas y calle Mayor; al café y al Casino de la Amistad un rato, así que se encendía luz, para leer los periódicos y echar un párrafo con los conocidos; y a las once, a casa, donde me esperaba mi camita de hierro, a cada paso más solitaria y melancólica... Es infalible que al poco tiempo de residir en provincia, todo hombre de bien se siente inclinado al matrimonio y echa de menos los «purísimos goces del hogar». La situación del soltero, considerado «partido», «proporción» o «colocación» para las niñas, se pasa de comprometida y difícil en pueblos semejantes a Marineda. Por todas partes se le tienden lazos, se le asestan flecheras miradas y tiernas sonrisas; los amigos casados -supongo que con la intención de un miura- le asaetean a bromas incitándole a entrar en el gremio; las mamás y papás le dedican peligrosas amabilidades o, si la niña es rica, le obsequian con inesperados sofiones; pero, sobre todo, el tedio, la insufrible pesadez de la vida angosta le producen eso que ahora llaman «sugestión», y le incitan a acurrucarse en un caliente nido familiar que se supone asilo de la dicha, sin que para esta ilusión, como para las demás humanas, haya escarmiento posible en cabeza ajena. En mí influía especialmente el aburrimiento de las noches. Porque ni el Casino de la Amistad, con sus mesas de tresillo y su gabinete de lectura, ni otros pequeños centros de reunión que se formaban en cafés, boticas y tiendas, equivalían, desde que empezaron las largas y lluviosas veladas de otoño, a mi querido paraíso.

Faltábanme aquellas graciosas escaramuzas artísticas a que yo estaba acostumbrado. En Marineda se habla eternamente de cuestiones locales mezquinas, que me importaban un bledo, que ya me desesperaba oír comentar, si algunas veces con ingenuo y sandunga, por lo regular con machaconería insufrible. La misma murmuración (de la cual yo no reniego, al contrario, pues la cuento entre las cosas más divertidas e instructivas que hay en el mundo) no tiene en provincia aquella ligereza cortesana, que parece que les pone alas a los chistes; en provincia se gruñe quince días por lo que en Madrid entretiene y provoca chistes dos minutos, y más que latigazo, semeja la censura cruel carrera de baquetas, en que ya ningún corazón generoso puede dejar de interesarse por la víctima y detestar a los verdugos. Como además no soy muy aficionado al juego, faltábame el recurso de fundar una partida de tresillo. Malhumorado, me acostaba a las diez y conciliaba el sueño leyendo y releyendo La Correspondencia, El liberal, los periódicos de la corte, sobre todo cuando hablaban de la temporada lírica y traían alguna crónica de Magrujo, quien, desde El Harpa, había logrado ascender a la Prensa de fuste y, sin duda, a la suspirada butaca de favor. Pero, gradualmente, se me hacía más árida y más triste la soledad de mi alcoba de posada, con sus cortinillas de muselina de dudosa limpieza, el feo lavabo de hierro, la desvencijada mesa de noche y la desolación de las ropas colgadas en la percha, que parecían siluetas fláccidas de ahorcados.

A principios de noviembre se abrió el Teatro principal, llamado Coliseo por la Prensa marinedina. Una compañía de zarzuela, ni mejor ni peor que las que actúan en la corte, se dedicó a refrescar los secos laureles del repertorio clásico: Magiares, Diamantes de la corona, Dominó azul, alternando con las zarzuelas nuevas, Molinero de Subiza, Tempestad, Anillo de hierro, y no sin intercalar de cuando en cuando La Gran Vía, Niña Pancha y otras humoradas de las que hoy gozan el favor del público. Como buen aficionado a la música, yo detesto la zarzuela; pero concurrí asiduamente al teatro por lo consabido «¿Adónde vas, Vicente? A donde va la gente.» Los días en que se representaban ciertas obras de pretensiones, como La tempestad, me las echaba de entendido, despreciando aquella «ridícula parodia de la música formal» y alzando desdeñosamente los hombros cuando algunos profanos de las butacas la ensalzaban mucho. Así fui ganando fama de competente y filarmónico, y empezaron a respetarme los grupos que se formaban en los pasadizos. Mis once años de paraíso eran un diploma de suficiencia que imponía a los más lenguaraces. Cuando me veían, repantigado en mi butaca, fruncir el ceño a ciertos descuidos de la tiple y subrayar las desafinaciones y los berridos del barítono, me decían con acento respetuoso:

-Estará usted aburrido, ¿eh, amigo Estévez? Esto no es oír a la Patti ni a Gayarre.

-¡Bah! Lo que menos le importa a Estévez es lo que pasa en la escena- replicaban otros dándome en el hombro palmadicas.

Y era verdad. Generalmente, mis ojos tomaban la dirección de la platea cuarta, donde lucían sus encantos dos niñas de las más bonitas que honran a Marineda -y cuenta que allí las hay bonitísimas y a granel; una de las razones por que en aquel pueblo pesa tanto la soltería-. Las dos niñas sabían perfectamente que yo miraba hacia su palco; pero lo gracioso fue que al principio las miraba a ambas, pues me gustaban lo mismo; eran muy parecidas, como dos gotas, solo que una tenía la cara más cándida y la otra el respingo de la nariz le daba un aire de picardía saladísimo. Por lo cual llegué a preferirla; más ellas, no sabiendo de fijo a cuál se dirigía el homenaje de mi «oseo», determinaron que era a la inocentilla, y, en efecto, ésta fue la que, con disimulo y por el rabo del ojo, empezó a corresponder a mis amorosas finezas. A los pocos días me avine y acostumbré de tal modo al cambio, que hasta llegué a dudar si en efecto sería a Celinita y no a Natividad a quien desde el primer momento había dedicado mis tiernas ansias.

En este entretenimiento inofensivo se pasó la primera temporada teatral, que duró hasta fines de enero -setenta o setenta y cinco mortales zarzuelas que nos encajaron, entre el doble abono y las extraordinarias y beneficios-. Ya todo Marineda sabía de memoria los aires y letra de La Gran Vía y de Los lobos marinos; los pianos caseros nos martilleaban los oídos con música de las mismas obras, y las bandas militares las ejecutaban por las tardes en el paseo y en misa de tropa por las mañanas. A los artistas de la compañía los considerábamos como de la familia, por decirlo así, y el barítono y el gracioso se habían creado -lo afirmaban los periódicos- verdaderas simpatías en la población. Sólo yo les ponía la proa, asegurando que los zarzueleros no merecen consideración de artistas, ni ese es el camino. En suma, ellos, el día que se marcharon, mostrábanse tristes, sintiendo dejar aquel pueblo donde tan afectuosamente se les trataba, donde alternaban con lo más granado del sexo masculino. La contralto, a quien le había salido un protector (según malas lenguas), iba hecha un mar de lágrimas. No me conmovió la partida de la compañía, lo confieso; sin embargo, al día siguiente de la marcha noté un vacío: las noches volvían a ser eternas, otra vez al Casino de la Amistad, en medio de un aguacero desatado, a oír las mismas murmuraciones, a discutir horas enteras si la plaza de médico del hospital se le debió dar a Barboso o a Terreiros; y si fueron intrigas de Mengano o imposiciones de Perengano; y Celinita metida en su casa o refugiada en ciertas tertulias caseras, pero graves, donde yo no me atrevía ni a poner el pie, porque era tanto como ponerlo en la antesala de la iglesia, y al pensar en eso, con toda mi nostalgia de la familia, me entraban escalofríos. Yo veía a Celinita en la platea, y me encantaba contemplarla, recreándome en el precioso conjunto que hacía su cara juvenil, muy espolvoreada de polvos de arroz como un dulce fino de azúcar; su artístico peinado, con un caprichoso lazo rosa prendido a la izquierda; su corpiño de «velo» crema, alto de cuello, según se estila, que dibujaba con pudor y atrevimiento la doble redondez del seno casto; pero cuando saltaba con la imaginación un lustro y me figuraba a la misma Celinita ajada por el matrimonio y la maternidad, con aquel pecho, tan curvo ahora, flojo y caído; malhumorada y soñolienta por la noche feroz que nos había dado nuestro tercer canario de alcoba..., entonces, a pesar de mis soledades nocturnas y mis ansias de vida íntima, me felicitaba de que Celinita se aburriese sola en alguna de esas tertulias de provincia donde las muchachas se ven obligadas a bailar el rigodón unas con otras mientras los hombres disponibles y casaderos entran furtivamente y embozados hasta los ojos, en la casa de tal o cual modistilla o cigarrera alegre, allá por los barrios extraviados y sospechosos.

A mediados de febrero comenzó a fermentar en Marineda una noticia. Venía, venía, venía y venía muy pronto, ¡nada menos que compañía de ópera!, ¡un cuarteto de primer orden, con cantantes aplaudidos y admirados en los mejores teatros de Portugal, de Italia y hasta de Rusia! La nueva circuló rápidamente y alborotó los corrillos y originó interminables polémicas. La mayoría de los marinedinos estaban a favor de la Empresa, aunque les escamaba un tanto lo de los precios, pues entre la compañía de zarzuela y los bailes de Carnaval andaban muy exprimidos los bolsillos, y, una butaca en dieciocho reales, ¡era un ladronicio escandaloso! Pero, en cambio, se llenaban la boca con decir que en su coliseo tendrían un espectáculo no inferior a los que se disfrutan en Barcelona y Madrid. Gustábales leer en la lista del cuadro de compañía renglones sonoros, como: Prima donna, signora Eva Duchesini. Soprano, signora Lucrezia Fioravalle. Primo basso, signor Filiberto Cavaglione. Y más abajo de estos nombres melodiosos y rimbombantes, que suenan como gorgoritos, una tentadora lista de óperas, de las cuales, desde hacía bastantes años, no se oía en Marineda sino algún trozo ejecutado por las charangas o hecho picadillo por los pianos: Lucía, Barbero, Fausto, ¡y hasta Roberto el Diablo y Hugonotes!

Desde el primer momento voté en contra de la compañía: oposición a rajatabla, con un furor que a veces me asombraba a mí mismo. En primer lugar, me fastidiaba soltar dieciocho reales por ver mamarrachos, yo, que tanto tiempo había estado oyendo por seis reales o una peseta lo mejorcito que hay en Europa en materia de arte lírico. En segundo, mi conciencia de aficionado antiguo se sublevaba: ¿Qué Hugonotes ni qué alforjas en el teatro de Marineda? ¿Qué Roberto? ¿Quién era la Duchesini, muy señora mía, que jamás la había oído nombrar? ¿Qué becerro sería ese Cavaglione, conocidísimo en su casa a las horas de comer?

Sin embargo, como en provincia no hay originalidad posible en el vivir y es fuerza que todos vayan unos tras otros como mulos de reata, la perspectiva de encontrarme sólo en el salón del Casino de la Amistad, en aquel salón lúgubre cuando no lo puebla el ruido de las disputas; el terror de pasarme la velada en compañía de tres o cuatro catarros crónicos (el senado machucho que no suelta por nada su rincón); el recelo de que me llamasen tacaño, y dijesen que había querido ahorrar el dinero del abono; el fastidio de que viniesen a contarme novecientas grillas sobre la hermosura de la contralto y la voz del tenor, y acaso una comezón secreta de volver a cruzar mis ojos con los de Celina y fantasear amores sin riesgo ni compromiso, todo me impulsó a abonarme, escogiendo mucho la butaca, como se escoge la casa donde se piensa habitar largo tiempo.

Otras razones había para que aquel abono fuese un acontecimiento, un estímulo y un interés en mi monótona existencia. La oposición sañuda que yo había hecho por espacio de quince días a la ópera, me había dado ocasión de desplegar en corrillos, casinos, cafés y tiendas mis variados conocimientos en arte musical, y de lucir aquel mosaico de teorías, análisis, juicios y doctrinas que debía a la enseñanza de mis compañeros de paraíso. Asombrábame, cual se asombraría el fonógrafo si fuese consciente, de notar cómo me subían a la boca y se me salían por ella a borbotones las mismas palabras de mis doctores y maestros. Yo había absorbido, a modo de esponja, la sabiduría de todos ellos juntos. Unas veces charlaba con la verbosidad y petulancia de Magrujo; otras juntaba el pulgar y el índice, alzando los demás dedos y estirando el hocico para alabar un pizzicatto o un crescendo, igual que Dóriga; ya imitaba la campanuda gravedad del venerable Armero, dando exactísimos detalles biográficos, que todo el mundo ignoraba, acerca de Gayarre, Antón, Stagno, la Patti y la Theodorini; ya, como Gonzalo de la Cerda, desarrollaba aquellas profundas teorías de que el peor modo de entender una ópera es oírla cantar, y el más inefable placer artístico se cifra en tenerla sobre el estómago a las altas horas de la noche, entre el silencio, y leerla para sí. Hasta juré que esto último lo había yo ejecutado varias veces; y como el afirmar mucho que se sabe una cosa equivale a saberla, y ya desde la temporada de zarzuela alardeaba de entendido, mi reputación creció bastante, y me sentí temido, influyente y poderoso, lo cual halagó mi amor propio.

Cuando fui a recoger mi butaca, el encargado de la cobranza me dijo con suma deferencia y en voz conciliadora:

-Señor de Estévez, ya sabemos que entiende usted muchísimo de música... Verá usted que el cuadro de compañía es digno de figurar en cualquier parte... Creo que ha de quedar usted contento del bajo... es una notabilidad: también la tiple... Ya me dirá usted ciertas faltitas. ¿Usted me entiende?; por supuesto, que en teatros que no son el Real, hay que perdonarlas; y más les temo yo a los ignorantes, que nunca olfatearon una buena ópera, que a las personas ilustradas y competentísimas, como usted. Aquí (bajando la voz) no hay criterio propio; no, señor. En fin, le voy a decir a usted, en reserva, una cosa: ya tres o cuatro personas me han pedido que les guarde butaca cerca de la que usted tome para oír su parecer y enterarse. Conque imagínese usted... Nada de lo que usted diga se les pasará por alto. Su fallo se espera con impaciencia.

Comprendí que el bueno del recaudador me estaba camelando para que no les hiciese mala obra, y esto lisonjeó infinito mi vanidad y me sobornó; seamos francos. Después de todo, ¿qué eran los cantantes sino pobres diablos que venían a ganar su pan? Casi experimenté un sentimiento de conmiseración y cariño hacia aquellas gentes desconocidas, que ya me proporcionaban dejos de emoción artística, arrancándome a las empalagosas chismografías del Casino.

Marineda, que es una ciudad comercial y bastante culta, a quien quitan el sueño los laureles de Barcelona, se precia ante todo de entender de música; y no hay duda, sus hijos revelan disposición para lo que los periódicos locales llaman «el divino arte»; mas la falta de comunicación, la imposibilidad de oír a menudo verdaderas eminencias, de asistir a conciertos y de tomar el gusto, hacen que la inteligencia no iguale a las aptitudes y, sobre todo, que les falte la noción exacta del mérito relativo y se alabe lo mismo a un gran compositor, por ejemplo, que a un aficionado que toca medianamente el cornetín. Sin embargo, como en todo pueblo que se despierta al entusiasmo artístico, hay en Marineda efervescencia y ardor, y el estreno de la compañía de ópera, desde una semana antes, era el acontecimiento capital del invierno. Se había resuelto que empezaría con Hernani.

Ya supondrán ustedes que la primera noche que se cantaba ópera en Marineda no era cosa de sacar el cuarteto «bueno», ni menos de exhibir a la «estrella», al clou, a la Duchesini, con la cual nos traían mareados antes de haberla visto. No; la Duchesini se reservaba, y de Hernani saldríamos... como pudiésemos.

De los dos tenores, también fue el más averiado el que se calzó las botas de papel imitando cuero, se ciñó el coleto seudoante y salió, rodeado de tagarotes, a echarla de «bandito». Conocíasele a aquel deshecho o zurrapa del arte que allá en sus treinta o treinta y cinco habría recorrido, si no gloriosa, cuando menos honrosa carrera; pisado escenarios de renombre, tenido sus horas de ovación, sus triunfos de toda índole... y aun la esbeltez del cuerpo, la estudiada colocación del cabello, la bien tajada y picuda barba, protestaban contra los estragos prematuros de la edad o de la vida desastrada y azarosa, revelada no solo en los desperfectos físicos, sino muy principalmente en la voz, tan extinguida, que desde las butacas apenas la podíamos apreciar; tan empañada y blanca, que parecía voz de hombre que canta con residuos de una cucharada de gachas atravesadas en el gaznate. Como Hernani es «ópera de tenor», los abonados se manifestaron descontentos, viendo tan mal principio y notando las escandalosas desafinaciones del coro, y en pasillos y palcos principió a fermentar sorda inquina contra la Empresa y el «cuadro»; los periodistas, desde sus butacas de primera y segunda fila, cuchichearon cabeceando y trocando en voz baja fatídicas impresiones; el telón cayó en medio de un silencio glacial, y antes de concluirse la ópera ya corría por el teatro el rumor -mañosamente esparcido- de que se iba a rescindir la contrata de «aquel hueso». «Buen principio de semana cuando el lunes ahorcan», decía con detestable humor y satírico énfasis el almacenista de pianos Ardiosa, a matar con la Empresa y la compañía por ciertas quisquillas relacionadas con la organización de la orquesta...; y los defensores del empresario protestaban: «Hombre, bien; ya sabemos que hoy toca este cuarteto... ¿Querría usted que echasen el resto el primer día? Pero ¡ya verán ustedes la Duchesini! ¡La Duchesini!». Y hacían el gesto del que prueba un dulce muy rico. ¿Lo confesaré? Lejos de compartir el espíritu de hostilidad que hervía en el callejón de las butacas y en todos los puntos del teatro, donde se aglomeraban espectadores contra el cuartero malo, yo, desde que se alzó el telón pausadamente sentí compasión, muy luego trocada en simpatía, no solo hacía el ruinoso tenor (que respondía por signor Ettore Franceschi), sino hacia toda la troupe. La propia ridiculez de los coros reforzó este sentimiento súbito e inexplicable, que sólo puedo comparar al deseo de protección que nos inspira un perro viejo y cochambroso que recogemos en la calle y a quien, por su mismo pelaje sucio y espinazo saliente, nos empeñamos en salvar de la estricnina. No sabré expresar toda la piedad que los infelices coristas me despertaban. Verlos allí, de coleto, de chambergo, con el aparato romántico de bandidos del siglo XVI, que cantan los novelescos amoríos de su jefe; verlos después en el subterráneo donde reposan las cenizas del sommo Carlo, embozados en sus viejas capas y con sus birretes de lacia pluma, echándola de tremendos conspiradores... y leer, bajo la torpe e inhábil mascarada, la realidad de unos hambrones infelices, que ni dinero tenían para adquirir zapatos de época, por lo cual sacaban, con indiferente impudor, botas de elásticos para tramar el asesinato de Carlos Quinto..., ¿No es cosa que hace llorar? ¿Hay espectáculo más lastimoso que éste?

Tan poderosa fue en mí la compasión, que, comprometiendo mi prestigio, en todos los corrillos defendí a «aquella parte» de compañía, declarando que las faltas que se notaban eran culpa de la ópera, y de la ópera no más. «Hernani es capaz de reventar a un buey, señores... Si estas óperas de "bravura" no hay cantante que las resista... Por eso van desterrándose... Ese Franceschi no merece el desprecio con que ustedes le tratan... Tiene muy buen método de canto... Es lo que se llama "un artista de temporada"... De fijo que la tan cacareada Duchesini no sabe su obligación como él... Me huele a que será una cursi, de esas que ponen flecos a las cavatinas...» Muchos se enojaban por estas afirmaciones prematuras; pero yo, a fuerza de retórica a lo Magrujo, conseguía que parte del auditorio, la inconsciente, se pusiese a mi lado.

-¡Hombre -objetaba Ardiosa-, me llama la atención! ¿Pues usted no se las echaba de tan severo ocho días hace?

-Por lo mismo -replicaba yo-. Mi opinión es que en Marineda ni puede ni debe haber ópera; pero ya que se ha traído, «contra todo mi parecer», no vienen al caso aquí las exigencias que tendríamos en el Real.

-Pues la Duchesini -me contestaban- en el Real «haría furor»... Ya lo verá usted... Nada, a la prueba.

En medio de estas discusiones no crean ustedes que me olvidé de Celinita ni de mi inocente flirteo con aquella gentil criatura. Entre otras virtudes, tiene la música, para temperamentos como el mío, la de producir cierta embriaguez poética que anula las nociones de lo real. El brío y estrépito de Hernani me ha infundido siempre inconsiderada intrepidez, suprimiendo la consideración de los pequeños obstáculos y dificultades que en la vida estorban adoptar grandes resoluciones. Interpretando las sonoridades de los metales de la orquesta como explosiones de la furiosa pasión de Hernani, claro está que habían de parecerme grano de anís los inconvenientes que me impedían formalizar mi trueque de ojeadas con la linda niña de la platea. ¡Indigno sería de mí, en los instantes en que me sentía arrebatado al quinto cielo del romanticismo, pensar en nada práctico! ¿Acaso Hernani veía a su dama como yo solía ver a Celinita para huir de tentaciones: ajada, en zapatillas, madre ya de varios retoños? Las heroínas de ópera no tienen chiquillos ni envejecen nunca. Así es que mis ardientes guiños, mis denodados gemelos dijeron claramente aquella noche a Celinita (que por cierto estrenaba una original casaquilla azul y una corona de miosotis muy graciosa) que en mí había la madera de un «Hernani»... capaz de todo... ¡Vicaría inclusive!... Era miércoles el día siguiente, y el estreno del otro cuarteto ¡y de la Duchesini!, con el Barbero, llenó de bote en bote el teatro. Cantó el nuevo tenor, Martinetti, la deliciosa serenata, con voz que hacía temblar las arracadas y colgantes de la lucerna; pero lo que aguardábamos, unos ansiosos y otros hostiles, era la salida de la Duchesini. Cuando se presentó hubo en el auditorio ese movimiento especial, eléctrico, que se llama «sensación», y después reventó un trueno de aplausos. Yo pensaba sisear; pero me pareció que una mano firme, gigantesca, me agarraba de los pelos y con blandura me suspendía, elevándome sobre el asiento de la butaca.

A los primeros gorgoritos de la Duchesini, modulados con agilidad y coquetería, ya mis ojos no acertaban a separarse de la «diva donna». Me olvidé instantáneamente -prefiero declararlo desde luego, aunque destruya el interés dramático de esta narración- no solo de mis prevenciones, sino de Celinita, cuyos ojos, medio adormecidos y como descuidados, preguntaban cada cinco minutos al respaldo de mi butaca la causa de mi súbita indiferencia..., ¡cuando con mirar a la escena y despojarse de la vanidad natural a las Evas y también a los Adanes pudiera comprender tan fácilmente!...

Iba y venía la diva por las tablas, zarandeando ese traje de Rosina que parece imponer la viveza de los movimientos, el donaire en el andar y toda la desenfadada y clásica gracia española. Su monillo de terciopelo verde me hacía compararla, allá en mis adentros, con una culebra de serpenteo airoso. El zapatito de raso negro realzaba un piececillo como un piñón de redondo y chico; de esos pies sucintos y arqueados, que hoy no están de moda, pero que son para los sentidos lo que el fósforo para la bujía. La cabeza de la diva... Ahora caigo en que, si mi descripción tuviese cierta formalidad jerárquica, por ahí debí principiar y no por el pie, y, sin embargo, espero que mis lectores me perdonen y aun me justifiquen, porque la pupila del doctor Bartolo no necesita tener la cabeza hermosa; su encanto se cifra en el piececillo español: menudo, embriagador como el jerez, que hiere el pavimento y pisa triunfante los corazones... Iba yo comprendiendo, con suma claridad, por qué El barbero de Sevilla me parecía distinto en Marineda que en Madrid: «otra cosa», una impresión totalmente diversa. Es que en el Real yo atendía a la música, a la orquesta, a las voces, mientras aquí la peligrosa proximidad sólo me consentía escuchar el ritmo de dos pies, cubiertos con una telaraña de seda rosa pálido, y presos en cárcel de raso negro, salpicadito de azabache... Exige el buen orden de mi narración que diga quiénes eran los sujetos que ocupaban las dos butacas contiguas a la mía. Arrellenábase a mi derecha, silencioso, atento e impasible, como si estuviese en su caja, el banquero Nicolás Darío, hombre de unos cincuenta años de edad, de mezquina estatura, cabeza nevada a trechos, sonrisa y ojos más jóvenes que el resto del cuerpo, y rostro que, por lo escaso de la barba, lo carnoso de los labios, lo abultado de los pómulos, recordaba la fisonomía que prestan a los faunos los escultores. Darío no era desagradable en figura ni en trato, antes muy atildado y cortés; procuraba siempre que no me estorbasen ni su abrigo, ni su sombrero, ni sus codos; jamás tarareaba anticipadamente los motivos de la ópera; no interrumpía ni estorbaba el placer de escuchar; prestaba con oportunidad unos magníficos gemelos acromatizados y oía con deferencia mis observaciones técnicas. Aunque juraba delirar por la música, yo no sorprendía nunca en él expresión de entusiasmo ni de arrobamiento. Estaba en la ópera como está en misa un incrédulo bien educado. Miraba de continuo hacia la escena y respondía a mis observaciones con la mitad de una sonrisa llena de indiferencia y urbanidad.

Vivo contraste con el banquero lo formaba, a mi izquierda, el joven teniente de Artillería Mario Quiñones. Este manojo de desatados nervios no paraba un minuto desde que subía el telón. Alto, enjuto, bien proporcionado, morenísimo, guapo en suma, Mario Quiñones perdía, en mi concepto, todas estas ventajas por su inquietud mareante y su vertiginosa exaltación. Agitábase en el asiento sin cesar; sus brazos parecían aspas de molino; su cabeza, la de un muñeco de resorte. Hasta sus cejas, ojos y labios participaban de tan extraordinaria movilidad. Cuando a fuerza de pellizcos lograba yo que nos dejase saborear las fioriture de una cavatina o detallar los compases de un dúo, Mario se crispaba, retemblaba, movía convulsivamente el sobrecejo o se comía las guías del bigote, llegándolas a los dientes con auxilio del pulgar. Por supuesto, era imposible impedir que en voz cavernosa y trémula nos adelantase las frases musicales que iban sucediéndose, por lo cual, una noche, no pude menos de decirle, impaciente de verdad:

-Pero hombre, esta maldita Duchesini no me deja oírle a usted.

A las dos funciones estaba yo muy harto de semejante vecindad. Quiñones me trastornaba, me volvía loco. Aquella emoción delicada y honda que me causaban los gorgoritos... no... los piececitos de la Duchesini, y que yo hubiese querido archivar y gozar pacíficamente, me la estropeaba el nervioso mancebo, que desde el aparecer de la diva se sentía atacado de una especie de epilepsia entusiasta. Tan hondos eran sus «¡bravos!», que me recordaban los arrullos de un encelado palomo, sonando así: «¡Broovoo!». Y no era sólo con la voz, ni con las manos, despellejadas ya de aplaudir, con lo que Mario jaleaba a la Duchesini: era con el bastón, con los tacones, con el cuerpo en incesante vértigo, y hasta con el alma, que, por decirlo así, se le salía boca afuera para aplaudir, requebrar y tortolear a la cantante.

En provincias, las actrices se hacen cargo bien pronto de dónde están sus admiradores y partidarios; y la verdad es que con Quiñones no era difícil tal perspicacia. A la segunda ópera que cantó (y fue, si no me equivoco, Sonámbula), ya la Duchesini se fijaba en nuestra peña y nos sonreía dulce y picarescamente. También nos miraba con simpatía y aprecio el bajo Cavaglioni, especie de elefante de muchos pies de alzada...

Yo creo que de nuestra peña fue de donde salió el vuelo de la fama de la Duchesini, extendida por las cuatro provincias, por España y no sé si por la América española. ¡Cómo supimos improvisarle la gloria! ¡Cómo alborotamos, cómo batimos las claras para que alzase el merengue! Aquella mujer con su voz..., ¿con su voz?..., salvó a la compañía. Entre tanto, al tenor Ettore Franceschi le habían rescindido la contrata, y fue preciso dar una función caritativa para costearle el regreso a Madrid. Lo que no se hizo fue contratar otro para el sitio del expulsado, y el pobre becerro Martinetti cargó con las treinta óperas que había que despachar en el primer abono. «Yo canterò hasta que rivente», decía resignado, en su jerga semiitaliana y semiespañola. En cuanto a la signora Fioravalle, padecía una ronquera crónica, de resultas de no sé qué percance; y las demás partes de la compañía, la que no tenía una mácula tenía otra. ¡Sólo la Duchesini era al par ruiseñor, hurí, hada, artista y, en particular..., sus pies, sus pies en El barbero!

Claro que esto de los pies (verdadero móvil de mi entusiasmo) me guardé de decirlo al público. Era mi secreto. Tenía esperanzas de que nadie más que yo hubiese reparado en aquella perfección divina... Y de fijo que no habrían reparado. Era indudable que los demás sólo admiraban en la Duchesini la primorosa garganta, los ágiles revoloteos, que movieron a un cronista local a llamarla «la pequeña Patti...», nombre que yo hubiese reformado así: «La pequeña patita.»

Algunas veces me argüía mi conciencia de antiguo abonado al paraíso. ¡Era posible que hubiese dado al olvido tan presto las sabias doctrinas y lecciones prácticas de Magrujo, los minuciosos análisis del flaco Dóriga, las trascendentales teorías de La Cerda, todo lo aprendido, lo sentido, lo gozado en aquel purísimo santuario el arte! ¡Era posible que, en vez de estudiar a la Duchesini desde el punto de vista desinteresado y noble de su voz, de sus facultades, de su estilo, de sus méritos de artista, en fin, sólo viese en ella y sólo la juzgase por la parte más íntima de su individuo! ¡Cómo no había de callármelo!

Era una vergüenza, sí..., una vergüenza terrible, que me había prometido que no saliese a la superficie... Una llaga, una ignominia que debía cubrir cuidadosa y esmeradamente... Y, además... ¡Además, también me había prometido, me había jurado, me había dado la mano para afirmarme a mí propio que nunca, jamás, amén, en ninguna circunstancia y por ningún pretexto, atravesaría el lóbrego pasillo que conduce a la mortífera región de entre bastidores!... ¡Ah! No; eso sí que no... De algo nos han de servir los años, la experiencia, toda una vida de cautela y moderación, consagrada a defenderse del huracán de las pasiones y del hálito letal del vicio... para algo te han de valer, amigo Estévez, tus esfuerzos, tus principios, tus precauciones, tu gimnasia moral. ¡Antes se hunda el techo y se desplome la lucerna! En cualquier parte una intriga de teatro comprometería tu formalidad de funcionario público y tu modesto bolsillo de empleado de Hacienda; pero ¿aquí, en Marineda, donde no es posible dar un paso sin que se enteren hasta los gatos de la calle, donde se toma nota de que hemos regateado un par de guantes en «El Ramo de Jazmín», a las doce y media en punto? No; yo no traspasaré esos cuatro tablones del piso del Coliseo, que son, hoy por hoy, único dique puesto a mis desenfrenados apetitos y única valla que me separa del abismo profundo. ¡Porque yo conozco que si me aproximo a la sirena; si veo de cerca los piececitos eléctricos y dominadores..., seré hombre perdido, y no tendré fuerzas para no acercarme todavía más a ellos, cayendo de rodillas ante la Duchesini!

Hombres que no estimáis el mérito de la resistencia a la tentación insidiosa, yo os ruego que fijéis la consideración en este punto; a veces se requiere tanta fuerza de voluntad para no salvar cuatro tablones como para poner en fuego vivo ambas manos y no retirarlas. Reflexionad que, mientras desde mi «luneta» (todavía hay en Marineda quien las llama así), me sepultaba en la contemplación de las bases del lindo edificio, ya cautivas en el chapín de Rosina, ya encerradas en el botincillo de raso blanco de Amina (la Sonámbula), mis dos vecinos me decían a cada momento:

-Estévez, no sea usted raro... venga usted entre bastidores. La Duchesini tiene ganas de conocerle..

¡Dice que le parece usted tan inteligente en música...! ¡Que sigue usted con una atención tan discreta el canto...! Que le quiere dar a usted gracias por los buenos oficios que le hace... Que vaya usted a saludarla en su cuarto, aunque sólo sea un minuto...

Y yo, con la vista nublada, los oídos zumbadores, la garganta seca, tenía que responder:

-Denle ustedes mil expresiones... Díganle que soy su más apasionado admirador, y que ya iré... cualquier día...

Y los veía filtrarse por el lóbrego pasillo, y quedaba envidiándolos..., no solo por aproximarse a «ella», sino porque tenían la fortuna de no ver en «ella» más que a la cantante, a la artista... Iban impulsados del móvil más noble; ¡iban rebosando desinterés! Yo era el que no podía acercarme a la deidad de mis sueños... ¡y no me acercaría, no!... Conocía muy bien toda la fuerza de mis resoluciones y sabía que, aunque tascase el freno, podría contenerme... hasta morir. Mi voluntad era omnipotente, mi voluntad triunfaba.

En lo que no me contuve ni me reprimí, ni había para qué, fue en la manifestación externa de mi entusiasmo fingidamente artístico. Por lo mismo que me imponía el doloroso sacrificio, la cruel privación, creíame autorizado para ofrecer... a los pies, realmente a los pies de la Duchesini, mi prestigio de inteligente, mis influencias sociales y hasta el superávit de mi limitado presupuesto. Yo fui el faraute, yo el coribante de la conspiración duchesinista, que ha dejado en las faustos musicales de Marineda eterna memoria. A mí puede decirse que se debe la serie de ovaciones que espero nunca podrá olvidar la seductora «diva». No; nunca, olvidará ella -aunque viva cien años- la noche de su beneficio en Marineda. Como que otra igual no la pesca, señores.

Desde un mes antes la veníamos preparando. Sueltos y artículos en la prensa local, conversaciones en los corrillos, frenéticas salvas de aplausos apenas aparecía en escena la Duchesini, envíos de ramos de flores, con que sabía yo que estaba embalsamado su cuarto -aquel Edén cuya entrada me había vedado a mi propio-, todo iba formando en torno de la «diva» esa atmósfera candente y electrizada que precede a las apoteosis. Y un día tras otro se susurraba que el beneficio sería un acontecimiento sin igual; que ni la Nilson, ni la Sembrich, ni la Patti, con quien comparábamos a nuestra heroína, podrían jactarse de haber recogido, en su larga carrera de triunfos, homenaje más brillante y fastuoso... Estos augurio s traían soliviantada a la misma Duchesini. A simple vista notábase en ella el soplo vivo y dulce del aura próspera. Estaba coquetona y alegre; se vestía mucho mejor; brillaban más sus ojos, mariposeaban como nunca sus funestos e incomparables pies... La dicha la transformaba; el empresario tuvo que subirle el sueldo para el abono supletorio; no se hablaba sino de ella, y hubo noche en que se la hizo salir a la escena «diecisiete» veces después del «rondó» de Lucía...

Y en medio de este frenesí, de este halago, de esta idolatría de todo un pueblo, llegó la noche memorable del beneficio. Los palcos se habían disputado como si fuesen asientos en el cielo, a la diestra de Nuestro Señor. En cada uno se reunían dos familias, de modo que parecían retablos de ánimas. Las señoras habían sacado del ropero lo mejorcito, y muchas se habían encargado trajes para el caso. Predominaban los escotes, y veíase, como en el Real en días solemnes, mucho hombro blanco, algunos brillantes, guantes largos, abanicos de nácar, que agitaban un ambiente de perfumes. También se habían extralimitado los señores: en el palco de la Pecera y en las butacas, los admiradores locos de la beneficiada obedecían a la consigna de presentarse de frac, cosa que reprobaban con expresivo movimiento de cabeza los formales, entre ellos Nicolás Darío, firme en su acostumbrada y correcta levita. Por hallarse tan atestado el teatro, en los huecos que quedan entre butacas y palcos se habían colocado sillas, y no se desperdiciaba ni una. En fin, estaba aquello que, como suele decirse, si cae un alfiler no encuentra donde caer. No hablemos de la cazuela, confuso hervidero de cabezas humanas; abajo se murmuraba misteriosamente que arriba se ocultaban «personas decentísimas, gente de lo mejor del pueblo».

Pero lo que sobre todo realzaba el aspecto del teatro era la magnífica decoración discurrida por nosotros. Las delanteras de los palcos habíamos ideado empavesarlas con banderas italianas y españolas, cruzadas en forma de pabellón o trofeo; encima destacábanse coronas de laurel natural y grupos de rosas blancas. Hubo, por cierto, dos o tres de esos eternos descontentos y gruñones que encuentran defectos a lo más loable, y agriamente censuraron que para obsequiar a una tiple se sacase a relucir la bandera española... Calculen ustedes lo que les contesté... Yo, ¡que hubiese tendido a los pies de la «diva» el mismísimo palio!...

La ópera elegida para el beneficio era la del estreno de la diva, o sea, El Barbero. Conveníamos los inteligentes en que el papel de Rossina constituía el triunfo de la Duchesini. Cuando se presentó la diva en escena, fue aquello un espasmo, un delirio, un desbordamiento. Los de los fracs nos levantamos, gritando: «¡Viva!», y haciendo mil extremos insensatos. Calmado al fin nuestro ímpetu, nos arrellanamos en la butaca, suspendiendo hasta la respiración para mejor escuchar y no perder... Iba a decir ni una nota; pero esto de la «nota» aplíquenlo ustedes a los que me rodeaban, al resto del honrado público, no a mí, prevaricador del arte y desertor de la moral, que, en vez de atender a las melodías de Rossini, sólo tenía ojos y oídos y sentidos corporales para el moverse de dos piececillos traviesos, afiligranados, cucos, que estrenaban aquella noche solemne una funda de seda lacre; lacre era también el gracioso monillo y la falda ceñida e indiscreta que lucía la Duchesini, velada con volantes de rica blonda española...

Hay en el segundo acto de El barbero una situación que suele elegir la tiple para lucirse y el público para manifestar toda su benevolencia. Es la de la «lección de música», donde la pupila del gruñón vejete ejercita el derecho de cantar lo que más le agrade o acomode, la pieza con que mejor luzca sus facultades. La Duchesini tenía señalada de antemano para tal circunstancia, una de esas arias de gorgoritos sin fin, que remedan cantos de pájaros trinadores. No bien comenzó a dejar salir de su boca sartitas de perlas, estalló la ovación preparada.

Principiaron a caer de la lucerna, de las galerías, de los proscenios altos, de las bambalinas, de los palcos terceros, papelicos rosas, verdes, azules, amarillos, blancos, grises, que como lluvia de pétalos de flores, inundaron el aire, tapizaron el escenario, alegraron los respaldos de las butacas y se quedaron colgados en los mecheros de gas. Las señoras alargaban la enguantada mano y atrapaban al vuelo los tales papeles; los chicos se entregaban a una verdadera caza para «reunir» toda la colección, que se componía nada menos que de diez hojas volantes, o sea de otras tantas poesías, obra de ingenios de la localidad, entre los cuales se llevaba la palma el acreditado Ciriaco de la Luna, vate oficial en inauguraciones, festejos, entierros, beneficios y días señalados, como, por ejemplo, el Jueves Santo o el de Difuntos.

De los papelitos resultaba que, al aparecer en el mundo la Duchesini, ruiseñores, cisnes moribundos, malvises y bulbules habían pegado un reventón de envidia; que la llama del genio cercaba su frente (la de la Duchesini); que era «divina»; que había nacido del apasionado contacto de un trovador y una hurí, y que al partir ella, Marineda, por algún tiempo transportada a la mansión de los ángeles, iba a caer en las tinieblas más profundas, en el limbo del dolor. ¿Quién nos consolaría, cielos? ¿Quién nos devolvería, aquellas horas edénicas, mágicas, de inefable felicidad? Ella era una estrella, un cisne, que ya volaba a otro lago; ella iba a donde la aclamarían multitudes delirantes y donde reyes y príncipes arrojarían a sus pies cetro y corona...; pero nosotros..., ¡ay!, nosotros, ¡cuál nos quedábamos! Probablemente nos moriríamos de nostalgia... Sí; Ciriaco de la Luna vaticinaba su propio fallecimiento...

A la lluvia de papelitos y de ripios, siguió otra de pétalos de rosa y de rosas enteras, que alfombraron el escenario; luego, gruesos ramos fueron a rebotar contra las tablas, a los pies de la «diva». Con este motivo se rompieron dos o tres candilejas de reverbero, y la concha del apuntador fue literalmente bombardeada. El director de orquesta, vuelto hacia el público, sonreía, empuñando la batuta; los músicos, interrumpida su tarea, sonreían y aclamaban también... Y entonces principiaron a entrar los ramos «formales» y las coronas.

Comparsas, acomodadores, mozos de los casinos y Sociedades y hasta algún criado de casa particular -el de Nicolás Darío, verbigracia-, desfilaron, dejando a los pies de la Duchesini, ya unos ramilletes colosales, como ruedas de molino, con luengas cintas de seda y rótulos en letras de oro, ya coronas de follaje artificial. Iba formándose un ingente montón; la «diva» quiso conservar en sus manos el primer ramo, después de llevarlo a la boca, pero se lo impidió el peso, y pálida, sonriendo, cortada de emoción, tuvo que ir soltando bouquets por todas partes, sobre las mesas, sobre las sillas, sobre el clavicordio, ante el cual el tenor, vestido con el eclesiástico disfraz de Don Alonso, presenciaba la ovación sin saber qué cara poner...

Mas esto de las flores era sólo el prólogo. Faltaba lo mejor, lo gordo, lo inaudito en Marineda. Empezaron a entrar estuches en bandejas de plata; venían abiertos, uno contenía una corona de hojas de laurel de oro; otro, un brazalete; otro -el último, el más importante sin duda-, una cajita minúscula de terciopelo, donde brillaban dos hermosos solitarios...

Al mismo tiempo se repartía y vendía por los pasillos del teatro un periodiquín tirado en una imprenta microscópica y enriquecido con una larga e insulsa biografía de la Duchesini, versos a la Duchesini, agudezas y anécdotas, en, con, por, sobre la Duchesini, pronósticos de que la Duchesini eclipsaría a las más refulgentes estrellas del arte musical..., y un fotograbado que representaba a la Duchesini...; pero, ¡ay!, a la Duchesini... de cintura arriba. ¡No había tenido en cuenta el artista que aquellos pies sublimes eran los que merecían los honores del fotograbado!

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En semejante noche me quedé afónico de gritar, ronco de bravear, desollado de aplaudir; así es que bien puedo afirmar que tenía fiebre cuando, a la siguiente mañana, despedimos a la Duchesini, que se embarcaba prosaicamente para Gijón. Sí, la vi de cerca... Como ya no había peligro, me atreví a estrecharle... ¡ay de mí!, la mano, sólo la mano, a bordo del esquife que la conducía al vapor. Ella iba muy llorosa, envuelta en velos y abrigos, quebrantada, al parecer, por la pena, la gratitud, el placer, la impresión honda que de Marineda se llevaba. Yo, sin respirar, tembloroso, silencioso, la ayudé a subir por la escalerilla del vapor..., y como estas escalerillas son tan indiscretas, aún pude divisar el pie enemigo de mi calma, metido en elegante botita de viaje; el pie, que resonaba sobre la madera de la cubierta, y al romper el buque las olas con hirviente estela, se alejaba y se perdía para siempre.

No hice caso nunca de Celinita. Estuve malo, tristón; fui a las aguas para curar mi estómago y mi espíritu.

Dos años después volvió a verse en Marineda compañía de ópera: barata, mediana, bastante igual. Darío y Quiñones eran nuevamente mis vecinos de butaca; y, ¡claro!, a las primeras de cambio, recayó la conversación en la para mi inolvidable Duchesini.

-¿Sabe usted -dijo con su calma algo irónica y siempre cortés el banquero- que se me figura que hemos levantado de cascos a aquella infeliz, y la hemos hecho desgraciada para toda su vida?... Porque ya sabrá usted que en Madrid le atizaron una silba horrible... y en Barcelona por poco le arrojan las butacas.

-Es que la Duchesini no valía gran cosa, si hemos de ser francos y justos -respondió febrilmente Quiñones, que atendía extático a las notas de la contralto-. La que es una notabilidad es esta Napoliani.

-Lo que tenía la Duchesini -murmuré yo, como quien desahoga el corazón de un pesado secreto- eran unos pies... ¡inimitables, sin igual! Yo no he visto pies así... nunca, más que en ella.

-¡Ah! -confirmó Quiñones, arrastrado por un vértigo de sinceridad-. ¡Pues si los admirase usted en babuchas turcas..., las que traía por casa!

Darío hizo una mueca que parecía contracción galvánica; pero dominóse al punto, sonrió y, clavando los ojos en Quiñones, articuló lentamente:

-Hay que confesar que la... la... continuación de los pies no desmerecía del principio. ¿Verdad, amigo Quiñones? Pero nuestro Estévez nunca quiso ir al cuarto de la...

Me sentí palidecer de vergüenza y de celos retrospectivos; noté en el corazón angustia y en el estómago mareo..., pero me rehice me encuaderné y, serio y enérgico, respondí:

-¡Bah! ¿Qué importa, después de todo, que una cantante tenga los pies feos o bonitos? Aquí se viene... por el arte.

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